Nada de nada

Hanif Kureishi · Capítulo 2 de 20

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Nada de nada

Dos

 

La claridad del día.

Zee entra en la habitación, corre las cortinas y me ayuda a sentarme en la silla de ruedas. Hace ya tres años que dejé de caminar y todavía tengo esperanzas de volver a ser el que fui. Puede que esté impedido, pero os aseguro que los ancianos, cuantos más años cumplen, más locos se vuelven.

—¿Has pasado buena noche?

Comprueba si me he orinado en la cama.

—No estoy seguro, cariño. Estaba inconsciente. Grogui.

—Qué suerte, Waldo. Me gusta que pases así la noche.

Me embeleso con el olor de su cabello y de su cuerpo cuando se inclina sobre mí para darme el beso matutino y acariciarme. Me gusta que se abra la parte superior del camisón y me enseñe los pechos, que se lo suba poco a poco y me muestre los pies mientras hace agradables ruiditos femeninos. Es así como abro los ojos ante un nuevo día. Prefiero los dedos de sus pies a cualquier amanecer. Incluso sonrío. A ella le gusta ver cómo danzan mis ojos, los únicos órganos de mi cuerpo que todavía muestran entusiasmo.

Esta mañana ya se ha duchado y vestido. Actúa con eficacia y hasta canturrea mientras me coloca en la silla.

Tengo ganas de preguntarle qué la ha activado tanto.

—¿Estás tomando vitaminas nuevas?

—¿Cómo lo has adivinado?

Con la escasa voz que me queda, la elogio y le alabo lo vital que parece y lo atractiva que está. En la recta final de la cincuentena, testigo de mi decrepitud y sufrimiento, ella ha seguido yendo a la piscina, haciendo pesas y comprándose más ropa que nunca.

Está delgada como un palillo y se ha instalado una cinta para correr en mi estudio, una habitación que ahora apenas uso pero en la que guardo mis cosas más valiosas: diarios, cuadernos con anotaciones, posters, storyboards, claquetas, libros pornográficos difíciles de encontrar y una fotografía de la madre de Zee con velo en la que parece un fantasma salido de la Edad Media. Esa mujer me ayudó a entender, cuando nos sentamos a hablar de religión y caridad, que yo era un liberal y un disidente en cualquier parte, incluso en mi propio cuarto de baño.

Tengo allí felicitaciones de cumpleaños de Bowie e Iman, una fotografía en la que aparezco junto a Joe Strummer, otra con Dennis Hopper cuando formamos parte del jurado del Festival de Venecia; otra en la que aparezco con un vestido y maquillado junto a mis transformistas paquistaníes después de terminar Las reinas de Karachi. Hay también cartas elogiosas u ofensivas de algunos colegas. Y mis máscaras. En una ocasión me puse la amarilla en el supermercado, azuzado por Zee, y la dentada boca púrpura causó consternación o directamente un tumulto en los pasillos del Waitrose.

Me gusta oír a Zee resollando en su cinta a mi lado mientras yo planeo películas que nunca haré. Desearía, incluso en mi estado, tener entre manos un proyecto final, algo que me llenase de esperanza creativa. ¿Quién ha oído hablar alguna vez de un artista que se retire? Sentimos más ansias de mantenernos activos a medida que envejecemos.

Mientras Zee consulta su horóscopo y se prepara para ir de tiendas, Maria, la amable criada brasileña, viene a vestirme.

Después del fatigante desayuno, me acomodo para ver las fotografías y el vídeo que he realizado hace poco, preguntándome si puedo hacer algo con este material. Después grabaré mi diario oral, quiero que el mundo sepa lo que estoy haciendo. Mi cabeza siempre bulle de ideas, tengo que dejar salir algo de vapor para evitar que me estalle. Nosotros los artistas somos como los capitalistas, nos apropiamos de todo, robamos vidas.

Antes de salir hacia South Kensington, Zee me agradece los cumplidos.

—¿Comes fuera? —le pregunto.

—Hoy no.

—Espero que esta noche venga Eddie. Me tiene que traer gulab jamun y varias películas nuevas. Sabe que me gusta que me sorprendan.

—Seguro que te traerá alguna rareza.

—Espero que sea Los ojos de las cerraduras son para mirar.

Estiro el brazo para tocarle la cara. Ella aguarda a que mi trémula mano le roce la piel. Me pregunto si se apartará. Lo hace, pero no de un modo abrupto.

