Night School

C.J. Daugherty · Capítulo 23 de 31

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Night School

Veintitrés

—¿Ese es tu pie? ¿O el de otra persona?

Allie habló con un susurro tan quedo que su voz pareció fundirse en la negra oscuridad que los rodeaba.

—Pues claro que es el mío —cuchicheó Carter—. ¿De quién iba a ser si no?

Cruzaban de puntillas el pasillo que discurría desde la escalera hasta el despacho de Isabelle. Reinaba un silencio sobrenatural; el edificio no crujía ni se asentaba, como si contuviera el aliento.

Carter le había explicado que, como parte del entrenamiento, los alumnos de la Night School patrullaban los pasillos del colegio por la noche, pero no a todas horas. Por eso al bajar se habían escondido en una recámara del primer piso hasta que un par de sombras pasaron por su lado, silenciosas como la muerte.

Después, tenían más de una hora antes de que la patrulla volviera a hacer la ronda, según calculaba Carter. Se deslizaron escaleras abajo, procurando no pisar el peldaño que crujía hacia el final.

Habían llegado ya frente a la puerta del despacho, casi invisible, y aguardaban a estar seguros de que la directora no estaba dentro.

—¿Por qué iba a estar? —susurró Allie—. Es la una de la madrugada.

Carter se encogió de hombros, pero por la expresión de su cara ella dedujo que la posibilidad no era tan remota.

Como no se oía nada al otro lado de la puerta, el chico dio por fin el visto bueno. Con la mano en el pomo, miró a Allie a los ojos.

—Tres —dijo en un cuchicheo—, dos… uno…

Hizo girar el picaporte.

La puerta estaba cerrada con llave.

Carter maldijo entre dientes y Allie sofocó una risilla.

—¿Plan B?

Él se sacó del bolsillo un alambre retorcido.

—Dos minutos —dijo—. Cronométrame.

Agachado junto a la puerta, metió el alambre en una cerradura que Allie no alcanzaba a ver y hurgó con cuidado usando solo la punta de los dedos hasta que, sin previo aviso, el mecanismo cedió.

—Guau. Menos de dos minutos —se admiró ella—. ¿Dónde has aprendido a hacer eso?

Él le lanzó una mirada de suficiencia.

—¿Tú qué crees?

—¿En la iglesia?

Carter sonrió al tiempo que empujaba la puerta. Se abrió con un sonido parecido a un suspiro.

—Sí, claro.

—Y bien —susurró Allie mientras entraba en el despacho—, ¿reventar cerraduras te prepara para ser un buen primer ministro?

Tras cerrar la puerta a su espalda, Carter retiró una manta de cachemira color crema de una de las butacas de piel antes de utilizar el mueble para atrancar el paso.

—No tengo ni idea.

Con un chasquido que pareció resonar en el silencio del edificio, encendió una lamparilla de escritorio. De pie tras la mesa, ambos pasearon la vista por el despacho de Isabelle, que contenía un tapiz con un unicornio, gruesas alfombras orientales, estanterías atestadas de libros y revistas, y diversas vitrinas de ébano llenas de ficheros ordenados. En el escritorio, entre montones de papeles, descansaba una taza de té con el emblema del colegio. En el aire se percibía el característico perfume cítrico de Isabelle.

—Me siento como una delincuente —susurró Allie, repentinamente intranquila.

—Ah, no, ni hablar —repuso Carter—. Ahora ya estamos aquí. Acabemos cuanto antes.

Ella comprendió que tenía razón. Era demasiado tarde para echarse atrás.

—¿Por dónde empezamos?

Allie lo había preguntado casi para sí, pero Carter le respondió de inmediato.

—Yo miraré en las estanterías. Tú ocúpate de los armarios.

 

Durante media hora trabajaron en un silencio apremiante. Carter comenzó por el lado izquierdo de la habitación y fue revisando un estante tras otro en busca de algo que le llamase la atención. Allie se sentó en el suelo para ver mejor el contenido de aquellas vitrinas bajas.

