Nanga Parbat
Capítulo 5
El hombre hizo una seña para pedir otra jarra. El camarero tiraba la cerveza despacio, tranquilo, dejándola reposar. Un policía entró en el bar frotándose las manos y dio las buenas noches. A Sandra le sorprendió el sonido alegre de la voz, el ruido de la puerta metálica al cerrarse. Emergió de sus recuerdos. Le costaba trabajo regresar a la realidad, creer que existía algo más allá del dolor, del dolor del hombre y de su propio dolor. El policía se sentó al otro extremo de la barra, pidió una caña y le preguntó algo al camarero. El eco del diálogo le llegaba a Sandra amortiguado y lejano, como en contrapunto.
—En las montañas la gente cambia. No es algo que suceda de la noche a la mañana, ya lo sabes, pero se parece bastante a las metamorfosis que otorga el alcohol. Ya sabes, Adrián, el buen hombre que, bebido hasta las cejas, se convierte en una fiera y se pelea con todo el mundo. “Tiene el vino violento”, dicen, y llegan a creer que es culpa del vino, como si el alcohol fuese un brebaje mágico. Lo que ocurre es otra cosa. El vino, el whisky, el coñac, arrancan máscaras, revelan las facetas esenciales, el núcleo oculto de la personalidad, tal cual, sin los ropajes y disfraces de la civilización. De ahí el miedo de los puritanos por las drogas. Algo parecido ocurre en la montaña. También arranca las máscaras. En una vida dura en la que hay que prescindir de muchas cosas (los libros, la música, una ducha, un cuarto de baño) basta una semana de convivencia al aire libre, cargando mochilas y escalando rocas, para que los miembros de un grupo empiecen a mostrar sus verdaderas caras y salgan a relucir los prejuicios, los miedos, las antipatías, los odios. No hay nada tan íntimo como oler el sudor de otro. Ahí es donde la montaña empieza a empujarnos, a enseñarnos hasta qué punto todas nuestras convicciones y creencias más íntimas son hijas de la costumbre, y nuestras convenciones y hábitos fundamentales, sucedáneos del lujo, devolviéndonos un sentido primitivo de las cosas, una percepción tribal. En un campamento, a cinco mil metros de altura, la comida y la bebida adquieren proporciones sagradas. Más arriba, unas gotas de agua pueden significar la diferencia entre la vida y la muerte. Es allí donde se forjan las enemistades más profundas y las amistades eternas. Al igual que una de esas películas sincopadas que muestran el proceso de transformación de un gusano en mariposa en unos pocos segundos, la montaña acelera las reacciones humanas, revela de inmediato nuestras fallas, saca a la luz en cuestión de horas o minutos complejos que en una ciudad pueden encubrirse durante años o decenios o vidas enteras.
Julia, la doctora del grupo, era una mujer encantadora pero bastaron cuatro jornadas de marcha para que empezara a cambiar, a dejarse ir por la pendiente, y unos días después ni siquiera la proximidad de Abkar Khan conseguía sacarla de su desidia. Se volvió hosca, perezosa, malhumorada y desde que se montó el campamento se abandonó del todo, dejó de maquillarse y de pintarse tal como lo había hecho hasta entonces. Poco después, cuando nos preparábamos para aclimatarnos a la altitud con pequeñas escaladas, empezó a sufrir migrañas y cambios de humor impredecibles y pasaba días enteros encerrada en su tienda, escuchando la radio, dibujando en su cuadernillo o escribiendo en su diario de viaje.
—No le sienta bien la altura —comentó Vasco—. Le pasa a mucha gente.
Yo me encogí de hombros. Sabía que el vértigo, el cansancio, el dolor de cabeza eran síntomas típicos de la hipoxia, pero ni siquiera habíamos alcanzado los cuatro mil metros de altitud. En cambio, Vasco estaba eufórico.
Paseando por las calles de Rawalpindi todavía conservaba restos de su antiguo talante —el pelo despeinado, la barba sin afeitar, los ojos hundidos—. Recordaba el aspecto de un convaleciente de muchos meses al que acaban de dar el alta y su dejadez te intrigó tanto que me preguntaste en voz baja qué le sucedía.
