Night School
Diecinueve
Allie y Carter recorrieron el pasillo flanqueados por Isabelle y Matthew. Ella tuvo la sensación de que los escoltaban. Ninguno de los dos había dicho ni pío. La directora se había limitado a ordenar: «Carter, Allie. Acompañadnos, por favor», y habían echado a andar.
Caminaron a paso vivo hacia la oficina de Isabelle. Ella les cedió el paso y entró en último lugar antes de sentarse en la silla de detrás del escritorio. Matthew se quedó a su lado con una mano apoyada en el respaldo. La directora no hizo presentaciones.
—Os he hecho venir porque quiero saber si he cometido un error —Isabelle clavó los ojos en Allie.
—¿A qué… a qué te refieres? —preguntó ella con pies de plomo.
—Me salté muchas reglas al dejarte venir a este colegio —hablaba con una voz entrecortada de furia—. ¿Me equivoqué?
Justo cuando Allie empezaba a notar que se le hacía un nudo en el estómago, alguien llamó a la puerta.
—Pasa —ordenó Isabelle.
Sylvain entró en la sala. Miró a su alrededor, evitando los ojos de Allie, antes de cerrar la puerta y apoyarse contra la hoja.
Con el corazón en un puño, Allie volvió a mirar al frente.
—No te entiendo —insistió—. ¿Qué he hecho?
—Di instrucciones explícitas de que los alumnos permanecieran en el edificio, y no solo he descubierto que has estado bebiendo con Jo Arringford en el tejado sino que también has ido a la capilla sin permiso. Ahora te pregunto, ¿qué debo pensar, Allie, salvo que me has desobedecido?
Ella se la quedó mirando de hito en hito. ¿Cómo sabe lo de la capilla?
Carter dio un paso adelante.
—Un momento, Isabelle. Allie fue a la capilla porque yo se lo pedí. La acompañé durante todo el camino. No corrió peligro.
—Y Jo estaba muy alterada —intervino Allie—. Tenía miedo de que se hiciera daño. Solo intentaba ayudarla.
La mirada de Isabelle era gélida.
—Una botella ha caído del tejado a pocos centímetros de un alumno. De haber resultado herido, el colegio habría sido responsable. Hay cristales dispersos y, debo añadir, vodka derramado junto a la puerta principal.
Allie estaba tan perpleja y enfadada que tuvo que bajar la vista para que Isabelle no advirtiera la rabia que la embargaba. Ruth ha muerto, el colegio se ha incendiado ¿y le preocupa que la denuncien por unos cristales rotos?
Isabelle se volvió a mirar a Carter.
—¿Y por qué, si se puede saber, la acompañaste todo el camino? Ya conoces el Reglamento.
—Después de lo que pasó con Ruth y Lisa, Allie estaba disgustada. Se estaba planteando dejar el colegio —aclaró Carter—. Quería que se sintiera libre para hablar sin miedo de que alguien pudiera estar escuchando.
Impresionada por la habilidad que Carter acababa de demostrar recurriendo a la verdad para…, bueno, mentir, Allie miró a la directora para ver cómo se lo tomaba. No pareció impresionada.
—Comprendo que Allie esté disgustada, pero hay lugares donde mantener ese tipo de conversaciones en el interior del edificio, Carter —lo reprendió—. Y no me gusta que se ignoren las reglas de manera tan flagrante, sobre todo cuando han sido expresadas en términos tan explícitos y en momentos tan recientes.
Carter mostró las palmas de las manos en un gesto de humildad.
—En ese caso debo ser yo el que se disculpe, no Allie. Fui yo quien insistió en ir a la capilla. Al principio ella se negó porque no quería saltarse el Reglamento, pero la convencí. Si alguien puede ser acusado de desobediencia, soy yo. Pero lo hice movido por lo que consideré buenas razones.
La voz de Carter transmitía una seguridad sorprendente, pensó Allie. Hablaba más en el tono de un hijo que trata de apaciguar a una madre enfadada que en el de un alumno que se dirige a la directora.
—¿Puedo intervenir, Isabelle? —Sylvain la interrogó con la mirada y ella asintió con un breve cabeceo—. Carter, no solo desobedeciste las instrucciones de Isabelle, sino también las mías —dijo con aquel elegante acento francés que parecía enroscarse en cada palabra—. Y al hacerlo, pusiste a Allie en peligro, lo cual es inaceptable.
Por primera vez en el transcurso de la conversación, Carter se puso tenso. Allie lo vio apretar los puños y esforzarse poco después por relajarlos. Guardó silencio.