La primera contenía documentos relativos al mantenimiento: facturas de teléfono, recibos… Nada de interés. La segunda albergaba documentación académica, exámenes de graduación y otros testimonios de la actividad escolar acumulados a lo largo de los años.

En cuanto abrió la tercera vitrina, supo que había encontrado lo que buscaba.

—Premio —susurró.

Carter alzó la vista.

—¿Qué es?

—Documentación de los alumnos.

Él dejó lo que tenía entre manos y se acercó. En busca del expediente de Ruth, Allie fue pasando las carpetas de los alumnos cuyos apellidos empezaban por J.

Dejó de mirar.

—No está aquí.

Carter pareció perplejo.

—Tiene que estar. Vuelve a mirar.

—Jansen —musitó Allie por lo bajo—. J-a-n-s-e-n. No. No está.

—A lo mejor está en la letra equivocada —insistió él—. Mira desde el principio.

Allie repasó impaciente las carpetas de papel manila etiquetadas con cuidado, leyendo nombres familiares así como otros que no le sonaban de nada, hasta que llegó a uno que la hizo detenerse.

—¿Lo has encontrado? —preguntó Carter.

—No… Es el mío.

Tenía la punta de los dedos sobre un grueso clasificador que llevaba escrito su nombre con un trazo grueso de tinta negra.

—Cógelo.

Allie reparó en el tono tenso de la voz.

—¿Tú crees? —dudó.

—Dos cosas, ¿recuerdas? —la apremió—. Estamos buscando dos cosas.

No muy convencida, Allie dejó su propio expediente a un lado y siguió inspeccionando los documentos, dudando ante uno etiquetado con el nombre de Carter West.

—¿Quieres el tuyo?

Negando con la cabeza, él rehusó con sequedad.

—Ya sé lo que dice.

—Vale.

Allie revisó los pocos clasificadores restantes.

—El expediente de Ruth no está aquí.

—Deben de haberlo sacado —Carter se dirigió al escritorio de Isabelle—. A lo mejor está en su mesa. Iré mirando. Tú echa un vistazo a tu expediente.

Ella se sentó en el suelo, con la mirada fija en la superficie negra de la carpeta y los dedos prestos.

¿Realmente quiero saber la verdad?

Oía a Carter removiendo papeles y abriendo cajones por encima de ella. Se movía con rapidez… no tenían mucho tiempo.

Abrió el clasificador.

Las primeras páginas no eran sino los documentos de rigor: los formularios de admisión habituales, expedientes de sus colegios anteriores… Al mirar las notas, hizo un gesto de dolor y pasó la página a toda prisa….

El resto era mucho más raro. Una copia de su certificado de nacimiento. Fotografías de su primera infancia en compañía de sus padres. Una foto en la que aparecía ella de bebé sonriendo a la cámara junto a una mujer a la que no reconocía.

Se le encogió el corazón al ver una carta dirigida a Isabelle escrita con la letra de su madre. Cuando la acercó a la luz para verla mejor, se quedó sin aliento.

Algunas palabras y frases saltaron a primer plano.

«Necesitamos tu ayuda, Izzy…». «… no sabemos qué hacer. Si han capturado a Christopher…». «No queremos involucrar a Lucinda pero pensamos que ha llegado el momento…». «… peligro…».

¿Necesitamos tu ayuda, Izzy? ¿La llama Izzy?

Pasó la página. La siguiente hoja, escrita en papel grueso y caro, contenía una breve nota escrita en una caligrafía elegante que no reconoció. Tenía fecha de junio de aquel mismo año.

Isabelle:

Incluye a mi nieta de inmediato en el protocolo

de protección. Estaremos en contacto. Lucinda

Por un brevísimo instante, Allie dejó de respirar.

¿Qué tiene que ver esta nota con mi vida? ¿Quién es Lucinda?

Cada vez más nerviosa, pasó la hoja. Las siguientes eran fotocopias de viejos expedientes escolares de Cimmeria, pero no le pertenecían.

Eran de su madre.

Con manos temblorosas, los hojeó rápidamente, revisando cada página para después pasarla. Revisando y pasando. Revisando y pasando.