—Se está curando —respondí.
—¿Curando? ¿El qué? ¿Un catarro?
—Un divorcio.
Pero ahora, al pie de la montaña, Vasco regresaba a la vida. Era feliz acarreando cajas de aquí para allá, organizando el campamento y el ejercicio físico fortalecía su ánimo. Una mañana le sorprendí afeitándose con una cacerola de agua calentada en un hornillo y un espejo de mano apoyado en una piedra.
—Parece que tuvieras una cita —comenté.
—Y la tengo —dijo, pasando la navaja suavemente por la nuez—. Con una chica de hielo, una verdadera diosa. Pero voy a darle plantón.
Era otro hombre: el contacto del aire frío del valle había desprendido su vieja piel enferma, plagada de temores y pesares. Al igual que Ang, era un animal de montaña y sólo en la montaña estaba en su elemento. Los dos me recordaban a un pequeño cachorro de husky que tuve de niño. Se llamaba Lenin y la primera vez que vio una nevada se quedó parado en la calle, asombrado, abrumado, recibiéndola de frente con los ojos cerrados, en éxtasis, como si esa helada y múltiple caricia le hubiese sido transmitida a través de la sangre por un rito atávico.
—¿No te estarás poniendo tan guapo para Ang, verdad? Sí no fuera porque te conozco sospecharía que estáis liados.
—Todo puede ser —canturreó, suspendido en la delicia del agua caliente, el jabón y el áspero rumor de la navaja sobre su piel.
—Ese tío te adora. Haría cualquier cosa por ti.
—Bueno, Ang Phu es huérfano. Soy toda su familia para él.
Era una manera bastante elegante de decirlo. Enjuagó la navaja en la cacerola y se secó la cara con la toalla, sofocando un susurro de placer. Después se examinó en el espejo e hizo un gesto de aprobación. Plegó la navaja, se levantó y entonces un pequeño corte en la mejilla resplandeció en la mañana con una diminuta flor de sangre.
El policía y el camarero seguían hablando. Desde atrás, desde otro mundo, Sandra oía sus voces. Tuvo que agacharse para escuchar mejor.
—Vasco aconsejó una escalada al Ganalo Peak, una cresta de cinco mil trescientos metros que parecía de juguete al lado de la mole imponente del Nanga. Esta escalada serviría de entrenamiento y facilitaría el proceso de aclimatación a la altitud: pasaríamos nuestra primera noche arriba, por encima de los cinco mil. Todos estuvimos de acuerdo. Aquella tarde paseamos bajo el lento crepúsculo y me confesaste tus deseos de tocar, por fin, una de las puntas de sus alas. Sí, dijiste eso mismo, Adrián, una de las puntas de las alas del Nanga, y bajo la media luna que se insinuaba en el malva de la tarde, con la montaña recortada contra la penumbra, es posible que tus palabras quisieran decir algo. Yo sabía que la ascensión al Ganalo era una excursión de colegiales al lado de lo que nos esperaba en la vertiente Diamir, pero al menos serviría para calibrar nuestras fuerzas. Como prueba, el resultado no pudo ser mejor, aunque Julia renqueó en algunos tramos y tú hiciste un alarde innecesario escalando con las manos desnudas un muro vertical de quince metros que podías haber evitado tranquilamente dando un rodeo. Nos esperaste arriba, sudoroso y jadeante encima de tu pequeña conquista, con las uñas sucias y las manos ateridas de frío, pero feliz y sonriente a pesar de todo.
—Muy bien, chico —gruñó Vasco y no había precisamente aprobación en su voz —. Pero, a partir de ahora, ahorra tus fuerzas para el Nanga.
Tu pequeña audacia le había trastornado, pero no pude comprender cuánto hasta que descendimos a la mañana siguiente y evaluamos juntos la escalada. Vasco me hizo una seña y nos apartamos del grupo.
—Ang quiere subir arriba, Ángel —dijo—. Hasta la puta cumbre.
—Por mí, no hay ningún problema. Puede venir con nosotros.
—¿Con quiénes?
