Nada de nada
Diecinueve
—¿Qué ha pasado, querido Waldo? —pregunta Samreen.
Me vuelvo todo lo que puedo.
—¿A qué te refieres, dulce Sammy…?
La melena negra se le desparrama sobre la gabardina. Incluso con este tiempo, lleva una bufanda de lana mientras empuja la silla por la ciudad, inclinándose para hablarme al oído.
—Mamá se mueve con más lentitud. Es natural cuando uno envejece. Pero te mira y te escucha. Presta atención. Esto es nuevo. Cuando pasea por el parque con los niños deja que sean ellos los que decidan por dónde ir. Con nosotras nunca lo hizo.
—¿Cómo se comportaba?
—Se mostraba frustrada y enojada. No quería estar con nosotras. ¿Sabes que era, digamos, muy severa con sus hijas?
—Algo había oído.
—También con mi padre. Decía: «Ni siquiera me pega». Cuando mamá se enfadaba y nos pegaba, se sentía satisfecha. Otras veces nos sumergía en el agua mientras nos bañábamos hasta casi ahogarnos. Después de eso, comía con apetito. Pero sabía que contigo no podía hacer estos disparates.
—¿Por qué?
—Waldo, tú la rescataste. En cuanto te tuvo a ti, perdió todo el interés por nosotras, gracias a Dios. Pero yo estuve enfadada por eso durante años. Ahora, después de tanto tiempo, me he reconciliado un poco con ella.
—Yo también.
—Dime la verdad, ¿alguna vez se ha comportado de este modo contigo? No me respondes. A nosotras intentaba ahogarnos, ¿sabes?
—Sí.
—¿Y a ti? Sigues sin responderme, Waldo. —Me vuelvo para mirarla, pero ella mira a lo lejos—. Hablaré con ella uno de estos días.
—¿Por qué?
—Temo que se muera antes de que hayamos hablado y yo me quede con un montón de cosas por decirle.
—Espero que puedas decírselas. Me gustan los finales tipo Hollywood.
Zee se ha llevado al cine a sus nietos. A Samreen le gusta pasearme por los lugares que frecuentábamos: Earl’s Court, South Kensington, Chelsea. Nos resultan irreconocibles a los dos. Nos detenemos frente al Troubadour y conversamos. Pero no mucho rato. Samreen no lo sabe, pero tengo que ir a un sitio. Le mando un mensaje de texto a Anita y le digo que se prepare. Voy de camino. Ella sabe qué tiene que hacer. No soy una persona vengativa, pero en el caso de Gibbo puedo hacer una excepción.
—Yo también he perdido agilidad —le digo a Samreen—. Y amo a Zee tanto como siempre.
—Ella también te quiere. Solo hay que ver cómo te mira. Y también te teme un poco, como siempre. Veo en ella una melancolía nueva. ¿Qué pasa? ¿Por qué me pediste que viniera a Londres unos días antes?
—Tienes que hablar con Zee de eso.
—No blasfemes cerca de ella; sé inteligente, Waldo. —Y continúa—: Mamá ya no se tiñe el pelo y se sienta con el Corán y sus cuentas para rezar. He visto en su habitación una alfombrilla para orar. Las palabras árabes deben sosegarla. La religión es una guía cuando tu vida es un desbarajuste. Ayer, por la calle, llevaba falda larga y se cubrió la cabeza.
—¿Le preguntaste por qué?
—No. Incluso aquí, en Londres, la gente mira con odio a las mujeres que se cubren con velo. Me pregunto si ayunará. Nosotras de niñas lo hacíamos, por nuestro padre, pero ¿ella lo ha hecho recientemente?
—Yo no lo habría notado; siempre ha estado delgada.
—Mamá dice que estaba alejada de la verdad —me cuenta Sammy—. Estamos rodeados por el materialismo, la enfermedad mental y la perversión. El hiyab la hace sentirse más fuerte. ¿Ha caído bajo la influencia de alguien manipulador?
—A Dios se acude con mucha facilidad, Samreen. Está dormido y es tonto. Como escéptico devoto, yo no soy tan crédulo. Lo único que puedo decir es que tengo la intención de continuar adelante con este matrimonio hasta que me muera.
—El mío está llegando a su fin, papá. ¿Cómo habéis logrado mantener vivo el vuestro durante tanto tiempo?
—A golpe de genialidad.
