Nanga Parbat
Capítulo 2
El hombre bebió un trago. Luego se encogió de hombros y volvió a guardar las manos en su regazo.
—Al fin y al cabo, por aquel entonces no estaba nada seguro de que la expedición pudiera materializarse, aún no había hablado con Vasco y después de la negativa de Geller y la espantada de Santi todo estaba en el aire. Prácticamente todos aquellos que en principio iban a formar parte de la expedición al Nanga fueron retirándose por una razón u otra: ambiciones personales, problemas de fechas, de salud, de trabajo. A Ramón Balcells, quien en principio iba a ser el médico del grupo, le diagnosticaron un pequeño problema cardíaco, nada grave, pero lo suficiente para alejarlo para siempre de las grandes alturas. Para sustituirlo, Vasco me sugirió a Julia Álvarez, antigua amiga suya, doctora y aficionada al alpinismo. Y en Ordesa, Santi se echó atrás sólo dos meses antes de la fecha prevista, así que, en principio, no tuve más remedio que aceptarte en el grupo.
Todavía no las tenía todas conmigo. Necesitaba hablar con Vasco cuanto antes no sólo para informarle de las novedades y darle el último repaso a los planes, sino sobre todo para comprobar si eran ciertos los rumores que corrían en torno a él. Después de la marcha de Geller, Vasco se había convertido en el hombre fuerte del grupo, nuestra punta de lanza. Era, con mucho, el alpinista más veterano de todos nosotros. No en vano tenía en su historial dos ochomiles, el Everest y el Broad Peak, un intento al Gasherbrum, uno en el pilar oeste del Makalu y otro en la cara norte del Everest que terminó en desastre y donde sólo hubo dos supervivientes. Pero lo más importante de todo es que Vasco ya conocía el Nanga Parbat por la vertiente Diamir, vía Kinshofer, justo el flanco y la ruta que habíamos elegido. La pared del Rupal, con sus terroríficos cinco mil metros y sus muros casi verticales parecía, sobre el papel, la opción más atractiva, pero, sin Geller y sin Santi, sus dificultades técnicas quedaban muy por encima de nuestras posibilidades. Y en cuanto a la ruta del Rakhiot, con su hermoso contorno de castillo, también tuvimos que desecharla, a pesar de que en un principio nos seducía repetir la mítica ascensión en solitario de Hermann Buhl, en 1953. Aunque el Rakhiot parece a primera vista el menos peligroso de los itinerarios de ascensión al Nanga, también es, con mucho, el más largo. Se necesitan al menos tres, si no cuatro, grandes campamentos de altura para atacar la cumbre por ese flanco, y nuestra infraestructura no daba para tanto. Habíamos concebido una expedición en estilo alpino, cuatro o cinco hombres que irían montando y desmontando las tiendas a medida que avanzaran. Queríamos aclimatarnos, montar los campamentos, un ataque rápido a la cumbre, ir y volver, un relámpago. Demasiado bien sabíamos que el Nanga es una fábrica de tormentas y un almacén de avalanchas, de manera que cuanto menos tiempo permaneciéramos a su merced mejor. La vía Kinshofer es, con diferencia, la más transitada de cuantas llevan a la cima, pero aun así tendríamos que hacer frente a dos escollos impresionantes: el muro Kinshofer, una escarpada pared de roca de más de medio kilómetro que se eleva en vertical sobre la cota de los seis mil metros y la tremenda cresta rocosa que, a unos cien metros de la cumbre, enlaza con una cuchillada mineral el hombro norte con la pared del Rupal. Fue allí donde, hacía menos de un año, Pat Heliwell, el compañero de cordada de Vasco, se había despeñado. Por lo que yo sabía, Vasco estaba vivo de puro milagro, primero, porque, no se sabe cómo, aguantó el tirón de Heliwell y, segundo, porque tuvo que vivaquear en una grieta, solo, a unos ocho mil metros de altitud, durante una noche de tormenta, y únicamente perdió las puntas de dos dedos. Algunos hombres de la expedición inglesa hicieron correr el rumor de que el propio Vasco cortó la cuerda que le ataba a Heliwell para no verse arrastrado en la caída. A pesar de que habían transcurrido casi diez meses desde el accidente, todavía no conocía su versión: Vasco no quería hablar de ello con nadie. De hecho, desde que regresó de Pakistán, había eludido no sólo la cuestión de la muerte de Heliwell, sino también cualquier referencia al Nanga. Lo que más me inquietaba era el hecho de que, en nuestras conversaciones telefónicas, ya apenas mencionábamos los problemas que quedaban por solventar. Le di tiempo, le conocía bien, sabía que era hombre de pocas palabras.
