Nanga Parbat
Capítulo 1
Primera parte
La cordada
1
El hombre bebió un trago, despacio, y dejó otra vez la jarra sobre el mostrador con lo que le quedaba de manos. La serie de movimientos resultaba forzada, dolorosa —probablemente más dolorosa de observar que de ejecutar—, aunque al mismo tiempo tenía una suavidad irreal, cierta mutilada gracia, como una antigua estatua romana capaz de una parodia de vida. A Sandra le recordó de pronto a un niño pequeño aprendiendo a sostener un tazón de leche. Pero no se trataba de una estatua rota ni de un niño, sino de un hombre fatigado que se secó la espuma de los labios con uno de los muñones.
—Hubo un tiempo en que yo tenía manos —dijo, a nadie en particular, y Sandra apartó la mirada de sus horribles cicatrices, la misma mirada de horror y compasión y (por qué no decirlo todo) alivio que dedicaba a los accidentados y lisiados desde la atalaya de su bata blanca—. Un tiempo en que podía escalar, clavar un pitón, trepar por unas rocas. ¿Te acuerdas del Abuelo, Adrián? A él le faltaban varios dedos y sin embargo…
Se detuvo, más bien cesó de hablar, de pronto, como un mecanismo que se encasquilla o una pila agotada, y se quedó mirando sus manos tronchadas como si no las reconociera, como si sus ojos resbalaran sobre la obscena desnudez de los costurones. Sandra no pudo soportar ese silencio, la intensidad de ese vacío entresacado de los ojos de una estatua. A lo mejor fue eso lo que la impulsó a hablar:
—¿De qué mano?
El hombre siguió absorto un rato. Luego, cuando el eco de la pregunta ya se había disuelto en el aire, dijo:
—¿Importa eso mucho?
—En realidad, no —concedió Sandra.
—No recuerdo qué mano, la verdad, puede que fueran las dos, pero al Abuelo le daba igual, lo mismo seguía trepando como un oso por las paredes de Ordesa. En Ordesa, el Abuelo era una leyenda, grande y gordo, con una barba fosca y rojiza y un par de ojillos alegres y desconfiados entrelazados en una maraña de pelo sucio. Parecía un peluche de dos metros y deambulaba arriba y abajo por cañones que consideraba de su exclusiva propiedad, abriendo vías que prestaba a los demás montañeros refunfuñando, como si fuera el señor del monte. Claro que eso no era raro, porque el Abuelo estaba convencido de que todas las montañas del mundo le pertenecían, incluidos riscos, glaciares, árboles, nubes y tormentas, y para ello, para avalar su dominio sobre su imaginario latifundio, llevaba siempre un dominó. Hablaba con todo el mundo, ya fueran escaladores, excursionistas o guardas forestales, y le daba lo mismo españoles que extranjeros, porque si el interpelado no comprendía el castellano, entonces chapurreaba en catalán, en inglés o en euskera, y si tampoco esto daba resultado, el Abuelo recurría a una mímica universal que comprendía danzas, fragmentos de canciones y golpes de puño en el pecho. Tarde o temprano, si ibas por Ordesa, acababas tropezando con él e, inevitablemente, en algún momento de la conversación, el Abuelo se las arreglaba para sacar su destartalado dominó, viniera o no a cuento, y retarte a la posesión de una montaña. En las largas tardes en que reinaba el mal tiempo y no había nada que hacer, mano sobre mano en los refugios, alguien sacaba el historial alpino del Abuelo como podía sacar una radio o una baraja: un antídoto contra el aburrimiento. Se especulaba y se discutía sobre la realidad de sus logros, ya que raro era quien no le había oído —al menos una vez— relatar su mítica ascensión invernal al McKinley, donde perdió sus dedos, por no hablar de las torres de la Patagonia y de varios gigantes del Baltoro. Pero, viéndole canturrear mientras estudiaba su jugada y oyendo su grito de satisfacción cuando con un trallazo brutal estampaba sobre el tapete la ficha que cerraba la partida, la verdad, se hacía difícil creer que hubiera salido alguna vez de los Pirineos, todo lo más, si acaso, una excursión por los Picos de Europa o un garbeo por las montañas vascas. En cierto modo, era un ejemplar más de la fauna local, como lo son las cabras monteses o como lo fuera en su día el lobo, un anacronismo viviente, mentiroso e indómito, salido de otra época, enfundado en invierno en un anorak zarrapastroso y en verano en un arcaico chándal azul de colegial y unas zapatillas viejas.
