Night School
Dieciocho
Todo aquello era más de lo que Allie se sentía capaz de afrontar. Temblando, se rodeó el cuerpo con los brazos.
—Carter, si te has propuesto aterrorizarme, te aseguro que lo has conseguido. Así que, ¿por qué no paras ya?
Él guardó silencio durante un largo minuto, transcurrido el cual lanzó un fuerte suspiro.
—Siento mucho haberme desahogado contigo y por nada del mundo querría asustarte, pero debes comprender que todo esto es muy grave.
—Soy consciente de la gravedad de este asunto desde el mismo instante en el que resbalé con la sangre de Ruth —le espetó Allie—. Lo pillo, ¿vale? No soy tonta, maldita sea. Estamos metidos en un buen lío. Se está cociendo algo muy turbio. Están asesinando gente. Y este colegio es rarísimo. Y yo no debería estar aquí.
Deslizándose por la rama, Carter se acercó tanto a Allie que le rozó las rodillas con las suyas. Y allí, muy cerca, la abrazó. Al principio, ella intentó zafarse, pero él la sujetó con fuerza.
—Perdona, no debería hacerte esto. Es solo que no quiero que te pase nada malo —le dijo.
Allie profirió algo parecido a un sollozo y poco a poco se dejó envolver en su abrazo. El calor de su cuerpo le inspiraba seguridad.
Carter la soltó y se alejó lo bastante como para mirarla a los ojos.
—Es verdad, intentaba asustarte, pero solo porque temo lo que te pueda pasar. De hecho, si hoy te he pedido que vinieras aquí, ha sido con el propósito de convencerte de que te vuelvas a casa.
Ella lo miró de hito en hito mientras Carter, tropezando con las palabras, proseguía.
—Supuse que te dejarían marchar si alegabas, no sé, estrés mental o algo así.
Allie abrió la boca para discutir pero él siguió hablando sin darle tiempo a decir una sola palabra.
—El caso es que me he dado cuenta de que no quiero. Que te vayas, quiero decir. O sea, espero que te quedes, de verdad. Ya se nos ocurrirá algo.
—Pues mejor que sea así —replicó ella sucintamente—, porque ya no tengo adónde ir.
En la oscuridad, Allie ni siquiera pudo verle los ojos cuando Carter le dijo:
—Entonces estás igual que yo.
El chico miró al cielo, donde las últimas luces empezaban a apagarse.
—Será mejor que nos vayamos. Se hace tarde.
Saltó de la rama con agilidad. Luego se dio media vuelta y cogió a Allie por la cintura para ayudarla a bajar. Ella se apoyó en sus hombros mientras él la depositaba en el suelo. Se miraron durante un segundo y luego Carter volvió la vista a la verja.
—No te quedes atrás, Sheridan —dijo con voz ronca.
—Voy detrás de ti.
Mientras corrían por el sendero que discurría hasta el colegio, el sol se ocultó por completo. Y con la oscuridad llegó el desasosiego. Trotando entre la penumbra,
Allie miraba a su alrededor, pendiente de cualquier movimiento o peligro que pudiera agazaparse en el bosque. La brisa agitaba las copas de los pinos con un murmullo lúgubre. Advirtió que Carter, con los cinco sentidos atentos, permanecía alerta a cualquier sonido, y se pegó a su lado, sincronizando sus movimientos con los del chico paso por paso. No intercambiaron palabra hasta que llegaron al lindero del bosque y divisaron el edificio a lo lejos. Pararon a descansar justo al borde del jardín delantero.
Aun siendo consciente de que ya no quedaba ningún lugar seguro, Allie se alegró de ver el colegio, cuyas luces asomaban por los ventanales emplomados. Sintió que su ánimo mejoraba ligeramente.
—Bien —dijo Carter, que jadeaba tras la carrera por el bosque—, te diré lo que haremos. Aunque las entradas estén vigiladas, no creo que haya nadie en la puerta principal a estas horas. Corre hacia allí tan rápido como puedas. Yo te sigo.
Allie lo desafió con la mirada.