Pero cuando volví a verlo, en la Renclusa, me encontré con un hombre quebrantado, echado en el suelo y metido a medias en un saco de dormir, bebiendo una lata de cerveza. Llevaba varios días sin afeitarse y su barba gris y sus canas blancas le daban un aspecto de abandono, de objeto oxidado y echado a un lado. Estaba solo. Eran casi las diez de la noche y todos los demás montañeros debían de estar arriba durmiendo, descansando para salir antes del alba. Le saludé con un susurro, hablando tonterías, comentando el tiempo, los dos o tres conocidos con quienes me había tropezado en el camino, pero Vasco no hizo más que asentir y dar otro trago a su cerveza, así que me decidí a poner el dedo en la llaga. Sabía que estaba pasando por momentos difíciles: se acababa de divorciar de Begoña, su segunda esposa y, lo peor de todo, ella había obtenido la custodia de Javi, un niño de tres años al que Vasco adoraba. Su divorcio, el alejamiento de su hijo, la muerte de Heliwell, habían sumido a mi amigo en una especie de calma perpleja, una marea de fondo en la que me preocupaban menos las latas de cerveza que iban acumulándose sobre el suelo que los ojos vacíos con los que se quedaba mirándolas. No sólo tenía el pelo salpicado de canas: desde la última vez que lo vi parecía haber envejecido una década.
—He oído que ahora estás con un chico alemán —dijo de pronto.
—Las noticias vuelan —comenté—. ¿Qué más has oído?
—Que estás enamorado. Tú. Ángel Salgado, alias Stoneheart.
Corazón de piedra. Sonreí. El viejo mote juvenil con que me apodaban en los tiempos mochileros de los Picos de Europa, cuando éramos rebeldes y melenudos y en vez de costo fumábamos mierda de vaca. De aquella época azul, de aquellos días, sólo Vasco y yo seguíamos vivos: los demás habían muerto despeñados por unas cuantas tapias de los Alpes y los Pirineos.
—Se oyen muchas cosas por ahí —comenté, quitándome la mochila y dejándola en el suelo.
—No te haces una idea —dijo Vasco, dando otro trago a la cerveza—. No pensarás llevarle al Nanga, ¿no?
—¿Tienes algún otro que pueda reemplazar a Santi?
—No. Es sólo que… —se calló a mitad de camino.
—¿Qué?
—Nada. Déjalo.
Sentí una especie de rigidez en él, un envaramiento, como si el aire a nuestro alrededor se hubiera congelado. Conocía a Vasco casi desde la infancia y eso quiere decir que éramos capaces de compartir no sólo cuerdas, botas, crampones y ensueños de cumbres nevadas, sino también un silencio tan incómodo como el que reinaba ahora en el refugio. Una de las pocas cosas que no compartíamos eran las preferencias sexuales: a él le gustaban las mujeres y a mí, los hombres. “Tengo mal gusto, qué le vamos a hacer”, solía decir, en un falso alarde machista. Por lo demás, aparte de la montaña, nuestras vidas seguían sendas tan paralelas que bien podían habernos tomado por mellizos: ambos podíamos presumir de un largo reguero de desastres y fracasos amorosos.
—Si bebes para olvidar —dije, señalando el rincón donde yacían tres o cuatro latas vacías—, eso parece un buen montón de amnesia.
—Es curioso, a los cuarenta he vuelto a cogerle el gusto a la cerveza. La descubres a los catorce o a los quince, como todo el mundo, y luego vas acostumbrando el paladar a otros sabores, el ron, el whisky, la ginebra. Pasan los años y entonces, un buen día compruebas que lo que de verdad te gusta y te ha gustado siempre es la cerveza.
—Pero sigues comparando, ¿no? —y señalé una botella de Ballantines medio vacía que había junto a su cuerpo.
—No lo hagas —dijo de pronto—. Si de verdad lo quieres, no lleves a ese chico al Nanga.
—¿Por qué?
