Nanga Parbat
Capítulo 6
Sandra miró al espejo del fondo y encontró a una desconocida mirándola. Tardaría algún tiempo en acostumbrarse a ella: el corte de pelo había deshecho todo el óvalo de su rostro. Desde el fondo de las palabras que tejían la historia, desde el absurdo en que seguía escuchándola, llegó a pensar que la cara del espejo podía ser la de Adrián.
—Qué querías demostrar y a quién, qué te pasó por la cabeza. Todos hemos tenido ataques de pánico trepando una pared, todos, sin excepciones: en la montaña el miedo es el salvoconducto del regreso. Pero yo te imagino de noche, solo, en la larva del saco de dormir, luchando con la roca, te imagino durmiendo al borde de un abismo, tu pierna vibrando como una motocicleta y tus brazos rompiéndose sobre una cruz de mármol, hasta que pierdes pie, Adrián, y caes hacia lo hondo y de golpe te encuentras a mi lado en la tienda, sudando, y te pasas una mano sobre la cara húmeda y eres incapaz de despertarme, de hablarme, de pedir consejo o ayuda, de explicar lo que no puedes siquiera insinuarte a ti mismo. Te imagino vistiéndote en silencio, pactando con la humillación y con el miedo, abriendo muy despacio la cremallera de la tienda y arrastrándote por un pequeño agujero hasta salir a la noche majestuosa y gélida, la noche imperial del Nanga. Te imagino midiendo la montaña, de pie frente a un túmulo de nubes, destemplado, tiritando de frío, calculando los riesgos, comerciando con el coraje y el espanto.
—He’s crazy —murmuró Marko y desde luego sabía lo que estaba diciendo.
—Exacto —dijo Vasco—. No tiene la menor oportunidad.
No dije nada. Me metí en la tienda, busqué mis botas, mi piolet, mis crampones. Vasco asomó la cabeza por la abertura.
—¿Qué estás haciendo? ¿No pensarás matarte tú también?
—No voy a dejarlo solo allá arriba —dije, enrollando un trozo de cuerda—. Yo lo metí en esto y yo voy a sacarlo.
—No con este tiempo, amigo.
—El tiempo no es tan malo —dije sin mucha convicción, como si intentara persuadirme a mí mismo.
—Pero puede empeorar. Puede desatarse una tormenta de mil demonios en cuestión de horas.
—También puede mejorar, y lo sabes. El Nanga es imprevisible.
—Con un muerto tenemos bastante. No vas a salir de esta tienda, Ángel.
Lo decía muy en serio. Se cruzó de brazos y plantó las botas en el exterior de la entrada. Escogí cuidadosamente cada palabra, como si fueran escalpelos.
—Adrián no está muerto. Pero lo estará si seguimos aquí perdiendo el tiempo. Hay una oportunidad. El chico sólo nos lleva unas horas de ventaja. Tú sabes (y yo también lo sé) que voy a ir a por él. Así que será mejor que te apartes de ahí.
—No salgas de la puta tienda, tío —ahora había un aire de amenaza en su voz, una seguridad terrible, resplandeciente como el filo de un cuchillo. Empuñé el piolet y tensé las piernas.
—Escucha, Vasco. Tengo un piolet en la mano. Si dentro de tres segundos, exactamente tres, no te apartas de ahí, te voy abrir la cabeza. Sería una lástima molestar a Julia, ¿no crees?
Me sentía dispuesto a hacerlo. La adrenalina chorreaba por mis nervios como una lluvia cálida. Murmuré en voz baja “uno”, luego “dos”, y las botas desaparecieron de la abertura y me dejaron paso. Sólo cuando salí de la tienda y vi a Vasco de brazos cruzados, mirándome enfurecido, respiré a pleno pulmón. Entonces comprendí que había estado todo el tiempo reteniendo el aliento. Me temblaban las piernas.
—No creas que voy a dejarte solo, tío —dijo con un lejano poso de rencor.
