Night School

C.J. Daugherty · Capítulo 8 de 31

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Night School

Ocho

Jo se puso en pie tan precipitadamente que tiró las piezas de ajedrez al suelo.

—¿Qué? —estaba confusa, asustada.

—Está herido. Phil también. Ha salido mal.

Allie se levantó para acudir junto a su amiga.

—¿Qué ha pasado? ¿Dónde están?

Ruth miró a Jo como si no supiera qué hacer. Allie creyó advertir que esta asentía con un gesto casi imperceptible.

—En el cenador —contestó Ruth.

—Vamos —propuso Allie al mismo tiempo que cogía a Jo de la mano y la arrastraba hacia la puerta de la sala común. Ruth permaneció donde estaba.

Juntas, las dos chicas cruzaron el gran vestíbulo de entrada a toda velocidad hasta la pesada puerta de madera, que empujaron con fuerza. Fuera, la lluvia arreciaba. Sin dudarlo un instante, Allie se precipitó al exterior. Al llegar al pie de la escalinata se volvió a mirar a Jo.

—¿Por dónde? —tuvo que gritar para hacerse oír por encima de la lluvia y de los truenos que retumbaban en el cielo.

La otra señaló más allá del ala oeste. Corrieron por la avenida y sobre la hierba mojada para internarse después en los bosques. Allie oía el eco de su propia respiración entrecortada, el sonido de la lluvia… y nada más.

 

Pocos minutos después divisó entre los árboles una recargada glorieta victoriana. Estaba vacía. Subieron las escaleras a toda prisa y miraron a su alrededor, jadeando. Allie apoyó las manos en las rodillas para recuperar el aliento.

Jo señaló en dirección a los bosques.

—Allí.

Allie escrutó las tinieblas envueltas en lluvia, pero no alcanzaba a ver nada.

Justo entonces oyó un grito que parecía proceder de lo más profundo del bosque. Miró a Jo para comprobar si su amiga lo había escuchado también. Esta, por su parte, escudriñaba la foresta con los labios entreabiertos, aguzando los sentidos.

—¿Has oído eso? —susurró Allie. La otra asintió sin despegar los ojos de los árboles.

—Es Gabe —musitó.

Estaban petrificadas, oteando a su alrededor. Oyeron más gritos, pero seguían sin ver nada. Transcurridos algunos minutos distinguieron por fin unas figuras borrosas que salían de entre los árboles. Allie reconoció a Carter y a Gabe. Parecía como si transportaran a un tercero, pero no alcanzaba a distinguir quién era.

—Oh, Dios mío.

Jo seguía hablando en susurros. Ambas se irguieron.

Cuando los chicos remontaron las escaleras de la glorieta, Allie advirtió que estaban heridos. Carter llevaba un corte en la frente que sangraba en abundancia.

Gabe tenía sangre en las manos y en la camisa. Este último fulminó a Allie con la mirada.

—¿Qué demonios haces tú aquí?

Carter se volvió hacia Gabe.

—Ahora no, tío. Ya tenemos bastantes problemas.

Con cuidado, depositaron en el suelo al chico que transportaban. Allie no lo reconoció, pero Jo exhaló un gemido.

—Oh, no. Es Phil.

Gabe alzó la mirada hacia ella con expresión consternada.

—Creo que se recuperará. Sylvain ha ido a buscar ayuda.

Jo le dio la mano a Gabe para ayudarlo a levantarse. Al tomarle el brazo, descubrió un corte en la muñeca que sangraba copiosamente.

—Gabe —dijo con un hilo de voz mientras el color desaparecía de sus mejillas.

¿Qué demonios está pasando?, pensó Allie, que contemplaba desde fuera la terrible escena que se desplegaba ante sus ojos. ¿Y por qué nadie más se está haciendo esta pregunta?

Arrodillado junto a Phil, Carter se arrancó una tira de la camisa y la ató con fuerza a la pierna del chico inconsciente. Luego rasgó otra tira y se la tendió a Jo.

—Toma, venda la muñeca de Gabe con esto.

Jo, sin embargo, parecía incapaz de moverse. Se quedó con la tela en la mano como si no supiera qué hacer con ella.

Advirtiendo que su amiga estaba paralizada, Allie se ofreció:

—Yo lo haré.

Cuando tendió el brazo para coger la tela, Jo la dejó caer.

Mientras sujetaba con fuerza el jirón que revoloteaba al viento, Allie se volvió hacia Gabe.

—Estira el brazo.