La última era una nota escrita en una tarjeta amarillenta. Reconoció la caligrafía de Lucinda de la carta anterior.

G.:

Estoy encantada de saber que mi hija se

desenvuelve bien en la Night School. Lo lleva en la sangre, como se suele decir. Te agradecería que me enviaras informes semanales de sus progresos de ahora en adelante.

L. S.

Allie soltó el expediente como si quemara. La voz de Carter interrumpió los pensamientos que se arremolinaban en su cabeza.

—Eh. Será mejor que le eches un vistazo a esto.

El tono no auguraba nada bueno, y Allie corrió al escritorio, donde él sostenía un papel bajo la luz. Se asomó por encima de su hombro para verlo mejor.

Cuando lo hubo leído de cabo a rabo, alzó la vista hacia él, estupefacta.

—Oh, Dios mío, Carter. ¿Qué vamos a hacer?

 

No se quedaron mucho más rato en el despacho de Isabelle. Rápidamente, Allie devolvió el expediente a su lugar en la vitrina mientras Carter ordenaba el escritorio.

Volvió a doblar la manta sobre el brazo de la butaca de piel y apagó la luz.

Permanecieron junto a la puerta, escuchando, durante lo que a Allie le pareció una eternidad antes de que Carter se deslizara al exterior mientras ella esperaba.

Cuando se hubo asegurado de que el pasillo estaba despejado, volvió a buscarla. Cerraron la puerta tras ellos y se quedaron helados cuando el chasquido de la cerradura resonó como un grito en aquel silencio sobrenatural.

Era la una y media de la madrugada. Si los pillaban en el pasillo a aquellas horas, ninguna excusa les serviría.

Apenas llevarían andados unos seis metros cuando Carter se paró sin previo aviso. Justo cuando doblaban la esquina que daba a la escalera, tendió un brazo para detener a Allie. Miró a su alrededor y corrió a cobijarse en la espesa negrura del hueco de la escalera; no tuvo que pronunciar palabra… Ella lo seguía de cerca.

Atrayéndola hacia sí para estrecharla contra su cuerpo, le dijo al oído en un susurro casi inaudible:

—Viene alguien.

Con la cabeza contra el hombro de Carter, inhalando su aroma a café y a canela, Allie asintió y luego se volvió a mirar qué estaba pasando. Los brazos del chico la rodeaban con ademán protector.

Pudo oír las pisadas también. Con sumo cuidado, alguien caminaba hacia ellos sin hacer ruido.

Allie contuvo el aliento mientras rogaba a su corazón que latiera con más suavidad.

Vieron cómo la sombra se acercaba al despacho de Isabelle para probar el pomo. Al descubrir que estaba cerrado, la figura se detuvo un momento como si calibrara las distintas posibilidades antes de alejarse.

Cuando Allie interrogó a Carter con la mirada, él le puso un dedo en los labios. Siguieron en la misma postura durante cinco minutos. Luego, una vez Carter se hubo asegurado de que ya no había nadie por allí, cogió a Allie de la mano y subieron juntos las escaleras.

Atravesaron sin ser vistos el pasillo desierto del dormitorio de las chicas hasta llegar al cuarto de Allie, donde ella encendió la luz tras asegurarse de cerrar la puerta.

—¿Quién era? —susurró.

—No he podido verlo —repuso Carter—, pero llevaba uniforme, así que era un alumno.

—¿Crees que nos ha visto? —siguió preguntando Allie.

Él negó con la cabeza.

—No ha mirado en nuestra dirección.

Ella se relajó un poco.

—Supongo que no somos los únicos interesados en averiguar lo que está pasando.

Con un enorme bostezo, Allie se sintió como si la adrenalina que había animado su cuerpo durante las actividades nocturnas la hubiera abandonado de repente.

—Los dos necesitamos dormir —dijo Carter—. Mañana tenemos clase, al fin y al cabo.