Al principio podía resultar molesto y hasta cargante, con esa manía suya de exhibir imaginarios títulos de propiedad sobre las montañas, pero si habías compartido con él una o dos noches al fuego y te habías jugado en una partida de dominó el Mont Blanc o el Kilimanjaro, si un día te había enseñado un sendero casi virgen que desembocaba en la garganta de Añisclo, entonces acababas cogiéndole cariño al Abuelo y le echabas de menos cuando pasaba un fin de semana en Ordesa y no aparecía, gordo y peludo, voceando con su dominó bajo el brazo y desafiando a cualquiera por una montaña”.
El hombre sonreía ahora, caminando entre sus recuerdos, y Sandra tardó algún tiempo en darse cuenta de que ella también sonreía, de que reflejaba su entusiasmo como el espejo del bar.
—Aquella tarde, Adrián, cuando llegamos a Gavarnie, el Abuelo estaba dándole la tabarra a Santi. Había sacado la caja de dominó y la agitaba desaforadamente antes de volcar las fichas por el suelo. Santi estaba recostado contra la pared, con sus walkman sobre el pecho, como siempre.
—Bien, bien —dijo el Abuelo cuando entramos en el refugio, sin hacernos caso, tan ansioso por empezar la partida que ni siquiera respondió a mi saludo—. ¿Juegas o no?
—Paso —dijo Santi con su cara de crío enfurruñado.
Mosqueado, el Abuelo se volvió hacia nosotros mientras Santi fingía hurgar en sus walkman. Disfrutó un rato más de su incertidumbre, hasta que vio que el Abuelo saltaba literalmente de impaciencia. Entonces sonrió, apartó las cintas de música, le señaló con el dedo y dijo muy serio:
—Te recuerdo que todavía me debes el Espolón Walker.
—El Escombrón Walker —gruñó el Abuelo—. Valiente bazofia. Puedes quedártelo, te lo regalo. Estoy hablando de jugar fuerte. ¿Qué me dices: Andes o Himalayas? ¿Va la sur del Aconcagua?
—Sabes que nunca estuve en los Andes —dijo Santi, nada más que por hacerle rabiar.
—¿Y qué, joder? ¿Y qué? —dijo el Abuelo, impaciente hasta no poder más—. Son mías, son mías todas ellas, desde el Ecuador hasta la Patagonia, toda la jodida cordillera. ¿Quieres que te enseñe los papeles? Vamos, no me hagas perder más tiempo. Elige una, te la regalo.
—No —dijo Santi, guiñándonos un ojo—. Creo que prefiero el Everest.
—El Everest, el Everest —farfulló el Abuelo mientras daba la vuelta a la caja y desparramaba las fichas sobre un tapete extraído de un juego infantil hacía tantos años que el fieltro verde parecía paño—. ¿Quién dice que se llama Everest? ¿A quién se le ocurrió bautizar mi montaña con el nombre de un geógrafo inglés que probablemente se murió sin verla? No fastidies, hombre, llámala por su nombre, Chomolungma, que en tibetano quiere decir algo así como ‘diosa madre de las nieves’. O en nepalí, Sagharmata, que significa…
—La cabeza del cielo —dijiste tú, Adrián.
El Abuelo se calló, lo cual era un milagro, y se te quedó mirando con un asombro salpicado de furia. No estaba acostumbrado a que le interrumpieran en medio de uno de sus monólogos y menos aún, si versaba sobre uno de sus temas preferidos. Santi y yo nos temimos lo peor, es decir, uno de sus discursos sobre la impertinencia de algunos nombres de montañas, discurso que, cuando estaba enfadado de verdad, pronunciaba en una variante comarcal del euskera, tan cerrada que hasta los mismos vascos tenían dificultades para seguir la cátedra.
Todos, sin excepciones, admirábamos los vastos conocimientos alpinos del Abuelo, precisamente por eso a muchos se nos hacía difícil creer que no había estado en realidad alguna vez en todas aquellas montañas de las que hablaba, cuando explicaba, por ejemplo, el sentido de las formaciones de nubes en el Cerro Torre o la ruta más segura para atacar la sur del Annapurna.