—No es asunto tuyo —dije, enfundándome el plumífero y ajustándome el arnés.
—De eso nada —y en su voz volvió a brillar la misma hoja afilada y precisa—. Ni lo sueñes.
Le miré a los ojos. Seguía con los brazos cruzados, firme como una roca. Yo había ganado el primer asalto con un farol pero no estaba tan seguro del segundo porque en su mirada latía ahora un claro desafío, veinte años de hermandad, cimas inaccesibles, unas palabras murmuradas en un refugio, riscos solitarios, camaradas muertos, miedo puro. Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas.
—De acuerdo —dije—. Date prisa.
Ocurrió como un juego de dominó, una ficha que cae y empuja a otra ficha. Vasco no pudo evitar que Ang y Marko se unieran a nosotros. Para el sherpa era algo más que una cuestión de honor: tenía una deuda pendiente con Vasco desde el Everest, y en cuanto al esloveno se encogió de hombros ante mis protestas y siguió calzándose las botas.
—No entiendo bien idioma tuyo, sabes —dijo con un acento tan horrible y una sonrisa tan enorme que casi me partió el corazón.
Subimos a marchas forzadas, salvando dos mil metros de desnivel y dejando atrás el primer campamento, para llegar hasta el segundo casi al amanecer, atravesando una neblina blanca y maligna que no dejaba de espesarse. Había una tienda solitaria alzada sobre un cúmulo de nieve reciente. Entré en ella pero no estabas allí. Por unos restos de comida y un envoltorio de chocolate, comprendí que te habías levantado hacía poco, dos horas tal vez, tres como mucho, ansioso por enfrentarte a la fortaleza que te había derrotado.
—No me gusta esto —dijo Vasco, entrando en la tienda—. No me gustó ni un pelo la primera vez.
—¿Qué?
—El corredor está cargado de nieve. Hasta los topes. Mucho más que el año pasado.
—Entonces será mejor largarse de aquí cuanto antes —dije aceptando la mano que me tendía—. Vamos.
Salimos de la tienda, jadeantes, y emprendimos el ascenso hacia las primeras rampas. A un lado y otro, fundidas en la oscuridad, dos hileras de rocas se erguían a nuestro paso, dos regimientos de solemnes guardianes que presentaran armas. La niebla lo envolvía todo con su blanco sudario, y sólo el chasquido de las botas y el jadeo de nuestra respiración rasgaban el silencio inmemorial de la montaña. No nos atrevíamos a hablar. Algo, algo en el fondo de nosotros mismos pero también en el fondo de aquellas viejas piedras, de aquellos centinelas sombríos, se sobrepuso al sueño y a la fatiga de la escalada nocturna, a la incertidumbre, al frío increíble. Entonces sentí un miedo como nunca había sentido en mi vida, una fermentación de pánico, una abominación, una quemadura sin nombre. No era sólo la inquietud ante un desprendimiento o un alud, el temor físico a la congelación o la asfixia, ni siquiera la abstracción de la muerte, sino una ancestral sensación de blasfemia, de profanación, no hay otra manera de explicarlo. Era como caminar bajo arcaicas bóvedas, entre los arbotantes de una catedral, un templo horrendo, bárbaro, construido no por manos humanas ni para ceremonias humanas, sino por y para nadie en un tiempo anterior al tiempo, milenios, eones, eras antes de que la humanidad se alzara en dos pies y echase a andar y empezase a inventar dioses.
Pero tú ya me entiendes, Adrián, tú también debiste haberlo sentido, porque de otra manera Ang no te hubiera encontrado hecho un ovillo sobre la nieve, acurrucado junto a unas rocas, sollozando, temblando. Ahora eras solamente un chiquillo asustado: unas lágrimas congeladas te cruzaban las mejillas y tu cara estaba contraída en el espasmo de un niño que va a romper a llorar de un momento a otro y sin embargo no puede, no acaba de encontrar las puertas del llanto.