—Pero tenemos que hablar de todo esto —Allie hizo esfuerzos por despabilarse —. Mi expediente y esa carta…

—Mañana después de clase… reúnete conmigo en la capilla —propuso él—. Ah, iré a desayunar a las siete; ve a esa hora y te protegeré de los chismosos.

Mientras tanto… duerme un poco.

Carter abrió la ventana, pero se volvió a mirarla una última vez.

—Una cosa más. Esta noche, antes, en mi habitación…

Ella se sonrojó, esperando oír que había sido un error.

—Ha sido fantástico.

Esbozó aquella sonrisa tan sexy que tenía cuando el pelo le caía sobre los ojos y salió por la ventana.

Una oleada de calor recorrió el cuerpo de Allie de arriba abajo. Toda la tensión de la noche la abandonó mientras sonreía a la oscuridad.

—Lo mismo digo —contestó.

 

A la mañana siguiente, Allie bajó a desayunar a las siete en punto. Carter la esperaba en la antesala del comedor.

—Doncella, vuestro caballero os aguarda —le dijo cuando ella se acercó.

—Tu doncella está deseando zamparse un buen bocadillo de beicon —repuso ella.

—Oh, cuán propio de vos.

Entraron en el comedor riendo, pero de inmediato percibieron el ambiente gélido que se había apoderado de la sala.

—Hala —murmuró Carter.

Intimidada al saberse observada por todos los presentes, Allie se acercó un poco más a su chico mientras ambos se servían el desayuno en el bufé. Cuando se dirigían hacia el lugar donde Rachel y Lucas los aguardaban, oyeron un coro de susurros y risas desagradables a su paso.

Tanto Rachel como Lucas parecían preocupados.

—Esto apesta —dijo Lucas mientras sus amigos se sentaban—. ¿Qué vamos a hacer?

—Creo que Isabelle va a tener que intervenir —arguyó Carter—. No hay gran cosa que podamos hacer, a menos que Allie quiera ir acompañada a todas partes.

—No es propio de Isabelle dejar que las cosas lleguen tan lejos —observó Rachel.

—Quizá no haya hecho nada por miedo a que la acusen de favoritismo —sugirió Lucas—. Todo el mundo sabe que siente debilidad por Allie.

—Da igual —Allie introdujo una loncha de beicon entre dos trozos de pan—. Yo solo sé que como Katie se me acerque demasiado, se va a ganar una patada en el trasero.

Cuando alzó la vista después de dar un bocado inmenso descubrió que Carter la miraba meneando la cabeza.

—¿Qué? —le preguntó Allie con la boca llena.

—Nada —repuso él.

—Creo que está pensando —apuntó Rachel con una sonrisa—: «Esta es nuestra Allie».

—Que todo el mundo me preste atención, por favor —la voz de Isabelle se alzó por encima del murmullo de fondo del comedor.

Se hizo el silencio.

Plantada a la entrada de la sala, impecable con un cárdigan color lavanda, falda y blusa blancas y un pañuelo de seda al cuello, parecía más severa de lo que Allie la hubiera visto jamás.

—Me gustaría recordar a todos los alumnos que un único episodio de acoso escolar es motivo de expulsión inmediata. Confío en no tener que volver a mencionarlo.

Cuando se dio media vuelta y salió, el eco de sus pisadas quedó suspendido en el comedor abarrotado.

Allie se señaló a sí misma y articuló:

—¿Eso va por mí?

Rachel, Carter y Lucas asintieron.

Más tarde, mientras se dirigían hacia las aulas, no llegaban a ponerse de acuerdo sobre si Isabelle había hecho o no lo suficiente por zanjar las habladurías. Rachel creía que no, pero Carter y Lucas pensaban que, de momento, la directora no podía hacer nada más.

Al entrar en clase de Biología, Allie divisó a Jo. Concluido el castigo, estaba sentada al pupitre que compartían, con ese pelo rubio como de elfo bien peinado por una vez y el rostro apagado.

Allie no sabía cómo afrontar aquella situación. Por una parte, sin delatarse no podía exigirle cuentas por todo lo que la había oído decir, y por otra no quería pedirle a Jerry que la cambiara de sitio; el profesor querría saber por qué.

