Nanga Parbat
Capítulo 3
El hombre tomó aliento, levantó la jarra de cerveza con sus muñones y la terminó de un trago. En sus labios, en el borde inferior, empezaba a formarse una costra de sequedad y saliva, como si ciertas palabras o ciertos recuerdos se le hubieran ido quedando pegados a la boca.
—Dos días después, Vasco me llamó para confirmar la fecha del vuelo y a los dos meses, volábamos los cuatro, Vasco, Julia, tú y yo, hacia Pakistán. Vasco insistió en que quería contar con Ang Phu, el mismo sherpa que le había acompañado al pilar oeste del Makalu y a la cara norte del Everest. A su lado nos esperaba Abkar Khan, nuestro oficial de enlace, que ya había supervisado varias expediciones al Nanga Parbat. Nos encontramos con ellos en el Hotel Star, en Rawalpindi, y cuando los vi juntos casi me echo a reír: difícilmente podían concebirse dos hombres más distintos. Ang Phu era un nepalí pequeño y pálido, todo sonrisas y buen humor, que chapurreaba un inglés espantoso. Abkar Khan era un musulmán ceremonioso de piel oscura que medía casi dos metros y hablaba con un impecable acento británico. Ostentaba una barba negra y espesa y una melena fogosa y violenta que ocultaba bajo un turbante rojo ceñido con una piedra azul. No decía más que las palabras justas y las sonrisas las prodigaba menos aún, pero cuando lo hacía, una fila de dientes blancos y perfectos mostraba el símbolo de la media luna bajo los bigotes. El sherpa, en cambio, era calvo como un huevo y su sonrisa dejaba al descubierto una dentadura defectuosa. No podía estarse quieto, no paraba de juguetear con los vasos y los ceniceros. Como para todo hombre nacido entre montañas, para él la ciudad era otro mundo, un universo absurdo lleno de convenciones absurdas, y los signos de civilización —los timbres, los teléfonos, las puertas giratorias— jeroglíficos indescifrables escritos en una lengua extranjera.
Sin embargo, en cuanto vio a Vasco entrar por la puerta del hotel, el pequeño sherpa echó a correr y se abrazó contra su pecho. Vasco sonreía, ni siquiera pudo dejar las maletas en el suelo para corresponder al abrazo. Cuando al fin logró soltarse, Ang tenía el rostro bañado de lágrimas.
—Mi amigo —dijo en su horrible inglés—. Mi amigo, estás aquí.
Vasco había salvado la vida de Ang en el Everest y eso es algo que un sherpa difícilmente olvidará. Cinco escaladores trepaban por la pared del Chang La cuando un desprendimiento de piedras les alcanzó. Tres de ellos murieron en la caída y Vasco tuvo que descender sin cuerdas fijas por un abismo de doscientos metros con una pierna rota. Cuando llegó al pie de la pared se encontró con Ang Phu, el jefe de los sherpas, que sangraba por una herida en la cabeza. Se había anudado un pañuelo en la frente, había cavado una especie de agujero en la nieve y estaba sentado en su interior, murmurando plegarias con los ojos cerrados. Desfallecido de dolor, Vasco le dijo que no había sido culpa suya, que se pusiera en pie y le siguiera, pero el sherpa no respondió. Entonces le gritó, le zarandeó con fuerza intentando convencerle de que tenían que regresar antes de que la noche les cayera encima, pero Ang ya no le escuchaba. Un sherpa y dos sahibs habían muerto despeñados: ésa era su vergüenza y su carga. Había cavado su tumba y se preparaba para morir: eso era todo. En vano Vasco le rogó, le amenazó y le golpeó para que se pusiera en pie: el sherpa seguía rezando, sereno, impertérrito, más allá de la vida. Entonces, cuando una nevada empezó a caer sobre ellos, Vasco le tendió un cabo de cuerda y le dijo: “yo te contraté para que me subieras allá arriba, yo te pagué. Ahora tú tienes que sacarme de aquí”. Ang dejó de rezar y abrió los ojos por primera vez. Contempló el rostro tranquilo de aquel extranjero, comprendió que no podía abandonar a un sahib a su suerte, no, a menos que rompiera una ley sagrada para su pueblo. Resignado, asintió con la cabeza, se levantó muy despacio, cogió la cuerda que le tendían y se la ató al arnés. Paso a paso, de la mano de Vasco, abandonó la muerte que el Sagharmata había preparado para él.