—Conmigo y con Adrián.
Vasco negó con la cabeza varias veces. Una gran sonrisa le cruzaba la cara. Estaba radiante, a pesar del frío del atardecer, llevaba sólo una camisa desabrochada.
—El chico no va a subir, Ángel. Será mejor que no cuentes con él.
—¿Por qué? ¿Qué pasa?
—Pasar no pasa nada. Es un buen escalador, eso está claro. Pero ignoro cómo responderá a siete mil metros. No sé, hay algo en él que no acaba de gustarme.
—Si me haces el favor de explicarte…
—Es un gato de gimnasio. Sólo hay que ver sus brazos y la facilidad con que se engancha a las paredes. En el Ganalo ha respondido muy bien, no te lo niego. Pero mi olfato me dice que el chico no va a pasar de ahí. Es pura fachada.
De repente algo se desbordó en mi interior. Me enfureció que te llamara chico. Me sacaron de quicio sus aires de superioridad, su cariz protector, le vi tan macho con su camisa abierta y su pelo en el pecho.
—El chico se llama Adrián, ¿vale?
—Vale. Pues no me gustaría formar una cordada con Adrián a seis mil metros, en pleno muro Kinshofer. ¿Está claro?
—Muy claro. Pero tú no vas a subir con él, sino yo. ¿Algo más?
Vasco movió la cabeza, contrariado.
—Tío, estás enamorado. Crees que Adrián es Güllich reencarnado, la hostia en verso. Tú mismo. Nunca me he metido en tu vida privada, ya lo sabes. No te estoy diciendo que te dejará tirado a la primera de cambio y te romperá el corazón. Tu corazón es tuyo, tío. Pero aquí está en juego una expedición, una cumbre, nuestras propias vidas. Joder, Ángel. No conviertas esto en una cuestión personal, ¿de acuerdo?
Respiré hondo, atragantado de adrenalina, e intenté que mi voz brotara en el tono más conciliatorio posible.
—De acuerdo. Reconozco que Adrián se pasó de listo en el Ganalo pero ¿qué quieres? ¿Ya no te acuerdas cuando eras joven y escogías siempre la vía más difícil? ¿No te acuerdas cuando tenías veinte años?
—Nunca tienes veinte años —dijo Vasco—. Son ellos los que te tienen a ti, como un atrapamoscas. Son los veinte años los que te agarran de los cojones y te dicen: “No tengas miedo, hombre, seguro que puedes hacerlo”.
—Pareces mi abuela, tío.
—No me gusta ese chico, Ángel, sencillamente. No sé qué historia tiene con esta montaña. El otro día me dijo que estaba convencido de que haría cumbre y cuando le pregunté cómo es que estaba tan seguro, me respondió: “Porque soy alemán”. Y lo decía en serio, tío, como si el Nanga fuera a mirarle el pasaporte.
En ese instante, conjurado por la llamada, un alud tronó sobre el espolón Mummery, como si la montaña chasqueara los dedos, reclamando nuestra atención. Enmudecimos, admirados por la fuerza y la belleza del derrumbe, la nieve precipitándose en un movimiento sin sentido ni objeto, repetido desde miles y miles de años atrás.
El hombre negó con la cabeza, varias veces, y agarró la jarra con los muñones, como si necesitara otro punto de apoyo.
—Vasco tenía razón, Adrián, no sabes cuánto siento decírtelo, pero tenía razón. Te hundiste, te viniste abajo en el muro Kinshofer, te vi vacilar entre las cuerdas fijas y las escalas metálicas. En la primera jornada tuvimos suerte. La montaña nos dejó llegar sin problemas hasta el lugar que habíamos proyectado para el primer campamento, a unos cinco mil metros de altitud. Fue un maravilloso día de escalada, limpio y resplandeciente como una espada, y después de montar las tiendas, nos reunimos los cuatro en el exterior para recibir la última caricia del sol.
—El tiempo es bueno —comenté—. Sería una lástima volvernos mañana.