Vasco se recostó contra la pared, incómodo, buscando con los pies el fondo del saco. Me senté a su lado y cogí una cerveza. Lo que iba a decirme llevaba meses pululando en su interior, luchando por salir, por vestirse de palabras. No había que ser muy listo para comprender que el secreto, el miedo, el espanto, lo que fuera, convivía junto a él día tras día, lo llevaba de la mano, lo acompañaba durante sus escaladas, dormía en su apartamento de soltero recién estrenado y se despertaba a la vez que él, tanteando con una mano la sábana fría al otro lado de la cama, oyendo entre los restos del sueño el llanto de su hijo ausente.
—No sé, tal vez no sea algo que se pueda decir con palabras. Mira, Ángel, hay montañas que imponen respeto y montañas que dan miedo. El Everest impone y el K2 acojona, joder que sí acojona, para qué te voy a contar. Cada vez que lo divisaba desde los glaciares colgantes del Broad Peak, su mole monstruosa elevándose hacia el cielo como un desafío y un insulto a las leyes de la gravedad terrestre, comprendí que no lo escalaría jamás, que ni siquiera iba a intentarlo porque algo, allá arriba, quizá su forma o su belleza o sus filos, me dejó sin aliento. Porque el K2 respira, tío, te lo juro. Está vivo. Y como te rías te parto la boca —ni siquiera me dejó intervenir, alzó la mano para continuar hablando—. Está vivo, joder, ¿entiendes? Vivo. No como siempre hemos pensado que están vivas las montañas, reconoce que en el fondo siempre miramos por encima del hombro las creencias religiosas de los sherpas y los tibetanos, los pueblos que viven al pie de esos monstruos de nieve y que los consideran dioses. Yo no sé si el Chogori es un dios (una diosa no, eso seguro) pero te juro que aquella mañana en el Broad Peak vi los jirones de viento que arañaban sus aristas, los penachos de la tormenta de su cabellera de leche, y comprendí, maravillado, aterrado, que aquello respiraba, que latía desde siempre, que las nubes desgarradas eran también su aliento o su pelo, que esa montaña inmensa vive de una manera que nosotros, pobres animales de dos pies, no podemos imaginar siquiera, porque su existencia, su historia, su vida, sencillamente transcurren a otra escala.
Alguien que conociera a Vasco menos que yo, que acabara de oírle y que contemplara a su lado los cascarones de las latas vacías, podía establecer fácilmente una ecuación. Pero tal vez sólo yo sabía hasta qué punto Vasco necesitaba liberar aquel peso que le roía las entrañas, decirlo en voz alta, nombrarlo, echarlo a volar; sólo yo sabía hasta qué punto un arquitecto con una licenciatura adicional en ciencias exactas, que se jactaba de su racionalismo a ultranza, necesitaba hacer aquella confesión. Lo del K2 no era más que un aperitivo, una manera de empezar a abrir esas puertas que nunca había abierto a nadie. O tal vez sólo a sí mismo, aquella noche, en su vivac a ocho mil metros, cara a cara con el Nanga. Tú eras muy joven, Adrián, para ti la amistad era como un regalo envuelto en un papel con un lazo, pero Vasco y yo hacía mucho que habíamos deshecho el paquete, apartado el envoltorio y encontrado dentro dulces minutos de victoria en las cumbres, tormentas de nieve, media docena de amigos muertos, esparcidos por las grietas y los neveros de la memoria. No, no hablaba contigo, ni con el Abuelo, ni con un hippie pasado de rosca, ni con uno de esos ecologistas militantes que confunden el budismo con las témporas, sino con mi mejor amigo, un hombre que diseñaba edificios de treinta pisos y que había tocado con sus dedos la cúspide del globo terráqueo, un hombre que había salvado la vida de un sherpa al pie de la pared del Chang La y que había visto la muerte cara a cara. Cuando un hombre así te dice que el K2 respira, no está haciendo poesía, como tu Rilke, no intenta manejar metáforas ni dobles sentidos. Pocas cosas tan exactas, tan impregnadas de realidad como el alpinismo o la arquitectura. Ahí te la juegas. Una viga maestra es una viga maestra, ¿vale?, y una reunión es una reunión, no hay más vueltas que darle. Si algo repugnaba a Vasco era la imprecisión o la vaguedad en cualquier orden de cosas. En su oficio, un desvío de un centímetro en los cimientos se convierte, veinte pisos más arriba, en una grieta en un muro. Y en su pasión, un pitón mal clavado se transforma, veinte metros más abajo, en una fractura de cráneo. Por eso ahora, a pesar de su locuacidad aparente, yo sabía que iba escogiendo las palabras una a una, con la misma prudencia y la misma atención con la que protegía una vía o anotaba en los planos la máxima presión que podía recibir un muro. Quiero decir que no hablaba sólo por hablar, por desahogarse, por soltar la carga que custodiaba en su pecho desde la muerte de Heliwell, sino también para intentar apuntalar el miedo.