—¿Qué te has creído, que corres más deprisa que yo?
Carter no pudo contener una sonrisa.
—Vale. Te echo una carrera.
—¿Y cuál es el premio? —preguntó Allie enarcando una ceja.
Carter rio por lo bajo.
—Ya se me ocurrirá algo.
—O a mí. ¡Un dos tres YA!
Le tomó por sorpresa y salió como una exhalación, moviendo los brazos con fuerza mientras las piernas la impulsaban sobre la hierba; Carter arrancó en postura de salida para coger potencia antes de que ella le ganara demasiado terreno.
—Eso es… trampa —jadeó a la zaga de Allie.
—Te aguantas —le espetó ella, y siguió acelerando.
Allie no pudo sino admirar la rapidez de Carter. Aunque le llevaba ventaja, llegaron a la escalinata casi al mismo tiempo. Pugnando por alcanzar la entrada en primer lugar, se abrieron paso a codazos y asieron el pomo casi a la vez, primero Carter y luego Allie. En broma, se empujaron mutuamente, cada cual tratando de impedir que el otro abriera la puerta.
—¡Chist! —siseó Carter de repente, y ambos permanecieron inmóviles, escuchando.
Entonces Allie oyó lo que había sobresaltado al chico: unos pasos en el interior. No se atrevía ni a pestañear. Los cuerpos de ambos estaban enredados entre sí: los brazos de Carter rodeaban a Allie en dirección al pomo, mientras que ella tenía una mano en la puerta y la otra contra el cuerpo de él. Al inhalar aquel efluvio característico a café y especias, a Allie se le aceleró el corazón. Advirtió que él estaba temblando, y cuando alzó la vista descubrió que la miraba con aquellos ojos tan oscuros como la noche que los envolvía.
—Creo que se han ido —susurró Carter sin apartar la vista.
Ella asintió, sin atreverse a pronunciar palabra.
—¿Lista? —preguntó él.
—Sí.
El susurro de Allie fue casi inaudible.
Arrancando la mirada con esfuerzo, Allie se volvió hacia la puerta y se hundió en el calor de Carter apenas el tiempo que él tardó en girar el pomo.
La hoja se abrió en silencio… El vestíbulo de entrada estaba desierto.
—Actúa con frialdad —murmuró Carter, dándole un ligero empujón al mismo tiempo para obligarla a entrar en el edificio.
La sacudida la llevó de vuelta a la realidad.
—Eso siempre —repuso ella. Con la barbilla alzada, entró de puntillas en el vestíbulo.
Él ajustó la puerta y ambos echaron a andar tranquilamente.
Allie todavía no se había repuesto de lo que acababa de pasar entre los dos, fuera lo que fuese, pero Carter había recuperado su laconismo habitual, como si no se hubiera dado cuenta.
—Eres rápida —comentó.
—Siempre me ha gustado mucho correr —intentó imitar su tono indiferente—. Siempre es bueno saber que puedes salir pitando.
Una sonrisa asomó a los labios de Carter.
—¿Por qué será que no me sorprende? —casi habían alcanzado la escalera—. Bueno, tengo que ir al dormitorio de los chicos. ¿Te importa seguir sola desde aquí? —Ningún problema —repuso Allie.
—Vale —se despidió él blandiendo el puño al mismo tiempo—. Hasta luego, entonces.
Ella entrechocó el puño con el de Carter y se dispuso a subir las escaleras. Sin embargo, mientras el chico se alejaba por el vasto pasillo, susurró a sus espaldas, con voz muy queda para que no pudiera oírla:
—Buenas noches, Carter.
El sol entraba a raudales por las ventanas de la escalera principal cuando Allie bajó brincando a la mañana siguiente, con las puntas de la melena todavía húmedas.
La noche anterior había llegado tan agotada que se había quedado dormida nada más acostarse. Debió de dormir como un tronco, porque no recordaba haber tenido pesadillas, ni sueños de ninguna clase. Aquella mañana, después de una ducha caliente, se sentía ella misma por primera vez desde el baile de verano.
