Night School
Diecisiete
Cuando Allie despertó al cabo de un rato, Carter se había marchado, pero tuvo la agradable sensación de que había permanecido a su lado la mayor parte del tiempo. Las pesadillas la habían desvelado unas cuantas veces, y en medio de un duermevela exhausto recordaba haberle oído murmurar: «Todo va bien. Duerme».
Se sentó en la cama y miró el despertador. Casi las siete.
¿De la mañana o de la noche?
Un vistazo a la ventana le reveló una tarde estival. Había dormido todo el día.
Mientras estiraba los músculos fatigados, el estómago le rugió tan fuerte que al principio no supo de dónde procedía aquel ruido.
—Me muero de hambre —declaró al vacío de la habitación.
Se levantó de la cama y caminó hacia la puerta dispuesta a salir, pero se detuvo de golpe cuando atisbó su propia imagen en el espejo de cuerpo entero. Tenía el pelo de punta, la cara manchada de hollín, e iba ataviada con las mismas prendas que se había puesto a toda prisa en mitad de la noche, casi irreconocibles de tan arrugadas.
Hizo una mueca a su propio reflejo. Mierda. Ni siquiera yo puedo salir así.
Cogió el cepillo del pelo del escritorio y se desenredó la melena con dificultad. Luego se cambió de ropa a toda prisa, saltando a la pata coja y maldiciendo entre dientes cuando el pie, ya calzado, se le trabó en la falda.
Con la cintura a medio abrochar, salió del cuarto a toda prisa y cruzó el pasillo desierto hasta el rellano, donde paró de golpe.
Reinaba el silencio. Una quietud sobrenatural.
Una idea espantosa le cruzó la mente. ¿Y si todo el mundo se ha marchado mientras estaba durmiendo y se han olvidado de mí?
Aun sabiendo que era un pensamiento absurdo, el miedo se apoderó de ella mientras bajaba las escaleras como una exhalación, acompañada tan solo por el sonido de las suelas de goma contra los peldaños. Cerca de la planta baja, afortunadamente, vio varios grupos de estudiantes que avanzaban en deprimente silencio hacia el comedor. Sintiéndose ridícula, aminoró el paso.
Pues claro que estaban allí. ¿Por qué iban a marcharse?
Se te va la olla , se recriminó antes de aspirar hondo y reunirse con los demás.
El olor de la comida mezclado con el hedor acre de la madera y el yeso quemados la asqueó. Mirando a su alrededor en busca de una cara conocida, Allie advirtió que varios de los alumnos llevaban gasas y vendas. Uno caminaba con muletas.
Las huellas de la caótica noche habían desaparecido del comedor, pero no habían preparado las mesas para la cena con el cristal y la porcelana habituales. En cambio, el personal de cocina había dispuesto montones de platos, que los alumnos se tendían entre sí. También faltaba el brillo alegre de las velas (tras el incendio, Allie lo agradeció). Todos los presentes guardaban silencio, sin saber muy bien qué decir.
Aliviada, divisó a Jo, Gabe y Lucas en la mesa de costumbre, pero cuando se disponía a reunirse con ellos, advirtió que Carter caminaba a su lado.
—Eh.
Al volverse a mirar aquellos ojos oscuros, notó mariposas en el estómago. Presa de un ataque de timidez, metió las manos en los bolsillos de la falda.
—Eh tú.
—¿Has dormido bien?
Carter se había duchado y cambiado de ropa; aún tenía las mejillas arreboladas del agua y las puntas del pelo mojadas. Las huellas del cansancio habían abandonado su rostro por completo.
Allie asintió tratando de aparentar indiferencia, como si los chicos acudieran a dormir a su cuarto cada dos por tres. No obstante, el rubor de las mejillas la traicionó.
—¿Y tú? ¿Cuándo te has ido?
—Hace una hora más o menos.
Tendía a hablar en un tono quedo, tan bajo que Allie tenía que acercarse para oírlo. Aquella costumbre confería un aire de intimidad incluso a una conversación tan trivial como aquella.