Gabe obedeció y Allie, como una experta, le envolvió la muñeca y la mano con un vendaje prieto. Para terminar, ciñó la venda remetiendo el cabo de la tela.

—Mantén la mano por encima del corazón hasta que deje de sangrar —recitó de memoria.

Al darse la vuelta para atender a Phil, advirtió que Carter la miraba.

—Tú también estás sangrando —le dijo Allie.

—Estoy bien.

—Ya lo veo. Alguien debería mirarte ese corte.

Al oír un ruido de pasos que se aproximaban, Allie alzó la vista y vio a un grupo de personas corriendo hacia ellos. A medida que se fueron acercando pudo reconocer a Sylvain, que encabezaba la marcha seguido de cerca por Zelazny y Jerry. Zelazny miró a Allie con expresión irritada.

—¿Qué hace ella aquí? —preguntó en tono acusador.

Los ojos de Sylvain se posaron en los de Allie durante un segundo, pero enseguida se volvió hacia el profesor para tranquilizarlo.

—Ya lo averiguaremos más tarde. Primero debemos ocuparnos de esto.

—¿Es grave? —preguntó Jerry mientras examinaba el torniquete.

Carter parecía preocupado.

—No tiene buen aspecto. Debería verlo un médico. Está sangrando mucho.

—¿Y tú cómo estás? —siguió preguntando el profesor.

La sangre caía profusamente por el rostro de Carter empapando su camisa blanca, pero él no levantó la vista.

—No me pasa nada. Solo necesito un par de puntos.

—Muy bien, Gabe y tú id a la enfermería. Sylvain, ayúdame con Phil. Todos los demás, adentro. Ahora.

El tono de Jerry no admitía discusión, y en cuanto hubo pronunciado la última palabra todos se pusieron en movimiento a la vez. Jerry y Sylvain ayudaron a Phil a levantarse pasándole los brazos por debajo de los hombros, y Zelazny echó a andar el primero. Como si alguien la hubiera zarandeado, Jo se volvió hacia Gabe y lo abrazó.

Allie se acercó a Carter y le ofreció apoyo con su propio cuerpo, pero él lo rehusó.

—Estoy bien —insistió en tono brusco.

Ruborizada, Allie se apartó.

—Si llamas a eso estar bien, será mejor que no te vea cuando estés mal — murmuró.

Él resopló con sorna, pero siguió andando junto a ella, a medio metro de distancia.

 

—¿De qué demonios iba todo eso, Carter? —preguntó Allie en cuanto los demás no pudieron oírlos—. ¿Por qué todos se han puesto en plan ninja de repente?

Ha sido rarísimo.

—No ha sido nada —replicó él—. Un accidente. Cosas que pasan.

—¿Cosas que pasan? —repitió ella con incredulidad—. ¿Un accidente en el bosque, en plena tormenta, que casi acaba con la mitad de la población estudiantil… son cosas que pasan?

Carter le dirigió una mirada torva, aún más siniestra por culpa de la sangre que le caía por la cara.

—¿Alguna vez te han dicho que eres una exagerada? —le preguntó.

—No —replicó Allie—. ¿Alguna vez te han dicho que eres un gilipollas?

Tras ese intercambio, guardaron silencio.

Bajo aquella lluvia torrencial, Allie miró a Carter a hurtadillas por debajo de unas pestañas tan empapadas que se sintió como si mirara a través de una catarata. Él tenía la vista fija al frente y los dientes apretados.

Al llegar al colegio, divisaron a Isabelle en lo alto de la escalinata, protegida de la lluvia por un impermeable blanco. Las gotas rebotaban sordas contra el plástico de la capucha.

—Carter. Allie. ¿Os encontráis bien? Carter, tienes un aspecto horrible.

—Estoy bien —insistió Carter—. Solo necesito un par de puntos.

Isabelle lo escudriñó un momento y luego se volvió a mirar a Allie.

—¿Y tú? ¿Te has hecho daño?

Allie negó con la cabeza y el agua le inundó la nariz.

—Dios mío, Carter, ve a la enfermería. Allie, ¿puedes acompañarme, por favor?

Sin aguardar respuesta, entró en el edificio con paso vivo.

Cuando Allie se disponía a seguirla, Carter la cogió por el codo. Parecía la víctima de un crimen en una película de terror.

—Reúnete conmigo antes del toque de queda —le dijo—. Estaré en el salón de actos.

A continuación entró chapoteando en la escuela, dejando una estela de agua a su paso.