Reinaba el bullicio en el comedor, aunque menos estridente de lo habitual. Al no ver a Jo ni a Gabe por ninguna parte, se sentó junto a Lucas.
—Hola —le dijo casi sin mirarlo, concentrada en los huevos revueltos y el beicon que tenía en el plato.
Lucas apenas esperó a que se sentara.
—Gabe y Jo llevan desde ayer por la noche desaparecidos en combate. ¿Sabes si les pasa algo? —quiso saber.
Masticando con entusiasmo, Allie negó con la cabeza.
—Yo no los he visto —contestó después de tragar con esfuerzo—. Caray. Qué hambre tengo.
—¿Has podido ver a Lisa por fin? —siguió preguntando él.
—No, ¿y tú?
Él asintió.
—Esta mañana. Está hecha polvo, pero consciente.
Allie sintió tanto alivio que se olvidó del plato.
—¡Eh, Lucas, es genial! Buscaré a Jo después de desayunar e iremos a verla.
Tras engullir el resto del desayuno, se dirigió a los dormitorios en busca de Jo, tan deprisa que casi corría cuando una puerta se abrió a su paso. Mientras la esquivaba, vio salir a Katie soplándose las uñas recién pintadas.
—¿Te importaría mirar por dónde vas, Allie? —le espetó tratando de poner a salvo su impecable manicura rosa pálido—. Siempre vas corriendo por el pasillo como si te persiguiera una estampida.
—Perdona, bru… digo, Katie —repuso Allie con dulzura mientras pasaba junto a Katie a un paso algo más relajado.
Por desgracia, Katie echó a andar tras ella.
—¿Adónde vas? ¿Estás buscando a Jo?
Allie no se volvió a mirarla.
—¿Por qué, Katie? ¿Eres su agente de prensa?
—No seas tonta. Es solo que… estoy preocupada por ella.
No parecía en absoluto preocupada, y Allie notó un hormigueo en la piel, signo de que algo no andaba bien. Las señales de alarma desfilaron por su mente. Se detuvo en seco y se dio media vuelta.
—¿Por qué estás preocupada por ella? ¿Qué ha pasado?
Katie se sopló las uñas con un ademán de ensayada languidez.
—No ha pasado nada. Es solo que la he visto esta mañana y parecía algo alterada. Bueno, no soy una experta, pero juraría que se había tomado algo.
Allie notó un nudo en el estómago.
—¿A qué te refieres con «algo»? Jo no se droga.
—Y yo pensaba que vosotras dos erais amigas —replicó Katie—. Bueno, si no te lo ha contado, será porque no confía en ti. Así que mejor me callo.
Con los puños apretados a los costados, Allie se encaminó hacia el cuarto de Jo.
—Me da igual, Katie. Vete a cotillear con Jules o con las bobas de tus amigas y pasa de mí.
—Encantada —respondió Katie, que echó a andar en dirección contraria—. Pero te has equivocado de camino. La última vez que he visto a Jo se dirigía hacia tu cuarto. No hacia el suyo.
Allie no quiso hacerle caso y siguió caminando hacia el cuarto de Jo, pero avivó el paso mientras las palabras de Katie resonaban en sus oídos. ¿Por qué iba a entrar Jo en la habitación de Allie? Llamó dos veces a la puerta antes de abrirla sin aguardar respuesta.
El cuarto se hallaba vacío.
La contraventana estaba abierta y las luces apagadas. La cama, aunque revuelta, parecía intacta. Las ropas se amontonaban en el suelo en un desorden poco habitual y los cajones estaban abiertos a medias, como si Jo hubiera buscado algo a toda prisa.
Decidida a ignorar cualquier información procedente de Katie, Allie se sentó al escritorio a esperar a su amiga. A lo mejor Jo andaba por allí cerca. Al cabo de un rato tuvo que aceptar que no iba a volver.
De camino a su propio cuarto, Allie recorría el pasillo más despacio que la primera vez. Al abrir la puerta de su dormitorio la asaltó un terror difuso.
