Nanga Parbat

David Torres · Capítulo 6 de 12

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Nanga Parbat

Capítulo 4

Segunda parte

La ascensión

4

Sólo cuando el hombre se detenía para beber un trago, Sandra recalaba en sí misma. Ignoraba cuánto tiempo llevaba ahí sentada, sometida al embrujo de su voz, escuchando una historia que no tenía nada que ver con ella. No se llamaba Adrián, no sabía nada de montañas ni de escaladas, pero cada vez que el hombre alzaba la jarra de cerveza con sus manos tronchadas, Sandra no podía dejar de fijarse en sus cicatrices, con una atención morbosa, insolente tal vez, que iba mucho más allá de un mero interés profesional. Porque, en su trabajo de enfermera, ella había visto infinidad de heridas y mutilaciones, había atendido a un accidentado de tráfico con el brazo colgando, y una vez cuidó a un trabajador con cuatro dedos seccionados por una sierra mecánica. Pero eso —las cinco articulaciones de la mano izquierda transformadas en embriones de dedos, las cuatro de la mano derecha cortadas de raíz, un pulgar solitario al que le faltaba una falange— no sólo era el resultado de una amputación traumática debido a la congelación y la gangrena, sino también el certificado, el sello de la historia.

En un instante, en un aletazo de tiempo, en el lapso en que el hombre levantó la jarra de cerveza con los muñones para beber un trago, Sandra revivió toda su jornada: las vendas ensangrentadas del hospital, la peluquería anónima donde había dejado seis años de su vida en forma de largos rizos negros, el trayecto lóbrego del metro. Era curioso —pensó cuando el hombre dejó la jarra otra vez sobre el mostrador y se secó la boca con lo que le quedaba de mano antes de seguir hablando—, era curioso que aquella horrible mutilación y su corte de pelo a tijera se correspondieran de una manera oscura y subterránea. Claro, por supuesto, era una estupidez, no había ni punto de comparación, tarde o temprano su pelo volvería a llover en una cascada de belleza, pero lo mismo había tirado seis años de su vida por el suelo de la peluquería, ondas y reflejos oscuros, brillos metálicos, caricias del sol, coqueteos con el viento. Era idiota compararlo, grotesco, casi impúdico, y sin embargo volvió a acordarse de su pelo, su espléndida melena negra cabalgando aún por su espalda y sus hombros mientras las tijeras iban y venían con sus monótonos chasquidos. La verdad, no sintió pena al ver caer los largos rizos negros; sólo el silencio admonitorio y gélido y profesional del viejo peluquero que le había preguntado una vez, una sola vez, “¿está segura?”, antes de sentarla en el sillón giratorio y cubrirla con el mandil blanco que, por un instante, mientras pasaba por encima de su cabeza, se transformó en un sudario.

Tal vez el peluquero tenía razón en no hablar, en no decir: “cuántas mujeres darían lo que fuera por un pelo como el suyo”, en no criticar el estropicio que le estaba obligando a cometer. No era un gesto gratuito, sin embargo. Para Sandra tenía un significado, un sentido preciso, ritual, casi una ceremonia que había ido planeando durante meses, prácticamente desde que acabó su historia con Nico. Cortarse las uñas, cortarse el pelo eran pequeños tributos, pleitesías que debían rendirse de cuando en cuando al tiempo. Pero raparse así, de golpe, era también la muerte, y por eso, cuando Nico la dejó y ella fue al baño para agarrar sus tijeras, se dijo que no, que así no, que de algún modo ese gesto desesperado tenía que significar también el comienzo de algo y que ese algo no empezaría a crecer hasta que el recuerdo de Nico se hubiese evaporado, el deseo de su cuerpo, el sonido increíble de su voz por teléfono y el fantasma querido de su rostro en sueños. En cierto modo fue tan difícil, tan espantoso como había temido, cuando él recogió sus cosas en una bolsa de deporte y se despidió de ella con un beso en la mejilla. Sandra no respondió al beso, no lloró, no rogó, no amenazó, no hizo ningún ademán sentimental; se quedó sentada en la cama, con los brazos cruzados, y sólo cuando oyó el ruido de la puerta del apartamento al cerrarse comprendió que era para siempre.