—Tenía que cambiarme de ropa —prosiguió él. Allie solo estaba pendiente del contacto de su brazo, que le rozaba la piel—. No he querido despertarte; tardaste tanto en dormirte…
La tensión entre ambos resultaba insoportable. Uno de los dos tendría que desviar la vista, pero Allie no quería ser quien lo hiciera.
¿Qué me está pasando? , se preguntó. No es posible que me guste Carter. No puede… ser.
—Sí —repuso casi sin aliento—. Quiero decir, yo también tenía que cambiarme.
Mirando a su alrededor, Carter advirtió que casi todos los alumnos estaban sentados.
—Será mejor que nos sentemos o Zelazny se pondrá a gritar.
La escoltó hasta la mesa y aguardó a que ella se hubiera sentado. Luego, para su sorpresa, ocupó un lugar junto a ella. Carter nunca se sentaba con el grupo de Allie en las comidas, y ella procuró que la expresión de su cara no delatara cuánto la complacía aquel gesto.
Gabe, en cambio, no fue tan delicado.
—¡Carter! —exclamó, y se arrellanó en el asiento exhibiendo una sonrisa socarrona—. Es todo un honor tenerte entre nosotros.
Carter se encogió de hombros.
—Oh, ya sabes lo que pasa, Gabe. A veces necesito estar cerca de ti.
Jo, que aún parecía cansada, se acercó a Allie.
—¿Has dormido?
—Un poco —repuso ella—. ¿Y tú?
—En realidad no —Jo esbozó una sonrisa fatigada—. Pero me estoy muriendo de hambre. ¿Me convierte eso en una mala persona?
—Espero que no —dijo Allie—. Por lo que parece, la muerte y la destrucción influyen muy negativamente en las dietas bajas en calorías. ¿Quién lo hubiera dicho?
—¿Sabéis algo de Lisa? —preguntó Carter.
Fue Lucas quien respondió.
—Le he preguntado a Eloise hace una hora y me ha dicho que Lisa se ha despertado y se encuentra bien. Pronto podremos verla.
Allie se sorprendió a sí misma sonriendo por primera vez desde la noche anterior. El humor general mejoró y durante un rato la conversación transcurrió casi con normalidad.
De repente, la voz de Lucas se elevó por encima del murmullo.
—Eh, ¿alguien se ha enterado de lo del anuncio?
Allie paseó la vista por la mesa, pero comprendió que nadie sabía de qué estaba hablando.
—¿Qué anuncio? —preguntó Carter.
—Esta noche Isabelle va a pronunciar una especie de discurso sobre lo que pasó. Corre el rumor de que nos van a enviar a casa y van a cerrar el colegio durante el resto del verano.
—¡No! —Jo parecía desolada, y Allie volvió la mirada hacia ella, sorprendida por la vehemencia de la exclamación. Gabe le puso una mano en el brazo y ella lo miró con el rostro desencajado—. No pueden enviarnos a casa. No pueden hacer eso.
—Estoy seguro de que no lo harán —le dijo Gabe para tranquilizarla. Allie desvió la vista mientras él se esforzaba por calmarla.
Las puertas del comedor se abrieron para ceder el paso a las figuras negras del personal de cocina que, formadas en ordenadas filas como era costumbre, acarreaban fuentes y bandejas humeantes. Aunque estaba hambrienta, Allie contempló con curioso desinterés la comida que dejaron en la mesa. Por alguna razón, comer parecía una frivolidad en aquellas circunstancias.
Al atisbar un movimiento, bajó la vista y descubrió que Carter le estaba sirviendo estofado. Cuando sus miradas se encontraron, él esbozó una sonrisa culpable.
—Mmm… Un estofado delicioso —la tentó, y a ella se le escapó una carcajada.
A continuación le sirvió verduras, pero cuando llegó al panecillo, Allie levantó las manos en ademán de rendición.
—Vale, vale. Para ya. Comeré, te lo prometo —tomó un bocado como una niña obediente y masticó con falso entusiasmo—. ¿Te parece bien?
Concentrado en su propio plato, Carter pasó la pulla por alto. De hecho, aquel primer bocado le había sentado muy bien, y Allie descubrió que el segundo entraba aún mejor. Al final, apuró el plato y rebañó los restos de la salsa con el pan antes de arrellanarse en la silla con un suspiro de satisfacción.