Con el ceño fruncido, Allie lo siguió con la mirada por el vestíbulo.

—Lo tienes claro —musitó antes de echar a correr tras Isabelle.

 

Dejaron atrás la sala común y franquearon una puerta tan bien camuflada en el revestimiento de la pared, en la que Allie nunca antes había reparado. Cedía el paso a un despacho amplio, sin ventanas y con chimenea, cuya repisa tallada estaba decorada con unas velas apagadas. Un gran tapiz cubría una de las paredes casi por completo: representaba un caballero blandiendo una espada y una doncella junto a un caballo blanco. Isabelle le tendió a Allie una toalla nívea y suave, y ella se secó el pelo antes de echársela sobre los hombros, temblando. Ahora que por fin estaba a cubierto tenía frío.

—Por favor, siéntate.

Isabelle le indicó con un gesto las dos butacas de piel que descansaban delante del escritorio. Se apoyó en el borde de la mesa y se quedó mirando a Allie. De unos altavoces ocultos surgían los acordes graves de una melodía clásica.

—¿Seguro que te encuentras bien? —preguntó Isabelle. Cuando Allie asintió, continuó—: Bien. Solo quiero hablar contigo un momento, después te dejaré ir a cambiarte de ropa. No te preocupes, no voy a reñirte, solo necesito saber qué ha pasado esta noche.

Allie se la quedó mirando, perpleja.

—Pero yo no…

—Me refiero a qué hacíais Jo y tú en el cenador. Cuéntame qué ha pasado, desde el principio.

Allie se arrebujó la toalla sobre los hombros y pensó con rapidez. ¿Habría metido alguien la pata?

¿Habré metido yo la pata?

—Solo estábamos… buscando a Gabe —empezó a decir con pies de plomo—. Jo quería darle un susto pero no lo encontrábamos por ninguna parte. Nos hemos refugiado de la lluvia en el cenador y entonces hemos visto a los chicos saliendo del bosque…

La incomodaba mentirle a Isabelle, pero sabía que algo no andaba del todo bien. Cuando Ruth había ido a buscarlas parecía asustada. Estaba blanca como una sábana. El instinto le dijo a Allie que la encubriera, sin saber muy bien por qué.

Se suponía que Ruth no tenía que decirnos nada.

Isabelle la observaba atentamente.

—¿Y entonces qué ha pasado?

—Enseguida nos hemos dado cuenta de que algo andaba mal, pero nadie nos explicaba nada.

Aquella última parte había sonado un poco lastimosa, pero en verdad, ¿por qué todo el mundo se había mostrado tan reservado?

—¿Eso es todo?

Nada indicaba que la directora hubiera dudado de su palabra, de modo que Allie creyó llegado el momento de hacer sus propias preguntas.

—¿Tú sabes qué ha pasado? —indagó—. Carter se niega a decírmelo y todo el mundo se comporta como si yo hubiera hecho algo malo.

Isabelle se acercó a ella.

—Lo siento mucho, Allie. No deberían comportarse así. Eres nueva y no podías saber qué era lo más adecuado. Aún no estoy muy segura de lo que sucedió ni de cómo se lastimaron Carter y Phil, pero tengo la intención de averiguarlo.

—El caso es —siguió hablando Allie— que parecía algo muy grave.

La directora se puso en pie.

—No creo que haya sido para tanto. Me han dicho que ninguno de los dos está herido de gravedad, y a veces los chicos juegan de manera algo brusca. No te preocupes por nada. Hablaré con todos los implicados.

Isabelle posó la mano en el hombro de Allie y se lo apretó con suavidad mientras ambas se dirigían a la puerta, que la directora mantuvo abierta.

—Gracias, Allie. Me alegro de que estés bien. No tienes que preocuparte por Phil; el personal médico ya se ha hecho cargo de él. Y no tengo la menor duda de que la herida de Carter es superficial.

Allie tenía la sensación de que debería haber preguntado más, pero la explicación de Isabelle tenía lógica. Los chicos siempre se metían en líos; había visto a Mark y a Harry hacerse daño un montón de veces. Ambos habían acabado en urgencias en más de una ocasión cuando salían a hacer pintadas y la cosa se descontrolaba.

Pero ¿qué habrá pasado esta noche en los bosques? ¿Y por qué nadie me lo cuenta?

 

Ya en su habitación, se puso una falda y un jersey limpios y dejó las prendas mojadas en el suelo. Quería volver a bajar antes del toque de queda para averiguar qué andaban haciendo los demás.

