Nanga Parbat

David Torres · Capítulo 2 de 12

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Nanga Parbat

Prólogo

—¿Una montaña? De acuerdo, digamos que es una montaña. ¿Un ochomil? Desde luego, si crees que puedes medirla en metros. Pero deja que te diga una cosa. Cuando llegamos al valle del Diamir, uno de los viejos jefes diamiris me contó una historia, una especie de leyenda sobre el primer hombre que se atrevió a subir al Nanga. A mitad de la escalada, la montaña se enfadó mucho por la osadía de aquel sahib y entonces le envió una tormenta y lo acorraló contra unas rocas y ya iba a matarlo cuando de pronto lo vio tan pequeño, tan insignificante, que simplemente cogió uno de sus dedos y lo arrancó de cuajo. El sahib cayó de rodillas, gritando, temblando, con la mano rota, salpicada de cristales de sangre, y oyó la voz de la montaña por encima del huracán: “Vuelve por aquí cuando quieras. Cuando tenga tus otro cuatro dedos podré hacerme una mano de verdad”.

El hombre estaba sentado en un taburete, los brazos hundidos en su regazo, mirando al vacío. Sandra había caminado un buen rato desde la parada de metro hasta encontrar ese bar abierto. Era casi de noche y hacía frío, le pidió un café caliente al camarero. No se fijó en el hombre sentado a su izquierda, y ni siquiera advirtió que llevaba un rato hablando en un murmullo continuo y profundo. Sandra se encogió de hombros y removió su café.

—A veces me pregunto si no será verdad, si no es posible que una montaña guarde también sus recuerdos, sus ocasos gloriosos, sus nubes y sus muertos. Sobre todo ella, a la que pusieron tantos nombres, la Montaña del Terror, la Montaña del Destino, la Montaña Asesina, como si pretendieran meterla a la fuerza dentro de esos motes, capturar su esencia, sus abismos, su belleza, en un vulgar apodo, como si no les bastara su nombre sánscrito, Nanga Parbat, la Montaña Desnuda, ella, más antigua que el mar, más vieja que el mundo. ¿O es que vas a decirme que una montaña no es nada más que roca y hielo y que nosotros no somos más que huesos y sangre y carne? ¿Y qué hay de los recuerdos, Adrián, qué pasa con ellos? ¿Y si lo que me contó el jefe diamiri es verdad, y si ella colecciona dedos igual que nosotros en las cumbres guardamos piedrecitas y nos hacemos fotos? ¿Podrías olvidar eso, Adrián? ¿Qué otra montaña, qué desierto, qué océano, qué lugar del mundo tiene tantos recuerdos como el Nanga?

“Está como un cencerro”, pensó Sandra. En realidad no mucho peor que esos chalados que hablan en voz alta por la calle, moviendo la cabeza de un lado a otro y discutiendo consigo mismos, uno de esos soliloquios a pie que cualquier calle de Madrid puede ofrecer a cualquier hora del día. Echó una ojeada al dueño de la voz (un hombre alto, canoso, de unos cincuenta años) y pensó que no parecía en absoluto un vagabundo o un profeta a deshoras. Sólo parecía lo que era: un hombre alto, con las manos hundidas, enfrentado al espejo del bar y hablando para nadie.

—Sí, ninguna como ella, ninguna otra cumbre del planeta (ni el Everest ni el Cerro Torre ni la cara norte del Eiger) representa como el Nanga el anhelo, la pasión por conquistar una gloria efímera e inútil, hecha de nieve y viento, la sed de infinito, el ansia humana por arañar los cielos. Es el blasón del vértigo, el símbolo de todo lo que sobre la tierra no es humano, un monumento de hielo y soledad, una epopeya en piedra. Su leyenda resume por sí sola toda la historia del alpinismo, porque en ella murieron los mejores y ninguna otra montaña, ni siquiera el K2, puede presumir de un rosario de víctimas tan ilustres. Ninguna fue tan amada, tan odiada y deseada desde que Mummery, el mejor alpinista de su tiempo, se enfrentó a ella tan sólo con dos hunzas. Los tres desaparecieron a más de seis mil metros de altitud y de Mummery no quedó otro recuerdo que el impresionante espolón que, en su honor, lleva su nombre. Desde entonces, el Nanga, como una reina bárbara, se ha vestido con los trofeos de sus víctimas; glaciares, desfiladeros, collados, fueron bautizados con los nombres de los héroes caídos en su conquista, como si sus pobres cadáveres congelados, enterrados para siempre entre los inmensos mausoleos blancos, señalaran con unas letras cruzadas sobre un mapa el lugar donde yacen sus huesos. ¿Me escuchas, Adrián?