—Tenías hambre —observó Carter, divertido.
—Mi hermano siempre dice que como tanto como un chico —dijo Allie sin pensar, pero su sonrisa se esfumó tan repentinamente como había llegado. Nunca hablaba de Christopher.
El murmullo sordo de la conversación fue aumentando de volumen a medida que los rumores del inminente anuncio se propagaron por la sala. A Allie le alivió comprobar que las cosas volvían una pizca a la normalidad, aunque la sensación fuera momentánea. Sin embargo, al pasear la mirada por la mesa, advirtió que Jo picoteaba la comida con expresión apesadumbrada. Quiso consolarla, pero justo entonces una voz se alzó a la entrada de la sala.
—¿Podéis prestarme atención un momento, por favor?
Elegante pero sencilla con pantalones negros y un cárdigan azul claro, Isabelle aguardaba a que el ruido se acallara. Detrás de ella, a pocos pasos, estaba el hombre con el que había bailado el día anterior, que tendía las manos pidiendo silencio. Tenía una de esas miradas que no dejan escapar ni un detalle. En aquel momento, a Allie se le aceleró el corazón; Sylvain, que acababa de cruzar la puerta, se quedó de pie tras ellos, como si formara parte del triunvirato.
¿Qué hace ahí?
Aunque Isabelle tenía una expresión algo sombría, a Allie le maravilló el aire de normalidad que conseguía transmitir.
—Sé que muchos de vosotros habéis pasado toda la noche despiertos y soy consciente de que estáis agotados. Os agradecemos de veras vuestros esfuerzos por apagar el fuego.
Allie echó un vistazo en dirección a Carter y lo vio mirando a Isabelle con el ceño ligeramente fruncido.
—Lo sucedido durante la noche de ayer es un hecho sin precedentes en la historia de Cimmeria —prosiguió Isabelle—. Nos parece alarmante y haremos cuanto esté en nuestra mano por repararlo. El propio incendio ha deteriorado antiguos muros. Partes enteras de nuestra historia se han perdido para siempre. Pero restauraremos el colegio, podéis estar seguros, y seguirá adelante como siempre lo ha hecho.
Los aplausos inseguros por parte del alumnado la cogieron por sorpresa. Aguardó a que se hiciera el silencio.
—Siento muchísimo lo sucedido ayer por la noche. Todos estamos desolados. Acompañamos en el sentimiento a aquellos de vosotros que manteníais una relación estrecha con Ruth Jansen; era una muchacha encantadora, aunque algo inestable, y todos la echaremos de menos. Su suicidio ha sido un golpe terrible.
Allie ahogó un grito y se tapó la boca con la mano. ¿Suicidio? Pero ¿qué está diciendo?
—Somos conscientes de que a algunos de vosotros os va a costar mucho sobrellevar su pérdida y todos nosotros, los profesores y yo misma, estamos aquí para ayudaros si precisáis orientación o simplemente un hombro en el que llorar —la mirada de Isabelle no podía ser más comprensiva—. No tenéis que sufrir solos.
Un murmullo barrió la habitación y Allie advirtió que algunos de los presentes estaban llorando. Al darse la vuelta para intercambiar una mirada con Jo, vio que se mordía el labio para contener las lágrimas; Gabe la rodeaba con el brazo.
—La semana que viene celebraremos su funeral en la capilla. Estoy segura de que aquellos de vosotros que la conocíais bien querréis asistir.
Tras hacer una pausa para que pudieran asimilar tanta información, Isabelle continuó, ahora en un tono más animado.
—Algunos de los heridos partirán mañana hacia sus casas para recuperarse y les deseamos lo mejor. Esperamos que todos estéis de vuelta para el trimestre de otoño. En cuanto a los que os quedáis… Los trabajos de reparación de los daños provocados por el fuego durarán alrededor de un mes y me temo que sufriremos algunas molestias en el intervalo; es engorroso pero necesario. Por supuesto, a partir de ahora no estáis autorizados a entrar en el salón de actos.
Dio un paso atrás.
—Mientras tanto, el toque de queda de hoy se adelanta; nos gustaría que todo el mundo estuviera en su habitación a las nueve en punto. Y bajo ningún concepto podéis abandonar el edificio durante las próximas cuarenta y ocho horas.