Lo había leído todo, simplemente, todos los libros, todas las revistas, los informes especializados; relataba con todo lujo de detalles las escaladas míticas de los viejos maestros y las entrelazaba con anécdotas de los grandes montañeros vivos, de manera que Mummery, Terray, Bonnington, Messner, Kukuczka, convivían juntos en expediciones anacrónicas mientras el Abuelo hablaba y hablaba de ellos como si les conociera, comentaba las virtudes y los defectos de cada uno a la hora de formar una cordada, sus ambiciones inconfesables y sus terrores privados, como si regresara de acompañarles a lo alto de El Capitán o de arrebatarles una cima cualquiera con un categórico pito doble. En la vehemencia de su loca retórica, el Abuelo llegaba a transformarse en un avatar del escalador platónico, se transfiguraba en una encarnación viviente del indómito espíritu de las cumbres, de modo que todos ellos, todos los alpinistas, sin excepción, los famosos y los anónimos, los engreídos guías de Chamonix y los pobres sherpas del Khumbu, se reunían en su voz, juntos, mezclados los muertos con los vivos, los escaladores que se despeñaron por un precipicio de hielo o quedaron sepultados por una avalancha, abandonaban por un instante su eterno reposo entre las nieves, surgían de criptas solitarias entre grietas de hielo o emergían de los glaciares, para reencarnarse en esa delirante, embustera, apasionada mixtificación del anhelo humano por tocar las cumbres.
Por supuesto, Santi había elegido el Everest adrede. Sabía que pocas cosas enfurecían tanto al Abuelo, aparte de las bombonas de oxígeno abandonadas en los campamentos avanzados del Himalaya, como la falta de respeto ante los nombres locales de las montañas. ¿Quiénes se habían creído los ingleses —decía a voces— para bautizar con sus ladridos de perro los tronos milenarios de Asia? ¿A qué estúpido cartógrafo se le ocurriría llamar a la pirámide más terrible y vertiginosa de la tierra con una casilla del juego de los barquitos? Y pocas cosas podían engrosar tanto su ira como el hecho de que le interrumpieran en medio de una de sus disquisiciones lingüísticas. Sin embargo, cuando le interrumpiste, se te quedó mirando, echó hacia atrás la cabeza, cerró los ojos, te señaló y dijo:
—Deustch?
—Ja —respondiste, mientras asentías despacio con la cabeza.
Eso fue lo único que pudimos entender. El Abuelo recogió el dominó, se acercó hasta ti, sonriendo, te echó un brazo sobre los hombros y te arrastró fuera, sin dejar de farfullar en un canturreo tan áspero y violento que hasta es posible que fuese alemán.
—No te jode el Abuelo —dijo Santi.
—¿Y Vasco? —pregunté, antes de que volviera a sumergirse en sus Walkman.
—Ni idea. No lo he visto en todo el día. La verdad, no creo que haya venido a Gavarnie.
Aquello lo echaba todo por tierra. Acababa de llegar del Tirol donde intenté en vano convencer a Stephen Geller para que viniera con nosotros. No hubo manera. Geller, uno de los mejores himalayistas del momento, iba a ser nuestro jefe de escalada pero cambió de idea sólo tres meses antes de la fecha prevista, cuando una firma comercial americana le contrató como guía jefe de una expedición al Kangchenjunga. No podía reprochárselo, él se ganaba la vida con eso. Sin Geller, el proyecto del Nanga Parbat se tambaleaba peligrosamente. Tenía que hablar con Vasco cuanto antes para comunicarle el cambio de planes.
—¿Has conseguido que Geller cambiara de idea? —me preguntó Santi, como si hubiera leído mis pensamientos.
—Imposible. Ha firmado un contrato.
—Entonces tampoco cuentes conmigo.
—¿A qué viene eso ahora? —le pregunté, intentando encajar el golpe.
—Te lo dije, Ángel. Te advertí que quería garantías. El Nanga no es como ir a jugar al parque. Sin Geller, yo paso.