Isabelle suspiró.
—Es suficiente. Carter, Allie, habéis quebrantado gravemente las normas que decreté ayer por la noche. Comprendo que seguís alterados por lo sucedido durante el baile; de no ser así, ambos os enfrentaríais a castigos y amonestaciones por escrito. Por el contrario, me limitaré a advertiros de que no toleraré ninguna otra infracción por vuestra parte de ahora en adelante.
—¿Y qué le va a pasar a Jo?
La pregunta brotó de los labios de Allie sin que pudiera contenerse.
Isabelle le dirigió una mirada torva.
—Empecemos por determinar qué ha sucedido exactamente en el tejado esta mañana, Allie, ¿te parece?
Esta le contó que había encontrado una nota y que, al ver la ventana abierta, había trepado para reunirse con Jo en el tejado, así como todo lo sucedido finalmente.
—No sabía qué otra cosa hacer, de verdad, salvo ayudarla —aclaró—. ¿He hecho mal?
—Jo se ha arrancado cuatro uñas —dijo Isabelle—, y se ha hecho un corte muy profundo en una mano, además de numerosas magulladuras. Es de suponer que sufrió todas esas lesiones al caer. Puesto que son superficiales y que su estado de embriaguez es temporal, las enfermeras se han hecho cargo de ella y le han administrado un tranquilizante. Se quedará en la enfermería hasta que determinemos el castigo pertinente. Se lo notificaremos a sus padres.
—¿Será… expulsada?
Allie apretó los brazos de la butaca con tanta fuerza que se le pusieron pálidos los nudillos.
Isabelle le dirigió una mirada de desaprobación.
—No comentaré contigo las medidas disciplinarias que atañen a otros alumnos, Allie.
Matthew se acercó a la directora para susurrarle algo al oído. Cuando acabó de hablar, Isabelle se volvió hacia Allie.
—Puedes marcharte. Ahora, si nos disculpas, me gustaría hablar con Carter en privado.
Allie miró a Carter a hurtadillas, pero este mantuvo la mirada al frente mientras ella abandonaba el despacho. Advirtió que Sylvain y Matthew se quedaban atrás.
No tan en privado, pues.
Al cerrar la puerta se apoyó contra la hoja por si alcanzaba a oír algo, pero el grosor de la madera se lo impidió.
Dio media vuelta y se dirigió a los dormitorios de las chicas, donde se detuvo en el 335.
Retrocedió asustada cuando la puerta se abrió al primer golpe.
Jules iba tan inmaculada como de costumbre, con el uniforme perfecto y ni un cabello fuera de lugar.
—Allie, ¿qué puedo hacer por ti?
Si la visita la sorprendía, procuró no demostrarlo.
—Me gustaría ir a ver a Lisa —repuso Allie—, pero no sé dónde está la enfermería y pensé que tú lo sabrías.
—He oído que al fin ha despertado —la informó Jules—. Ve a la planta baja y sigue después hasta el ala donde están las aulas. Al final del pasillo verás una escalera. Sube al primer piso y la encontrarás.
Allie titubeó, deseando en su fuero interno poder confiar en Jules lo suficiente como para hablar de verdad con ella. Al ver que no hacía ademán de marcharse, la prefecta enarcó unas cejas impecables y preguntó:
—¿Algo más?
—Yo solo… —Allie se enroscó la orilla de la falda en un dedo—. Carter me ha dicho que le diste el mensaje ayer por la noche. Y quería darte las gracias por ello. No tenías que hacerlo.
Jules cruzó los brazos con desenfado.
—De nada, Allie. Aunque me habría sentido mejor si me hubieses dicho por qué querías verlo en realidad. Y ahora, después de todo lo que ha pasado con Jo Arringford, me pregunto si hice bien.
—¡Pero si lo único que he hecho ha sido ayudar a Jo! —protestó Allie—. Yo no le he dado el vodka ni la he llevado al tejado. Solo he intentado salvarle la vida.
No entiendo qué tiene eso de malo.
—Ya, ¿y por qué no has venido a buscarme primero? —quiso saber Jules.
—¿Y por qué iba a hacerlo? —le espetó Allie—. Tú solo quieres crearle problemas.
Jules pareció exasperada pero también, pensó Allie, un poco dolida.
—Mientras permanezcáis en esta planta, Allie, Jo y tú estáis bajo mi responsabilidad. Nunca deberías ponerte en peligro como has hecho hoy. Y Carter me ha hablado de tus ataques de pánico… ¿Por qué nunca me lo has contado? Yo no estoy aquí para hacer que te castiguen ni para echarte la bronca. Estoy aquí para ayudarte. Pero haga lo que haga, tú siempre me tratas como si fuera tu enemiga.