Finalizado el discurso, los profesores se arremolinaron en torno a ella y los alumnos se dirigieron en tropel hacia la puerta entre un murmullo de conversaciones susurradas.
Dándose media vuelta para mirar a Carter, Allie cuchicheó:
—¿Qué diablos…?
Con los labios apretados, Carter negó con la cabeza.
Allie miró hacia Isabelle y se levantó.
—Tengo que averiguar cuándo podremos ver a Lisa. Ya os alcanzaré.
Carter la cogió por el brazo y la reprendió con la mirada.
—Allie…
—Me las apañaré —dijo ella zafándose al mismo tiempo de su mano—. Te prometo no montar un número. Quiero saber algo más de Lisa.
—Nos vemos después —se resignó Carter, y corrió en pos de Gabe y Lucas.
De pie junto a un grupo de profesores, Allie aguardaba un hueco en la conversación. Todos parecían muy agitados, pero hablaban en susurros tan bajos que apenas pudo distinguir alguna que otra frase suelta.
—Demasiado peligroso…
—¡Enviarlos a casa! —(pronunciada por Jerry con vehemencia, antes de ser acallado).
—… acerca de Nathaniel.
Entonces Eloise reparó en su presencia.
—¿En qué podemos ayudarte, Allie?
Todos los presentes guardaron silencio y se volvieron a mirarla. Allie cruzó los tobillos en un gesto inconsciente de nerviosismo.
—Me estaba preguntando cuándo podríamos ver a Lisa.
Isabelle se abrió paso entre el gentío y la rodeó con el brazo.
—Se encuentra bien, Allie. Está consciente pero aún aturdida. Mañana podrás hablar con ella.
Allie sostuvo la mirada de Isabelle con expresión desafiante. De cerca se la veía más inquieta de lo que parecía a distancia; grandes ojeras le ensombrecían los ojos. Pese a todo, no se dejó intimidar por la actitud de la chica.
—¿Necesitas algo más, Allie? —preguntó imperturbable.
Por un momento, Allie se imaginó a sí misma diciendo: «Sí. ¿Por qué pretendes hacernos creer que Ruth se degolló ella sola de oreja a oreja?».
Sin embargo, algo le dijo que aquellos no eran el momento ni el lugar para plantar cara a Isabelle.
—No… Gracias.
Acto seguido, echó a andar hacia la puerta.
Justo antes de alcanzarla, oyó que los susurros se reanudaban.
Jo aguardaba sola al otro lado de la puerta del comedor, apoyada contra la pared. Tenía mejor color que durante la cena pero a Allie no le gustó su manera de abrir y cerrar las manos. Pareció animarse un poco cuando su amiga le dio la buena nueva respecto a Lisa, aunque seguía comportándose de manera extraña.
Mientras subían juntas hacia el dormitorio de las chicas, Allie miró a hurtadillas a su amiga, que no levantaba la vista y parecía a punto de echarse a llorar.
—¿Qué te pasa, Jo? —le preguntó—. ¿Qué te preocupa?
—No es nada, Allie.
Su amiga evitaba sus ojos y Allie supo que no le decía la verdad, pero no creyó conveniente presionarla.
Cuando llegaron al cuarto de Jo, Allie entró con ella. Por alguna razón, temía dejarla sola. Algo andaba muy mal. Jo se sentó en la cama y se quitó los zapatos con los pies como tenía por costumbre, pero no paraba de estrujarse las manos.
Allie se apoyó en el escritorio. Luego habló con toda la tranquilidad que pudo reunir.
—Jo, ¿hay algo que pueda hacer por ti?
—Necesito hablar con Gabe —repuso ella. Luego formuló la misma frase de maneras distintas—: Yo solo… tengo que hablar con Gabe. Necesito ver a Gabe.
—Pero si acabas de estar con él —arguyó Allie perpleja.
Jo negó con la cabeza.
—Necesito hablar con él a solas. Estoy aterrada. Él sabrá qué hacer.
Mirando la tez pálida de su amiga, Allie tomó una decisión.
