Night School

C.J. Daugherty · Capítulo 29 de 31

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Night School

Veintinueve

Allie procuró mantener la calma. Todavía medio dormida, intentó varias veces calzarse las zapatillas, pero no atinaba a meter los pies.

—Déjalas. No hay tiempo.

Carter la cogió de la mano y la arrastró hacia el pasillo, donde Sylvain los esperaba alerta.

—Por aquí —indicó Sylvain, señalando en dirección contraria a las escaleras.

—¿Adónde vamos? —susurró Allie.

—A un lugar seguro —dijo Carter.

Corrieron hasta el final del pasillo, donde Jules los aguardaba junto a una puerta sin número que Allie siempre había tomado por un trastero. Sin decir una palabra, les cedió el paso a una estrecha escalera de caracol, apenas iluminada por un par de bombillas desnudas.

Bajaron a toda velocidad: Sylvain en cabeza, Allie y Carter en el centro y Jules cerrando la marcha. Nadie pronunció una palabra. Cuando llegaron al fondo,

Sylvain los hizo pasar a una sala que Allie nunca había visto: un recinto parecido a una cripta, tallado en la roca viva y soportado por columnas de roca caliza decoradas con tallas recargadas. Una única lámpara de gas iluminaba el lugar con su luz titilante. El suelo de piedra era frío y polvoriento al tacto bajo los pies desnudos de Allie.

No me lo puedo creer. Realmente hay una mazmorra.

—¿Dónde estamos? —susurró.

—En el sótano —repuso Jules.

Ella, Sylvain y Carter habían creado una especie de anillo alrededor de Allie. Los tres le daban la espalda mientras escudriñaban las sombras al mismo tiempo.

—¿No deberíamos sacarla de aquí? —preguntó Jules.

—Isabelle ha dicho que la sacáramos únicamente si nos parecía seguro hacerlo — replicó Carter—. Pero ¿cómo sabremos si es seguro?

—Quedaos aquí —dijo Sylvain desde detrás de Allie.

Sin una palabra, se escabulló entre las sombras.

Los otros tres permanecieron donde estaban en silencio. Al cabo de unos cinco minutos, Sylvain regresó y les indicó por gestos que lo siguieran.

Respetando la misma formación que habían adoptado en las escaleras, corrieron hasta una puerta oculta en las sombras. Sylvain les dijo por señas que esperaran y desapareció al otro lado, pero reapareció enseguida y asintió mirando a Carter.

Remontaron un tramo de escaleras y franquearon una puerta tan pequeña que tuvieron que agacharse para pasar. Una vez en el exterior, avanzaron en hilera, de espaldas al muro del colegio. Carter tendía el brazo hacia Allie con ademán protector, indicándole que guardara silencio.

La noche era fría y húmeda; grandes nubes tapaban la luna. Al principio, Allie no pudo ver nada, pero poco a poco sus ojos se fueron acostumbrando a la oscuridad.

Experimentaba una sensación parecida a la que había tenido aquella noche en que Carter y ella habían seguido a Isabelle a su reunión con Nathaniel. Incómoda, escudriñó el lindero del bosque, que se veía negro a lo lejos.

¿Hay alguien ahí obsevándonos como nosotros le observamos?

Carter tiró de su mano; otra vez se estaban moviendo. Corrieron junto al ala oeste hasta la parte trasera del edificio, más allá de los bancales de césped, hacia el jardín vallado. Los guijarros se le clavaban en los pies, pero Allie ignoró el dolor. Justo antes de que alcanzaran la portilla, Sylvain dejó el camino y desapareció.

Uno a uno, todos lo siguieron.

La gruta estaba tan bien escondida tras los árboles y el tupido follaje que Allie nunca antes la había advertido.

No alcanzaba a verla bien en aquella oscuridad cerrada, pero parecía hecha de piedra y madera. Pudo distinguir también la estatua de una grácil doncella que bailaba desnuda en el centro.

Comunicándose mediante gestos, Carter, Sylvain y Jules volvieron a formar un escudo protector delante de Allie y de cara al colegio. Ella intentaba permanecer tan quieta como la estatua que tenía tras ella.