Había sucedido seis meses atrás. Absurdamente miró la hora en el despertador de la mesilla, como para cerciorarse del momento exacto en que empezaba su soledad. Eran las dos de la tarde. “Qué hora tan absurda para una separación”, pensó. “Estas cosas ocurren por la noche o por la tarde, como mucho, no antes de comer”. Luego pensó: “no tengo hambre. No sé si volveré a tener hambre alguna vez”. De inmediato descartó aquella idea por impulsiva, por sombría, por demasiado novelesca. Mejor imaginar los pequeños actos domésticos —fregar, barrer, tender la ropa— que podían servir de barricada a la tristeza, las acciones que la mantendrían ocupada y alejada de los vagos precipicios de la autocompasión. Intentó tranquilizarse con la idea de que ahora, justo ahora, estaba en medio de la catástrofe, en el epicentro del dolor, sentada sobre la misma cama donde se habían amado y rechazado. Cada minuto que pasara, cada pequeña muesca en el reloj la iría alejando paso a paso de su desgracia. Para convencerse del todo imaginó un juego, se dijo: “No voy a llorar, no todavía, no voy a levantarme de la cama para ir al lavabo y llorar hasta que crea que el corazón pueda reventarme en el pecho”. Nada más pensarlo, la soledad le cayó encima como un invierno, la golpeó en el alma con algo casi físico, pero Sandra aguantó, sentada al borde de la cama, hasta que sintió que el llanto le subía hasta los ojos. Miró el reloj: todavía no eran las dos y cinco.

Así que cuando estaba en el lavabo, frotándose la cara con agua fría, y se miró por primera vez en el espejo, estudiando los ojos enrojecidos, las facciones contraídas por las lágrimas, vio el brillo de su cabellera morena como una indecencia, una nota falsa en medio de la desesperación absoluta. Entonces fue cuando pensó en raparse allí mismo, delante del espejo, cuatro, cinco tijeretazos, se acabó. Pero no, enseguida comprendió que era un ademán barato, exagerado, como calcado de una de esas aburridas películas francesas en las que los personajes no tienen nada mejor que hacer que perder el tiempo hablando de las relaciones que podrían tener si no perdieran el tiempo hablando, y en las que nunca ocurría nada más grave que un suicidio torpe o una chica que se cortaba el pelo mirándose al espejo con ojos tristes.

Cuando regresó al dormitorio, después de hartarse de llorar, echó un vistazo al reloj y vio que apenas eran las dos y diez. En ese intermedio, en ese diminuto gajo de tiempo, se había matado y resucitado, había muerto de pena, se había reído de sí misma, avergonzado y compadecido, había barajado y descartado y reescrito melodramas absurdos, cartas suicidas, todo mientras estudiaba atentamente uno de los dibujos de las losetas del cuarto de baño como un ajedrecista absorto en una sola casilla del tablero al final de una partida perdida. Sólo habían pasado diez minutos desde la marcha de Nico y se sentía como si acabara de atravesar un desierto a pie. Entonces supo que había descendido a los abismos tenebrosos de la duración, que el dolor había escarbado hasta encontrar la esencia misma del tiempo, sus venas y su sangre.

La agobiaba el silencio repentino y brutal de la casa: en las películas francesas siempre sonaban flautas, violines o guitarras, un acompañamiento musical adecuado a esas lentas escenas, un fondo sonoro capaz de envolver la tristeza como un abrigo o un pañuelo. Pero el dolor era justamente eso: silencio y tiempo, un instante inmenso, sin principio ni fin, sin forma, sin puntos de referencia, una avalancha a cámara lenta. Entonces, secándose la cara con las manos, se juró a sí misma que cuando se sintiera lo bastante fuerte —es decir, cuando estuviera lo bastante lejos—, se cortaría su melena, la cascada morena que Nico adoraba, y no por venganza o por rabia o por necesidad, sino para demostrarse a sí misma que era capaz de hacerlo, que podía prescindir de ella cuando ya no hiciera falta, del mismo modo que había podido sobrevivir a Nico.