No había nada en su sitio. Las luces estaban encendidas y reinaba el caos en la habitación. Alguien había abierto los cajones del escritorio y había saqueado el interior: bolígrafos, libros y papeles se esparcían por el suelo.
Prudente, Allie miró a su alrededor antes de entrar, pero el cuarto estaba vacío. Perpleja, recogía sus pertenencias conforme se iba internando en la habitación, reuniendo papeles y apilando los libros en un montón ordenado. Para cuando llegó al escritorio, comprendió que lo que había estado recogiendo no era sino su propio ejemplar del Reglamento hecho pedazos.
Alguien había trazado una gruesa línea en la portada y había garabateado:
¡¡¡APESTA!!!
Al hojear las páginas, descubrió una nota en el dorso. Costaba descifrar la furibunda caligrafía, pero supo que la había escrito Jo aun antes de leerla.
A.:
Todo se ha ido a la mierda. Todo el mundo
miente. Tienes que saber la verdad pero nadie te la dirá. Ven a hablar conmigo; estoy en el tejado. NO LE DIGAS A GABE dónde estoy.
J.
—Mierda.
Apenas hubo lanzado la exclamación, advirtió la ventana abierta de par en par.
Fue corriendo a cerrar la puerta. La cabeza le daba vueltas. ¿Qué debo hacer? ¿Qué debo hacer?
Se asomó a la ventana por encima del escritorio. Los dormitorios quedaban justo debajo de la buhardilla. Miró hacia abajo.
Una gran distancia la separaba del suelo.
Sin embargo, Carter lo había hecho. Si él podía, ella no iba a ser menos. Inspiró hondo y fue sacando el cuerpo con cuidado hasta sentarse en el alféizar, con los pies apoyados en el bajante victoriano, justo donde él se había encaramado hacía unos días.
—¿Jo? —susurró por probar.
No obtuvo respuesta.
Abajo sonaban voces y el crujido de los pasos por el camino de grava.
Con el marco de la ventana a modo de sujeción, comprobó la resistencia del bajante. Aguantaba su peso. Se dio la vuelta para colocarse de cara al muro y, cogiéndose a la ventana primero y al alerón de pizarra después, fue avanzando por el borde del bajante a lo largo de casi dos metros hasta llegar a otra cornisa, a la que ascendió buscando asideros entre los ladrillos. Una vez allí hizo un descanso. Jadeando pesadamente, miró a su alrededor.
—¿Jo?
Una especie de susurro en lo alto la indujo a alzar la vista, pero no vio nada. De inmediato oyó una risilla amarga.
—El primero en llegar se queda con el mejor sitio.
Jo parecía irritada.
Gruñendo del esfuerzo, Allie escaló hasta la siguiente cornisa, desde donde alcanzaba a ver el tejado. Jo estaba sentada en lo más alto apoyada contra una chimenea. Su pelo parecía un estropajo y Allie advirtió que había estado llorando.
—Dios mío, Jo, ¿cómo has subido hasta allí? ¿Y cómo conseguiremos bajarte?
La otra agitó la mano con desdén.
—No seas tan cobarde, Allie. ¿Por qué no corres algún riesgo de vez en cuando?
Sin miedo, se levantó de un salto para plantarse en precario equilibrio justo en la punta del tejado a dos aguas.
Conteniendo el aliento, Allie buscó el modo de reunirse con ella. Divisó una zona del alerón algo mellada donde, si sus cálculos eran ciertos, podría apoyarse para darse impulso hacia arriba. Con cuidado, procedió a avanzar hacia allí. En cuanto inició la ascensión, descubrió que las tejas creaban una serie natural de puntos de apoyo y de agarre.
Sin embargo, en el último tramo, dio un traspiés. Al notar que resbalaba quiso gritar pero ningún sonido acudió a su garganta.
En la caída, palpó una pieza de mampostería que le sirvió de sujeción. Al tener dónde agarrarse, tanteó la pared con los pies hasta encontrar una teja mellada.