Durante un buen rato, no pasó nada. Allie pudo contar ciento treinta y siete respiraciones antes de que Jules señalara un minúsculo punto de luz visible en la distancia. Entornó los ojos y procuró no perderlo de vista.

Al cabo de pocos segundos apareció otro. Y un tercero.

Pronto hubo media docena de ellos avanzando tan suavemente que parecían flotar. Y se acercaban cada vez más.

Allie se quedó entre Jules y Carter viendo cómo se aproximaban.

—¿Qué son? —musitó.

Fue Sylvain quien le respondió.

—Es Nathaniel.

Allie sintió un nudo en la garganta.

—¿Qué vamos a hacer?

—Esperar —respondió Jules.

Los puntos de luz tardaron cinco minutos en convertirse en antorchas encendidas. Y se habían acercado lo bastante como para que Allie distinguiese las vagas figuras que las enarbolaban cuando la voz de Isabelle resonó en la noche.

—¡Nathaniel! ¡Detente! ¡Aún no es demasiado tarde!

—Ya sé que no es demasiado tarde —a Allie se le heló la sangre al reconocer el mismo tono desdeñoso de la otra vez—. Por eso estoy aquí.

—Deja en paz el colegio —insistió la directora—. Hagas lo que hagas, nunca te apoderarás de Cimmeria.

—Pareces muy segura —replicó él—, pero siempre has sido una presuntuosa.

—Lucinda no quiere esto, Nathaniel —en su voz se traslucía una advertencia—. Si contradices sus deseos, tú mismo te pones en peligro.

—Si eso que dices es verdad, ¿dónde está? —se burló él—. No veo que haya corrido a protegerte.

Mientras discutían, algo del ambiente captó la atención de Allie. ¿Un cambio de temperatura? ¿O se trataba acaso de… un olor?

¿Qué está pasando?

Cogió el brazo de Carter con urgencia.

—Humo. Huelo a humo.

Sylvain olisqueó el aire y se volvió a mirar a Carter. Por primera vez, Allie lo vio asustado.

—¡Allí! —gritó Jules, mientras señalaba el ala de los dormitorios de los chicos. El humo surgía de una ventana del segundo piso y las llamas danzaban tras el cristal.

—Oh, Dios mío —susurró Allie.

—Jules, quédate con Allie —ordenó Sylvain—. Carter, acompáñame.

Antes de seguirlo, Carter aferró a Allie por los hombros.

—No te muevas —todo estaba oscuro, pero Allie vio miedo en sus ojos.

Ella asintió en silencio, y le tomó la mano entre las suyas con tanta fuerza que se hizo daño.

Instantes después, Carter había desaparecido.

Una vez solas, Allie y Jules se quedaron juntas, hombro con hombro, observando el colegio.

La voz de Isabelle no había perdido ni un ápice del aplomo que la caracterizaba.

—¿Ese es el plan, Nathaniel? ¿Destruir aquello que no has podido obtener mediante la mentira? ¿Mediante el engaño? ¿Mediante las exigencias? Siempre he sabido que eras vengativo, pero este acto no destruirá Cimmeria. Te destruirá a ti.

Él se echó a reír.

—Tu arrogancia no debería cogerme por sorpresa, Isabelle. Pero, por favor, no me insultes. Soy más inteligente que todo eso.

Una luz en lo alto del ala oeste captó la atención de Allie. Tocó el hombro de Jules para mostrársela. Titilaba en una ventana.

—Los dormitorios de las chicas —susurró Jules, que miraba fijamente en esa dirección.

—¿Qué hacemos? —preguntó Allie.

—Sylvain y Carter se ocuparán de ello —cuchicheó Jules.

Por desgracia, el tiempo pasaba y nada parecía suceder. El fuego empezaba a propagarse por los dormitorios de las chicas.

El olor a humo era cada vez más fuerte.

—Jules, tenemos que hacer algo —la apremió Allie.

—Le he prometido a Sylvain… —repuso ella, pero Allie advirtió su tono preocupado.

Tomó una decisión:

—Iremos juntas. Vamos allá.

No aguardó a que Jules accediese; salió disparada de la gruta hacia el lindero del bosque, pero Jules la alcanzó rápidamente y la cogió de la manga del pijama para guiarla por el lateral del edificio hasta una entrada que se abría lejos de donde se encontraban Isabelle y Nathaniel.