—Es muy agradable para los dos tener compañía por las noches, Zee. Por suerte, Samreen y los niños llegarán dentro de unas semanas y así tendrás una distracción. Tenemos que hablar de su itinerario. —Zee parece mirarme, pero me pregunto si está ausente—. Me preocupa que acabes aburrida de mis quejas y reiteraciones. ¿Lo estás? Por favor, Zee, respóndeme.

—Me desanimé hace unos meses, cuando me desmayé tres veces. Recuerda que me llamaste «esquelética» y «amargada».

—Lo siento.

—Lo curioso es que ahora me siento feliz. ¿No me lo notas?

—No hago otra cosa que pensar en ti, Zeena. Quiero que seas feliz.

—¿En serio? Gracias, Waldo. Lo intentaré.

Escruto su cara; Zee no da ninguna pista sobre su estado de ánimo. Si el demonio interior ha regresado después de tantos años, generando insatisfacción en lugar de euforia, ahora permanece escondido.

Eddie ha sido algo más que un mero conocido y menos que un amigo de verdad durante más de treinta años. Tomábamos una copa o cenábamos, solos o con amigos, dos o tres veces al año. Ha sido un compañero agradable y bullicioso, un bribón, un juerguista y un gorrón, siempre dispuesto a vivir nuevas aventuras. He admirado mucho la excentricidad, incluso la locura…, en los demás. Eddie adora a los famosos y posee una mente muy sucia para los chismes, y yo adoro las historias libidinosas con pollas, coños y culos. Cualquier cosa que implique secretos y debilidades. Hasta hace poco, sin embargo, durante los últimos cinco años lo he visto de manera muy intermitente. Hay muchos como él en Londres que pululan por ahí a punto de irse a pique.

Eddie siempre ha sido evasivo y difuso, cuando no directamente escurridizo en relación con su intimidad. Yo nunca me acabo de creer del todo lo que cuenta. Que yo sepa, sigue trabajando como periodista cinematográfico que acude a pases y conferencias de prensa. Puedo hablarle de cualquier película y él siempre tiene algo interesante que decir sobre ella. Si me apetece ver una comedia, lo cual a menudo es necesario, a él siempre se le ocurre alguna idea brillante. Me gusta ver una película al día, a veces incluso dos.

Alaba a alguien una vez y será tuyo para siempre. Por desgracia me temo que adulé a Eddie por error. Debía de estar yo en una fase positiva. Empezó a visitarme con regularidad hace seis meses. Puede que sea un idiota, pero no es tonto. Se presentó como un autodeclarado experto en mi obra y vino a vernos por una retrospectiva y conferencia sobre ella que le habían encargado organizar en la Filmoteca. Era una buena oportunidad para ambos. Me gustaba la idea de que él se encargase de reivindicar mi figura.

De momento no hay ninguna evidencia de que la retrospectiva vaya a materializarse. Brillante e incompetente, a Eddie le encargaron que localizase mis primeras películas para televisión, un material que fue emitido en una ocasión y nunca más se ha vuelto a ver. Yo quería que encontrase una película que rodé en los setenta sobre las academias de arte y el pop; otra sobre los maratones de baile en el norte de Inglaterra, otra sobre los mods del sur de Londres, y algunos vídeos musicales toscos pero cargados de energía que dirigí a principios de los ochenta. Me encantaría que se pudiesen volver a ver, pero la idea tampoco me obsesiona. Mi cine ha suscitado una gran admiración y ya es demasiado tarde para generar un subidón permanente de mi autoestima. Puede que me esté muriendo, pero hasta la noche pasada me sentía razonablemente feliz y había dejado de lado cualquier necesidad de convertir el mundo en mi espejo. Es un alivio renunciar a toda aspiración.

Intento mantener la cabeza clara, pero a veces estoy un poco disperso. Esta traición, este robo con nocturnidad, esta intromisión de Eddie —si lo que sospecho es cierto, y de momento no estoy del todo seguro; ¿quién, después de todo, quiere saber lo que ellos saben?— me ha desperezado y me ha ayudado a concentrarme.

Debo mantenerme en este estado de lucidez.

Hoy dormiré todo lo que pueda para después conseguir mantenerme despierto. Tengo intención de proseguir con mis indagaciones. Si anoche se lo pasaron bien, hay muchas posibilidades de que la próxima vez se lo pasen el doble de bien. ¿Acaso el deseo erótico no es un ansia siempre en aumento que se retroalimenta? A medida que el placer se multiplique, serán menos discretos. ¿No aspiramos todos a eso? El sufrimiento pierde su carga de horror si la víctima encuentra un modo de disfrutar de él.