Las palabras de Jules pillaron a Allie tan de sorpresa que por un momento se quedó sin habla.
—Pero si yo… yo creía que me odiabas —acabó diciendo.
—No te odio —objetó Jules—. Siempre pareces intimidada y enfadada en mi presencia y yo no sé cómo hacerte comprender que estoy de tu lado.
—Pero eres amiga de Katie Gilmore y ella sí me detesta.
Para sorpresa de Allie, Jules lanzó una breve carcajada. Levantó las manos en ademán de disculpa.
—Soy amiga de Katie y, sí, le caes mal, pero solo porque te tiene celos. Le gusta Sylvain, y Sylvain se ha fijado en ti, algo que hiere sus sentimientos y la empuja a comportarse mal. Está acostumbrada a salirse con la suya. Ahora bien, todo eso no tiene nada que ver conmigo. Siempre le estoy diciendo que madure, que te deje en paz pero —se encogió de hombros— ya es mayorcita para saber lo que hace.
Su expresión mudó a otra más seria.
—No me juzgues a mí por su conducta. Júzgame por mis propios actos.
Avergonzada, Allie se frotó un pie con la punta del otro.
—Lo siento mucho, Jules, me he comportado como una auténtica cretina.
—No pasa nada —la tranquilizó ella—. Tendría que haberme sentado a hablar contigo mucho antes. Soy la prefecta y debería saber cómo afrontar este tipo de situaciones. En cualquier caso, me gustaría mucho que volviéramos a empezar.
Le tendió la mano al tiempo que la miraba a los ojos.
—¿Amigas?
Allie titubeó una milésima de segundo antes de estrechársela.
—Amigas.
—Muy bien, ahora ve con Lisa… Seguramente se sentirá muy sola allí arriba sin nadie con quien hablar —se despidió Jules, que al entrar en su habitación añadió en el tono oficial que solía adoptar—: Y nada de excursiones al tejado, por favor.
Mientras recorría la ruta descrita por Jules de camino a la enfermería, Allie repasaba mentalmente toda la conversación.
¿Cómo es posible que me haya equivocado tanto con ella? ¿Y de verdad estaba tan equivocada?
Recordó que tanto Carter como Sylvain se reían de ella cuando les decía que Jules no le caía bien; por lo visto ambos la consideraban fantástica, aunque Sylvain había admitido que podía ser un poco especial.
Pero ser especial no es nada malo.
Siempre le había molestado que defendieran a la prefecta y, siendo sincera, si la había juzgado mal, todo cobraba sentido.
Se esforzó por recordar qué cosas había dicho Jules para molestarla, pero solo le vino al pensamiento la expresión perpleja de la chica cada vez que Allie se enfadaba o se disgustaba.
Pese a todo… ¿no era curioso que de repente Jules quisiera ser su amiga? Las palabras pronunciadas por Jo en plena borrachera resonaban en sus oídos: «No les caes bien… Te consideran peligrosa».
Las luces estaban apagadas en la zona de las aulas y Allie palpó la pared en busca de un interruptor. Al no poder encontrarlo siguió andando a toda prisa. Oía el eco de sus propios pasos mientras iba dejando atrás, casi a la carrera, puertas y puertas que dejaban entrever clases desiertas, donde sillas desocupadas y pupitres vacíos aguardaban en filas y corros fantasmales.
Al final de la antesala vio una puerta sin número, por cuyo cristal esmerilado se filtraba la luz del sol.
Debe de ser esa.
La empujó para abrirla.
Divisó los peldaños ascendentes de una angosta escalera de servicio, cuyos amplios ventanales cedían el paso a la luz del sol en cada planta.
Ascendió hasta el primer nivel, un entresuelo entre la planta baja y el primer piso. De la escalera partía un pasillo de techos bajos y suelos de linóleo que contrastaba con los vastos espacios y la madera bruñida que prevalecía en el resto del edificio. A un lado del pasillo vio una hilera de puertas cerradas, cuyas superficies blancas incluían ventanas de cristal esmerilado, divididas por un crucifijo azul cuidadosamente pintado. Al otro lado se abrían grandes ventanales que dejaban pasar la luz y el aire fresco.
—¿Hola? —probó Allie.
Su voz resonó en el pasillo desierto.
El silencio era tan absoluto que sintió crecer su nerviosismo mientras avanzaba por el corredor soleado. Fue llamando a cada una de las puertas al pasar, probando cada uno de los pomos. Nadie le respondió, y encontró cerradas las tres primeras.