—Tiene las manos heladas —murmuró Vasco—. ¿Dónde están sus guantes?
—Da igual —dije, masajeando tus pobres dedos congelados: era como frotar dos pedazos de madera. Me quité mis guantes y te los puse a duras penas, forcejeando con tus falanges rígidas—. Vamos.
Te alcé en vilo, como un muñeco, y dimos media vuelta. Un amanecer de leche iba disipando el claroscuro, las rocas adquirían relieves y formas y el hielo revelaba sus rostros, pero la luz era sólo otra máscara. Entonces, muy suavemente, empezó a nevar. Los copos caían despacio, muy lentamente, y poco a poco me invadió la sensación de que descendíamos a través de una pelusa blanca, envueltos en algodón, no como escaladores sino como figuritas de juguete en una burbuja de cristal donde danzara una nevada de ensueño. Prácticamente ya no sentía las manos y le pedí a Vasco que te sujetara un momento mientras yo buscaba mis guantes de repuesto. Estaba sacándolos de la mochila cuando un crujido lento y soñoliento nos llegó desde arriba, algo como el gruñido de un enorme animal desperezándose.
—Listen —murmuró Marko, casi sin aliento.
Nos quedamos paralizados. El sonido volvió a repetirse, rasgando toda una ladera de la montaña, abriéndose paso a través de la neblina. Absurdamente me recordó el crujido de unos cubitos de hielo partiéndose al contacto con el alcohol. Miré a Vasco, que había vuelto la cabeza hacia atrás, sosteniéndote en sus brazos, y susurró una palabra, una sola, que no alcancé a oír. La nieve seguía cayendo lenta, majestuosamente, en blancos cortinajes que velaban las siluetas de Ang y de Marko unos metros más abajo. Vasco seguía repitiendo aquella palabra, despacio, muy despacio, esculpiéndola entre los labios. Entonces, antes de que hubiera podido volver a ponerme los guantes, comprendí. De repente no oía nada, era como si un velo de piedra hubiese soldado mis oídos, sólo que aquel súbito e intolerable silencio reinaba sobre todas las cosas. Por unos segundos fue como si el mundo se detuviera, la nieve dejara de caer, los copos de moverse y las siluetas de Vasco, Ang y Marko, inmóviles ante mis ojos, fueran sólo figuras de un museo. El universo cesó de respirar, el mundo entero se congeló en un latido de cristal, una insoportable diástole en la que la montaña, dormida desde los albores de la tierra, alteró de pronto el flujo de su milenario y monótono sueño con el mismo aire del durmiente que interrumpe el ritmo de sus ronquidos un segundo antes de despertar. Vasco abrió la boca otra vez y gritó algo, probablemente una advertencia. No la oí: sólo vi, como a través de láminas de vidrio, su boca abriéndose y cerrándose en una mueca de pánico, pero al menos su llamada me sacó de mi hechizo. De repente comprendí con un escalofrío de terror que lo que oía no era el silencio, que lo que parecía silencio era sólo un envoltorio del fragor, un rumor sordo que amortiguaba toda vibración y todo eco, un estrépito tan continuo y profundo que succionaba no sólo nuestra respiración y nuestras voces, sino también las propias ondas de su propagación, y no fue hasta que sentí la montaña entera temblando bajo mis botas cuando supe que se nos venía encima una avalancha.
El hombre intentó imitar el gesto del alud con las manos, pero sus muñones carecían de gracia suficiente para avalar la descripción, de modo que parecía simplemente un martillo remachando un clavo.