En cuanto sus pies recuperaron el contacto con el tejado, se dio impulso con todas sus fuerzas hasta quedar despatarrada sobre la pizarra.
Apoyada contra la gran chimenea, Jo —que no había movido ni un dedo para ayudarla— aplaudió con ironía.
—¡Hurra por Allie! Ha conquistado el puesto más alto en la escala del éxito de Cimmeria y lo ha hecho en un abrir y cerrar de ojos. Creo que se merece un trago. ¿Qué opina el público?
Inclinada hacia Allie, sacó la botella de vodka que tapaban sus pies y se la tendió. Faltaba la mitad.
—Bebe un trago. El público piensa que te lo mereces.
Allie, enfadada y temblorosa por el peligro que acababa de correr, ignoró la bebida.
—¿Qué público, Jo? ¿De qué diablos estás hablando? ¿Y qué estás haciendo aquí arriba?
Encogiéndose de hombros, Jo quitó el tapón de la botella y bebió. Hizo una mueca al notar el fuerte sabor.
—Sabes, una no llega a acostumbrarse —dijo mientras devolvía el tapón a la botella—. El gusto de Isabelle en materia de vodka es más que dudoso. Cualquiera pensaría que guarda Grey Goose o Absolut entre sus provisiones, pero no. Solo este asqueroso brebaje ruso.
¿Cómo es posible que esté borracha a las ocho de la mañana? , se extrañó Allie.
—Jo, ¿llevas toda la noche bebiendo?
—¡Claro que no! No digas tonterías. Solo las últimas… ¿Qué hora es? —al torcer el brazo para mirar el reloj, derramó vodka en el tejado—. ¡Uy!
Allie trató de aparentar calma.
—Por favor, Jo, siéntate y habla conmigo.
—¡Claro que sí, Allie! —Jo le sonrió con tanta alegría como si estuvieran manteniendo una charla de sobremesa—. Estoy deseando hablar contigo. Pero es que llevo siglos sentada. Me apetece mucho más quedarme de pie y desperezarme.
Giró sobre sí misma como una bailarina, pero empezó a tambalearse. Allie, ahogando un grito, se tapó la boca con las manos, sin embargo Jo, que había recuperado el equilibrio, se echó a reír.
—¡Por poco!
El corazón de Allie latía a tanta velocidad que temió sufrir un ataque.
—Por favor, Jo. Te lo suplico, siéntate y háblame. Beberé contigo. Pero… siéntate.
Como si acabara de recordar algo, Jo se fue agachando hasta sentarse en el tejado. La tristeza había sustituido la sonrisa en su rostro y grandes lagrimones manaban de sus ojos.
—Nadie me entiende, Allie. Ni siquiera tú. Eres mi mejor amiga y no te puedo contar la verdad. No sabes cuánto me entristece eso.
Llorosa, cogió la botella para dar otro trago. Luego se frotó los ojos con el antebrazo y se la tendió a Allie, que simuló beber y, fingiéndose distraída, se la quedó.
Se acercó a Jo.
—Cielo, siento mucho que estés tan triste. ¿Ha pasado algo?
Jo la miró como si Allie hubiera perdido el juicio.
—¡Pues claro que ha pasado algo, Allie! ¡Ruth ha muerto! Está muerta. Y nadie va a decir la verdad de lo que pasó. ¡Son todos unos mentirosos! —apuntó aAllie con un dedo vacilante—. Y tú no sabes nada. Todo el mundo te mantiene en la inopia porque no saben qué haces aquí. Ni quién eres. ¿Quién eres, Allie Sheridan?
Allie levantó las manos.
—Solo soy… yo, Jo. No soy nadie.
Jo agitó la cabeza de un lado a otro con vehemencia, cada vez más enfadada.
—¡No, no, no! Eso tampoco es verdad. No sabes nada. No tienes ni idea. Y eso es… una idiotez. Pero nadie te lo dirá. Nadie te lo dirá —de repente, alzó la vista y buscó los ojos de Allie con una expresión como de iluminada—. Yo sé cosas, pero no te las diré.
Allie tragó saliva.