La cuarta, sin embargo, se abrió.
La habitación estaba a oscuras, con las cortinas echadas. Era un cuarto diminuto donde solo cabía una cama.
Allie apenas alcanzó a atisbar una nube de brillante pelo rubio sobre la almohada.
—¿Jo? —susurró introduciendo al mismo tiempo un pie en la habitación con ademán indeciso—. ¿Te encuentras bien?
No obtuvo respuesta, pero algo le dijo que su amiga estaba despierta. Dejando la puerta abierta a su espalda, avanzó de puntillas hasta agacharse junto a la cama de Jo, que tenía los ojos cerrados pero la respiración agitada.
—Eh —musitó Allie—. ¿Cómo estás?
Una lágrima escapó del ojo de su amiga para caer por un costado de su cara. Se la enjugó con una mano completamente vendada.
—No me apetece hablar ahora mismo, Allie.
Tenía la voz ronca y apagada.
Herida, Allie se sintió tentada a discutir, pero decidió marcharse. Mientras cruzaba el umbral se volvió a mirar; tendida de espaldas, Jo contemplaba el techo como si ya estuviera sola.
De nuevo en el pasillo, Allie siguió probando puertas. Al llegar a la tercera después de la habitación de Jo, atisbó un espacio blanco y soleado donde se alineaban dos filas de camas de hospital, separadas por prístinas cortinas ondeantes a la suave brisa que susurraba desde las ventanas entreabiertas. Solo había una cama ocupada.
Tendida sobre una colcha blanca, en un lecho blanco contra una pared también blanca, yacía Lisa con los ojos cerrados como si fuera la palidez personificada; sus pestañas espesas proyectaban sombras que oscurecían su piel. La melena larga y sedosa se extendía sobre las almohadas mientras que un gran apósito le cubría parte de la cara. Llevaba un brazo en cabestrillo.
A Allie se le encogió el corazón al advertir lo delgada que estaba. ¿Acaso nunca comía? Parecía tan… frágil.
Al sentarse en una silla junto a la cama, la madera emitió un crujido y Lisa abrió los ojos.
Esbozó una sonrisa adormilada.
—Allie.
Ella sonrió también, pero unas arrugas de preocupación ensombrecían su ceño.
—Eh. ¿Cómo estás? ¿Te encuentras bien? Me han dicho que estabas despierta.
Lisa se incorporó con ayuda de las almohadas. Le habían conectado una vía a la muñeca enyesada y tenía magulladuras violáceas en la parte superior de los brazos.
—Estoy bien. Bastante colocada, creo. Ni siquiera sé cuánto tiempo llevo aquí.
La fragilidad que la envolvía agrandaba sus ojos al punto de darles un aire infantil, y Allie sintió el impulso irresistible de protegerla.
—No mucho —Allie tuvo que pararse a pensar—. Bueno, hoy es… ¿qué día es hoy? Domingo, creo.
Se sonrojó ante su propia confusión, pero Lisa se dio por satisfecha.
—Bien. Pensaba que llevaba más tiempo —miró hacia la ventana y su rostro se ensombreció—. Pero pronto se va a hacer de noche, ¿verdad?
Se la veía tan asustada que Allie le apretó la mano.
—No te preocupes. Aquí estás totalmente a salvo.
Lisa no parecía convencida, pero por lo visto los medicamentos alteraban su capacidad de concentración y al poco volvió a relajarse.
—Lisa, ¿qué te pasó? —preguntó Allie—. Jo dice que te perdió de vista cuando se fue la luz, y que no volvió a verte hasta que te encontramos… bueno, ya sabes, en el vestíbulo de entrada.
Los ojos de su amiga se nublaron mientras trataba de recordar.
—Lo recuerdo todo muy borroso. Me acuerdo de que Lucas y yo estábamos bailando. Decidimos ir a dar una vuelta para tomar el aire. Pensábamos salir por la puerta principal porque la trasera estaba atestada. Pero entonces las luces se apagaron. Al principio no le dimos importancia, de hecho hasta nos pareció divertido.
Había velas encendidas en el vestíbulo de entrada, de modo que veíamos y tal. Pero entonces la gente empezó a gritar.
»Lucas me dijo que no me moviera, que enseguida volvería a buscarme, y se fue corriendo para averiguar qué pasaba.
Dejó de hablar para mirar a Allie con ojos inexpresivos.
—Y ya está. No recuerdo nada más. Solo una inmensa oscuridad.
