Night School

C.J. Daugherty · Capítulo 11 de 31

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Night School

Once

—¿Y bien? ¿Qué pasó ayer por la noche?

La mañana del sábado, Allie estaba sentada en un sofá de piel de la tranquila sala común. Jo descansaba al otro extremo. Ambas llevaban pantalones hasta las rodillas y camiseta de manga corta. Ambas sostenían distraídas sendas tazas de té en la mano derecha.

Habían acudido juntas después de desayunar. Gabe no se había unido a ellas.

Los ojos claros de Jo, evitando mirar a Allie, saltaron nerviosos de un lado a otro antes de posarse al fin en su amiga.

—A veces Gabe es un poco… autoritario —dijo la última palabra con una voz tan queda que Allie tuvo que acercarse más para oírla. Enseguida Jo ahuyentó el pensamiento con la mano izquierda—. Y yo no lo soporto. A veces.

Guardó silencio y Allie esperó a que siguiera hablando.

—En fin —Jo suspiró—. Ayer se estaba comportando como mi padre. Haz esto y no hagas lo de más allá. Sin preguntarme. Y si se cree que se va a salir con la suya, está muy equivocado. Y… bueno, desde ayer no nos hablamos. Estaba en la sala común cuando entramos Carter y yo…

Se interrumpió para posar en Allie una mirada preocupada.

—Por cierto, Carter volvió a buscarte, ¿no?

Allie asintió.

—Fue toda una historia, pero hablemos de la tuya primero.

Jo dio un sorbo a su taza de té.

—Pues Gabe me esperaba allí y estaba más pesado… Venga a repetirme «Te he dicho que no salieras… deberías haberme hecho caso» y toda esa mierda que me pone… —blandió el puño cerrado—. De manera que le dije lo que podía hacer con sus consejos y me fui a dormir. No lo he visto desde entonces. Espero que no te asustaras ayer por la noche. No pensé que Carter te fuera a dejar sola, de verdad. Seguro que pasaste miedo. Nunca habías salido de noche a solas.

Allie tuvo ganas de recriminarle a Jo la herida de su pierna, pero se contuvo.

—No pasa nada. Estábamos preocupados por ti. Yo… quería que fuera a buscarte.

Jo dejó la taza en la mesa, recogió las piernas y se abrazó las rodillas.

—¿Y qué pasó después de que me marchase? ¿Fue todo bien? Carter estaba preocupadísimo por ti y furioso conmigo por haberle obligado a dejarte sola.

—¿Ah, sí? —a Allie le sorprendió oír aquello; parecía muy irritado cuando había vuelto a buscarla—. Regresó. Pero a esas alturas yo ya me había cruzado con Sylvain. Y pasó una cosa la mar de rara, Jo.

La muchacha se dio la vuelta en el sofá para poder mirar a Jo a los ojos y cruzó las piernas. Luego bajó la voz.

—Sylvain le ordenó a Carter que se fuera. Le dijo algo como: «Vuelve al trabajo». ¿De qué va eso? Saltaba a la vista que Carter no quería obedecerle, pero lo hizo de todos modos.

Jo puso los ojos en blanco.

—Es una de esas gilipolleces de la Night School; supongo que Sylvain tiene un rango superior.

Cambiando de postura, Allie apoyó la cabeza en el respaldo del sofá y las piernas en la mesita baja. Al hacerlo, dejó al descubierto el níveo vendaje.

—Nena, ¿qué te ha pasado en la rodilla?

Esta sonrió con tristeza.

—Me caí en el camino ayer por la noche. Soy una patosa —alzó la mano izquierda para mostrar los arañazos de la palma—. Marcada de por vida.

—Oh, Dios mío, ha sido culpa mía. Siento muchísimo haberos dejado colgados, Allie. Ahora, Gabe está cabreado y tú te has hecho daño. Dios. Soy una calamidad — parecía sinceramente arrepentida.

—No seas tonta —la consoló Allie—. No es nada. Casi no me duele —de repente exhaló un grito ahogado y se tapó la cara con las manos—. Oh, Dios. No puedo creer que aún no te lo haya contado. Sylvain me besó.

—¿En serio? —Jo se irguió en el asiento—. ¿Cómo-cuándo-dónde?

La voz de Allie surgió amortiguada de entre sus manos.

—Y me llevó todo el camino en brazos porque me dolía la pierna.

—Oh, Dios mío… Está loco por ti —suspiró Jo—. Es lo más heroico que he oído en toda mi vida. ¿Y el beso qué tal fue?