—¿Sabes cuál es el mayor temor de mi madre? —me pregunta—. Perderte. Que te mueras. Eso la obsesiona. «Sin él, nada tendrá sentido», dice.
Samreen sigue empujando la silla un buen trecho, hasta que llegamos al restaurante de Carlo. Ya ha pasado la hora de comer. Hay una mesa junto a la ventana. Podemos tomar un té.
Zee ha reemplazado a Eddie por Dios; una sabia elección desde mi punto de vista. Pero me pregunto a qué conducirá esta desilusión y el desmoronamiento de sus esperanzas. Confío en que se recuperará. Aunque llevará tiempo. Y yo no dispongo de él.
—Waldo, despierta —me dice Samreen—. Ese hombre te está haciendo señas. Allí, al otro lado de la calle, ¿no es tu amigo?
Me gira la silla. Es Anita con Gibney. Lo ha traído con ella. Me alegro de verlo. Ha llegado el momento de entrar en combate. El momento de arrancarle la cabeza a la serpiente.
Él también está encantado de verme. Intenta cruzar la calle con cierta prisa.
—Waldo, ¿estás seguro de que quieres hablar con ese hombre? Parece un poco enojado. ¿Es el agente de prensa de Anita?
Anita, que entra detrás de él, se acerca para darme un beso mientras Gibney observa la escena, preguntándose cómo actuar. Por un momento parece desconcertado. Estar enfermo tiene sus ventajas: a un hombre en una silla de ruedas no se le puede agarrar por las solapas y lanzarlo bajo los coches que pasan.
Gibney me tiende la mano, pero no puedo estrechársela. Se inclina para hablarme.
—Ah, Waldo, llevo tiempo persiguiéndole. ¿Puede concederme un momento para hablar de lo irracional de su actitud?
—No hay hombre más deseoso de escuchar la verdad sobre sí mismo, señor Gibney. Solo espero que disponga de tiempo para enseñarme su porra.
Samreen me pregunta si no me importa que me deje solo. Se excusa y se va un rato de compras. Volverá para recogerme. Anita acepta hacerse cargo de mí. Intercambian números de teléfono por si me da por hacer algo raro.
Siento un gran rechazo hacia el señor Gibney, pero hay unas cuantas cosas que quiero saber. ¿Ser civilizado no significa saber mantener la calma cuando no hay ningún motivo para contenerse?
Se sientan conmigo, Anita con la mirada asustada de una nuez a punto de ser colocada en el cascanueces. ¿Qué puede hacer excepto pellizcarse los dedos? Pietro nos trae la carta; aparece Carlo y se acerca a saludarnos. Le pido a Pietro mi té lapsang favorito y una jarrita de agua caliente.
Por fin digo:
—Señor Gibney, se me hace extraño no verle merodeando por mi casa como un hombre dispuesto a robar los cuadros. ¿Le gustaría ver mi Peter Blake o alguna otra de las obras que poseo?
—No me interesa.
—¿Qué tal está su amigo Eddie?
—Seguro que le han llegado algunas noticias. Ha estado enfermo y se ha herido en un hombro y en un ojo. Está alojado en un albergue.
—¿Es lúgubre?
—El sitio no huele muy bien. Comparte habitación con otros seis hombres. Y ahora trabaja en el bar del club.
—¿Qué tal van los nuevos planes? Patricia Howard es su nuevo objetivo, ¿no es así? Va a venir a cenar a casa. Me aseguraré de comentárselo.
—¿Por qué tiene que molestarle que la gente se conozca? —dice Gibney —. Anita me explicó que vive usted aislado y está paranoico, y tiene un carácter deplorable…
—Gibbo —interviene Anita—. Basta. No está paranoico.
Gibney le toma la mano y le da unas palmaditas mientras sigue hablando conmigo:
—Eddie le llamaba Maestro. Le gustaba estar con usted. Decía que era alguien que sabía lo que se llevaba entre manos.
—Un comentario muy amable. ¿Puedo preguntarle una cosa? ¿Por qué Eddie tuvo el mal gusto de jugar con mi mujer? ¿O es que jugaría con cualquier esposa que se le ponga a tiro? He oído decir que actúa de modo indiscriminado.
Gibney resopla.