—Sabes, Adrián, cada escalador que haya sobrevivido a un alud te contara una historia distinta. Yo ni siquiera tuve tiempo de sentir miedo. El vacío restalló sobre mi cabeza, sonó un crujido inmenso, como si la bóveda celeste se rajara en dos y un océano de nieve viva se derrumbó sobre nosotros. Algo inmenso me golpeó los hombros y me arrancó del hielo con un soplido y entonces dejó de existir arriba o abajo, derecha o izquierda, sólo blanco, blanco, blanco. No sé por qué, pero durante los segundos o décimas de segundo que duró mi caída, aquella masa que me tapaba los ojos y la boca anuló la sensación de velocidad o de descenso, de modo que cuando perdí el conocimiento fue como entrar en un sueño, ceder la cabeza a una almohada blanda y blanca y, al alzarse de nuevo el telón, me desperté metido en un ataúd de cristal, sepultado en un sarcófago de frío y hielo. No recordaba qué había pasado ni dónde estaba, no comprendía nada. Estaba aturdido, sumido en una blanda confusión que me invitaba al abandono y que bien podía ser la primera caricia de la muerte. Me acordé de ti, Adrián, una noche que luchamos desnudos sobre la cama y caímos entrelazados al suelo, riendo, dos peces en una red de sábanas, tu cuerpo resplandeciente de sudor y tu sonrisa de deseo, hasta que me inmovilizaste, los brazos hacían presa en torno a mi cuello y tus muslos apretaban mi estómago. “¿Te rindes?”, habías dicho tú, Adrián. “¿Te rindes?”, decía ahora el hielo, besando dulcemente mi boca, con el agua helada traspasando mis ropas en una reminiscencia del sudor y por un instante pensé que sería bello dejarse ir en ese abrazo, morir entre tus manos, y ahora me pregunto por qué, por qué recordé entonces aquella noche de amor, si era la nieve la que se parecía a tu amor o tu amor a la nieve, Adrián.
El hombre alzó otra vez las manos, sujetó la jarra de cerveza y bebió otro trago.
—Luché por despertar. Había perdido totalmente el sentido de la orientación, de manera que no sabía si yacía boca arriba o boca abajo, tumbado o recostado, porque la claridad que se filtraba a través de los cristales de hielo venía de todas partes y el tiempo y el espacio se habían hecho trizas. Al menos la nieve parecía lo bastante esponjosa como para permitirme respirar pero probablemente no me quedaba mucho aire en aquella estrecha cámara frigorífica. Me costó un rato recuperar el control de los miembros, sentía las puntas de los dedos de las manos y los pies como brasas de cigarrillos, lejanos reinos de mí mismo. Poco a poco logré mover una mano, luego la otra, estiré los dedos del pie derecho contra el interior de la bota, pero no podía sentir los del izquierdo. Ni siquiera sentía la rodilla ni la pierna, no tenía pierna izquierda, ¿entiendes?, mi cuerpo terminaba a la altura del muslo. Bien, eso no importaba ahora. Tenía que salir de ahí cuanto antes y lo primero de todo era determinar mi posición. Escupí suavemente, contra la nieve, y al poco sentí la saliva caliente goteando sobre mi cara. Eso quería decir que yacía boca arriba, como una loncha de carne en un congelador, lo cual facilitaba bastante el trabajo. Escarbé con las manos y los dientes, enclaustrado en un silencio tan denso que sólo oía mi propia respiración y los crujidos del hielo solidificándose, tejiendo su telaraña. Estaba en un mundo anterior al mundo y al tiempo, una placenta de cristal puro que era también una tumba, y de repente empecé a pensar cosas raras. Pensé en por qué enterramos a los muertos, por qué plantamos a los muertos como semillas para que broten y los regamos con lágrimas para que sus recuerdos florezcan, cuánto horror y cuánta enloquecida esperanza hay en esa ceremonia de echar tierra sobre el ataúd que tapa un rostro amado. Pensé en ti, Adrián, te vi destrozado contra unas rocas, congelado bajo una tonelada de nieve, muerto en un ataúd, y yo arrojaba un puñado de tierra sobre la caja. Porque si la tierra es la madre, entonces la tumba es también el útero. Logré sacudirme de encima aquellos fúnebres augurios y continué cavando. Mis manos desnudas ardían al contacto con la nieve, ahora tenía solo dos antorchas al extremo de los brazos, dos enjambres en llamas. Cuando aparté las últimas cáscaras de escarcha y saqué la cabeza por el boquete, tosiendo y escupiendo, fue como asistir a mi propio nacimiento. Fuera de la nieve el mundo era únicamente nieve, una blanca ondulación suavemente modulada hasta el infinito.