Sin levantar la cara, Allie le fue contando lo que había pasado.

—Y tampoco fue un besito de amigos en la mejilla —dijo al concluir el relato—. Fue un beso de verdad. Con lengua.

Jo la empujó con suavidad.

—¿Y qué? ¿Te gustó?

—Supongo —Allie se hundió un poco más en los almohadones, con las mejillas al rojo vivo—. Estuvo bien. Sí. La verdad es que fue la bomba.

—¿Y no habéis quedado para esta noche? —Jo le dio otro codazo cuando su amiga asintió—. Cuando vuelvas, pasa por mi habitación y cuéntamelo todo —le ordenó.

Entonces se incorporó en el sofá.

—Oye, eso me recuerda otra cosa. El baile de verano se celebra dentro de tres semanas. ¡Seguro que Sylvain te pide que le acompañes! ¿Qué te pondrás?

Venga, dime.

Allie se burló de tanta efusividad.

—Dios, pareces una cría. Es la primera noticia que tengo de ese baile. ¿Qué te vas a poner tú?

—La última vez que fui a casa me compré un vestido —Jo resplandecía mientras describía al detalle el vestidito de lentejuelas ceñido que había encontrado en una tienda de Bond Street junto con unas sandalias a juego.

Jo la miró de arriba abajo.

—¿Tienes un vestido?

Allie se revolvió un poco en el asiento.

—Bueno… no exactamente. Hay un par en el armario, y uno vintage que me encanta. Pero no sé de dónde voy a sacar unos za…

—¡Yo te los dejaré! —la interrumpió Jo entusiasmada—. Tengo… qué sé yo, un millón de pares de zapatos. Problema resuelto —cogió a Allie de la mano—. Nos arreglaremos juntas. Nos peinaremos y maquillaremos la una a la otra. Estaremos guapísimas.

Allie titubeó y acabó confesando:

—Verás, es que yo nunca he ido a un baile. Al menos, no a uno de verdad. O sea, en los colegios a los que yo iba no hacían ese tipo de cosas.

Jo sacudió la mano como para ahuyentar sus inquietudes.

—Te encantará. Es algo anticuado pero no… rancio. Todo el mundo está maravilloso. Incluso los profesores. No te vas a creer lo jóvenes que parecen algunos. Es una pasada. Cuando Sylvain te pregunte si lo quieres acompañar, dile que sí.

Allie estaba casi tumbada en el sofá.

—¿Y qué haré si no me lo pide?

Se quedaron un momento en silencio calibrando las horribles consecuencias de no tener una cita.

—Siempre puedo ir con Zelazny —dijo Allie por fin—. Parece simpático.

Les entró un ataque de risa.

 

Por la noche, después de cenar, Allie estaba sentada en el comedor en compañía de Ruth, Lisa y Lucas. Gabe había acudido a buscar a Jo hacía unos minutos, y todos intercambiaron elocuentes miradas mientras la pareja se alejaba. («Se avecina una sesión intensiva de disculpas y besuqueo», predijo Lisa.)

—Creo que deberíamos salir —propuso Ruth—. Hace calor aquí dentro y la noche es preciosa. Nos quedaremos cerca del edificio. Podemos sentarnos en la hierba a charlar.

Lucas no parecía muy convencido. Abrió la boca para protestar, pero una voz procedente de detrás de Allie se le adelantó.

—Estoy de acuerdo. Es la noche perfecta para jugar al cróquet, ¿no creéis?

Allie se dio la vuelta y vio a Sylvain de pie tras ella.

Lucas lo miró enarcando una ceja; Sylvain asintió con un gesto casi imperceptible. El otro se encogió de hombros.

—Muy bien. Vamos, pues.

Cuando Allie se levantó, Sylvain la cogió de la mano y caminaron hombro con hombro hacia el jardín. Se acercó a ella.

—Creo que te gustará. El cróquet parece aburrido de día pero por la noche es irresistible.

El aliento de Sylvain le provocó un cosquilleo en el oído y Allie se estremeció encantada. Le sonrió y echó a correr juguetona, tirando de él.

—Venga. No te entretengas.

Sylvain rio y corrió con ella. En el jardín, los demás sacaban los accesorios del cobertizo situado junto a la puerta principal. Todos ayudaron a clavar las estacas en el césped.

—Nos falta un jugador —señaló Lucas.

—Iré a buscar a Phil —propuso Ruth, y echó a correr hacia el interior.

Allie advirtió que Lisa se sonrojaba; saltaba a la vista que le complacía la idea de jugar con Lucas de pareja, pero él aún no se había dado cuenta. Sylvain interrumpió sus elucubraciones.