—Pero Vasco sí viene, tú le conoces. El año pasado intentó el Nanga y conoce…
—Intentó el Nanga, sí —Santi no me dejó terminar—, en una expedición británica donde por cierto se mató Pat Heliwell, quien, además, era amigo mío. Y de propina Vasco pasó una noche de mil demonios.
Era verdad. Heliwell se despeñó y Vasco tuvo que vivaquear a casi ocho mil metros, solo, en una grieta, bajo una tormenta aterradora. A la mañana siguiente, la ventisca amainó y los dos ingleses que subieron con la idea de rescatar su cadáver se sorprendieron al encontrarlo vivo. Estaba acurrucado, temblando, con las manos y los pies insensibles por el frío. Los ingleses contaron que parecía haber envejecido décadas en el transcurso de esa noche: su pelo se había vuelto blanco, como si el Nanga lo hubiera teñido con nieve.
—Santi, no me jodas. Tú sabes mejor que nadie que en la montaña ocurren accidentes.
—Claro que ocurren accidentes. Y tú sabes mejor que nadie que la prudencia es la mejor manera de evitarlos.
—¿Qué intentas decir?
—Joder, Ángel. ¿Cuánto hace que no ves a Vasco?
—Hablé con él la semana pasada, por teléfono.
—Ya. ¿Y le oliste el aliento? Tío, te estoy preguntando cuánto hace que no lo ves cara a cara. Me apuesto lo que quieras a que no tomáis unas copas juntos desde que se fue al Nanga.
No respondí. Santi me miraba con su eterna cara de crío enfurruñado.
—Por Dios, Ángel, olvídate de Vasco. El tío está jodido pero bien. Nadie sabe lo que le pasó allá arriba. Quienes lo conocen dicen que no para de beber. Begoña no lo aguantó y se piró con su hijo. Ahora está solo. En seis meses no ha hecho tapia, no ha subido a nada más alto que un escalón. ¿Y vas a confiar en un tipo así para que te lleve al Nanga? Pues yo no, gracias.
No tenía nada más que decir. Volvió a sumergirse en sus walkman. Yo también había oído aquellos rumores sobre Vasco, pero no quería creerlos, no podía permitirme el lujo de prescindir de él también ahora.
—Gracias a ti, cabrón —le dije, vocalizando cuidadosamente mi despedida.
No respondió aunque estaba seguro de que había leído en mis labios. Respiré hondo y salí del refugio. Vi al Abuelo que caminaba con su dominó bajo el brazo, probablemente en busca de nuevos adversarios.
—Auf Wiedersehen! —gritó, sin mirar atrás.
—¿Sabe alemán? —te pregunté—. ¿En serio?
—Bueno —dijiste, volviéndote—. Su acento no es muy bueno, se nota que hace mucho tiempo que no lo practica. Pero estaba deseando volver a hacerlo. Le he preguntado dónde lo aprendió y me ha contado que en su juventud fue profesor de lingüística en Heidelberg.
—Todo es posible con el Abuelo. Hasta que haya subido el jodido McKinley — comenté, mientras observaba el chándal azul que se perdía por el camino—. ¿Qué era eso que te dijo al principio?
—Un poema. Rilke. La primera Elegía. La recordaba casi entera. Me contó que fueron esos versos los que le hicieron buscar la montaña. ¿Es cierto?
—Depende de lo que entiendas por cierto. Con el Abuelo esa palabra no quiere decir gran cosa. Él mismo ha hecho correr diferentes versiones sobre su pasado.
—¿Qué versiones?
Sonreí. Puede que recordar las patrañas del Abuelo me viniera bien para olvidar la deserción de Santi.
—Básicamente todas cuentan lo mismo. Un tipo joven, en la flor de la vida, que lo abandona todo (trabajo, dinero, familia) para viajar al Himalaya. Con los años han ido cambiando los detalles, los motivos de su fuga. En una de las versiones, el Abuelo era un ejecutivo de la IBM al que diagnosticaron una enfermedad incurable. Entonces decidió peregrinar hasta el monte Kailas, para, una vez allí, intentar la ascensión de la montaña prohibida. Pero un lama lo encontró en las puertas de un monasterio, lo tocó en la frente y el Abuelo sanó milagrosamente —sonreíste al escuchar la historia—. En otra versión, el Abuelo se convierte en el brillante heredero de una acaudalada dinastía europea. Una mujer fatal se cruza en su camino, lo abandona y el Abuelo, desesperado, decide suicidarse de una manera un tanto complicada. Con el dinero de la herencia, organiza una expedición al Everest para arrojarse desde el balcón más alto de la tierra. ¿Romántico, no? Francamente, prefiero tu versión. Profesor de lingüística en Heidelberg le cuadra muy bien al Abuelo. Eso explicaría su ansia por bautizar montañas.