En un principio habíamos acordado pasar otra noche a cinco mil metros para comprobar la respuesta de nuestros organismos a la altitud. Luego descenderíamos otra vez hasta el campamento base para un ataque que nos llevaría hasta los seis mil, casi al pie del muro Kinshofer. Ahí teníamos previsto montar el campamento dos. Pero la montaña se había mostrado tan magnánima, tan luminosa en ese primer día, y todos parecíamos encontrarnos tan bien que de pronto pensé que era una lástima volvernos atrás.
—Demasiado bueno —gruñó Vasco y añadió, en inglés—: ¿Tú qué dices, Ang?
—Lo que tú digas, yo digo también —respondió el sherpa con una de sus cariadas sonrisas.
Vasco miró a Ang, despacio, luego a mí y por último a ti, Adrián. Nadie bajó los ojos. Después bebió un trago de la cantimplora y se rascó una mejilla. La barba le empezaba a asomar otra vez a la cara.
—Está bien —dijo.
Así que a la mañana siguiente subimos las empinadas rampas que conducían hasta las inmediaciones de la fortaleza. El sol hacía brillar la nieve como el cristal, de manera que a veces ascendíamos a través de reflejos y prismas de brillante. Mientras montábamos las tiendas del segundo campamento, pude leer la preocupación en el rostro de Vasco. Prácticamente no había abierto la boca en todo el día, pero para mí su silencio era más elocuente que cualquier discurso. Recordé su historia personal con el Nanga. Tal vez pensara que la montaña nos preparaba una trampa, que aquellos días de buen tiempo no eran más que el cebo, la carnada con que nos incitaba a proseguir hacia arriba para luego, cuando ya no hubiera remedio, cerrarse a nuestras espaldas con el cepo de una ventisca.
Lo pensé, desde luego, y me equivoqué por completo. Aquella noche, antes de acostarnos, Vasco sugirió que no sería mala idea atacar el muro Kinshofer por la mañana.
—No nos llevara más de dos horas, tres como mucho —dijo, removiendo su taza de té—. Le echaremos el primer pulso a la montaña.
No sé, tal vez quisiera desafiar su miedo al Nanga en el peor escollo de la ruta, ponerlo a prueba de una vez por todas. Si fue así, salió airoso, desde luego. Al amanecer dejamos atrás las tiendas y avanzamos por el corredor, hasta que nos topamos con la primera pared, una terrible y afilada navaja de hielo y roca. Entonces nos separamos en dos cordadas: tú y yo formamos la primera; Ang y Vasco, la segunda.
—En fin —dijo Vasco e hizo una cómica reverencia—. Siempre después de ustedes, caballeros.
Enseguida comprendí que no se había equivocado. Allí no te servían de nada tus músculos ni tu Rilke, luchábamos con puros hechos físicos, contra las leyes newtonianas, y las piedras que de vez en cuando se desprendían a nuestro paso y el enorme tamaño de los muros a los que nos agarrábamos nos recordaban a cada instante nuestra triste y precaria condición humana. Nos abrazábamos al hielo y a la roca con uñas y dientes, fatigados, sangrantes, en un demente acto de amor, acariciando esa milenaria piel de piedra como amantes desesperados que no buscan salvación ni redención sino sólo el final del tormento. De pronto una piedra suelta me golpeó el casco: miré hacia arriba, aturdido por el impacto, y te vi atrapado en una cornisa, los brazos extendidos, tensos, veinte o treinta metros por encima de mí. Una de las escalas fijas, abandonada por alguna de las expediciones anteriores, había cedido bajo tu peso junto con un trozo de roca desprendido de un saliente. Tu pie derecho bailaba en el aire y tu pie izquierdo, que sostenía ahora todo el cuerpo, temblaba sin control. “Tranquilízate, Adrián, estoy aquí. No pasa nada”, grité mientras trepaba hasta tu lado. Pero no podías dejar de temblar, tiritabas crucificado a la pared, en un acceso de pánico, vibrando como una mosca con las alas arrancadas. Estabas aterrorizado, bloqueado, no había manera de soltarte de aquel lugar al que te aferrabas —el último puerto del vértigo— y daba lo mismo animarte o provocarte: eras sólo un manojo