Se estaba aplicando brillo de labios rosado frente al espejo cuando, de repente, se detuvo en mitad de un movimiento. ¿Debería acudir al encuentro de Carter?

En realidad, no tenía ganas de verlo; se había comportado como un completo idiota. Por otra parte sentía curiosidad. ¿Por qué quería hablar con ella a solas? ¿Y por qué en el salón de actos? Allie no había vuelto a estar allí desde que Isabelle se lo mostrara el día de su llegada.

Echó un vistazo al reloj. Solo eran las diez. Tenía tiempo de sobra hasta el toque de queda.

Bajó las escaleras a toda prisa y cruzó el pasillo de puntillas en dirección al salón.

—Allie —la voz aterciopelada de Sylvain pronunció su nombre como una caricia. Cuando se dio media vuelta lo encontró justo a su espalda—. Tenía la esperanza de tropezarme contigo. Estaba preocupado. ¿Te encuentras bien?

La abrazó y Allie, sin saber muy bien qué hacer, le devolvió el abrazo. Los dedos de Sylvain le acariciaron la espalda hasta llegar a la cintura.

Escalofríos.

Luego se echó hacia atrás para verla mejor.

—Aún estás mojada. Me alegro tanto de que no te haya pasado nada.

—Estoy bien.

Allie necesitaba encontrar una excusa para escabullirse. A Sylvain no le haría ninguna gracia saber que iba a reunirse con Carter. Pero lo que él no supiera, razonó, no la heriría a ella.

—Estaba buscando a Jo… —explicó.

—Creo que está con Gabe.

Con los dedos en la barbilla de Allie, Sylvain la obligó a mirarlo. Sintió su aliento en la mejilla. Despedía un aroma a enebro fresco.

—De todos modos, ¿qué estabais haciendo tú y Jo en el cenador? —lo dijo como sin darle importancia, aunque algo en su actitud la puso en guardia—. A Zelazny le ha molestado mucho veros allí.

¿Me está sonsacando?

—Pero si ha sido antes del toque de queda —replicó Allie—. No entiendo por qué a todo el mundo le ha molestado tanto que estuviéramos fuera. Nos apetecía dar un paseo. Y hemos salido.

—En pleno chaparrón.

Allie estaba harta de que la pusieran en entredicho.

—Pensamos que sería divertido —explicó—. Y, ¿sabes qué? Yo podría hacerte la misma pregunta. ¿Qué hacías tú ahí fuera en pleno chaparrón?

Él la miró con curiosidad, como si acabara de ver algo en ella que hasta entonces no había advertido.

—Un punto para ti, ma belle.

Por primera vez Allie notó cierta frialdad en su tono de voz. Se había puesto a la defensiva.

—¿Cómo está Phil? —preguntó Allie con la intención de pisar terreno más seguro.

—Se recuperará… pero ha perdido bastante sangre, así que tendrá que descansar un par de días. Ha sido una mala caída.

Cuando Allie iba a abrir la boca para preguntar qué había pasado en el bosque, Sylvain siguió hablando.

—Deberías tomar algo caliente —sugirió—. Ven conmigo. Hay chocolate en la cocina.

—No —Allie respondió en un tono aterrado que no venía al caso y Sylvain enarcó una ceja sorprendido mientras ella buscaba una excusa a toda prisa—. Yo… Tengo que hacer una cosa. Mañana hablaremos. He de…

Incapaz de dar con una explicación convincente, entró a toda prisa en la biblioteca. Estaba desierta. Incluso la mesa de la bibliotecaria estaba vacía. Corriendo sobre las suaves alfombras en dirección a la zona de los libros, Allie se escabulló entre las sombras de dos altas estanterías.

Oyó cómo la puerta se abría y volvía a cerrarse. Sylvain la llamó dos veces, en voz baja. Al cabo de un minuto, la puerta se abrió y se cerró una vez más. Allie aguardó unos instantes en el mismo sitio, para estar segura. Contó despacio hasta doscientos y, como seguía sin oír nada, salió de puntillas de su escondrijo y abrió la puerta de la biblioteca para echar un vistazo al pasillo. No vio a Sylvain por ninguna parte. Suspiró aliviada.

 

La puerta del salón de actos se abrió sin hacer el menor ruido cuando Allie la empujó. Las luces estaban apagadas, pero distinguió un leve centelleo al otro extremo de la gran estancia, que por lo demás parecía desierta. Caminó en dirección al resplandor con suma cautela.