Franquearon juntas la puerta entre la neblina del humo. Allie divisó estanterías y más estanterías repletas de libros.

Estamos en la parte trasera de la biblioteca.

Se hallaban cerca de donde se había reunido con Carter hacía varias semanas: en la sección de latín. No sabía que allí hubiera una puerta.

—Por aquí —susurró Jules.

Y, tras eso, desapareció.

Atónita, Allie giró sobre sus talones tratando de dar con ella. Estaba sola.

—¿Jules? —susurró a la oscuridad—. ¿Dónde estás?

No obtuvo respuesta.

—¿Jules? —Allie advirtió pánico en su propia voz. Inspiró temblorosa mientras intentaba decidir qué hacer.

Algo iba mal. Estaba segura de que Jules no la habría dejado sola por propia voluntad… ¿o tal vez sí?

El corazón se le iba a salir del pecho. ¿Me ha tendido una trampa?

Tosió. El humo se estaba haciendo más denso.

De repente supo lo que debía hacer.

Corriendo por la biblioteca, pasó junto a los cubículos de estudio, junto a las mesas a las que tantas veces se había sentado con Rachel y Jo, y llegó a la puerta.

Allí, junto al marco, había una alarma de incendios. Bajó la palanca.

Nada.

Se quedó de una pieza. Entonces le vino a la mente un recuerdo, algo que Gabe había dicho antes del chapuzón en el lago: «En todo el edificio no hay ni una sola alarma. Y si veis alguna señal que lo indique, seguro que es falsa».

Sin pararse a pensar, corrió hacia la escalera principal rumbo a los dormitorios de las chicas. Cuando llegó al rellano y torció hacia el tramo siguiente, vio una figura al final del pasillo. Blandía una antorcha encendida.

Se quedó petrificada. El intruso aún no había reparado en ella. Si permanecía muy quieta, no la vería y podría llegar al dormitorio de las chicas.

Por otra parte, si no lo detenía, el extraño multiplicaría los incendios. El colegio ardería en llamas. Nathaniel se saldría con la suya. Se sentía dividida. ¿Qué era más importante? ¿Avisar a sus compañeras o detenerlo?

Estaba en un callejón sin salida. No tenía a nadie a quien pedir consejo.

Siempre me encuentro en situaciones así . La invadió una rabia repentina y dio varios pasos hacia él.

—¡Eh! ¡Tú! —bramó a pleno pulmón, y vio que el intruso se detenía y se volvía a mirarla.

Durante un instante que pareció durar toda una eternidad, se observaron sin hacer el menor movimiento. Él sostenía la antorcha lo bastante cerca del rostro como para que Allie pudiera distinguir sus rasgos.

—¿Christopher? —susurró.

Leyó en los ojos de él que la había reconocido, y también descubrió algo más. Su hermano echó a correr.

—¡Christopher! —Allie estaba gritando—. ¡Christopher! ¡No me dejes!

A través de las lágrimas que le surcaban el rostro, advirtió que él se había ido.

Todo le daba vueltas, y se apoyó en la pared al tiempo que aspiraba con fuerza para tranquilizarse. Sin embargo, el humo era muy denso y tosió tanto que creyó que se iba a desmayar.

Vale , pensó mientras jadeaba para tomar aire. Tranquilízate, Allie.

Oyó las palabras de Carter en su cabeza. Le decía que se concentrara en la respiración. Usando la tela de la manga como filtro, efectuó varias inspiraciones lentas y constantes. Cuando el mundo dejó de girar, miró a su alrededor. El humo se espesaba por momentos.

No tenía mucho tiempo.

Tapándose la boca con la parte superior del pijama, se agachó y subió a toda prisa el último tramo de escaleras (diecisiete peldaños) hacia los dormitorios de las chicas. Abrió la primera puerta que encontró. El humo aún no había penetrado en aquel cuarto y aprovechó para respirar. La chica que yacía en la cama se sentó.

Era Katie.

—¡Fuego! —gritó Allie, que enseguida aspiró con fruición el aire puro—. Katie, levántate y ayúdame. Tenemos que sacar a todo el mundo.

—¿Qué? —Katie parecía adormilada y confundida, pero pronto reconoció a Allie —. Pero ¿qué…?