—¿Qué sabes, Jo? ¿Sabes quién mató a Ruth?
Jo entornó los ojos con malicia.
—Todo el mundo sabe lo que está pasando, Allie. Todo el mundo excepto tú —y añadió canturreando—: Pero no te lo diré…
—Jo, tienes que decírmelo —el corazón de Allie latía desbocado, pero se las ingenió para adoptar un semblante impasible—. Es muy importante. La policía debe saberlo.
Jo asintió con la cabeza y se deshizo en lágrimas otra vez.
—Mis padres no quieren que viva con ellos, ¿lo sabías, Allie? No les importo un comino.
Ella intentó sonsacarla.
—Claro que les importas, Jo. Seguro que sí. Son tus padres. Pero háblame de Ru…
—¡No, no les importo! —bramó—. Mis padres adoran el dinero y Saint Tropez, y Hong Kong, y Ciudad del Cabo, pero no a mí. A mí no me quieren.
Se echó a llorar desconsoladamente. Aprovechando la distracción, Allie se acercó a hurtadillas por el tejado… lo bastante como para poder asirla de ser necesario.
—Oh, Jo, no lo sabía —su amiga estaba completamente ida, pero tenía que incitarla a hablar de Ruth—. Cuéntame quién atacó a Ruth, Jo. Y luego seguimos hablando de tu familia.
Esta la fulminó con la mirada.
—No trates de enredarme, Allie.
Mientras Jo hablaba, Allie oyó unos movimientos procedentes del alerón. Antes de que le diera tiempo a reaccionar, Carter apareció por allí, trepando con agilidad hasta llegar junto a ellas.
—¿Qué tal, señoritas? —dijo en un tono premeditadamente informal—. ¿Cómo va eso?
A través de las lágrimas, Jo lo obsequió con una gran sonrisa.
—¡Carter West! Te quiero, Carter West. Eres tan guapo y tienes unos ojos tan oscuros. Habría salido contigo si no hubiera conocido a Gabe —se quedó pensando un momento—. No, habría salido con Lucas si no hubiera conocido a Gabe. Pero si las cosas con Lucas no hubieran funcionado, habría salido contigo.
Seguro. O quizá con Sylvain.
Carter no titubeó.
—Y yo habría salido contigo, Jo. Porque eres la chica más guapa del colegio.
Con el rostro abotargado y el pelo de punta, Jo sonrió con timidez al decir:
—¿De verdad? Es lo más bonito que nadie me ha dicho nunca. Dame un abrazo.
Se puso en pie de un salto y empezó a tambalearse peligrosamente, moviendo los brazos a los lados como dos molinillos. Allie, ahogando un grito, tendió los brazos hacia ella, pero Carter llegó a su lado en un instante, la abrazó y se echó a reír con ella.
—Cuidado, Jo, esto está bastante alto.
Ella hizo caso omiso del comentario.
—Te quiero, Carter West. Eres mucho más simpático que Gabe.
Él la obligó a sentarse con delicadeza, sin perderla de vista ni un momento.
—Pero tú sabes que Gabe te quiere mucho, ¿no? ¿Por qué no le decimos que venga y hablas con él?
—Gabe no me quiere. Nunca dice la verdad. Es un mentiroso, como todos los demás —miró a Carter con ademán dubitativo—. Aunque no estoy segura de que tú seas uno de ellos.
Volvió a levantarse con inseguridad, pero apartó las manos de Carter cuando este trató de detenerla.
—Carter, tú sabes quién es Gabe. Allie no tiene ni idea, pero tú sí —se volvió a mirar a Allie—. Gabe es un tipo importante; mucho más que tú, que yo o que
Carter. Pertenece a la Night School; ¿sabes lo que es la Night School, Allie?
Paralizado, Carter miraba a Jo sin saber qué hacer. Allie negó con la cabeza.
—Pues es un puñado de chicos y chicas que juegan a ser caballeros o soldados o dioses o algo así. Se creen los reyes del mundo —señaló a Allie—. Y no les caes bien, ¿lo sabías? Te consideran peligrosa. Yo les digo que están equivocados, ¡pero no me creen! ¿Dónde está el vodka?