Por eso, aquella tarde, seis meses después, entró en la primera peluquería que encontró a la salida del hospital. Era una pequeña barbería de barrio donde el peluquero —un viejo flaco y alto, con gafas de montura pesada—, a falta de clientes, se distraía leyendo el periódico en una de las sillas destinadas a la espera. Le preguntó si podía hacerle un corte de hombre a tijera y el viejo, apartando un instante el periódico, la observó de arriba abajo antes de preguntarle si de verdad sabía lo que estaba pidiendo.

—Creo que sí —dijo Sandra—. Estoy harta del pelo largo.

—¿Está segura?

Sandra asintió con la cabeza.

—Siéntese —dijo el viejo.

Luego se levantó, plegó el periódico y lo dejó sobre la silla. Preparó el mandil mientras Sandra observaba su imagen en el espejo sucio de la barbería, sobre la fila de frascos y lociones y brochas de afeitar. Insistió en que quería un peinado de hombre, muy corto, sin forma, y el viejo se encogió de hombros y pellizcó el aire con las tijeras. Las manejaba con una habilidad asombrosa, con una rapidez y una pericia que delataban un largo oficio, pero sin revelar la menor emoción, la menor sonrisa de orgullo por su destreza. A veces las alzaba de la cabeza un segundo para asegurarse donde las dejaría caer de nuevo, sin dejar de chasquearlas despiadadamente, como unas castañuelas de metal. Todo el tiempo Sandra mantuvo la mirada baja, sin atrever a estudiarse en el espejo, viendo rodar mechones de su pelo por el mandil blanco como onduladas cáscaras de tiempo, minutos agonizantes. Porque entre sus negros rizos —lo supo cuando los vio amontonados por el suelo— estaba el tiempo, el tiempo pasado y añorado y disfrutado junto a Nico y la sonrisa de Nico y sus manos fuertes cogiéndola por la cintura y días esplendorosos y fugaces y un dedo de Nico acariciándole el pelo, jugando con uno de los mechones, enroscándolo y su voz diciendo: “No te lo cortes nunca, ¿quieres?”.

Al alzar los ojos y enfrentar el agua del espejo, le costó reconocerse en esa muchacha de pelo corto y cara asustadiza que, sin maquillaje ni sombra de ojos, casi parecía un chico. Todo había sido rápido y aséptico, una irrelevante operación quirúrgica, y cuando el peluquero le devolvió el cambio del billete, recogió su periódico y volvió a sentarse en la misma silla, Sandra comprendió que tenía el mismo aire malhumorado y competente de un médico de urgencias o, tal vez, con su bata verde, sus gafas enormes y sus largos brazos armados de tijeras centelleantes, de una vieja y aburrida mantis a la espera de la siguiente víctima.

Recorrió el trayecto hasta el metro con pasos de fugitiva, de presa recién salida de la cárcel para un fin de semana, con la molesta sensación de que todos los transeúntes la observaban de reojo, y no se sintió a salvo de sus miradas hasta que bajó las escaleras de la estación de Manuel Becerra y los pasillos y las luces artificiales de la estación la envolvieron con su cálida reminiscencia de hospital, esa blanca anestesia. En el andén, los grandes anuncios publicitarios estaban rotos y despegados en una incesante capa de carteles superpuestos como pieles de serpiente donde, si se tenía suficiente paciencia y curiosidad, podían vislumbrarse las permutaciones de la ropa y los rostros, la lluvia de los maquillajes y los cambios de la moda como a través de una pasta de hojaldre. Ella —y los viajeros que aguardaban junto a ella en la estación y los que caminaban ahora por encima de la tierra— había atravesado también ese denso, vertical, intangible cementerio de perfumes y marcas de cigarrillos, de culos ceñidos por vaqueros y bikinis y gafas oscuras e inmensas sonrisas resplandecientes en una alegoría rotativa de la juventud y la belleza. También en ella —en todos los que esperaban sentados o de pie la llegada del siguiente metro— había recuerdos desollados colgando, caras y palabras de amigos perdidos y amantes olvidados, hombres que ocuparon un hueco en su corazón y dejaron lugar al siguiente, arrancados por la espátula del tiempo.