—Mientras esperamos a Phil, tengo que hacer una cosa —dijo en tono eficiente y formal. Luego se volvió hacia Allie—: ¿Vienes a ayudarme?

—Claro.

Miró a los otros dos.

—Enseguida volvemos.

Cogiéndola de la mano la arrastró hacia un costado del edificio con tanta rapidez que ella tuvo que correr para no quedar atrás. Cuando doblaron la esquina, Sylvain se detuvo.

Allie miró a su alrededor, confusa.

—¿Adónde va…?

De improviso, el chico la empujó contra el muro de piedra y la besó con pasión. En un instante, la sorpresa de ella se transformó en deseo. Lo tomó con fuerza por el cuello y lo besó a su vez. A Sylvain, pensó Allie, aquello se le daba muy bien; jamás en toda su vida había besado así a nadie y no quería que terminara.

Cuando él separó los labios, ambos jadeaban mirándose a los ojos.

—Lo siento. No podía esperar ni un minuto más —dijo él entre pesadas respiraciones con los ojos azules fijos en los de Allie.

—Hazlo otra vez —le pidió ella mientras lo cogía por los hombros con ademán insistente.

Él sonrió.

—Si te empeñas.

El segundo beso fue más largo y aún más apasionado si cabe que el primero. Sylvain desplazó los labios al cuello de Allie, las manos tensas en sus caderas.

—Deberíamos volver con los demás —dijo en un susurro consternado al cabo de unos minutos, derramando aliento cálido en su garganta. Frotó los labios hinchados de Allie con el pulgar—. Aunque detesto decirlo. Se estarán preguntando dónde estamos.

—Pues serán tontos —musitó Allie.

Él sonrió y dio un paso atrás, sin soltarle la mano.

—Ahora disfrutemos del cróquet.

—Ya —dijo Allie con debilidad—. Cróquet.

Al girar la esquina advirtió que todos los estaban esperando, incluido Carter, que hablaba con Lucas. Su mirada revelaba que sabía exactamente lo que había estado haciendo la pareja.

—¡Allie! ¡Sylvain! —exclamó con sorna—. Qué alegría. ¿Dónde os habíais metido?

Sorprendida por aquel desplante, Allie se sonrojó de rabia. Recordó dolida que, por un momento, durante la excursión al bosque del día anterior, se habían entendido bien y había llegado a pensar que podían ser amigos.

Sin embargo, una vez más Carter estaba mostrando su peor cara.

Sylvain la atrajo hacia sí.

—Por desgracia, Carter, los equipos ya están formados. No necesitamos otro jugador.

—No he venido a jugar —Carter recalcó la última palabra—. He venido a ver cómo estaba Allie después de la caída de ayer por la noche.

Allie notó las miradas de todos posadas en ella.

—Estoy… muy bien, Carter. Gracias.

Se sintió desfallecer ante aquella mirada que parecía desafiarla, como si hubiera cometido una estupidez.

—Genial. Pareces muy recuperada —las palabras rebosaban sarcasmo—. ¿También te has hecho daño en los labios? ¿O están así por otros motivos?

Allie se tapó la boca con la mano mientras Sylvain daba unos pasos hacia delante.

—¿Por qué sigues aquí, Carter? —preguntó con frialdad.

Este lo miró a los ojos sin dejarse acobardar.

—Solo quería comprobar si lo que sospechaba era verdad.

—¿Y has encontrado lo que buscabas? —la voz de Sylvain sonaba grave y amenazadora.

—Eh, vosotros —Ruth se interpuso entre ambos—. Venga. Tranquilidad. No queremos problemas.

Carter no le hizo caso.

—Oh, sí, ya he visto bastante, Sylvain. Sabes lo que voy a decir, ¿verdad?

Ruth suspiró y se hizo a un lado. Los otros dos se fulminaban con la mirada a menos de medio metro de distancia. Allie se abrazó el cuerpo.

—No tengo ni idea de lo que vas a decir, Carter —replicó Sylvain.

—Deja a Allie en paz —Carter avanzó un paso más. Apenas unos centímetros lo separaban de Sylvain—. Sabes que esto está mal.

Este sonrió complacido.

—Gracias por el consejo, Carter. Ahora te sugiero que nos dejes jugar en paz.

Ambos sostuvieron la mirada aún unos instantes más. Luego Carter se giró hacia Allie.

—No creas nada de lo que te diga. Es un mentiroso.

