Nada de nada

Hanif Kureishi · Capítulo 17 de 20

Páginas del PDF

Nada de nada

Diecisiete

 

 

El sonido de lluvia intensa y un ruido que me hace abrir los ojos. Humo de cigarrillo. Una luz encendida.

Es noche cerrada. Recupero la conciencia y me incorporo un poco. En mi espejo veo reflejado el espejo de la sala de estar, en el que aparece reflejada ella, de pie, fumando, con un vestido ceñido, tipo tubo, largo hasta los tobillos.

No veo a Eddie, pero sí puedo oírlo, creo. Hago un esfuerzo por cambiar de posición hasta que alcanzo a ver la parte superior de su cabeza. Tiene hundida la cara en los muslos de Zee. Babea entre sus piernas, mientras tira del vestido.

—¿Qué haces por ahí abajo, Eddie?

—Tú estás cachonda y yo tengo que pedir disculpas. Ojalá pudiese satisfacerte esta noche. Puedo intentar darte placer.

—¿No te resulto atractiva?

—Estoy inquieto.

—¿Por qué tienes que estarlo cuando todo va de maravilla y ya hemos hablado de nuestro futuro? Pero a veces pasan estas cosas. —Levanta un poco la cabeza y por un momento parece mirarme directamente—. Aunque a Waldo casi nunca. Es muy sensual. Toda su vida ha tenido el pene siempre dispuesto.

—Zee, no soy una máquina. No puedo aguantar este ritmo.

—Soy una mujer mayor, pero incluso esta noche Waldo ha querido verme el coño —dice ella.

—¿Se lo has enseñado?

—Me lo ha rogado, Eddie. Es mi marido.

—Eso no es una excusa. No me lo puedo creer. Supón que yo le enseñase la polla a mi mujer. ¿Qué diría?

—¿Tu mujer te pediría que le enseñases la polla?

—No necesariamente.

—Ya es demasiado tarde. Ya me lo ha visto.

Eddie refunfuña y ella no dice nada, hasta que pregunta:

—¿Gibney tiene otras mujeres?

—¿Por qué lo preguntas?

—Pareces inseguro, Eddie. ¿Los chicos no habláis de todo? Waldo se pondrá hecho una furia si se entera. Quiere mucho a Anita.

—Eso no tiene nada que ver con Waldo.

—¿Gibney es mentiroso? —pregunta Zee—. Eddie, ya sabes que no me gustan los mentirosos. Tú ya has dejado de lado todo eso, ¿verdad? Pese a todo, Anita me cae bien. Ha intentado ser amable.

—¿En serio?

—Se puso como una furia cuando intenté marcharme. Me soltó lo que Waldo llama «un tremendo rapapolvo». Me dijo que tenía que cumplir con mis obligaciones, no perseguir el arcoíris, y seguir al lado de Waldo hasta que fallezca. Después seré libre de hacer lo que quiera con cualquier timador por el que me sienta atraída…

—¿Me llamó así?

—A mí me llamó de todo…

—¿Y tú qué le dijiste?

—Sabe que aprecio la lealtad. Es el único valor que tenemos en el subcontinente. Lo único que espero es que ese estafador sin estudios no la maree más de la cuenta. —No logro oír la respuesta de Eddie. Zee añade—: Por el amor de Dios, tío, levántate ya. ¿Dónde está mi encendedor? Puedo ser una mujer complicada. No soy una estrella de cine, pero al menos cuento con dos hombres que me adoran.

Supongo que Eddie se incorpora. Le lleva su tiempo. Por fin veo aparecer su cabeza.

—¿En serio? ¿Quién es el otro?

—Waldo, por supuesto.

—Ya te he dicho que él no cuenta. ¿Por qué tenemos que hablar de esto?

—¿Cómo no va a contar? Es creativo, es admirado. A veces, en mitad de la noche, me pregunto: ¿cómo lo logré? ¿Cómo capté la atención de uno de los hombres más fascinantes del mundo? Se han escrito libros sobre él. Aquí hay uno que acaba de aparecer.

—¿Y qué dice?

—Es un texto de un amigo que trabajó con él. Me ha hecho reír. Waldo es brusco, caprichoso, anárquico y provocador. Vaya a donde vaya, lo remueve todo.

El tono de Eddie es de rebotado:

—¿Eso significa mucho para ti?

—Los sitios a los que viajamos, los hoteles, las cenas y la amistad con gente famosa no vienen por mí, querido. ¿De verdad crees que a alguien le importa un pito lo que yo pienso? La mitad del tiempo ni me miran o ni siquiera recuerdan mi nombre. Hay que andarse con ojo con los ingleses. No les gustan los fantasmones. Waldo siempre me ha protegido. —Y añade—: Llegará el momento en que tendré que volver al mundo ordinario.

Eddie se muestra decepcionado.

—No puedo ofrecerte lo que él te da. Esto es lo que estás diciendo.

—Tú también recibes invitaciones, ¿no es así? Siempre vas de un lado a otro.

—Acudo a eventos, sí. Puedo averiguar dónde se celebran. Y tú me acompañarás, ¿verdad?

—Haces que parezca una mascota.

—Hasta ahora has recibido trato de gran dama…

—¿Por él? ¿Es eso lo que insistes en recalcar?

—Tú no te das cuentas, pero la gente hace una genuflexión —dice Eddie —. Me da miedo que lo eches de menos. Yo no voy a saber cómo mantenerte entretenida.