—El colegio está ardiendo, Katie. ¡Por favor!

Al oler el humo, Katie se levantó de un salto.

Mientras salía corriendo de la habitación, Allie gritó por encima del hombro.

—¡Llama a todas las puertas! ¡A todas! Diles que me sigan.

Katie se ocupó de un lado del pasillo y Allie del otro. Como alma que lleva el diablo, fueron abriendo puertas y, cuando era necesario, sacudiendo a las chicas en pleno sueño para despertarlas.

Allie entró como una flecha en el cuarto de Rachel, pero el barullo ya la había despabilado.

—¡Ayúdame! —le suplicó Allie sin aliento.

—¡Voy detrás de ti! —gritó Rachel.

 

Para cuando llegaron a la habitación de Jo, la mayoría de las chicas ya estaban levantadas. El humo había invadido el cuarto y Allie distinguió la cabecita rubia sobre la almohada. Se dejó caer al suelo para entrar a rastras.

—Jo —jadeó con voz ronca—. Despierta.

La chica no se movía. Ni siquiera reaccionó cuando Allie la sacudió violentamente.

Echándose hacia atrás, la abofeteó con fuerza.

Los párpados de Jo aletearon.

—Ugh —susurró con debilidad. Allie sintió el impulso histérico de echarse a reír.

—Levanta, Jo. Tienes que levantarte.

Pasándole el brazo por debajo del hombro, la ayudó a incorporarse, pero pesaba demasiado como para transportarla ella sola. Rachel entró pocos segundos después, se hizo cargo al instante de la situación y prestó apoyo a Jo por el otro lado. Juntas, la obligaron a levantarse.

—Lisa —susurró Jo.

Allie lanzó una mirada aterrorizada a Rachel.

—La he visto —la tranquilizó ella—. Está en el vestíbulo.

Mientras sacaban a Jo medio a rastras, Allie miró inquieta a su alrededor.

—¿Está todo el mundo a salvo?

—He hecho recuento —la voz pertenecía a Katie—. La única que falta es Jules.

Allie se sintió como si la hubieran golpeado.

—Estaba conmigo en el piso de abajo —repuso sin aliento—. La he perdido de vista.

—Salgamos de aquí primero —propuso Rachel con tranquilidad—. Luego la buscaremos.

Tenía razón.

—Por aquí.

Jo empezaba a mover los pies, y Rachel podía sujetarla sin ayuda, de modo que Allie las guió por la ruta que había tomado Sylvain hacía un rato. El hueco de la escalera estaba libre de humo.

Cuando llegaron al sótano, Allie se volvió hacia Katie.

—Vuelve a hacer recuento.

Sin hacerse esperar, Katie pasó lista.

—Estamos todas.

Allie les indicó por gestos que la siguieran y las condujo por las escaleras accesorias hasta la puerta que daba al exterior, rezando entretanto para que estuviera abierta. Lo estaba.

Salieron a la oscuridad de la noche, tosiendo e inhalando el aire fresco con fruición. Allie se alejó lo bastante para que nadie pudiera verla y vomitó sobre la hierba.

Cuando se reunió con el grupo, Jo se sostenía por su propio pie, aunque todavía parecía mareada.

Allie se irguió y procuró aparentar que lo tenía todo controlado.

—Jo, ¿puedes llevarlas a todas al jardín vallado? —preguntó con la voz quebrada —. Creo que allí estaréis a salvo.

La muchacha asintió, y echó a andar por el camino con paso inestable. Todas las demás la siguieron, salvo Rachel y Katie.

—¿Adónde vas? —Rachel parecía recelosa.

—Tengo que encontrar a Jules —replicó Allie—. Podría estar herida.

—Pues voy contigo —dijo Rachel.

—Rachel, no —Allie podía oír la inquietud en su propia voz—. Podrían herirte.

—Tú también —señaló Katie—. Y yo también os acompañó. Jules es mi mejor amiga. No permitiremos que vayas sola.

—Oh, Dios —gruñó ella—. Chicas, es peligroso.

—Tú primero, Allie —la entonación de Rachel no admitía réplica—. ¿Dónde la has visto por última vez?