—Vale, no te preocupes. Voy a buscarlo. Haz el favor de descansar un rato, ¿quieres? Estás destrozada. Seguro que no has dormido nada.
—Pero si no estoy cansada —protestó Jo—. Estoy demasiado nerviosa como para dormir.
—A mí me ha pasado lo mismo —dijo Allie—. Pero inténtalo de todos modos, ¿vale? Échate y yo me quedaré contigo hasta que te duermas. Luego iré a buscar a Gabe, te lo prometo.
—Necesito hablar con él.
Exhausta, Jo arrastraba las palabras y se le cerraban los ojos mientras una lágrima le resbalaba por un lado de la cara. Por fin, se recostó contra las almohadas.
—Descansa aunque solo sea un momento —insistió Allie con suavidad. Estaba de pie junto a la ventana; la brisa seguía siendo fría—. Buscaré a Carter y le diré que traiga a Gabe.
—¿Y cómo encontrarás a Carter? —la voz de Jo sonaba cada vez más adormilada.
Mirando por la ventana en dirección a las sombras que se alargaban sobre la hierba, Allie respondió:
—Yo siempre encuentro a Carter.
Cuando Jo empezó a respirar con regularidad, Allie cerró el postigo y la ventana sin hacer ruido y salió de puntillas del cuarto. Aseguró la puerta a su espalda con un chasquido casi inaudible.
Apenas quedaba nadie en la planta baja. Los alumnos que hacía un rato pululaban de un lado a otro se habían retirado a sus habitaciones. Allie no sabía por dónde empezar a buscar; nunca había subido a los dormitorios de los chicos y ni siquiera sabía qué camino tomar, como no fuera por el tejado, una ruta que, en aquel preciso instante, no le parecía la ideal.
En aquel momento oyó algo parecido a unas palmadas aproximándose por el pasillo y vio a Jules caminando decidida hacia ella con un sujetapapeles contra el pecho. El ruido procedía de sus Birkenstock de color rosa, que restallaban contra sus talones a cada paso.
Recordó la respuesta de Jo cuando le había preguntado si alguna chica pertenecía a la Night School. «Quizás Jules…».
Allie le salió al paso.
—Hola, Jules. ¿Qué tal?
Lo dijo en el tono más amistoso que pudo emplear, y la prefecta la miró algo sorprendida.
—Hola, Allie.
Aunque aminoró la marcha, Jules no se paró y Allie echó a andar a su lado.
—¿Sabes dónde están Carter y Gabe?
—¿Por qué? —preguntó Jules con desconfianza.
Allie optó por un enfoque amigable aunque exasperado.
—Es una historia muy larga y complicada, pero Carter se ha quedado con una cosa mía, y Jo me ha dicho que a lo mejor está con Gabe. ¿Tú sabes… o sea… dónde están?
Jules escudriñó el rostro de Allie.
—No —replicó con sequedad y apresuró el paso.
Maldiciendo en silencio, la otra la siguió.
—Mira, Jules, es superimportante. No te lo preguntaría si no fuera así.
Jules se detuvo y se dio la vuelta para mirarla.
—Están en una reunión en la zona de las aulas, donde tú no estás autorizada a entrar, ¿vale? Pero si te quedas cerca de la puerta, tal vez los veas cuando salgan.
Por otra parte, no tengo ni idea de cuánto van a tardar.
A esas alturas, Allie sentía deseos de zarandearla, pero prefirió seguir insistiendo.
—Ya pero… —empezó a decir a la vez que dibujaba una línea con el pie—, ¿tú adónde vas?
Jules se colocó el sujetapapeles bajo el brazo y fingió una paciencia infinita.
—¿A qué te refieres, Allie?
—Solo lo digo porque, si por casualidad te diriges a esa reunión, podrías ser tan amable de decirle a Carter que viniera. Cuanto antes. O podrías decirle sencillamente que estoy aquí y que necesito hablar con él. Es muy importante.
Mirándola como si no diera crédito a lo que acababa de oír, Jules echó a andar.
—Claro, Allie, cómo no. Y si quieres, puedo traerte té y chocolate de camino hacia allí. Porque no tengo nada mejor que hacer que transmitir tus recados.
Rezagada, Allie levantó el dedo anular a su espalda.