—Mientras no tengamos que pasar las veladas con Gibney, ya nos apañaremos.

—Nadie me ha apoyado tanto como él.

—Un hombre como tú puede aspirar a algo más que a seguir pegado a ese chanchullero. —Deja escapar un suspiro—. Eddie, cállate. No sigas hablando. Tu voz es como un taladro en mi cabeza. ¿A qué viene esta mueca?

—No solo has estado exhibiendo tu vagina, sino que ha sucedido algo que me ha alterado, Zee. Mira cómo tiemblo. He oído algo espeluznante. Me lo ha dicho el camarero del restaurante.

—¿Pietro?

—Se me ha acercado, con una extraña sonrisa. Y me ha susurrado al oído: «Adorable conejito. Conejito, conejito».

Se produce un silencio. Muerdo la colcha para evitar las carcajadas.

—Me he empezado a sentir muy raro, Zee. Empiezo a oír cosas extrañas, igual que dices que te pasa a ti. Los camareros no les sueltan a los clientes «Adorable conejito» al azar. No le he contado a nadie esa historia del colegio.

—A nadie no. Gibney y yo somos alguien.

—Zee, cariño, por favor, tú no se lo contarías a nadie, ¿verdad que no?

—Intento convertirte en una persona más interesante. ¿Por qué iba a contarle a un camarero que tu profesor de música abusó de ti mientras silbaba Don Giovanni?

—¿No se lo contaste a Waldo?

La imagino negando con la cabeza y buscando la vía de escape más cercana.

Por fin confiesa:

—Se lo mencioné.

—¿Le contaste todo lo demás? ¿Que le hicimos una visita al profesor y Gibney perdió los papeles y le agredió?

—Quizá se me escapó algún detalle. Waldo es muy persuasivo, Eddie. Sabe cómo manipularme.

—Qué hijoputa, me ha clavado su aguijón.

—Por eso solo tú me puedes ayudar a huir de aquí. Nos está acogotando. Saquémonoslo de encima y seamos libres.

—¿Cómo podemos ser libres después del lío que has montado yéndote de la lengua?

—Que te hayan violado no es algo de lo que tengas que avergonzarte. Hoy en día la gente acude a los programas de televisión para hablar de estas cosas. Podríamos colgar tu historia en la web con una foto. Ya escribiste sobre ella una vez en una revista de psicología.

—Pero me negué a dar mi nombre.

—Ahora deberías hacerlo. Generaría tráfico. Waldo dice que de un problema sale una solución.

—Es enfermizo. No quiero hacer carrera como víctima de una violación. ¿Qué pensarían mis hijos? Me repugna el mero hecho de pensar en ello.

—No fuiste una víctima. Esto es lo que lo hace interesante. Estabas deseando que te violasen. Llevabas pantalones ceñidos.

—Esto es un disparate.

—Me encanta cuando te hierve la sangre. —Se produce un silencio—. No lo olvides, ya has matado antes.

—¿A quién?

—A Bow.

—Pero se lanzó al vacío para no ir a la cárcel.

—Porque tú le animaste a hacerlo, Eddie, tienes que asumirlo. Le ayudaste a tomar la decisión. Fue un buen trabajo, muy bien hecho. Lo mejor que has hecho en tu vida.

—¡Yo no lo hice!

—Lo he añadido a tus méritos, cariño.

Buena parte de la conversación no logro oírla. Doy un sorbo al vodka y hago gárgaras con él. Disfruto imaginando a Eddie con la cabeza entre las manos, preguntándose en qué se ha convertido.

—Eddie, no gimotees ni te revuelvas contra mí, porque resulta que lo estoy poniendo todo de mi parte para solucionar este asunto. Recuerda que soy yo la que he conseguido que no te hundas. ¿No ha dicho Gibbo esta noche que no ve ninguna salida para ti? A menos que…

—A menos que…, a menos que… ¿Qué puedo hacer, Zee? ¿Qué quieres de mí?

—De no ser por mí, Waldo ya te habría puesto de patitas en la calle. Es despiadado. Así que ya puedes darme las gracias.

—Eso intento.

—Si quieres que lo nuestro tenga futuro, debes comportarte como un hombre. Ya sabes lo que es que te echen a la calle de una patada. —Se produce un silencio—. ¿Qué es ese ruido? ¿Es Waldo? ¿Puedes ocuparte de él?

—¿Por qué yo?

—Porque no te va a gustar tener que pagar tus facturas, y debes un montón…

Eddie entra en la habitación, enciende la luz y me mira.

—¿Estás despierto, querido amigo?

—¿Me puedes dar la vuelta?

Mientras lo hace, aparece Zee y se coloca detrás de él.

—Es fácil. Tienes que hacerlo así. —Zee coge una almohada—. Waldo, eres un incordio. Te has portado fatal, sabes que lo has hecho. Estoy harta de tus intromisiones. Deja que te vea la cara.

Me coloca la almohada sobre la cara y presiona.

Eddie le agarra el brazo.

—¡Zee! —dice—. ¡No puede respirar!

—Eddie, por favor, es un acto de compasión. También nosotros pediremos que nos lo hagan algún día. Hazlo paso a paso. Tómate tu tiempo. No sabes la cantidad de veces que me lo ha pedido. Está harto de vivir. Permitamos que la eternidad lo acoja en su seno y nosotros podremos ser libres.

Zee se detiene en la puerta.

—Eddie, cuando termines, ven a mis brazos. Te estaré esperando.