Allie se las quedó mirando indecisa, pero el tiempo apremiaba. Sabía que no conseguiría convencerlas en cualquier caso.

—En la biblioteca. Hay una puerta secreta.

—Yo sé dónde está —dijo Rachel.

—¿Lo sabes?

—Claro que sí —insistió—. Lo sé todo de esa biblioteca.

Sin separarse de las sombras, corrieron hacia la puerta y la empujaron. Una ola gris y espesa surgió del interior.

A Allie se le encogió el corazón. La misión parecía imposible.

—Agachaos —susurró Rachel. Se pusieron a gatas y se taparon la boca con la ropa.

—¿Dónde estabais exactamente cuando la has perdido de vista? —le preguntó Katie a Allie.

Ella no quería confesar que tanto humo la desorientaba. No podía decir con seguridad dónde se había separado de Jules. Conteniendo el aliento, se puso en pie y miró a su alrededor. Luego volvió a agacharse.

Había sido allí delante, donde las lenguas clásicas.

—A unos cuatro metros de aquí, en esa dirección. Creo.

Gatearon hacia el lugar indicado, pero cuando llegaron no vieron a Jules por ninguna parte.

Rachel tosió.

—No la veo.

—Separémonos —la voz de Katie sonaba amortiguada bajo la tela de su camisa —. No os alejéis más de tres metros en direcciones distintas y después volved aquí.

—Tened cuidado —añadió Allie.

Tan pegada al suelo como le fue posible, Allie se alejó de las demás, sin olvidarse de calcular mentalmente la distancia. Al final, sin embargo, se alejó más de tres metros; al no encontrar a Jules avanzó seis. Luego siete.

Jules no estaba allí.

El humo era más denso en aquella zona y apenas alcanzaba a ver nada. Le ardían tanto los ojos que se le saltaban las lágrimas, lo cual acabó de emborronarle la visión.

Demasiado lejos. Me he alejado demasiado.

Dio media vuelta para volver con las demás pero se desorientó al instante. ¿Por dónde había llegado? Entre el humo y la oscuridad, todo tenía el mismo aspecto.

¿Ya había pasado junto a aquella librería alta? ¿La que tenía los títulos en cirílico? ¿La había visto alguna vez en su vida?

Tosió con fuerza. Cuando intentó tomar aliento, el humo era tan denso aun a través de la tela que se sintió como si tratara de respirar bajo el agua. No quedaba aire. No había oxígeno. Su respiración se había convertido en una serie de jadeos breves e inútiles.

Cuando quiso avanzar más deprisa, los ángulos de su visión se oscurecieron.

No iba a conseguirlo.

A lo lejos, oyó un grito.

—¡La he encontrado! ¡Está aquí!

Otra voz gritaba su nombre. Trató de arrastrarse hacia el sonido pero no podía moverse.

—¡Aquí! —gruñó, aunque sabía que el grito había sonado demasiado débil como para abrirse paso.

Jamás en la vida se había sentido tan cansada. Si pudiera descansar tan solo un segundo, recuperaría las fuerzas. Un sueñecito y sería de mucha más ayuda. Ahora no tengo fuerzas.

La cabeza le pesaba muchísimo. La dejó caer en el suelo.

La inconsciencia la envolvió como una cálida manta, y Allie suspiró aliviada.

De repente, notó como si volara en brazos de algo fuerte y cálido. Se dejó llevar. Segura. Protegida. Flotando.

Un aire caliente le llenaba los pulmones y después volvía a salir. Le llenaba los pulmones y salía. Una y otra vez.

Luego, oyó una voz hermosa.

—Por favor, no nos dejes. No te vayas.

Unos labios cálidos contra los suyos. Aire caliente en el cuerpo.

Un fuerte dolor la atravesó y tosió con tanta violencia que su cuerpo se sacudió entre convulsiones. Sin embargo, en cuanto estas cesaron, el aire fresco la acarició y ella inspiró agradecida.

Parpadeó. Estaba tendida en el regazo de Sylvain, que la rodeaba con fuerza entre los brazos. Allie se incorporó y le tocó la cara como maravillada.

—¿Por qué lloras? —susurró.

Sylvain no respondió, sino que la acunó como a un recién nacido. Con la cabeza entre el cabello de Allie, la escuchaba respirar.