—A la tercera va vencida, como dice tu país —dijo Ang, con una enorme y negra sonrisa—. Esta vez haremos cumbre.
—Tú harás cumbre, Ang —dijo Vasco—. Esta vez yo no iré tan arriba.
Juntos habían retrocedido en el Makalu y juntos habían sobrevivido al Everest. Los ojos achinados del sherpa expresaron su determinación mucho mejor que su gramática.
—Yo iré a donde tú vayas. A donde vayas tú.
Vasco sonrió. Ambos estrechamos la mano que nos tendía Abkar Khan. Había asistido a la escena del reencuentro desde atrás y su gesto adusto, su espeso bigote y su porte de oficial británico, parecían desaprobar aquella aparatosa exhibición de sentimientos. Después de saludarnos, el oficial se volvió hacia Julia y le besó la mano con una reverencia impecable. Julia se ruborizó; yo creo que se sintió fascinada por Abkar Khan casi desde el primer instante. ¿Recuerdas? Cuando aterrizamos en Rawalpindi estaba fatigada, y ojerosa, algo en la comida del avión debió de sentarle mal y el cansancio del largo vuelo se traducía en el tono ceniciento de su piel. En el taxi que nos llevó hasta el hotel masculló algo contra la cultura musulmana en general y contra la pakistaní en particular, un breve y visceral alegato que mezclaba el velo con el curry y las especias picantes. Pero cuando vio al militar moreno, alto y distinguido, que se inclinaba para besarle la mano vestido con su uniforme oficial, se quedó sin aliento y se lamentó por su aspecto desastrado, sus ropas anchas y su pelo sucio y maltrecho, recogido en una coleta.
A la mañana siguiente, Julia bajó la escalera enfundada en un plumífero turquesa y unos pantalones a juego, al menos un par de números por debajo de su talla. Llevaba el pelo recién lavado, rubio y resplandeciente, como una aureola de sol y se había maquillado con la levedad y la sutileza suficientes como para borrar las huellas de la fatiga y conservar esa transparencia de la piel blanca que (imaginaba ella) más podía atraer a un musulmán. Sin embargo, a pesar de este despliegue de encantos, Abkar Khan, siempre reservado, siguió guardando las distancias, cediendo el terreno al pequeño Ang Phu, que revoloteó todo el tiempo en torno a Julia, con su sonrisa mellada y sus chistes incomprensibles, como un abejorro en torno a una flor malhumorada. No estuvimos mucho tiempo en Rawalpindi, dos o tres días a lo sumo, los suficientes para comprobar el material y contratar los camiones y porteadores que nos llevarían hasta el pie del Nanga. Abkar Khan no sólo nos ayudaba en los complicados regateos con sus compatriotas sino que sellaba los tratos de una vez por todas con su porte castrense y su impresionante alzada. Entre él y Vasco consiguieron a muy buen precio el alquiler de un par de grandes camiones pakistaníes, algo viejos pero robustos, decorados con toda clase de guirnaldas y colgantes multicolores, de modo que más que camiones parecían templos con ruedas.
En el primer transporte viajaríamos el grupo de escalada más el oficial de enlace, y en el segundo los seis porteadores y el cocinero. Una vez acomodada en los asientos, Julia se las apañó para esquivar a su pequeño pretendiente y sentarse en la fila trasera, al lado de Abkar Khan. Pretendía sonsacarle algo de su pasado y al final lo consiguió. El acento británico no era un capricho snob: por lo que pudimos oír, Abkar Khan lo adquirió en distintos internados ingleses donde transcurrió casi toda su infancia. Al cumplir la mayoría de edad, regresó para alistarse en el ejército pakistaní. Ang, defraudado ante su fiasco amoroso, se encogió enfurruñado en un rincón, de donde Vasco lo sacó para examinar juntos las vías de aproximación sobre un mapa del Nanga. Tuvo que insistir un poco para hacerle olvidar a Julia: para el sherpa, al contrario que para todo el mundo, era mucho más fácil conquistar una montaña que una mujer.