—Eso es —dijo sacando otra cerveza de la nevera—. Un problema de escalas. En las montañas todo sucede a otra escala.
—Creí que íbamos a hablar del Nanga.
Levantó la lengüeta de la lata y el chasquido metálico, seguido del silbido del escape del gas, rajó el silencio del refugio como un navajazo.
—¿El Nanga? El Nanga no es una montaña, tío.
Sentí un escalofrío, un racimo de dedos espectrales rozándome el espinazo, como si alguien hubiera abierto una puerta y dejado entrar una bocanada de frío.
—¿Qué quieres decir?
—Lo que he dicho, joder. Ni siquiera es de este mundo.
Permanecimos callados unos minutos. Era como pescar un pez, una especie abisal, escurridiza; hay que esperar el tirón, recoger el hilo despacio, darle carrete. Un error, una impaciencia, y la pesca se va al carajo. Vasco bebió otro trago de su cerveza y yo bebí otro trago de la mía: un par de pescadores sentados en unas rocas, al borde de un río de palabras.
—No es algo que se pueda ver en las fotos —dijo al fin, perplejo y fatigado, agobiado y furioso—. No es… Mierda. Todos hablan de lo mismo. Lo grande que es esa montaña. Lo extraño de sus formas. Su historia, su leyenda. Sí, yo también, la primera vez que salí de la tienda, por la mañana temprano, y vi un alud tronando sobre el regazo del Diamir y me acordé, al contemplar el espolón Mummery, de aquel inglés loco que se lanzó acompañado de dos hunzas, cien años atrás, qué quieres, a mí también se me llenaron los ojos de lágrimas. Y se me cortó el aliento, cuando calculé las dimensiones de la cúpula final, la montaña sobre la montaña, ese pabellón vertiginoso que se clava en el cielo, no podía creer que de verdad alguien pudiera llegar hasta allá arriba y menos que ese alguien pudiera ser yo. Pero fui yo, fuimos nosotros, Pat y yo.
Un sonido rancio y metálico cercenaba la oscuridad. Vasco hacía crujir la lata de cerveza vacía que sonaba como si fuera un grillo de juguete, una de esas pequeñas ranas de metal que amueblaron nuestra infancia.
—Pat se desató y se sentó a descansar, no tengo ni puta idea de por qué lo hizo, el caso es que se lo advertí y él dijo: “wait a minute” y añadió: “quiero ver una cosa” o algo así, vete a saber qué cojones iba a ver allá arriba, el caso es que volvió a levantarse y casi enseguida resbaló, no pudo sujetarse con el piolet ni con los crampones y lo perdí de vista en menos de un segundo. Pero su grito todavía me suena aquí, ¿entiendes? —se golpeó la sien derecha con la lata—. Aquí mismo.
Tomé aliento, bebí un trago y lo pregunté, al fin:
—¿Es por eso que no vas a venir, Vasco?
—Y luego, aquella noche —continuó como si no me hubiera oído, como si no siguiera allí, a su lado—, aquel vivac a ocho mil metros, en la grieta, con la tormenta bramando sobre mí con todos sus vientos y sus perros, como si el cielo no fuera más que la tela de una delgada tienda de campaña agitada por un dios enfurecido. El hielo me comía vivo, el huracán me traspasaba la cabeza con arpones, entiendes, y creí que iba a volverme loco antes de morir, puede que ya estuviera loco o muerto cuando los vi a todos.
Vasco arrugó la lata, que crujió por última vez con el sonido de un cuello roto.
—Los vi a todos —susurró—. Te lo juro. A menos de cien metros de la cumbre vi a Mummery, con sus gafas nevadas, vi a Merkl y a Welzenbach, que nunca llegaron tan arriba, vi muchedumbres de muertos, alemanes jóvenes y arrogantes tendidos bajo palios de nieve, pobres sherpas anónimos crucificados en sus murallas. Los vi a todos, con sus anticuados salacots y sus jerseys de lana, con sus turbantes y sus barbas, sus abrigos desgarrados y sus botas rotas. Vi a Sigi Löw, rubio y desdichado, lamiendo su herida abierta y preparándose para trepar el muro. Vi a Günther Messner, sin ojos y sin dedos, llamando a gritos a su hermano. Y vi a Pat Heliwell, mi pobre amigo, y por su pecho resquebrajado atisbé su corazón muerto, detenido en un gélido minuto, un trapo rojo y seco, un fruto exprimido mucho tiempo atrás, conservado para siempre en la nevera inmemorial del Nanga.