Aunque sumida en un mar de confusión, Allie levantó la barbilla con ademán desafiante.

—No necesito tus consejos, Carter. Sé tomar mis propias decisiones.

Detectó rabia en los ojos del chico, que sin decir nada más se internó en los bosques a grandes zancadas.

A Allie le temblaban las manos. ¿Qué mosca le ha picado?

—Bien, lamento el desagradable incidente —se disculpó Sylvain blandiendo un mazo con soltura—. ¿Reanudamos el juego? Allie, ¿te parece bien que seamos el equipo azul?

Ella asintió en silencio, con la advertencia de Carter aún resonando en sus oídos.

En cuanto tuvo ocasión agarró a Sylvain por el brazo.

—¿A qué se refería Carter? —le susurró.

Él le retiró el pelo de la frente.

—Creo que le gustas, ma belle. Quizás esté celoso.

Mientras lo veía alejarse para lanzar, Allie frunció el ceño. Quizás Carter intentaba asustarme para alejarme de Sylvain. Sin embargo, a juzgar por el modo en que le hablaba, costaba creer que el chico tuviese el menor interés en ella.

Tras lo sucedido, pensó que la velada se había arruinado sin remedio, pero al final se divirtió bastante. Los aros habían sido tratados con pintura fluorescente de tal modo que cuanto más oscurecía, más brillaban. Los mazos llevaban bombillas LED que se activaban apretando un botón en el mango. Las pelotas resplandecían en la oscuridad, cada cual de su color. A causa de todo ello, el césped adquiría más y más color a medida que la luz se retiraba. Al final, apenas alcanzaban a verse entre sí, pero podían seguir los movimientos de los demás gracias a los mazos iluminados y a las pelotas coloreadas.

Ruth era una gran jugadora y le enseñó técnicas a Allie para conseguir que la pelota se desplazase en línea recta. Cuando esta se las arregló para expulsar una de las pelotas de Phil de la zona de juego, Ruth se echó a reír.

—¡Has aprendido demasiado!

Cuando la partida terminó y empezaron a guardar los accesorios, Allie se sorprendió a sí misma riendo con Ruth y apoyada tranquilamente en Sylvain, que le rodeaba los hombros con el brazo con naturalidad. Captó su mirada y notó un cosquilleo anticipado.

—Tienes unos ojos preciosos —le dijo él—. Son translúcidos, como tu alma.

Dándose la vuelta, deseó buenas noches a los demás y susurró al oído de Allie:

—¿Vienes conmigo?

Ella asintió ansiosa, con un nudo en la garganta.

Caminaron por el ocaso hacia la parte trasera del colegio. Cerca de la puerta de atrás, él se detuvo y la atrajo hacia sí. Le susurró al oído:

—Esta noche lo he pasado de maravilla, Allie. Me alegro de que Carter no haya conseguido disgustarte. Te quiere solo para él.

Aunque Allie dudaba mucho de aquella afirmación, no dejó que se trasluciera en su semblante. Le sonrió.

—Yo también me he divertido.

Y era verdad, a pesar de todo.

Sylvain la estrechó aún más y le mordisqueó el cuello antes de posar los labios en la boca de Allie. En aquel momento, todas las preocupaciones de ella se esfumaron. Sylvain poseía un dominio de los besos extraordinario. Con el corazón latiendo pesadamente, respirando con jadeos entrecortados, paladeó la caricia de su lengua en los lóbulos de las orejas. Con los brazos en alto, Allie torció las muñecas detrás de la cabeza de Sylvain.

Pocos minutos después, Zelazny gritó: «¡Toque de queda!» desde la puerta trasera. Sylvain torció la cabeza a un lado con pesar, pero Allie no estaba dispuesta a dejarlo marchar.

—Hazlo otra vez —insistió.

Él sonrió, sin separar aquellas manos cálidas de su cintura.

—Ha sonado el toque de queda. Tenemos que entrar.

—¿Solo uno más?

Con ademán tentador, Sylvain se acercó a ella. Allie levantó el rostro y separó los labios, pero él se limitó a depositarle un besito rápido en la mejilla.

—Adentro, señorita, antes de que te castiguen.

—¡Toque de queda! —volvió a gritar Zelazny—. ¡Último aviso!

Sylvain le pasó el brazo por los hombros con ademán posesivo. Mientras se unían a la multitud que se apelotonaba a la entrada del edificio, adelantaron a Katie y a Jules. Cuando Allie advirtió la rabia que envenenaba el semblante de Katie, le sonrió con candor.

Allie, uno; Katie, cero.