—No me gusta ser yo quien se lo cuente, pero a su esposa se le caía la baba. ¿No lo notó? ¿En qué se fijaba usted durante todo el día? Él le daba lo que ella quería. Cumplía con el trabajo que ella le había asignado. Fue ella quien lo eligió y quien lo moldeó; le prometió conseguirle un empleo, un apartamento y más cosas. Fue ella la que lo engatusó a él y me temo que debo decirle que a él el sexo con ella no le resultaba agradable.
Miro a Anita.
—Si de verdad es usted un tío duro, señor Gibney, me quedaré muy decepcionado si hoy no hace nada canalla. Tengo mis principios y jamás me fiaría de alguien que lleva zapatos puntiagudos. Pero he oído que es usted quien dirige a Eddie. Su esclavo no consiguió ni la pasta ni a la mujer, pero usted casi le destroza la vida a un hombre desequilibrado con su plan para enriquecerse a través de él. —Y añado—: ¿Es consciente de que su muchacho también intentó matarme?
Gibney, que es un tipo asustadizo y nervioso, y siempre parece estar haciendo muecas irritantes, se ríe al oírlo.
—¿Cómo va a ser Eddie un asesino en potencia? Su mujer estaba resentida con usted. Y ustedes dos, que son unos liantes, han intentado cargarle a él las culpas. —Se inclina hacia mí—. Zee es agresiva y siempre le describió a usted como un monstruo. He sentido verdadera preocupación por Eddie y la devoción que sentía hacia ustedes. Su mujer lo engatusó con tretas y zalamería.
—¿En qué sentido?
—Usted estaba encantado de que su mujer lo utilizase mientras eso la mantuviera contenta. Pero nada sale gratis, todo el mundo paga por tener sexo. Ella sabía que eso tendría un coste… Pero cuando él pidió recibir algo a cambio de lo que daba, usted empezó a atormentar a ese pobre desgraciado. Lo presionó psicológicamente. Se mofó de sus hijos y de los abusos que había sufrido. Ustedes dos sabían lo que le había sucedido en el pasado, ¿verdad que sí?
—Me enteré del papel que usted desempeñó en la muerte de Bow.
—De modo que eso también es culpa mía, ¿no?
—Me alegra comprobar lo intachable que es usted, señor Gibney.
—Esa noche —me cuenta— a Eddie lo encontraron desvanecido en plena calle cuando al final logró escapar. Ella le atacó con un Globo de Oro…
—No, con un Bafta. Son muy sólidos.
—Le arreó con toda su alma porque él no hizo lo que ella le pedía. Eddie huyó del apartamento hacia el aeropuerto, donde pretendía tomar un avión para irse a donde no pudieran encontrarlo. Se metió una sobredosis considerable y tuvieron que ingresarlo en el hospital. Su hija ha sufrido una especie de crisis nerviosa. Los dos necesitan asistencia. Estoy muy decepcionado con ustedes, Waldo. Y me voy a permitir decirle que… —toma la mano de Anita, se la alza y se la besa— yo al menos la tengo a ella.
Ya he tenido suficiente. Se le va a acabar tanta felicidad, señor mío.
Enciendo mi pequeña cámara y la sostengo con una mano. Me inclino hacia delante sobre la mesa y con un movimiento de la otra mano vuelco la jarrita de agua y se la echo a Gibbo sobre el regazo, los muslos, una mano y la polla. Estoy débil, pero resulta ser una acción muy bien ejecutada. El agua hirviendo hace su trabajo. Respiro hondo y contemplo con regocijo su reacción. Se levanta de un salto, aullando, dolorido y furioso. Mientras pega brincos, tratando de abanicarse con las manos los genitales, yo me aparto de la mesa sin dejar de grabarlo con la cámara. Tengo que inmortalizar el momento.
—A partir de ahora se lo pensará dos veces antes de cruzarse en mi camino —le digo a Anita.
Antes de que Gibbo pueda atacarme, Anita lo agarra por los brazos y se lo lleva a toda prisa al lavabo para echarle agua fría en las partes del cuerpo que le arden.
Veo a Samreen que regresa con paso acelerado mientras Carlo y Pietro se me acercan.
—¿Qué ha pasado, Waldo? —me pregunta ella—. ¿Todavía no te has terminado el té?
—Sí —respondo entre el barullo que se ha organizado—. Y ya he hecho lo que he venido a hacer. Ha sido un día estupendo. A veces es maravilloso estar vivo.