Allie le dio unos golpecitos en la mano.
—Isabelle dice que no tienes nada grave. ¿Has sufrido una conmoción cerebral o algo así? Mi hermano sufrió una hace tiempo y no pudo recordar la caída hasta dos semanas después.
—Sí, la enfermera dice que me golpeé la cabeza al caer y que me corté con algo punzante. Me han puesto doce puntos —se tocó la gasa con aire ausente.
—¿Y qué te pasó en los brazos? —Allie se acercó más y le subió las mangas cortas de la bata hospitalaria con suavidad para examinarle la piel—. Esos cardenales parecen… marcas de dedos.
Mirándose los brazos, Lisa repuso:
—¿Ah, sí? No tengo la menor idea de cómo han llegado ahí. Y supongo que me hice un esguince en la muñeca al caer.
—¿Te han…? —cuando le falló la voz, Allie volvió a intentarlo—: Supongo que te han contado lo de Ruth.
Lisa asintió a punto de echarse a llorar.
—Pero no me lo creo —susurró—. ¿Cómo iba a… suicidarse? Nunca la vi triste o deprimida. Y había hecho un montón de planes de futuro. Quería viajar por el mundo, ¿sabes? No entiendo por qué iba a hacer algo así.
Allie consideró la idea de expresar sus recelos respecto a la versión oficial que rodeaba la muerte de Ruth, pero creyó que Lisa no era la persona apropiada para compartir dudas. No porque no confiara en ella, sino más bien porque no quería preocuparla.
Guardaron silencio un rato, durante el cual Lisa se adormiló, pero cuando Allie se removió, un crujido de la silla la despertó.
—Sigues ahí —la voz soñolienta sonó complacida.
—Claro que sí —repuso Allie—. No deberías pasar tanto tiempo sola. Es demasiado aburrido. Por cierto, ¿dónde están las enfermeras?
Lisa miró a su alrededor como si esperara verlas aparecer por detrás de un armario.
—No lo sé. Es muy raro. Ayer venían mucho por aquí pero hoy apenas las he visto. Cuéntame cosas del mundo real. ¿Qué está pasando?
Allie se preguntó cuánto debería contarle, pero luego comprendió que Lisa conocía a Jo incluso mejor que ella misma.
—No gran cosa. Todo el mundo está un poco raro. Y… Lisa, a Jo se le ha ido la olla esta mañana y ahora está malherida.
Lisa pareció despabilarse.
—¿A qué te refieres? ¿Es que se ha metido en un lío?
Allie le contó lo sucedido por la mañana en el tejado. Cuando hubo terminado, pensó que Lisa se quedaría conmocionada, pero esta se limitó a negar con la cabeza.
—Oh, pobre Jo. Debe de estar muy alterada. Ojalá pudiera hablar con ella.
—Lisa, Carter me dijo que ya había hecho antes este tipo de cosas…
La otra asintió.
—Ya conoces a Jo —comentó—. Es encantadora, pero sus padres pasan de ella. Siempre lo han hecho. Creo que empezó a hacer cosas así para llamar la atención y al final se convirtió en una especie de costumbre, supongo. Se hartaron y la enviaron aquí. Sin embargo, es feliz en el colegio y llevaba mucho tiempo sin hacer cosas raras. Supongo que lo sucedido en el baile la ha superado —adoptó una expresión consternada—. Quería mucho a Ruth, ¿sabes?
Allie asintió.
—Debe de haber sido por eso. Es que nunca la había visto así. No sabía qué hacer.
Lisa le cogió la mano y se la apretó.
—Pobrecita. Debes de pensar que Cimmeria es un manicomio. En realidad, no lo es, ¿sabes? No siempre.
—No pasa nada —Allie puso la otra mano sobre la de Lisa—. ¿Cuándo te dejarán salir?
Su amiga se encogió de hombros.
—No me lo han dicho.
Echando un vistazo al reloj, Allie se levantó.
—Será mejor que vaya a ver qué está pasando ahí fuera. Todo es tan raro… Tengo la sensación de que si yo no estoy, el colegio entero podría… estallar en pedazos. Es escalofriante.
Al coger a Lisa para abrazarla, la notó tan delgada que apenas se atrevió a estrecharla.
Ella le dirigió una sonrisa.
—Gracias por venir a verme.
—Volveré —prometió Allie—. Si te sientes con fuerzas, Jo está a dos puertas de aquí. Pero espera a que se le pase la mona primero.
Mientras cerraba la puerta, oyó a Lisa decir:
—No te olvides de mí…