Al entrar en el vagón, los espejos negros de las ventanillas le devolvieron el reflejo de una intrusa: unos labios finos, unos ojos oscuros, atónitos ante la nueva encarnación de su rostro entre las sombras. Luchó por reconocerse en esa cara donde faltaba el óvalo, la blanda protección de su melena rizada igual que un retrato desprovisto de marco. Cuando el metro arrancó, tras el pitido de advertencia y el chasquido de las puertas al cerrarse, la alquimia del túnel empezó a fluir sobre el reflejo de los rostros, iba acentuando o disimulando arrugas, uniformando colores y gestos, y desde el trémulo azogue de las ventanillas, los ojos se hundían en hondos féretros, como si el precio pagado por esa travesía subterránea no fuera sólo unas monedas sino también ese barniz saturnal impartido por un artífice anónimo.

Sandra recordó de golpe la clase de radiodiagnóstico que le habían dado en el hospital. Ahora, en el espejismo medieval del túnel, le pareció que aquellos pasajeros embarcados en una burbuja de tambaleante espera no eran hombres y mujeres camino de casa, sino haces sueltos de huesos y cartílagos, placas de rayos X. Porque aquella tarde todo se cumplía (y se seguiría cumpliendo) en una misteriosa serie de correspondencias quirúrgicas: su cabellera recién cortada y las manos mutiladas del hombre del bar; los carteles arrancados de la estación y sus propios recuerdos despedazados; el carnaval de rostros reflejado en el flujo platónico del túnel y la visión de radiografías fantasmales, pulmones y fracturas y calaveras rotas.

Sí —pensó, agarrándose con fuerza a la barra—, el dolor puede escarbar hasta la esencia misma del tiempo, pero de alguna manera, con una oscura y retorcida revancha, el tiempo mitiga el dolor, curte sus puntadas, cierra sus heridas. Hacía seis meses ella sólo era una aflicción absoluta tallada en una pieza, una llaga pura, en carne viva, que el tiempo, ese terrible y torpe y tortuoso cirujano, había ido curando, cicatrizando, hasta que fueron asomando tímidamente fragmentos de sí misma (las ganas de bailar o ir al cine o a tomar algo, la íntima satisfacción de una buena cena o una velada entre amigos) como trozos de un espejo roto que ella podía alzar en sus manos un instante para mirar su cara. Sin embargo, todavía no había rehecho a Sandra, no del todo, aunque poco a poco había ido juntando los pedazos —las amistades, los libros, su trabajo en el hospital— desde una paulatina resaca, como restos del naufragio de sí misma, leños flotantes que las olas iban dejando en la orilla. Cuando la madera se secara, cuando las piezas terminaran de encajar, trabajadas por el mar, soldadas por la pena, ¿sería capaz de reconocerse en ellas?

La súbita llegada a una estación fundió sus pensamientos en blanco, como un carrete de fotos velado por la luz. De repente le apeteció dar un paseo para seguir pensando, caminar un poco antes de llegar a casa y, aunque le quedaban tres estaciones más, se levantó para apearse. Otros antes que ella habían iniciado los trámites del descenso y Sandra observó la marea de gestos superfluos que recorría ahora el vagón: la anciana que comprobaba por enésima vez el cierre de su bolso antes de alzarse del asiento, el joven que guardaba sus apuntes en una carpeta, otro que se acomodaba los vaqueros, una mujer pelirroja que guardaba una novela después de dejar una señal de lectura. Contagiada por aquellos preparativos, Sandra se pasó una mano por su pelo y sacudió su cabeza con una caricia familiar y mecánica. Le sorprendió descubrir que no estaba allí, que su larga cabellera negra estaba en otro mundo, en el pasado.