—¿Carter? —susurró.

Un lamento lúgubre resonó en la sala:

—Uuuuh…

—Corta ya, West.

Él se rio por lo bajo.

Cuando se acercó más a la luz, lo vio arrellanado en una butaca con los pies apoyados sobre una mesa, entre dos velas encendidas. Llevaba un vendaje en la frente y tenía un libro en las manos, que dejó caer al suelo con suavidad.

Había una segunda butaca junto a la mesa, y él se la señaló con un gesto.

—Siéntate.

—No me digas lo que tengo que hacer —masculló ella mientras tomaba asiento.

Carter sonrió sin alegría.

—Perdona, solo quería ser amable.

Ella ignoró el comentario.

—¿Qué tal tu cabeza?

Carter quitó importancia a la herida con un gesto.

—Estoy bien.

Por un momento reinó el silencio.

—¿Y bien? —preguntó Allie para romper el mutismo—. ¿Por qué querías verme aquí? No sé bailar, por si te habías hecho ilusiones.

Él se encogió de hombros.

—Me gusta estar aquí. Vengo a menudo. Nadie entra nunca, no sé por qué.

Bajando los pies de la mesa, Carter se volvió a mirarla.

—Solo quiero saber cómo habéis ido a parar Blondie y tú al cenador justo cuando todo se ha venido abajo. Gabe os ha dejado tan tranquilas en la sala común enfrascadas en la típica conversación femenina sobre… zapatos o pintalabios o lo que sea de lo que hablen las chicas. Quince minutos después, estáis en el cenador en mitad de un aguacero vendando heridas. ¿Qué ha pasado entretanto, Allie?

Ella rehuyó su mirada.

—Jo quería ir a buscar…

Él la interrumpió.

—Venga ya, Allie, no me vengas con rollos. Yo no soy Isabelle.

Sorprendida de tanta vehemencia, Allie buscó algo que decir.

—Yo… Bueno… Verás…

Carter estaba alerta, con la mirada clavada en ella.

El mismo temor intuitivo que le había impedido revelarle la verdad a Isabelle le dijo que no le contara nada a Carter. Sin embargo, tenía que averiguar qué estaba pasando allí, y si alguien estaba al corriente sin duda era Carter.

—Ruth. Ha venido a buscarnos.

Carter la observaba con una expresión indescifrable. Allie se lo quedó mirando un largo instante, en silencio, buscando una reacción en sus ojos, pero no pudo encontrarla.

Cuando Carter habló por fin, lo hizo en un tono frío.

—¿Qué dijo?

Allie se cruzó de brazos con desenfado mientras trataba de visualizar a Ruth ante ella tal como la había visto unas horas antes, empapada, con un charco a los pies. Y miedo en el semblante.

—Dijo que Gabe y tú estabais malheridos. Y algo raro. Creo que dijo: «Ha salido mal».

Carter se levantó tan deprisa que más tarde Allie no podría recordar haber visto el movimiento. Cuando la agarró por los hombros, tuvo la sensación de que él se hacía más grande ante sus ojos. Allie retrocedió.

Con los labios a pocos centímetros de los suyos, Carter le espetó con un susurro áspero:

—Nunca le cuentes a nadie más lo que ha hecho Ruth. Júralo.

Allie se lo quedó mirando, y movió los labios un instante antes de proferir sonido alguno.

—Sí, claro. Vale, no se lo diré a nadie. Por Dios, Carter.

Como si acabara de reparar en lo que estaba haciendo, el chico la soltó.

—Me estás asustando —lo reprendió Allie mientras se frotaba el hombro—. ¿Qué mosca te ha picado?

Procurando aparentar indiferencia, Carter se apoyó contra una columna.

—Lo siento. Pero Ruth no debería haber hecho eso y algunas personas podrían enfadarse si llegaran a enterarse. No quiero meterla en un lío, de modo que no debes decir nada.

—Eh —replicó ella, molesta—. Tranquilo, tío. Y ya que hablamos de sinceridad, ¿por qué no me cuentas de qué iba el numerito de esta noche? ¿Cómo habéis acabado todos cortados en pedazos en mitad del bosque?

Cruzando los brazos, él la miró con frialdad. Se hizo un largo silencio.

—Bueno, pues gracias por el interrogatorio, por las amenazas y por todo. Ha sido genial, de verdad. Pero voy a tener que irme.

Allie adoptó la expresión más hastiada que pudo encontrar.