Optó por el camino más fácil.

Si no sabes qué decir, no digas nada en absoluto.

Así pues, se sentó junto a Jo en silencio y torció un poco la silla para darle la espalda. Saltaba a la vista que su antigua amiga había escogido también el camino fácil, y permanecieron sentadas, codo con codo, sin pronunciar palabra durante los largos siete minutos que Jerry tardó en llegar y empezar la lección.

Después de clase, Allie salió disparada en dirección al pasillo. No miró atrás.

 

A la hora de comer, Jo y Gabe evitaron la mesa de costumbre y prefirieron ocultarse en un rincón del comedor. Allie se reunió con Rachel y con Lucas, que por lo que parecía cada vez pasaban más tiempo juntos.

—Eh —dijo Allie dejando caer la cartera—. ¿Qué pasa con esos dos?

Rachel y Lucas intercambiaron una mirada que ella no supo cómo interpretar.

—Dicen los rumores —aclaró Rachel al cabo de un segundo— que Jo estaba tan borracha que no se acuerda de lo que pasó en el tejado. De modo que ha decidido creer lo que cuentan las habladurías.

—Vaya, genial —se lamentó Allie mientras se dejaba caer como desmayada en el asiento—. ¿De modo que ahora cree que intenté matarla?

Los otros dos asintieron a la vez.

—Tendría gracia si le estuviera pasando a otra persona —suspiró ella.

—A mí no me está pasando y no me parece nada divertido —repuso Rachel.

—¿No la creéis? —preguntó Allie alentada.

—Ni hablar —replicó Lucas.

—La conocemos demasiado bien —arguyó Rachel—. Mira, intentaré hablar con ella más tarde, a ver si la hago entrar en razón.

—Y de paso podrías obligarla a recordar lo que pasó en realidad —Carter, que acababa de retirar una silla libre junto a Allie, se sentó—. Que cogió una curda tan monumental que casi nos mata a los dos. Qué casualidad, ¿no? Justo ahora que todo el mundo sabe que la lio, no recuerda haberse comportado como una lunática.

—No es propio de Jo haberlo olvidado —se extrañó Lucas frunciendo el ceño—. No le falló la memoria la otra vez.

Allie experimentó una punzada de preocupación al identificar un tono de duda en el comentario de su amigo. ¿Y si Lucas y Rachel empiezan también a dudar de mí? Entonces solo me quedará Carter.

Como si le hubiera leído el pensamiento, este le rozó el pelo con los labios.

—No dejes que te hunda —le susurró, y Allie sonrió a su pesar.

Advirtió que Lucas y Rachel se percataban del gesto, y comprendió que muy pronto toda la escuela sabría que Carter y ella estaban juntos.

—Estoy bien —respondió con valentía. Y lo decía en serio.

Durante el resto del día, Allie no habría podido afirmar rotundamente que la estaban acosando. En cambio, la trataban como si fuera un fantasma, como si ni siquiera estuviera ahí.

Nadie, a excepción de su grupo de amigos más íntimos, le dirigía la palabra. La propia Katie, cuando se cruzó con ella, se limitó a girarle la cara antes de alejarse enfadada.

Sin embargo, cuando Allie regresaba a su habitación después de las clases, Jules la detuvo en el pasillo.

—Solo quería decirte que lamento cómo se están comportando todos —se disculpó—. Se lo comenté ayer a Isabelle y ya ha amonestado por escrito a Katie y a dos de sus amigas.

—¿Crees entonces que Katie anda detrás de los rumores? —preguntó Allie.

—Conozco a Katie de toda la vida —confesó la prefecta con expresión consternada—, pero le he dicho que no podremos ser amigas a menos que ponga fin a esta situación. Esas habladurías te colocan en una posición tremendamente injusta y he creído que debía tomar cartas en el asunto. Katie sabe lo que pienso. Espero que lo resuelva.

—Gracias, Jules —Allie se lo agradecía de corazón—. Es muy desagradable que la gente vaya por ahí diciendo mentiras sobre ti.