A grandes alturas la falta de oxígeno provoca alucinaciones. Hay muchos alpinistas que juran haber oído voces y contemplado fantasmas. También en este aspecto, el historial del Nanga es algo especial. Hermann Buhl, en su descenso desesperado por la Meseta de Plata, vio y oyó a un compañero espectral que le seguía a unos pocos pasos. Toni Kinshofer, después de abandonar el cuerpo de Sigi Löw, tuvo la sensación de que caminaba entre un mar ondulado hecho de hojas de tabaco. Y Reinhold Messner, en su suicida ascensión en solitario, dialogaba a veces con una hermosa muchacha que aparecía y desaparecía entre la nieve. Pero no creo que eso le sirviera de mucho a Vasco.
—Ríete —dijo—. Vamos, qué esperas.
—¿No vas a venir, verdad? —repetí en un susurro.
Nervioso, Vasco echó otro trago de su lata arrugada, pero ya no había nada que beber.
—Geller no viene, ya lo sabes. Santi se ha rajado. Ramón está jodido. Sólo tengo a Julia y a Adrián, un par de aficionados. Tú eres el único que ha estado allí.
—He estado allí —repitió, como si le costara creerlo y tuviera que repetirlo en voz alta para convencerse—. He estado allí.
—A ver si dejamos de joder, hombre —dijo una voz desde el piso de arriba—. No son horas.
Nos levantamos en silencio y salimos afuera. No había luna y la bóveda negra de la noche resaltaba todas sus estrellas. Vasco cruzó las manos detrás de la nuca y miró hacia lo alto, hacia la cumbre de la Maladeta.
—No tengo a nadie para reemplazarte, Vasco. Si tú no vienes, se acabó.
Alzó la mirada más arriba, hacia los cielos, un océano negro salpicado de diminutas luces, como un navegante extraviado que intenta hallar un rumbo. Cuando habló por fin no apartó los ojos de su derrota.
—Desde que te conozco, Ángel, siempre te ha obsesionado esa montaña. No puedo entender por qué. No tengo ni idea.
Me encogí de hombros.
—Yo tampoco. Es una de las pocas cosas buenas que tienen las obsesiones, que no hay manera de explicarlas.
—Me gusta este lugar —dijo, perdido en el laberinto de estrellas—. Este frío, este silencio. Yosu y Julio y el Loco descansan en algún valle como éste, debajo de unas piedras, con un cúmulo de nieve por todo epitafio. No me importaría morir en un lugar así, que este cielo y estos árboles guardaran mis huesos. Pero en el Nanga no, Ángel, por nada del mundo quiero morir en el Nanga.
Vasco era un animal de monte y yo también. El frío nos sentaba bien, nos despejaba, nos gustaba sentir sus látigos sobre la cara, su escarcha nocturna acariciando la sangre. La noche era pura y helada, tan fría que parecía borrar el sabor del alcohol y el aire caliente del refugio.
—Pero sigues allí —le dije al fin—. A todas horas. No importa dónde comas o duermas: tú sigues allí, de noche, solo en tu vivac, a ocho mil metros de altura.
Llevaba más de una hora hablando con él, como quien tantea las formas de una habitación cerrada en la oscuridad, tropieza con los muebles, palpa las paredes en vano. Pero ahora tenía la sensación de haber encontrado la salida.
—¿Cuánto hace que no escalas una montaña? —le pregunté.
—No lo sé —respondió él, metiendo las manos en los bolsillos del plumífero—. Pero parece un siglo, tío.
—Vuelve al Nanga, Vasco. No te digo que subas con nosotros, no subas si no quieres. Pero regresa allí y mírala, tú sólo mírala, aunque sea desde lejos. No verás a nadie allá arriba. Pat está muerto y tú estás vivo: así de sencillo. No es más que una montaña.
Vasco murmuró algo imperceptible, movió la cabeza y, mientras yo regresaba al interior del refugio, volvió a abismarse en lo alto, hacia las estrellas, como si quisiera calcular las dimensiones de una bóveda inexpugnable.