El hombre volvió la cabeza hacia ella y, tras una pausa, siguió hablando. Era evidente que no necesitaba respuesta: la pregunta era sólo una excusa retórica para fingir un diálogo, una rememoración imposible cuyo destinatario estaba ausente. Sandra comprendió que daba igual que escuchase o no, que la historia vendría con su consentimiento o sin él, que su presencia bastaba.

—Después de la Gran Guerra, el Nanga Parbat se convirtió en una cuestión de honor. El Himalaya acababa de abrirse al mundo y entre las naciones occidentales se organizó una especie de carrera, heroica y absurda, para saber cuál de ellas sería la primera en conquistar un ochomil. Los ingleses se empecinaron en el Everest, los americanos y los italianos en el K2, mientras Alemania y Austria porfiaban por la posesión del Nanga. Fue entonces cuando se convirtió en la Montaña del Destino alemán, una de esas grandes y largas palabras tan queridas por la retórica nazi. Así, espoleados por palabras, la flor y la nata de los alpinistas centroeuropeos, la brillante generación de escaladores de entreguerras, se lanzó en una serie de asaltos escalonados contra aquel castillo inexpugnable de cuento de hadas. Y, como en los cuentos de hadas, el castillo guardaba su ogro y su princesa inviolada, sus espadas y su escudo heráldico, sus mazmorras y corredores pavorosos. Nunca alcanzaron el salón del trono, unos volvieron y otros se quedaron para siempre merodeando el acceso a los torreones de hielo, golpeando las puertas de su propio terror. Merkl, Welzenbach, Wieland, los príncipes herederos y su cortejo de sherpas anónimos murieron congelados, envueltos en el manto de una tormenta espléndida. Después de aquel desastre, el propio Hitler convirtió la conquista del Nanga en una cuestión personal: hablaba de ella como “su montaña” y profetizaba que serían los alemanes, el pueblo elegido, la raza aria, los primeros en alcanzar la cumbre de uno de los gigantes del Himalaya. Pero el Nanga no hizo el menor caso de ese griterío desquiciado; ni todas las paradas militares ni todos los altavoces de Nüremberg que cantaban las alabanzas del Reich de los mil años llegaron a rozar su soledad; ni amenazas ni súplicas ni maldiciones ni lágrimas podían ablandarla. No se inquietó lo más mínimo cuando vio a otro ejército que hormigueaba alrededor de sus inmensos muros. Probablemente ni siquiera los distinguió de los otros, los heroicos muertos del treinta y cuatro: tres años no son sino un parpadeo, un suspiro en el tiempo inmemorial del Nanga. Tal vez no los vio, Adrián, tal vez no quiso hacerles daño siquiera, simplemente se sacudió un poco (un mal sueño, un escalofrío, un estremecimiento de su siesta milenaria) y el manotazo de un alud sepultó a dieciséis expedicionarios que dormían tranquilamente en sus tiendas. Alguien, en los periódicos, en los despachos de propaganda del Reich, ensayó nuevos nombres, nuevos títulos de nobleza: la llamaron la Montaña del Terror y la Montaña Asesina porque, en menos de una década, el Nanga Parbat había acabado con más vidas humanas que todo el Himalaya.

Sí, el hombre hablaba para nadie, lentamente, sin pausas ni énfasis innecesarios, como si recitara los neumas de una lengua muerta o un cántico ancestral cuya partitura se ha perdido. Mientras tanto, el camarero iba sacando las tazas del fregadero y alineándolas sobre el mostrador. A veces pasaba delante de ellos, sin prestar la menor atención al relato y Sandra comprendió que el desconocido debía de haberlo contado muchas veces, en ese bar o en otros, que tal vez el camarero ya lo conocía de memoria y nadie iba a pedirle su opinión. Era un hombre gordo y calvo, de piel colorada, y parecía muy serio, muy ocupado. Ni siquiera ensayó con ella esa mirada de entendimiento, compasiva e irónica, que reservamos para los niños y los tontos; parecía como si tras el mostrador se levantara una barrera de cristal y el lento murmullo del desconocido no alcanzara a traspasarla.