—¡Adrián! —grité—. ¡Adrián!
El grito nació deforme, apenas dos vocales envueltas en una espesa flema de sangre, arrastrándose entre mis labios quemados. No sentía la boca ni la lengua ni la nariz ni los pómulos pero mis manos eran sólo dolor puro, una llaga viva: apenas podía mover los dedos. Escupí un puñado de nieve y volví a llamar a mis compañeros. Al fin, cuando me convencí de que nadie escuchaba mis gritos, me puse en pie.
Una calma amenazadora cubría la tierra. Pero la tierra era sólo inclinación, vértigo, pesadumbre. Di un paso y me derrumbé, girando como un compás roto. No tenía ninguna sensación en la pierna izquierda, ni heridas, ni dolor, como si me la hubieran arrancado de cuajo. Tampoco sentía la cara y en el lugar de mis dientes y mi boca había sólo una gélida hinchazón, un injerto de carne extraña. Era como si el Nanga me estuviese acariciando con sus garras de hielo, encariñándose conmigo, apropiándose de mí cuerpo pedazo a pedazo. Volví a levantarme y avancé arrastrando mi pierna inútil. No, no podía morir ahora, Adrián. Pensé que la montaña ya se había hartado de mí, pasado su lengua helada por mi cara y, decepcionada con mi sabor, escupido con una mueca de asco. Así que eché a andar como pude, cojo y malherido, hundiéndome hasta las rodillas en aquel manto blanco, y poco después empezó a nevar.
—Buenas noches a todos —dijo el policía.
Dejó el vaso sobre el mostrador, se caló la gorra y se encaminó hacia la puerta. Sandra no se volvió y el hombre tampoco: sólo hizo un vago gesto con uno de sus muñones, y antes de que la puerta se cerrase del todo, siguió hablando.
—Encontré a Vasco unos metros más allá, medio enterrado en la nieve, magullado y perplejo. La nieve a sus pies era un caótico rastro de huellas y de gotas de sangre, un doble reguero zigzagueante que ilustraba mejor que un libro abierto su pérdida de orientación y su fatiga. En sus ojos brillaba una luz trémula, perdida, como si le costara reconocerme.
—Vasco, ¿estás bien?
—Marko —dijo muy despacio y sus palabras fueron brotando como burbujas—. Está muerto.
—¿Y Adrián? —pregunté con un hilo de voz.
—No lo sé. El alud me lo quitó de las manos.
No eran sólo sus palabras. La nevada imprimía a toda la escena una calma blanda, irreal, mayestática, que fluía en lentos arpegios, en blancos cortinajes, como un decorado de ópera. No podía creerlo, sencillamente, no podía creer que estuviéramos ahí los dos, perdidos en una ladera del Nanga. Hasta el rostro tumefacto de Vasco me parecía una máscara, un pegote de maquillaje, parte de una tosca tramoya en una mala película. Luché por sacudirme de encima aquella sensación como si me arrancase un sueño pegajoso de la cara.
—Arriba —dije y era como si repitiera algo que había leído en algún sitio.
Vasco masculló algo para sí mismo y se tumbó boca arriba sobre la nieve. Fue un ademán lento, deliberado, perezoso, como de alguien que no se encuentra a gusto y busca una posición más cómoda para descansar.
—Vámonos —dije, tirando de su brazo.
—Está bien así —dijo con los ojos cerrados y me acordé de Lenin, mi viejo husky, dejando que la nieve le besara la cara.