De manera que, entre nombres de ríos y lejanos recuerdos de Inglaterra, tú y yo, sentados en el asiento delantero, junto al conductor, nos mirábamos de vez en cuando, Adrián, e iba creciendo en nosotros, como un árbol, la excitación de acercarnos a los dominios del Nanga. Y cuando al fin hizo su aparición partiendo en dos el horizonte, todas las conversaciones cesaron. Allí estaba, desde siempre, inmensa y lejana, elevándose desde el cielo nublado como algo de otro mundo, una nube petrificada entre un panteón de nubes grises. El ronquido del motor se sobrepuso a cualquier otro sonido y por primera vez tuve la sensación, instantánea y absurda pero intolerable, de que era ella, no nosotros, la que nos estaba mirando. Entonces tú apretaste con fuerza mi brazo, Adrián, casi hasta hacerme daño, susurraste algo en alemán y luego dijiste: “estamos aquí, Ángel, por fin estamos aquí”. Por el rabillo del ojo espié la reacción de Vasco: tenía una expresión seria y hosca bajo una barba de tres días, pero parecía, junto a Abkar Khan, el menos impresionado. Hasta Julia dejó en paz por un momento a su presa y se asomó a la ventanilla mientras que Ang se agitaba al borde del asiento, ametrallando a preguntas a Vasco en su inglés desdentado.
Sin embargo, cuando dejamos los camiones en el último tramo de la carretera, y nos internamos a pie junto con el grupo de porteadores, camino del valle del Diamir, nuestras reacciones fueron experimentando cambios graduales. El Nanga Parbat aparecía y desaparecía ante nuestros ojos, embozado en las nubes, según la profundidad y la altura de los desfiladeros por los que caminábamos, y sentíamos su cercanía amenazadora como la sombra de un santuario. Por las tardes, cuando el cortinaje de nubes se abría unos instantes, Julia sacaba un cuadernillo de la mochila y se sentaba a dibujar el perfil de la montaña en unos cuantos trazos vigorosos, como si le hiciera una caricatura. Jugaba a sacarle parecidos al abrupto relieve del Diamir y así unas veces dibujaba un murciélago y otras un águila. Después de cenar, Ang Phu revolvía todo el campamento antes de acostarse, nervioso, como un perro que olfatea la proximidad de la caza.
Al pasar por los poblados, charlábamos con los fieros diamiris del valle, musulmanes arrogantes y belicosos, armados hasta los dientes, que defendían celosamente sus tierras. El cocinero hunza nos contó que eran hombres de honor, de un tiempo en que el honor era algo más que una palabra. Las venganzas de sangre entre familias eran moneda de pago corriente para saldar una deuda o restañar un linaje ofendido: había algunas que se remontaban veinte o treinta años atrás. Y cuando el gobierno intentó en su día que la carretera del Karakorum (la misma que habíamos dejado atrás) atravesara sus territorios, se encontraron con un levantamiento militar en toda regla; algunos ingenieros y trabajadores fueron asesinados y el mismo ejército tuvo que intervenir. Vasco ya los conocía del año anterior y comentó que no había nada que temer de ellos, siempre y cuando uno no se metiera en sus asuntos. Algunos jóvenes diamiris se reían al paso de aquellos blancos locos que pretendían escalar su montaña, y fue uno de los jefes, el más viejo de todos, un anciano barbudo y canoso con un anticuado pistolón metido en el cinto, quien me contó la leyenda del primer sahib que quiso escalar el Nanga (ellos la llamaban Diamir, que quiere decir “el rey de las montañas”) y del primer dedo humano que arrancó.
El hombre hablaba ahora sin pausas, sin titubeos, los recuerdos fluían libremente de su boca, como si aquella marcha a pie hacia las inmediaciones de la montaña contagiase sus palabras.