—No, gracias —gritó en un tono alegre—. El té ya me lo iré a buscar yo.
La voz de Jules le llegó desde el otro lado de la esquina.
—Excelente.
—Gracias —masculló Allie cuando Jules no pudo oírla—, y que pases un buen día tú también, Jules.
Recostada contra la pared, con los brazos cruzados sobre el pecho y un pie apoyado en el antiguo friso de madera, Allie aguardó. Al cabo de diez minutos, bajó el pie y se sentó en el suelo con las piernas cruzadas. En aquel lugar quedaba oculta por una mesa auxiliar de estilo barroco y superficie de mármol que tenía al lado, de modo que Isabelle no la vio cuando pasó junto a ella pocos minutos después acompañada de su pareja de baile.
—… tiene que saber que Nathaniel ha perdido el control —hablaba en un tono gélido de rabia—. Lo sucedido ayer por la noche es inaceptable. Tiene que hacer algo al respecto. Como mínimo, tomar partido. Dios mío, Matthew, hay personas heridas. Niños heridos. Esto no puede continuar.
Mathew murmuró algo en respuesta que Allie no alcanzó a distinguir.
—Bueno, entonces tendrás que hablar con ella en persona —replicó Isabelle mientras las voces se perdían a lo lejos.
Las palabras de Isabelle llenaron de excitación a Allie, que se había echado hacia delante para espiar entre las patas de caoba maciza de aquella mesa tallada.
De modo que no había sido un profesor ni un alumno. Dobló las rodillas y se las rodeó con los brazos, dejándose invadir por un extraño sentimiento de alivio. Por lo menos, el asesino no era nadie a quien pudiera considerar su amigo.
Más pasos.
Allie volvió a echarse hacia delante, pero esta vez vio a Carter allí de pie, mirando a un lado y a otro del largo pasillo.
Salió a rastras de su escondrijo.
—Carter.
—¡Allie! ¿Va todo bien? Jules me ha dicho que me estabas buscando.
Ella estuvo a punto de esbozar una sonrisa. No me lo puedo creer. Al final se lo ha dicho.
Se acercó más a él y bajó la voz.
—¿Estaba Gabe contigo en esa reunión?
Él asintió.
—Debería ir a ver a Jo; está histérica —dijo Allie.
Carter no pareció sorprendido.
—Se lo diré. Ya he pensado que algo no andaba bien durante la comida. Él no quería separarse de ella, pero…
Allie lo miró preocupada.
—Se comporta de un modo muy raro, Carter. No parece ella misma.
—Se lo avisé —se interrumpió un instante, durante el cual tomó una decisión—. Allie, tenemos que hablar.
—Claro, ¿de qué?
Carter miró a su alrededor.
—No, aquí no. En privado. ¿Te puedes reunir conmigo en la capilla dentro de veinte minutos?
Ella titubeó.
—Se supone que no podemos salir del edificio so pena de despertar la cólera de Isabelle y ya son más de las nueve.
—Es la hora ideal —insistió él—. Todo el mundo está reunido o encerrado en su cuarto por el toque de queda y los profesores andan ocupados en otras cosas.
Ella estuvo a punto de negarse. No se podía permitir que volvieran a castigarla. Sin embargo, Carter no parecía dispuesto a aceptar un no por respuesta. Allie albergó la esperanza de que, fuera lo que fuese lo que él iba a contarle, la ayudara a entender lo que estaba pasando.
—Vale. Pero si me expulsan, te llevaré conmigo.
Aunque Carter esbozó una sonrisa, sus ojos seguían serios.
—Bien. Te veo allí. Dame diez minutos para que pueda contarle a Gabe lo de Jo. Luego sal corriendo.
Mientras lo veía alejarse, Allie masculló:
—¿Que salga corriendo? Creía que habías dicho que todo el mundo estaría demasiado ocupado como para darse cuenta.
Caminó con impaciencia (trescientos noventa y un pasos) esperando a que pasase el tiempo. Transcurridos ocho minutos, echó a andar hacia la puerta principal (treinta y tres pasos) con aire despreocupado. En el vestíbulo de entrada reinaba el silencio y Allie llegó a la puerta sin coincidir con nadie, pero justo cuando rozaba el pomo oyó voces que se aproximaban.