—Vámonos —repetí.
—Está bien así —tosió, se atragantó y escupió una flema sanguinolenta—. Este lugar es tan bueno como cualquier otro.
Siguió boca arriba, con los ojos cerrados, recibiendo la nieve en la cara como si tomara un baño de sol. Entonces vi el piolet clavado en su pecho, en el costado izquierdo, debajo del corazón. Vi el desgarrón del plumífero y la sangre coagulada y comprendí de golpe. Se había ensartado con su propio piolet en la caída. La escenografía se hizo trizas, la ópera se disipó y me invadió una impresión de realidad insoslayable, aterradora. Ya no había guion que seguir, ni palabras preparadas, sólo un amigo con un pulmón perforado y una hemorragia interna, tumbado en medio de la nada.
—Busca a Ang y a tu chico —dijo, deteniéndose en cada palabra—. Sálvalos.
—No voy a dejarte solo, Vasco.
—No vas a dejarme solo —repitió de un tirón. Seguía con los ojos cerrados, hablando lento y cadencioso—. Bien. Si te vas no me dejarás solo. Es justo lo que iba a pedirte.
Se detuvo y de pronto su rostro se arrugó en una mueca de dolor salvaje, insoportable, inconcebible, que durante unos segundos borró cualquier parecido consigo mismo. Luego el dolor pasó, su cara fue recobrando sus rasgos uno a uno y volvió a serenarse.
—Iba a pedirte que volvieras a buscarme. No ahora. Algún día. Que me saques de aquí. Mi cuerpo, quiero decir.
—¿Vasco?
—Por favor, no pierdas el tiempo. Sé que voy a morir. Pero prométeme que volverás a buscarme.
—Levántate, joder —dije.
Le agarré de un brazo, con las manos heladas, y lo arrastré unos metros. La pierna me falló y caí de bruces sobre la nieve. Cuando me volví, Vasco había abierto los ojos y me miraba con la misma expresión desolada de un pasajero en un andén desierto.
—Ángel. Por favor. Prométemelo. No quiero quedarme en el Nanga, Ángel. Por nada del mundo quiero quedarme en el Nanga.
El viento de la muerte sopló en mis oídos. Escuché aquel viento, su silbido de tren en mis oídos, e hice lo que me pedía. Oí mi voz, desde lejos:
—Te lo prometo, Vasco. Te juro que volveré por ti.
Los dos sabíamos que lo que me pedía era absurdo, que nadie podría encontrarle a casi seis mil metros de altitud, que nadie hallaría su rastro una vez que la nieve lo hubiese amortajado. Nadie encontraría su cuerpo. Nunca. Entonces me derrumbé completamente, fue como otra avalancha dentro de mi pecho. Sé que no debía hacerlo, pero lo hice. Me llevé las manos muertas a la cara y rompí a llorar como un niño.
—Vamos, por favor, no llores —dijo y parecía tan sereno que daba miedo: una madre despidiéndose de su hijo, dándole los últimos consejos, atándole al cuello una bufanda—. No llores. Tienes que salir vivo de aquí y encontrar a ese chico. Tenéis que ser felices juntos.
No sólo me estaba consolando. Era como si pretendiera negociar con la montaña, establecer un pacto en virtud del cual él entregaba su vida, sin resistir, sin luchar, a cambio de la mía, añadiendo una cláusula en la que incluía la tuya, tu futuro junto a mí, Adrián. Siguió hablando hasta que le faltaron las fuerzas: había gastado las últimas en firmar la cláusula. Entonces se rindió por fin, dejó caer los brazos, se recostó sobre la nieve, muy despacio, y cerró otra vez los ojos. Se abandonó a la nieve, a la mansa y monótona caricia de nieve, y la nieve pareció aceptarlo, fue cubriendo su frente, sus ojos, su sonrisa serena, envolviéndolo delicadamente, casi arropándolo.