—Si alguien se mete contigo, dínoslo a Isabelle o a mí —insistió Jules—. Nosotras nos encargaremos. Además, sé lo que pasó ayer entre Katie y tú y no me gustaría que todo esto acabara a puñetazos.

Allie se sonrojó con expresión culpable.

—Claro, tienes razón… Procuraré controlarme.

 

En cuanto Jules se marchó, Allie se puso ropa deportiva y salió. Una vez más, hacía una tarde deliciosa; el sol le calentaba la espalda mientras corría hacia la capilla y decidió tomar el camino largo, el que pasaba por el cenador. Disfrutó tanto de la carrera que casi lamentó haber llegado a su destino. Aunque por otra parte… allí estaba Carter.

Cuando Allie abrió la verja, lo divisó de inmediato, mirándola desde el viejo portón de madera.

—Eh —lo saludó mientras recorría el camino empedrado.

—Eh tú —contestó Carter—. Justo a tiempo. Mira, antes de que entremos, hay una cosa que deberíamos dejar clara.

Cogió a Allie de la mano para atraerla hacia sí y, bajo las sombras del pórtico, acercó los labios a su boca. Sonriendo en pleno beso, Allie se aproximó más a él, tanto que fue capaz de sentir el calor de Carter contra su cuerpo. Excitado por la reacción de ella, el chico la besó aún más apasionadamente, abrazándola con tanta fuerza que casi la dejó sin aliento. Cuando la liberó un minuto después, Allie estaba encendida y jadeante.

—Me alegro de que lo hayamos dejado claro —dijo.

—Yo también —Carter le abrió la puerta—. Así podremos concentrarnos en los temas horribles y espeluznantes sin que nos distraiga todo ese rollo del romanticismo.

La voz de él rebotó contra los fríos muros de piedra mientras se echaba a un lado para cederle el paso a Allie. Al entrar, ella se tomó un momento para rozarle el brazo provocativa, desde el hombro hasta la punta de los dedos. A Carter se le puso la piel de gallina por el contacto.

—Uhhh —se burló ella.

Él intentó atraparla otra vez pero Allie se escabulló riendo.

—En la iglesia no, Carter. Iríamos al infierno.

—Entonces no me hagas caer en la tentación —bromeó él mientras la seguía a pocos pasos.

—Es justo —reconoció Allie, que se mantenía fuera de su alcance—. Siempre que tú me libres de todo mal.

—Trato hecho.

Cerca ya del púlpito, ella se dejó capturar entre risas y Carter la hizo sentar en un banco de madera oscura, donde la rodeó con el brazo.

—Este sitio es alucinante —comentó Allie conforme miraba a su alrededor. Levantando con el pulgar la manga corta de la camiseta de su chica, Carter le acarició la piel cálida que ocultaba la tela—. Jamás en la vida había visto nada parecido a estas pinturas.

—Creo que antaño muchas iglesias tenían este aspecto —Carter le hablaba con los labios pegados al oído, y Allie cerró los ojos con un estremecimiento—. Pero las reformaron.

—Peor para ellos —susurró ella.

—¿Verdad?

El segundo beso fue aún más ardiente, y al poco Carter hizo sentar a Allie en su regazo. Le retiró el coletero y, mientras ella lo besaba, le fue pasando los dedos por la melena hasta que las suaves ondas le cayeron sobre el rostro. Luego apartó la cara y acarició con los labios la piel que discurría entre la oreja y los labios de ella. Allie respiraba con jadeos entrecortados.

Poco después, sin embargo, ella deshizo el abrazo. Con un suspiro de resignación, Carter la liberó para que pudiera volver a sentarse en el banco.

—Muchísimas gracias por dejar eso aclarado —repitió Allie con una sonrisa burlona.

—Te avisé de que no me hicieras caer en la tentación —le recordó él.

Ella se echó a reír.

—¿Tentarte yo? Si solo soy una pobre deportista sudorosa.

Carter le tironeó un mechón de pelo.