de nervios, un mecanismo trabado. Sin embargo logré montar la reunión y, poco a poco, te llevé hacia una de las cornisas inferiores. Al poco llegaron Vasco y Ang, preguntaron si todo iba bien y tú ni siquiera alzaste la mirada. Les dije que probablemente íbamos a bajar al campamento y Vasco comentó que ellos intentarían completar el muro. Tú mantenías la cabeza agachada, avergonzado y derrotado, y no la levantaste hasta un buen rato después, cuando iniciamos el descenso. No cruzamos ni una palabra hasta que llegamos a las tiendas y preferí no indagar en las razones de tu terror, supuse que ya te las apañarías solo. Una ligera nevada empezó a caer a media mañana y Vasco y Ang llegaron flotando entre una cortina de leche. No habían terminado de escalar el muro Kinshofer cuando hicieron su aparición los primeros heraldos del viento y tuvieron que descender. Las nubes auguraban mal tiempo por encima de los siete mil metros, una tormenta cuyas sobras nos fueron llegando durante toda la tarde en forma de nieve y jirones de ventisca. Al anochecer, el termómetro descendió treinta grados y la montaña empezó a escupir sobre nuestras tiendas una mínima parte de su frío desdén. Y entonces tú —el hombre señaló a Sandra, el muñón se extendió hacia ella como si todavía contara con sus dedos fantasmas—, tú te derrumbaste del todo, perdiste las riendas cuando sentiste el vendaval soliviantado palpando las telas de las tiendas, sin tregua, sin descanso, como un propietario enojado que registra su heredad, la usurpación de sus dominios.
A la mañana siguiente volvimos abajo, al campamento base, y decidimos esperar en tanto durara el mal humor del Nanga. Allí nos encontramos con una expedición eslovena liderada por Marko Ravnik, un viejo amigo de Vasco, quien pretendía la primera escalada absoluta de la vertiente Diamir por el espolón Mummery. Marko chapurreaba un inglés espantoso, casi tan malo como el de Ang, pero aquella noche compensó su deficiente pronunciación con el reparto de unas cuantas latas de cerveza. Vasco bebió la primera despacio, charlando con los eslovenos, pero declinó la segunda, dijo que prefería reservarla para celebrar la victoria. Viejos camaradas recordando viejos tiempos, viejas miradas, viejas manos saludándose desde el pasado, en idiomas neutrales. Pocas horas tan hermosas puede depararnos la montaña como esos encuentros, una cálida e improvisada reunión de amigos dentro de una tienda mientras afuera brama una ventisca.
—¿Y Adrián? —me preguntó Vasco en voz baja—. ¿No estaba contigo?
—Fue a dormir a la tienda —dije—. Estaba muy cansado.
Vasco abrió la boca para decir algo más pero prefirió callarse. Tú y Julia erais los únicos ausentes de la reunión y durante los tres o cuatro días siguientes apenas os dejasteis ver por el campamento: Julia ocupada en sintonizar emisoras y escribir en su diario y tú caminando a solas por los alrededores. Una espesa cortina de nubes grises marcaba las apariciones y desapariciones del Nanga, que apartaba de vez en cuando los velos para asomar una nariz de ogro o un ciego ojo de piedra. Al igual que nosotros, los eslovenos tendrían que posponer su ataque hasta que el tiempo se estabilizara. Como otros muchos montañeros, habían llegado al pie del Nanga Parbat sólo para comprobar con sus propios ojos que el sueño de abrir una ruta en el espolón Mummery era una locura, una apuesta suicida, un juego de ruleta contra los aludes que, día sí, día también, barrían toda esa zona de la montaña. Entonces cuando Vasco y yo le señalábamos a Marko la frecuencia con que las avalanchas espolvoreaban su pretendida vía de escalada, Ang llegó corriendo con los prismáticos en la mano y se detuvo ante nosotros, sin aliento. Hablaba tan deprisa, tropezando con los jadeos, la gramática inglesa y sus dientes rotos, que a duras penas pude entender lo que decía, pero Vasco lo resumió todo en un par de frases:
—Es Adrián. Dice que ha visto a Adrián subiendo hacia el Nanga.