Al divisar la botella a los pies de Allie, Jo dio un paso hacia ella. Poniéndose en pie, su amiga cogió el vodka y miró a Carter sin pronunciar palabra, sin embargo antes de que pudieran decidir qué hacer, la otra alargó el brazo para quitársela.
Carter intentó sostenerla pero todo sucedió en un instante: Jo tropezó con una teja suelta y perdió el equilibrio. Sin nada a lo que agarrarse, rodó por la pendiente del tejado y desapareció con un grito penetrante.
Las manos exangües de Allie soltaron la botella, que se estrelló contra el suelo entre un estallido de cristales rotos. Durante el horrible momento que siguió, oyó una voz gritando a lo lejos antes de comprender que era la suya.
Carter se quedó mirando como alelado el lugar que Jo acababa de abandonar. Aquel único segundo pareció extenderse más allá de lo que permiten los límites de la física.
Justo entonces oyeron unos arañazos procedentes del borde del tejado. Antes de que Allie pudiera reaccionar, Carter se abalanzó sobre su estómago para ir bajando, centímetro a centímetro, hasta el alerón. Allie lo imitó, y ambos vieron unas manos ensangrentadas que buscaban un punto de agarre. Reaccionaron al mismo tiempo. Carter cogió la muñeca izquierda de Jo y pocos segundos después Allie tenía aferrada también su mano derecha. Alcanzó a ver, por encima del hombro de su amiga, la caída en picado hasta el suelo.
Oyó unos gemidos agudos procedentes de debajo del tejado, como si Jo estuviera demasiado asustada para llorar. Allie apenas podía sostener aquella mano resbaladiza de sangre. Mientras se esforzaba por no soltarla, Carter le ordenó:
—Coge la muñeca.
En cuanto le fue posible, Allie agarró el brazo de Jo, pero como ella misma estaba boca abajo en la empinada pendiente precisaba todas sus fuerzas para sostener a Jo sin precipitarse con ella. Jamás podrían levantarla a pulso. Carter hacía tanta fuerza que el rostro se le había puesto morado, pero en aquella posición incluso él experimentaba dificultades.
—Vale, probemos algo distinto. Suéltale el brazo —le dijo a Allie jadeando—. Voy a tratar de sentarme, a ver si así consigo más margen de maniobra para tirar de ella. Cógeme por la cintura y no me sueltes —la miró a los ojos y añadió—: No nos dejes caer, Allie.
Tan asustada que no podía ni hablar, Allie asintió con la cabeza para hacerle saber que había comprendido. Asiendo el brazo de Jo con desesperación, Carter cambió de posición con un gruñido de esfuerzo. En cuanto estuvo sentado, Allie soltó a su amiga y se colocó detrás de Carter a toda prisa con los talones firmemente plantados sobre las tejas. Tan pronto como sintió sus brazos en la cintura, Carter gritó:
—A la de tres, estira hacia atrás con todas tus fuerzas. Un, dos…
Al llegar al tres, Allie clavó los talones y tiró.
El torso de Jo asomó por la orilla del tejado.
Carter y Allie retrocedieron y…
—¡Otra vez! —ordenó él—. ¡Tira!
En cuanto Jo alcanzó el tejado, se precipitaron a cogerla para ponerla a salvo.
Lágrimas de alivio inundaron los ojos de Allie. Jadeando por el esfuerzo, gateó hacia su amiga.
—¿Te encuentras bien?
Le tomó las manos para examinar las heridas. Al verlas, hizo un gesto de dolor.
—Oh, Jo —se lamentó.
Esta había perdido varias uñas de cuajo y tenía un corte profundo en la palma de la mano izquierda que sangraba profusamente.
—¿Allie? ¿Jo? ¿Estáis ahí arriba? —gritó Gabe desde abajo.
Carter y Allie intercambiaron una mirada, pero fue Jo quien respondió llorando:
—¡Gabe, ayúdame!