—Y de pronto, una mañana, subimos un repecho y estaba allí. Amaneció despejado, el aire era puro y azul, una pecera de cristal, y dentro de ella estaba el Nanga, un diamante de hielo, grande, inmenso, todopoderoso. Al contemplarlo se me detuvo la respiración y pude sentir la misma inquietud recorriendo el campamento mientras nos preparábamos para la última jornada de marcha, la misma ansiedad tensando los rostros de escaladores y porteadores. Al calarme las gafas de sol para observar aquella mole cara a cara, volvió a invadirme la misma asfixiante sensación de insignificancia: me sentí un microbio bajo una lente de aumento. Pero sobre todo percibí la belleza augusta de la montaña, el trazado inmortal de sus aristas, su naturaleza celestial, ultraterrena; comprendí la injusticia de los sobrenombres que le habíamos impuesto: la “montaña cruel”, la “montaña asesina”. Asesina por qué, de qué, si para ella nosotros no éramos nada. Vi que estaba desnuda, en verdad, más que ninguna otra cumbre se ofrecía a los ojos como una mujer que se ha quitado ya las ropas y se dispone al abrazo, una doncella virgen de fuego resplandeciente y ojos en blanco, y entonces me acordé de Kurt Diemberger una noche de copas en Madrid en que me confesó que casi se echó a llorar cuando la distinguió desde la cumbre del K2, a más de ciento ochenta kilómetros de distancia, confundida entre un océano de nubes. “Como una viuda solitaria”, dijo Kurt. Y era verdad, el Nanga estaba sola en su atalaya, sola como ninguna otra montaña podía estarlo, separada del mundo por valles y por ríos, una huraña, orgullosa viuda ataviada con un velo blanco de luto, de diosa en el exilio, alejada para siempre de sus hermanas del Himalaya y del Karakorum, sin hijos, sin madre, sin familia, sin marido muerto, sin más amigos ni más amantes que nosotros, los insignificantes pretendientes que se atrevían a cortejarla.
»Nos pusimos en marcha, cambiando frases triviales para aliviar la tensión. A media mañana, Julia hizo una pobre intentona de cantar algo que levantara los ánimos y regulara el ritmo del paso, pero los dos o tres compases que logró tararear antes de callarse se quedaron flotando en el aire helado y transparente y fueron estallando uno a uno como burbujas. Look at, look at, decía sin cesar Ang mientras caminaba despreocupadamente bajo su enorme mochila. Parecía no sentir su peso en absoluto. Vasco observaba fascinado el níveo resplandor mientras un velo sombrío caía sobre su cara. Hasta Abkar Khan se envaró y agarró fuerte su bastón de mando, como si instintivamente se cuadrara ante la presencia de un general invencible.
»Y tú, Adrián, tú retratabas todo con tu cámara de fotos: los rostros de los niños diamiris, la calidad de la luz, las formas de las piedras manchadas con las sombras de los porteadores. Al mediodía, una nube solitaria y gris se alzó sobre la cima como un presentimiento turbio que cruzase la cabeza nevada del Nanga. Dejaste la mochila y te subiste a unas piedras para capturar aquel instante mágico: la montaña pensando. Apenas te asomaste al visor de la cámara y ajustaste la distancia cuando te echaste hacia atrás y murmuraste una palabra, una sola: Engel. Soltaste la cámara, que se quedó girando sobre tu pecho, inclinaste la cabeza y alzaste los brazos lenta y amenazadoramente, en una pantomima que no pude comprender. Entonces me volví hacia el diamante, el ogro, el monstruo y de repente lo vi: todo el flanco del Diamir congregó sus espolones, sus rocas, sus facciones milenarias, y aquella extraña cumbre reveló su secreto sólo para nosotros. Julia se entretenía dibujando águilas o pájaros o murciélagos, pero estaba equivocada, o ciega, tal vez. “Engel”, repetiste sin moverte y un cortafrío me recorrió la espina dorsal, vibrando en cada vértebra, dando rienda suelta al pánico. Asentí con la cabeza. Tenías razón, Adrián. El Nanga era un ángel, un ángel con las alas desplegadas».