Vivo en un pequeño mundo. Me paso días sin salir del apartamento. Tenemos una casa en el campo, pero apenas vamos. Una noche, cuando todavía podía caminar con muletas y me dirigía hacia el jardín para meditar, me caí. Peso mucho. Y con los kilos acumulados tras la ingesta de ostras, pasteles de carne, budines y queso de cabra con pistachos —y rodeado por un lago de Bloody Marys, vino, cerveza negra y brandy volcados a mi alrededor — Zee no logró levantarme. Tuvimos que esperar cuatro horas a que llegase la ambulancia. Pienso a menudo en mi propia muerte y en cómo se producirá. No me entusiasmaba la idea de morir tirado en el suelo, donde se hace difícil hablar. Espero que mis últimas palabras aparezcan en las antologías.

Suena el timbre. Son las ocho.

Por fin llega el ángel exterminador. Empieza la noche. Eddie aparece sonriendo y cargado con un montón de paquetes: películas, queso, chocolate. Y una orquídea para Zee.

—Dame un minuto. Deja que me cambie —dice Zee.

Eddie y yo vemos un partido de fútbol. Sospecho que actúa de un modo condescendiente conmigo. En realidad no le gusta el fútbol, que considera un entretenimiento para bobos. Pero con él es difícil estar seguro de nada. Quiere caer bien.

Tengo los ojos semicerrados, pero después de una hora me despierto y veo a Zee saliendo sin prisas de su dormitorio con su vestido indio de seda. Enseguida están los dos bebiendo, tan felices como yo. Algo se está cociendo. Eddie y Zee se sientan en los sillones colocados uno frente al otro y juguetean con sus móviles como adolescentes.

Me ajusto el fez y doy un sorbo a mi copa de vino, que he dejado sobre un posavasos en la banqueta tapizada con piel de cebra. Se están mandando mensajes de texto. Veo cómo Zee sonríe y menea la cabeza mientras mira el teléfono. Cruza y descruza las piernas hasta que se le cae una pantufla y el pie se detiene como una serpiente en el bosque. Ambos contemplamos ese pie revelador. Sospecho que Eddie querría recoger la zapatilla.

El narcisismo es nuestra religión. El palo de selfie, nuestra cruz, y debemos acarrearlo a todas partes. Sin prisas, cojo el mío y lo alzo.

Filmo el pie y otras imágenes. Estoy impaciente, casi mareado por este súbito descenso al voluptuoso masoquismo. El dolor es un placer y el placer duele. Me aseguro de mantenerme muy quieto y en actitud lánguida. Para que ellos no se percaten de nada.

Pido que me acuesten. Me tomo la pastilla, que escupo con disimulo. De todos modos es ineficaz: le haría más efecto una aspirina a un elefante.

Eddie me lleva a mi habitación y me mete en la cama.

Estoy incómodo con las almohadas. Me las arregla y las deja como me gusta. Sus dedos se mueven rápidos y suaves mientras yo murmuro:

—¿Por qué cuando ves a un minusválido en una película sabes de inmediato que lo van a matar? ¿Es porque ya es un desecho?

—Reflexionaré sobre el asunto —me dice, y apaga la luz—. Así después tendré algo que hacer.

Zee no suele venir a darme un beso de buenas noches.

Permanezco echado, preparado para escuchar. Hoy va a ser de una amenidad letal. Mi cerebro puede acabar consumido por llamas de agonía, pero doy por hecho que la amorosa pareja se ha olvidado de mí. Soy cada vez menos importante. Ellos están bajo los focos, mientras que yo me desvanezco. Soy un extra en mi propia película.

Hasta ahora Zee siempre me ha sido fiel. Es la mujer a la que siempre he querido. Dejó su país, a su familia y a su marido por mí. En una ocasión dijo que me querría aunque yo no tuviera pene. ¿Me lo creí aunque solo fuese un instante? ¿A quién no le gusta una polla?

No hay vitalidad alguna en su vida, y lleva al menos siete años sin sexo. No soy capaz de satisfacerla en ningún sentido. Sospecho que se masturbaba viendo escenas románticas en la tele. Espero que fuesen de Jane Austen. Quizá a Zee le gustase sentir mi lengua en su interior. Todavía puedo moverla un poco. Los días malos, levantar un brazo se parece a la paradoja de Zeno. Imposible desplazarlo: un número infinito de movimientos que jamás logro completar. Puedo sostener un vaso, utilizar el teléfono y hacer girar las ruedas de mi silla, pero a duras penas logro abrocharme los botones del pijama. ¿Qué derecho tengo a mostrarme celoso o restrictivo?