—¿Jo! —volvió a gritar él en tono aterrado.
Allie lo oyó trepar a toda prisa, al parecer siguiendo la misma ruta que había tomado Carter hacía un rato.
Al llegar al tejado los miró unos instantes de hito en hito antes de correr hacia Jo.
—Pero ¿qué diablos ha pasado? ¿Qué te has hecho en las manos?
Al no obtener respuesta se volvió hacia ellos.
—¿Carter?
La voz de este sonó apagada por tanta tensión liberada.
—Se ha caído del tejado. Creo que se ha hecho daño al agarrarse. Tenemos que llevarla a la enfermería.
—Jesús —Gabe rodeó a Jo con los brazos y la ayudó a levantarse, pero tuvo que sostenerla porque las piernas no la aguantaban en pie. Mirando a Carter por encima de Jo, articuló—: ¿Vodka?
Carter asintió. Aunque Gabe parecía triste, mantenía la calma.
—Ya te tengo, nena. Te voy a bajar de aquí. Carter, ¿me ayudas?
Este último se volvió hacia Allie para decirle:
—Quédate aquí, ¿vale? No te muevas. Volveré para enseñarte un camino seguro.
Incapaz de pronunciar palabra, Allie accedió con un movimiento de la cabeza antes de que Carter se reuniera con Gabe. Los oyó bajar a Jo por la cornisa y ayudarla a entrar por la ventana. Mantuvieron una conversación en voz baja que no alcanzó a descifrar y luego oyó que Carter regresaba.
Sentada en el tejado, rodeándose el cuerpo con los brazos, Allie se mecía adelante y atrás contando cada movimiento.
(Ciento diecisiete, ciento dieciocho, ciento…)
—¿Te encuentras bien?
Carter se acuclilló a su lado para mirarla a los ojos. Allie comprendió cuán preocupado estaba cuando lo vio enjugarse una lágrima con la punta de los dedos.
Se irguió y asintió.
—Entonces salgamos de este maldito tejado.
Tras ayudarla a ponerse en pie la guió más allá del lugar por donde ella había trepado hasta una zona donde la pendiente era menos escarpada. Desde allí le fue fácil dejarse caer a una sólida cornisa y caminar la corta distancia que la separaba del alféizar de su habitación.
Al cruzar al escritorio, se dio un fuerte golpe en la cabeza contra el marco de la ventana. Una vez dentro, se tambaleó por el cuarto con la cabeza entre las manos mientras él saltaba con agilidad por la ventana y la miraba sorprendido.
Pese a todo lo que acababan de experimentar, Allie advirtió que Carter se esforzaba por no sonreír.
—Allie, ¿qué te has hecho ahora?
Ella se señaló la cabeza.
—Ven aquí —tomándola de la mano, la atrajo hacia sí para echar un vistazo al chichón—. En serio, si sales viva de Cimmeria, no te va a quedar ni una neurona.
Le besó la herida con un beso tan sutil como un deseo.
—Ya está. Creo que con este tratamiento será suficiente.
Tal vez fuese coincidencia, pero Allie se sintió mejor.
—¿Cómo nos has encontrado? —le preguntó.
—Jules me ha dicho que creía que estabais en apuros. He venido a buscaros. No estabais aquí pero he visto esto —señaló la nota del escritorio— y la ventana abierta, de modo que he sumado dos y dos.
—Gracias, Carter —le dijo en tono ferviente—. Creo que has salvado la vida de Jo.
—Preferiría que, sencillamente, no os hubierais metido en este lío —replicó él, pero sonrió de todos modos—. Venga, ¿vamos a buscar a Gabe y a Jo para asegurarnos de que están bien?
Mientras asentía, Allie advirtió sorprendida que sonreía también.
—Gracias.
—De nada —repuso él—. Ahora intenta no caerte en el pasillo.
Ella le dio un suave puñetazo en el brazo al mismo tiempo que abría la puerta, pero retrocedió dando un respingo.
Al otro lado, Isabelle aguardaba con los brazos en jarras.