Aparte de grandes candelabros y tapices, apenas había muebles en aquella zona, salvo por una mesa de hierro forjado cubierta por un pesado mantel. Allie se deslizó allí debajo justo cuando Eloise y Zelazny doblaban la esquina.
—¿Tardaremos mucho? —oyó preguntar a Eloise cuando los pasos se acercaron. Parecía enfadada.
—Espero que no —Zelazny abrió la puerta—. Pero depende de lo que encontremos.
—¿Por dónde quieres empezar?
Mientras franqueaban la puerta, Allie oyó la respuesta de Zelazny.
—Por donde fue hallado el cadáver de Ruth.
El chasquido de la cerradura resonó en la piedra desnuda del vestíbulo de entrada.
En su escondrijo, Allie frunció el ceño. ¿Qué están buscando?
Al principio pensó que ni en sueños iba a abandonar el edificio estando Zelazny y Eloise fuera, pero luego recordó que el cuerpo de Ruth había aparecido en la parte trasera del colegio. La capilla estaba en los bosques que se extendían frente al jardín delantero. Aunque no había distinguido todas las palabras de Zelazny, si Eloise y él empezaban a buscar por detrás, disponía de mucho tiempo para alcanzar el lindero del bosque sin que la vieran.
Para estar segura de no tropezarse con ellos, contó hasta cien antes de abrir la puerta, que giró en silencio sobre sus goznes. Allie se asomó.
No se veía ni un alma.
A la luz de los últimos rayos de la tarde estival, cerró la puerta con cuidado.
La hora del toque de queda había pasado ya y el sol comenzaba a despedirse de aquel largo día de verano. De pie en lo alto de la escalinata, bañada en un fulgor dorado, Allie permaneció todo un minuto mirando el cielo, como si quisiera absorber aquella luz con el alma. Después echó a correr por la hierba en dirección al bosque.
En cuanto alcanzó la seguridad del lindero (noventa y siete pasos) redujo un poco la marcha para recuperar el aliento. Luego enfiló el sendero al trote entre las sombras del atardecer. La quietud y la penumbra se habían adueñado del lugar. Cuando llegó a la verja de la iglesia, cinco minutos después, el silencio empezaba a resultar opresivo.
Si Carter está ahí, desde luego no se le oye. Levantó la aldaba con un golpe metálico que, en la paz del claro, resonó como si fuera un timbre.
Por instinto, Allie se dirigió al tejo en cuya rama Carter y ella se habían sentado a charlar el día del castigo. Al acercarse, vio un pie colgando, calzado con un zapato oscuro. Lo cogió y el pie se retiró al instante.
—Eh… Lo has conseguido.
Carter se había encaramado a la misma rama gruesa de la otra vez, donde se había acomodado con la espalda apoyada en el tronco. Cuando la ayudó a subir,
Allie se maravilló de nuevo de lo fuerte que era: la izó como si nada y la ayudó a sentarse junto a él. Buscando una zona más cómoda, Allie se colocó de cara a él, con las rodillas dobladas y los pies apoyados en la rama que les servía de asiento.
—Y bien… ¿de qué va todo esto, Carter? —quiso saber—. ¿Por qué me has pedido que nos viéramos aquí, en territorio prohibido?
—Porque no quería que nadie nos oyera, y este es el único lugar que conozco donde se puede hablar con tranquilidad.
Carter parecía algo distante, como si aún no hubiera decidido cuánto iba a contarle, y rehuía su mirada.
—Es que… —empezó a decir, pero se interrumpió. Al cabo de un momento, volvió a intentarlo—: Hay algunas cosas que debes saber.
Gracias a Dios, pensó Allie. Algunas respuestas al fin.
No pudo esperar a que él se explicara.
—Carter, ¿qué sabes de todo esto? ¿Por qué quieren hacernos creer que Ruth se suicidó? Tenía el cuello… Es imposible que se lo hiciera ella misma. Y había otras personas allí. Las oí. E Isabelle lo sabe.
Carter trató una y otra vez de interrumpirla hasta que mencionó a Isabelle. Tras eso la miró fijamente.