—Desde luego, sabe hablar alemán. Ese poema no es precisamente fácil.
—¿Qué quiere decir?
—Déjame ver, traducido no es gran cosa, pero sería algo así:
¿Quién, si yo gritara, me oiría entre los coros de los ángeles? Y suponiendo que me tomara uno de repente hacia su corazón, me fundiría con su más potente existir. Pues la belleza no es nada más que el comienzo de lo terrible, que apenas soportamos y si lo admiramos tanto es porque, sereno, desdeña destrozarnos. Todo ángel es terrible.
Seguiste recitando el poema con tu hermosa voz, sin ni siquiera darte cuenta, entonces, de que ya mi nombre aparecía grabado en aquellos primeros versos. De qué hilos está hecha la vida, con qué redes tan tenues atrapa el amor los corazones. Una semana más tarde, en Madrid, en la plaza de Santa Ana, en el cuarto de una pensión donde apenas cabía la cama, caíste en la cuenta de que yo me llamaba Ángel, igual que el Engel de Rilke, la terrible criatura alada de la primera Elegía que leímos echados sobre las sábanas de nuestro primer lecho nupcial. Tú pronunciabas despacio cada palabra, Adrián, trepabas a las ásperas rocas de las consonantes y te detenías a beber en las fuentes cristalinas de las vocales, tan despacio como si yo pudiera entenderlas, descifrar el melodioso río de sonidos que un poeta muerto hace setenta años labró en tu vigorosa y bella lengua germánica. Entre los besos y los abrazos creíamos percibir profecías luminosas, grietas del futuro, como si el poema hubiera sido escrito para celebrar nuestro encuentro, como si entre la tiniebla de sus versos, al menos uno, uno solo, presagiara nuestro destino de enfrentarnos juntos al Nanga. Los amantes siempre se engañan con cosas así, son fórmulas mágicas para conjurar el miedo, pero reconocerás que era fácil y hermoso equivocarse, que, para un par de montañeros, era casi inevitable tropezar y caer de bruces con algo que dice:
echa tus brazos desde el vacío,
hacia los espacios que respiramos, quizá para que los pájaros sientan el aire ensanchado con su vuelo más íntimo.
El hombre bajó la cabeza y se quedó mirando la jarra de cerveza, los círculos de líquido sobre la madera del mostrador, la espuma que bajaba lentamente por el tubo de cristal.
—Los espacios que respiramos tú y yo, Adrián, los montes que escalamos juntos, las calles que recorrimos, las noches que atravesamos… Pensar que todo eso estaba escrito, trazado en unas estrofas garrapateadas en alemán y recitadas al azar por un viejo loco con un dominó bajo el brazo. Pensar que ni siquiera me gusta la poesía, Adrián, que me aprendí de memoria la primera Elegía y nunca supe qué quería decir, si es que decía algo aparte de sus ángeles y sus muertos, sus animales y su música. Reconoce que no se entiende gran cosa, pero en tus labios sonaba como una canción y eso es todo lo que un enamorado necesita para vivir, para cantar la letra, para creer que es amado.
Eras tan joven, Adrián, y no me refiero a la edad, no estoy hablando de que entonces tuvieras quince o veinte años, sino de las expectativas que había en tu corazón, tus ilusiones, la vida por vivir, la tierra por cruzar. Yo estaba acostumbrado a tipos que venían de vuelta de todas partes y que no habían ido nunca a ninguna, niñatos que creían haberlo visto todo y ni siquiera habían abierto aún los ojos. Conocía hombres que llevaban la cuenta de sus amantes del mismo modo que algunos alpinistas calculan su ego en el número de cumbres holladas o de metros escalados, fíjate bien, como si una montaña pudiera medirse en metros. Y de pronto llegabas tú, con tu pelo rubio y tus ojos azules, con tu madre alemana y tu padre navarro, amante de la poesía y de las montañas, me ofrendabas tu cuerpo en el altar de mi cama, y sin más historial que unas cuantas paredes de los Pirineos y de los Alpes, te ofreciste a acompañarme al Nanga Parbat, Adrián, al Nanga Parbat, nada menos.