Puedo ser grosero; fui joven en los sesenta. Los setenta fueron incluso más salvajes y, probablemente, más corrompidos. En aquellos estúpidos días en que estaba prohibido prohibir, cuando se vivía a tope y creíamos que los orgasmos lo curaban todo, me lo pasé más que bien, instalado en una comuna en California, con motos y compañeras lesbianas, compartiendo el amor. Aquellas jodiendas mágicas en las que todo lo demás desaparecía.

Yo era un buen polvo: un hombre apuesto, cargado de abalorios, fornido, con la melena negra hasta los hombros y un culo que pagarías por mordisquear. Si has sido atractivo, deseable y carismático, con un buen cuerpo, jamás lo olvidas. La inteligencia y el esfuerzo no compensan la fealdad. Lo único que importa es la belleza, que no se puede comprar, y los guapos son los únicos que tienen derechos. Acabes como acabes, vives toda tu vida como miembro de un club exclusivo. Nunca dejas de sentir pena por los menos afortunados. Por escoria como Eddie.

He aprendido que lo inteligente es andarse con ojo con la normalidad y que la virtud es una quimera. Me he esforzado por no plegarme nunca al hábito cotidiano de la fidelidad o a las prisiones de lo convencional. La ética es una violencia patológica y la bondad un obstáculo. He sido, y espero seguir siendo, un sensualista con debilidad por el marqués de Sade como guía moral. Me mantendré fiel a su credo pese a las tentaciones de la prohibición.

Pero también he comprendido que la transgresión sostiene las leyes que pretende desobedecer. Nada perpetúa más la norma que la divergencia.

Quiero decir: es solo sexo. Y: nunca te lo tomes de un modo personal. Sé tolerante; deja que los demás disfruten. El progreso es la derrota de los tabús. Y sin embargo, por mucho empeño que uno ponga, es imposible desentrañar el sentido del sexo. Las mujeres siguen amando más que los hombres. Y no es el sexo sino el amor lo que me preocupa. Me he acabado dando cuenta de que soy el tipo de idiota que quiere que lo amen en exclusiva.

No siempre ha sido así. He perdido el norte: falsos ideales de masculinidad —¿de dónde los he sacado, de ver demasiados westerns?— que me hicieron creer que tenía que cepillarme a todas las mujeres, incluso a las que no deseaba, y reprochármelo cuando no lo conseguía. El desprecio hacia las mujeres que no me deseaban. Y la idea de que todas las mujeres eran reemplazables, que era muy fácil elegir otra. Y cuando me sentía infeliz, la idea de que el sexo me salvaría.

Sigo teniendo una sensibilidad propia de los años sesenta. Dábamos por hecho que las cosas buenas —la igualdad, el feminismo, el antirracismo, la libertad de las minorías sexuales— se ampliarían. Nos creíamos iluminados. Las cosas buenas serían buenas para todo el mundo. Pero la gente no las quería. Éramos unos elitistas, eso es todo.

Ahora, listo para dormirme, con algunas babas en la barba, permanezco echado y finjo estar agotado e incluso roncar para que se sientan cómodos. Es una buena representación. Trabajé como actor en un par de compañías teatrales alternativas, una holandesa y otra alemana, de lo más salvajes —a menudo en pelotas, a veces bajo los efectos del ácido, oteando a través del telón celestial— al principio de lo que los demás llaman mi «carrera».

He oído algo. ¿Ya han empezado? Me relajo. Estoy receptivo; soy todo oídos, como se suele decir.

Pienso en mis viajes con Zee, la criatura viviente a la que más he amado. La comida, el vino, los paseos por Capri, París, la Villa Borghese, Murree en Pakistán, las siestas a su lado mientras ella leía. Evoco su ternura, sus caricias. Pienso en ella poniéndome un jersey cuando tengo frío y limpiándome el culo.

No tardo en dormirme.

¿Estoy muerto? No, peor: sigo vivo.

Cuando me despierto oigo el canto de los pájaros y todo está negro.

Contemplo la oscuridad. Todo está en silencio, y el silencio es un sonido muy potente. Una noche sin nuevas informaciones, de sueño pesado. Suspiro y hago un esfuerzo por darme la vuelta en la cama.

Por la mañana los pájaros trinan, el ascensor traquetea y Eddie se ha escabullido después de zamparse mis arenques ahumados, mis tostadas y mi café. El mundo ha vuelto a la normalidad. Cerré los ojos y me lo perdí todo. Ya ha pasado. Esta noche no volverá a repetirse.

—Waldo, pareces agobiado y de mal humor. ¿Va todo bien?

—He pasado una mala noche.

—Esperemos que la próxima sea mejor.

Lo será.