—Pero el hombre que logró conquistarla, Hermann Buhl, loco y solitario, todo coraje y corazón, un novio desesperado y humillado ante una diosa, una doncella mitológica que no sólo rechaza a los presuntuosos amantes que pretenden alcanzar su lecho, no sólo sacrifica a sus enamorados en un altar de hielo y los devora, sino que después juega con sus huesos, pasa su aburrida inmortalidad haciendo soplar el viento entre las costillas y metiendo sus dedos de nieve por los agujeros de la calaveras. Quién sabe por qué permitió a Buhl hollarla, con cuánta indiferencia, con cuánto desprecio le permitió pisar aquella cima que permanecía virgen desde el principio de los tiempos. La guerra había terminado ocho años atrás, los franceses habían ganado la carrera coronando el Annapurna y sólo unos pocos días antes la radio del campamento alemán captó la noticia de que Hillary y Tenzing habían vencido al Everest. Entonces un hombre solo partió al asalto final, un tú a tú desesperado con el horror y el ansia, como si no importaran los tormentos, los sacrificios, los muertos que le habían precedido, y en un grandioso acto de amor, una caminata salvaje y magnífica por planicies de plata viva, llegó a la cumbre más desolada del planeta. Qué dijo Buhl, Adrián, qué pensó solo allá arriba, mientras amontonaba unas cuantas piedras para testimoniar su ascenso, con qué palabras le agradeció a la montaña aquella noche despejada que le permitió sobrevivir a su vivac y descender entre el aliento de la luna. Regresó vivo, pero convertido en anciano y con dos dedos menos, porque el Nanga no permite a sus héroes marchar sin un recuerdo, un trofeo que colgar en su macabro collar de calaveras y huesos y fémures.

“Pero qué dice”, pensó Sandra y observó la jarra de cerveza vacía que había frente a él, las manchas de espuma pegadas al cristal. “Por qué no se calla”. Sin embargo, el hombre seguía hablando con aquella voz neutra y tibia, los hombros encogidos y las manos hundidas entre las piernas, como si tuviera mucho frío, mirándola de vez en cuando. Pero a quién creía estar mirando, con quién la confundía, qué rostro del pasado respondía al nombre de Adrián.

—Sí, Buhl venció y sin embargo se mató unos pocos años después en el Chogolisa. Ya se habían borrado hacía mucho las huellas de sus botas y de Buhl no quedaba más rastro que su fantasmal montón de piedras cuando, nueve años después, el Nanga permitió a tres hombres más pisar la cima, remover su nieve sagrada. Toni Kinshofer, Sigi Löw, Anderl Mannhardt contemplaron el montoncito de piedras hecho por su predecesor con las manos ateridas y corroboraron que la gesta de Buhl no había sido un sueño. Pero esta vez no se conformó con un tributo de dedos, de pedazos de carne congelados, y cogió a Sigi, el pobre Sigi, el más joven de los tres, rubio y bello, y lo estrelló contra unas rocas y le partió la cabeza, y a pesar de que Kinshofer se quedó varias horas velando su agonía, acariciando la dorada cabellera, nada pudo hacer para salvarlo, porque ya el Nanga había decidido quedárselo, retener entre sus garras de nieve a ese joven y hermoso alemán como un emblema de la alegría y la belleza inmoladas. Kinshofer regresó a través de una noche espantosa, pero, al igual que Buhl, no tardó mucho tiempo en despeñarse en alguna otra montaña, como si quienes habían contemplado por primera vez aquella cima sombría y misteriosa hubieran bebido toda su vida de un trago. O como si la doncella, la princesa, la diosa pagana, ya hubiera probado su sangre, ya se hubiera llevado a la boca aquellos dedos de hielo manchados de sangre humana y, arrepentida tarde de su benevolencia, celosa, enamorada, desde su lejano reino tirara de los hilos.

El hombre levantó los ojos hacia el espejo del bar y miró su propio reflejo agazapado entre la fila de botellas de coñac y de whisky.