—¿Qué te hace pensar que Isabelle lo sabe?
Sin perder un segundo, Allie le contó que había oído a medias una conversación entre los profesores y que Isabelle había nombrado a un tal Nathaniel, dando a entender que estaba implicado en lo sucedido.
Carter se pasó los dedos por el pelo.
—Así pues, no creen que nadie de la escuela esté relacionado con la muerte de Ruth pero le van a decir a todo el mundo que se suicidó.
Allie se acercó más a él.
—Pero ¿por qué? En cuanto la policía le eche un vistazo al cadáver, sabrá que no se ha suicidado.
Él la miró a los ojos.
—¿Qué policía?
Ella abrió la boca de par en par.
—¿Lo dices en serio? ¿Crees que no han llamado a la poli?
—Ni la han llamado ni la llamarán.
—Pero… ¿cómo…?
La respuesta de Carter no se hizo esperar.
—La policía no ha estado aquí porque no tiene ni idea de lo que pasa en este lugar y nadie se lo va a contar. Nunca sabrán que Ruth murió en el colegio. Su cuerpo aparecerá en un callejón cualquiera y sus padres, que pasan en Francia la mayor parte del tiempo, le dirán a la poli que su hija se había escapado de casa. Y la poli los creerá porque su padre es banquero de inversiones y su madre lleva ropa de diseño, y ya se sabe que la gente así no miente, ¿a que no?
Allie no daba crédito a lo que estaba oyendo.
—¿Hablas en serio? Carter, ¿me estás diciendo que nada de esto va a salir nunca a la luz?
—Claro que no, Allie. ¿Por qué crees que nunca antes habías oído hablar de Cimmeria? —hablaba con amargura—. ¿No lo captas? ¿No sabes dónde estás?
Allie no supo qué contestar. Trató de elegir bien las palabras.
—Carter, ¿qué es lo que pasa aquí en realidad?
—Eso es lo que trato de averiguar —repuso él con la mirada perdida en el camposanto—. Mira, Cimmeria es un lugar muy peculiar, un entorno muy cerrado.
Todo el mundo se conoce. Y todos están aquí por alguna razón. ¿Recuerdas que la primera vez que hablamos te enfadaste conmigo? Creíste que yo insinuaba que no tenías derecho a estar aquí.
Sonrojándose al revivir la vergüenza que había sentido, Allie asintió.
—Nunca llegan alumnos nuevos en mitad del verano a no ser que posean una fuerte relación con el colegio, como que sus padres formen parte del consejo directivo o que varias generaciones de su familia hayan estudiado aquí. Cosas así — le explicó Carter—. Yo solo intentaba averiguar cuál era tu caso. Pero resulta que no coincides con ninguno. No guardas ninguna relación con la escuela en absoluto.
La miró directamente a los ojos.
—Eso no es posible.
Sentada a horcajadas sobre la rama, Allie se mordió la uña del dedo pulgar mientras intentaba asimilar lo que Carter le estaba diciendo. La noche le iba ganando terreno al sol de verano y cada vez le costaba más distinguir los rasgos del chico a la luz agonizante.
—No sé qué decirte —repuso Allie—. Mis padres me dijeron que la policía les había recomendado esta escuela; o, como mínimo —se esforzó por recordar—, lo dieron a entender. Estaban en plan top secret. Ni siquiera me dijeron dónde estaba el colegio. Sigo sin conocer el nombre del pueblo más cercano. Todo fue superraro, muy precipitado y a lo James Bond.
Carter negó con la cabeza.
—La policía de Londres nunca recomendaría este colegio porque jamás ha oído hablar de él. De modo que tus padres te mintieron. Ahora bien, ¿por qué iban a hacer algo así?
Con el corazón desbocado, Allie se esforzó por respirar con normalidad y no dejarse llevar por el pánico. (Cinco inspiraciones, cuatro exhalaciones.)
—¿Sabes qué, Carter? —tragó con fuerza para deshacer el nudo que tenía en la garganta—. Tienes razón. En realidad no sé dónde estoy.
—Entonces tienes que averiguarlo —repuso Carter—. Y debes decidir cuanto antes quién merece tu confianza.