—Qué tentación… —insistió, pero suspiró al cabo de un segundo—: En fin, supongo que tenemos que destruir este clima tan agradable para empezar a hablar de cosas importantes.

Allie se estremeció, como si la calidez del momento la hubiera abandonado de repente.

—Sí, hay que hacerlo. ¿Estás seguro de que estamos solos?

—No hay peligro aquí —repuso Carter con tranquilidad—. Comencemos por tu expediente.

Ella asintió.

—Fue muy raro. Incluía los típicos informes del tipo «a Allie no se le da muy bien la literatura» pero también un montón de documentos raros que no me pertenecían.

Carter la miró perplejo.

—¿Como qué?

—Como… el expediente escolar de mi madre —le lanzó una mirada elocuente—. De este centro.

—¿De este centro? ¿Te refieres a Cimmeria? —la voz de Carter delataba incredulidad.

—Exacto. Por lo que parece, a mi madre tampoco se le daban muy bien las ciencias cuando tenía mi edad. Ah, y asistía a Cimmeria, un colegio del que supuestamente nunca había oído hablar hasta pocos días antes de traerme aquí. En realidad, está tan familiarizada con el lugar que en una carta se dirige a Isabelle como «Izzy».

—¿Iz…? —Carter se había quedado de una pieza—. Pero ¿de qué demonios va todo esto?

—No tengo ni idea. Pero la cosa no acaba ahí. En mi archivo había también una nota dirigida a Isabelle de una tal Lucinda, con fecha de hace un mes. Le «ordenaba» que admitiera a «su nieta» de inmediato y «la protegiera».

Carter silbó por lo bajo.

—¿Y supongo que no tendrás una abuela llamada Lucinda?

—Una de mis abuelas murió antes de que yo naciera. La otra, hace dos años — repuso Allie—. Se llamaba Jane.

—Entonces… —se preguntó Carter.

—¿Quién es Lucinda? —Allie completó la frase por él—. Buena pregunta. También había una nota escrita con la letra de la tal Lucinda dirigida a alguien cuyo nombre empieza por G, donde decía alegrarse de lo bien que se desenvolvía su hija en la Night School. Todo era muy raro.

Carter se apartó el pelo de los ojos mientras trataba de asimilar aquella información.

—Allie, ¿alguna vez tus padres te han dicho la verdad?

Dolida, ella notó que se le saltaban las lágrimas.

—No lo sé —dijo mientras pugnaba por contenerlas.

Él le apretó los dedos.

—Bueno, vamos a repasar lo que sabemos —fue acompañando cada una de las conclusiones con un golpecito en el dorso de la mano de Allie—. La Literatura inglesa se te da fatal. Es probable que tu madre asistiera a este centro. La tal Lucinda o bien es tu abuela o bien cree serlo, un pequeño detalle que tus padres olvidaron mencionarte… durante toda la vida. Y sea quien sea Lucinda, es tan importante como para darle órdenes a Isabelle —por un momento pareció que había acabado, pero luego añadió—. Ah, sí, e Isabelle tiene un diminutivo horrible.

Allie sonrió a medias.

—Eso es todo, creo.

—Bueno, pues no es gran cosa.

—No —reconoció ella con desaliento—. No es gran cosa.

—Vale, dejemos entonces todo eso a un lado por el momento, porque me parece que necesitaremos tiempo para decidir qué hacemos con la información —se quedó mirando la pintura del tejo en los antiguos frescos—. Hablemos ahora de la carta.

La carta que habían hallado en el escritorio de Isabelle venía firmada por un tal Nathaniel y llevaba fecha de pocos días antes. Era una nota breve y espantosa.

«Lo sucedido la noche del baile de verano solo es una muestra de lo que os espera», decía. «Dadme lo que merezco o destruiré Cimmeria con mis propias manos».

A continuación indicaba una fecha y una hora para «parlamentar en el lugar habitual». La cita correspondía al día siguiente, a medianoche. Por desgracia, no especificaba cuál era ese «lugar habitual».