—Todos muertos, sí, los primeros que la alcanzaron, todos incorporados a la leyenda, cautivos para siempre en los bajorrelieves helados del Nanga. Todos menos uno, Messner, el único que la venció dos veces, el único que sobornó a la maldición o al destino, pero a qué precio, Adrián. No sólo dejó allá arriba varios dedos de los pies sino también un hermano. Ambos escalaron por primera vez la cara del Rupal, cinco mil metros de pared, la muralla más alta del mundo, pero Günther llegó a la cima desfallecido, era imposible descender otra vez por ese abismo, así que decidieron bajar por el flanco del Diamir, cruzando la montaña de lado a lado, como si intentaran no sólo sobrevivir al Nanga sino desvelar sus últimos misterios. Y el Nanga decidió quedarse con Günther, vete a saber por qué. Reinhold se adelantó para buscar agua y cuando regresó a buscar a su hermano ya no estaba: la montaña lo había devorado. De nada le sirvió pasar la peor noche de su vida buscándolo, ni ofrecer varios dedos de los pies a cambio, ni regresar con otra expedición para intentar encontrar su cuerpo. Ocho años después la desafió como nadie se había atrevido a hacerlo hasta entonces, concibió la ascensión desesperada, el reto que jamás intentó hombre alguno: escalar un ochomil solo, desde la base hasta la cumbre. Y Messner lo logró una vez más, venció la soledad y el terror y llegó arrastrándose hasta la desolación total, la cumbre del Nanga Parbat, el osario del viento, el lugar más remoto y hostil del planeta, como si creyera que allí encontraría por fin a su hermano muerto, o tal vez su perdón o su olvido.

“Lo que me faltaba para rematar el día”, pensó Sandra, bebiendo su café a pequeños sorbos. “Como si no fuera poco el turno de mañana en el hospital y el cursillo de radiodiagnóstico por la tarde, ahora esto”. Pensó si la gente le seguía viendo cara de enfermera también ahora, con el pelo corto. Entonces se volvió y lo miró de frente, estudiándolo despacio, pero el hombre no parecía drogado ni borracho: ni los ojos (de un marrón casi negro) nadaban en telarañas rojas, ni la voz (un murmullo tenue pero firme, lento pero intenso) delataban el temblor intermitente, la tumefacción verbal de alcohol.

—¿Qué miras, Adrián? ¿Ya no me reconoces? ¿Tan viejo estoy? ¿O es que voy a tenerte que contar otra vez toda la historia?

Él soportó su escrutinio serenamente, sin desviar los ojos, devolviendo la mirada con tanta profundidad y franqueza que Sandra creyó por un instante que lo conocía de algún sitio, de un sueño, de otra vida. No podía ser que se pareciera tanto a aquel hombre con quien la confundía, ni siquiera con el pelo cortado. Tenía que hablar, decir algo que la sacara de su ensueño, que rompiera el hechizo de prestar oídos a un fantasma, a un perfil confuso entresacado de una memoria enloquecida.

—Porque nosotros —siguió diciendo el hombre— también somos parte de su historia, formamos parte de ella, Adrián, diminutos recuerdos de huesos y carne y sangre con los que se pone a jugar en las noches solitarias y heladas del invierno. Y quién sabe qué hace el Nanga con sus recuerdos, Adrián, tal vez el diamiri tuviera razón y ya se haya fabricado unas cuantas manos.

El hombre hizo una seña con la cabeza y el camarero retiró la jarra vacía y le sirvió otra llena. “Ya está bien”, pensó Sandra. Tenía sueño, no había por qué seguir escuchando. Era fatalidad o mala suerte o lo que fuera, pero lo cierto es que todos los locos acababan colgados de su brazo. Como si le tocara hacer horas extras, pensó. A mitad de camino entre un sorbo y otro de café, se levantó para llamar al camarero y pedir la cuenta, cuando vio algo que la dejó paralizada. Después volvió a sentarse muy despacio y comprendió que tendría que quedarse hasta el fin, hasta el último estertor del relato. El hombre alzó los brazos para levantar la jarra y llevársela a la boca. Necesitaba de las dos manos para acercarla hasta los labios. Tenía todos los dedos cortados.