El hombre movió la cabeza una, dos veces, negando muy despacio.
—Cómo pude permitirlo, cómo pude pensarlo siquiera. Porque yo sabía de sobra a lo que íbamos a enfrentarnos; no sólo a un ochomil, no sólo a la montaña que forma por sí sola el macizo más grande y solitario del Himalaya, no sólo a la montaña con la que soñaron generaciones enteras de alpinistas a los que devoró uno por uno, sino también a su leyenda.
¿Recuerdas todavía aquella noche, abrazados en la cama, cuando me convenciste para que te llevara conmigo al Nanga? Me contaste tu vida, tu infancia, querías impresionarme con las montañas que habías escalado, la cara norte del Cervino, la oeste del Naranjo, como si te acreditaran para formar parte de una expedición a un ochomil. Yo intentaba convencerte, razonar contigo, explicarte que en el Himalaya las montañas empiezan donde otras acaban, que el campamento base del Everest se encuentra más alto que la cumbre del Mont Blanc, que a seis, a siete mil metros de altitud cada paso es un suplicio y la sangre se te convierte en mermelada. Allá arriba, en la zona de la muerte, somos tan frágiles como la porcelana china, Adrián. Cualquier cosa puede fallarte. Un edema pulmonar, un trombo en la cabeza y estás listo, no encontrarás a mano más que un botiquín de emergencia y un hornillo. Intenté asustarte con historias sobre congelaciones y miembros amputados pero, la verdad, no tuve que inventarme nada. Aquella larga noche, paseando por la madrugada luminosa de Madrid, te conté la epopeya del Nanga, te hablé de sus héroes, Mummery, Merkl, Welzenbach, Buhl, Kinshofer, Messner, pero también de los otros, los muertos anónimos, los hunzas y los sherpas, los muchachos sin nombre que se dejaron la vida en sus garras heladas. Y cuando dejé de hablar, por supuesto, me regalaste otra vez tu sonrisa, al fin y al cabo ya amanecía. Tenía la boca seca, te lo había contado todo o casi todo, estaba atragantado de palabras. La madrugada lechosa de Madrid iba lavando las calles, paseamos en silencio y cuando entramos en el primer café abierto volviste a repetirme tu oferta de sustituir a Santi, de reemplazarle en el equipo, a pesar de tu juventud y tu escasa experiencia. Hablabas otra vez de Rilke, le diste vueltas a la idea de que a su paso por Madrid el poeta se alojara en nuestra misma pensión ruinosa de la plaza de Santa Ana (pero eso era imposible, Adrián) y tal vez en el mismo cuarto donde nos habíamos amado, dejando entre las sábanas un borrador de su legado, un sueño no escrito, un confuso dictado de ángeles y cumbres para nosotros solos.
—¿Es que no has oído nada? —dije—. No es un poema ni una película ni un cuento de miedo. Es historia, puedes leerlo en los libros.
—Claro, Ángel —dijiste, removiendo tu café—. Claro que sí.
—¿Por qué? —pregunté y sentí algo que no sentía desde los quince años, algo tan azul, tan frágil y tan tenue como el amanecer de Madrid dibujándose contra el oscuro bosquejo de los edificios—. ¿Por qué quieres venir conmigo al Nanga?
Tú seguías sonriendo, náufrago de la noche, pálido, rubio y sin sueño, y dijiste la única frase, quizá, que podía convencerme, de entre todos los motivos del mundo, de entre todas las excusas razonables o estúpidas, verdaderas o falsas, diste con la única legítima.
—Porque soy alemán —respondiste, encogiéndote de hombros, y el amanecer estalló en mi corazón como un águila, un nacimiento, un río de sangre. Asentí sin palabras, qué podía decir excepto nada, excepto aceptar la ofrenda de tu juventud y tu belleza y tomarlo como lo que era: un sacrificio. Terminamos el café en silencio. Cuando salimos otra vez a la calle, con la dulce fatiga de aquella larga noche a cuestas, el sol incendiaba los tejados.