Carter la observó como si quisiera decir algo más. De hecho, Allie casi pudo identificar en qué preciso instante decidió no hacerlo.

—Sabes vendar muy bien —comentó en cambio—. ¿Dónde aprendiste? ¿En Crimea?

Ella estuvo a punto de levantarse y dejarlo allí plantado, pero se quedó. No supo bien por qué. Curiosidad, quizá.

—En Londres —contestó—. Clases de primeros auxilios. Con las Girl Guides.

Carter enarcó una ceja con sorna.

—¿Pertenecías a las Girl Guides? No.

Aunque Allie no alcanzaba a comprender por qué estaban manteniendo aquella conversación intrascendente poco después de que él se hubiera transformado en Hannibal Lecter ante sus ojos, decidió seguir adelante.

—Ya lo creo. Era una cría, pero esas cosas no se olvidan. Poner vendas. Cazar mariposas. Hacer mermelada. Lo domino todo.

Él profirió una carcajada breve pero Allie no sonrió.

—¿Qué está pasando aquí, Carter? Quiero decir, ¿qué te ha pasado esta noche? ¿Os habéis peleado? La cosa tenía muy mala pinta.

Si Carter le hubiera cerrado una puerta en las narices, no habría sido más explícito. Su rostro había abandonado cualquier expresión.

—Déjalo ya —le espetó—. Y no le preguntes a nadie más. Nadie te contará nada y la gente se enfadará si se enteran de que vas por ahí haciendo preguntas —miró el reloj—. Son casi las once. Tenemos que irnos.

Apagó las velas con sendos soplidos y la sala se sumió en tinieblas.

Mientras caminaba hacia el lugar donde creía que estaba la puerta, Allie tropezó con algo en la oscuridad. Carter la ayudó a recuperar el equilibrio y, por un segundo, sus rostros casi se tocaron. Aunque estaban envueltos en sombras, Allie creyó ver en su rostro una expresión consternada.

Pero seguramente me equivoco.

—Por aquí —la guió de la mano por la oscuridad de la sala con la seguridad de alguien que ha hecho el mismo camino muchas veces. Los dedos de Carter eran cálidos y fuertes al tacto, pero a ella no le apetecía su contacto en aquel preciso instante; caminaba a su lado con rigidez.

 

Cuando salieron al pasillo desierto, deslumbrados por el contraste de luz, el semblante de Carter era premeditadamente inexpresivo.

—Son las once, Sheridan. Deberías darte prisa. No querrás que vuelvan a castigarte.

—Sí, claro —se burló ella—. Que corra la sangre, que cuelguen las tripas, pero ¿Allie levantada después del toque de queda? Eso sería una tragedia.

—Buenas noches, Sheridan —replicó él con firmeza.

Ella se dirigió a las escaleras.

—Lo que tú digas, Carter.

—Tienes que confiar en mí, Allie.

Carter la miraba con intensidad, pero ella se resistía.

—¿Por qué iba a confiar en ti? Tú no confías en mí.

Estaban de pie en el salón de actos, que resplandecía con el brillo de mil velas encendidas; en las repisas, en las mesas y en enormes candelabros de pie.

Desprendían un calor intenso.

Los ojos de Carter reflejaban la luz que los rodeaba.

—Pero yo puedo ayudarte…

Alguien golpeó la puerta con fuerza. Unos golpes amenazadores. Allie sintió que el corazón se le iba a salir del pecho.

—Están aquí —dijo él.

La llamada se repitió, más insistente esta vez. El ruido era casi ensordecedor y Allie se tapó las orejas.

—¿Quién es? ¿Quién viene, Carter?

La voz del chico sonó apremiante.

—Tienes que confiar en mí. ¿Confías en mí?

Por encima del hombro, Allie vio que la puerta se agrietaba por la fuerza de los golpes.

—¡Sí! —gritó Allie aferrándose a él—. ¡Sí! Confío en ti.

 

Dando un respingo, Allie despertó en la cama con la colcha apretada entre los puños.

Un fuerte golpe la asustó, pero solo era la contraventana que azotaba la pared impulsada por la recia brisa que se colaba por la ventana abierta.

Al encaramarse al escritorio para cerrarla, Allie descubrió que la tormenta había amainado durante la noche; los árboles se agitaban, y las hojas, liberadas, cabalgaban a lomos del viento.

El aire olía a limpio cuando pasó la aldaba y volvió a meterse en la cama.

Mientras se tapaba, murmuró en voz alta:

—Sal de mi cabeza, Carter West.