—¿Qué quiere decir «parlamentar»? —había preguntado Allie en su momento, y había añadido esperanzada—: A mí me recuerda a «charlar».

—«Parlamentar» es un término militar —le había explicado Carter a la vez que ponía el papel boca abajo—. Consiste en una reunión entre bandos enemigos para negociar.

—Vaya —había dicho Allie—, una charla de mierda entonces.

Acurrucada en el banco de la iglesia junto a Carter, le formuló por fin la pregunta que llevaba haciéndose desde que encontraran la nota.

—¿Tú también crees que Nathaniel mató a Ruth?

Él se puso muy serio.

—No lo sé. En la carta no llega a decirlo. Yo me pregunto más bien ¿por qué? ¿Qué puede llevar a alguien a hacer algo así? ¿Qué es lo que quiere ese hombre de Isabelle exactamente? ¿Lo desea con tanta desesperación como para matar?

Allie jugueteó con un mechón de pelo y se quedó mirando la imagen del tejo en la pared.

—He leído que la mayoría de los asesinatos los comete gente que conocía muy bien a la víctima; como su familia o sus amigos —soltó el mechón—. Dios, ojalá hubiéramos encontrado el expediente de Ruth. ¿Y si Nathaniel es su padrastro malvado o algo así?

Carter negó con la cabeza.

—De ser así, ¿por qué iba a estar exigiéndole nada a Isabelle y comportándose como si la conociera desde hace tiempo, o como si ella lo hubiera perjudicado de algún modo? No tendría sentido.

—Pues para mí, nada de esto tiene sentido —se desesperó Allie—. Están pasando un montón de cosas que no entendemos… y no tenemos forma de averiguar qué hay detrás de todas ellas a no ser que alguien nos lo cuente.

Carter se la quedó mirando.

—¡Claro, Allie! ¡Haremos que nos lo cuenten!

—Ya. Pero… ¿cómo? —preguntó ella sin entender nada.

Carter se inclinó hacia ella con las mejillas arreboladas de la emoción.

—Muy fácil. Isabelle se reunirá con Nathaniel mañana por la noche. La seguiré, escucharé lo que digan y, según lo que oiga, pensaremos qué hacer a continuación.

—¡Qué buena idea! —aplaudió Allie—. Te acompaño.

Carter la asesinó con la mirada.

—Ni lo sueñes.

—Ya lo creo que sí.

—Allie… —Carter le lanzó una mirada de reconvención, pero ella la ignoró.

—¿Y por qué debería quedarme? Todo esto guarda relación conmigo y con mi familia, y aunque he averiguado unas cuantas cosas sigo sin saber qué está pasando en realidad —él intentó interrumpirla pero Allie lo hizo callar con un gesto de la mano—. Estamos hablando de mi vida, Carter. Y quiero saber quién me la está amargando.

—Podría ser peligroso —en la voz de él se traslucía el desaliento—. Y nos podrían expulsar. Allie, no es una buena idea.

—Es peligroso —recalcó ella—, pero pienso ir. Mira, encontré una cosa más en mi expediente que no te mencioné. En su carta, mi madre hablaba de mi hermano, Christopher. Decía: «¿Y si lo han capturado?» se inclinó hacia Carter con vehemencia —. ¿No lo entiendes? A lo mejor averiguo lo que le pasó a Christopher. Tengo que ir.

Carter permaneció unos instantes con la mirada clavada en Allie. Ella supo en qué momento exacto se daba por vencido.

—Vale —se resignó—. No me hace ninguna gracia, pero si no te dejo acompañarme, seguro que acabas yendo por tu cuenta y metiéndote en un lío aún peor.

—¡Gracias! —Allie le pasó los brazos por el cuello.

—Pero con una condición —añadió Carter rodeándola con los brazos a su vez—. Lo haremos a mi manera. ¿De acuerdo?

—¡De acuerdo! —asintió ella, y lo abrazó con más fuerza.

—Y oye… ¿qué probabilidades tendríamos de ir al infierno si profanásemos esta capilla? —preguntó mientras hundía la cara en la melena de Allie.