Night School

C.J. Daugherty · Capítulo 6 de 31

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Night School

Seis

Allie se quedó inmóvil, conteniendo la respiración.

Gabe envolvía a Jo en sus brazos con ademán protector y Sylvain resguardaba a Allie con su propio cuerpo. Ambos miraron fijamente al otro lado de la puerta, atentos y en guardia.

Allie dio un respingo al oír otro chasquido en el jardín, pero en esta ocasión había sonado más lejos. Pasados algunos segundos… silencio.

Aguardaron unos instantes más sin incidentes. Gabe y Sylvain intercambiaron una mirada y, como obedeciendo a una señal, echaron a correr hacia la puerta. Tras escudriñar los alrededores, Gabe se volvió hacia el grupo e hizo un gesto de asentimiento. A su señal, se internaron en el jardín, corrieron por el sendero hasta la portilla y salieron a los campos del colegio. Sin pronunciar palabra, Jo tendió el candado a Gabe y él aseguró la entrada.

Por primera vez, Allie se dio cuenta de que Sylvain no había deshecho su abrazo. Desprendía un efluvio característico a pino o a enebro que ella inhaló con fruición mientras se relajaba en sus brazos. De inmediato, él la estrechó con más fuerza.

Las últimas luces abandonaban el cielo cuando Gabe los hizo entrar por una puerta accesoria que conducía directamente al vestíbulo principal. A la luz del edificio, Allie reparó en la palidez de Jo, que se aferraba a Gabe llorosa. Tenía rastros de sangre en la mejilla y él le rozó la herida con el dedo.

—Te has lastimado —observó—. Será mejor que te llevemos a la enfermería.

Jo asintió con un gesto y Gabe la rodeó con el brazo mientras se alejaban por el vestíbulo. Allie volvió a sentir aquella extraña punzada de envidia. Como si se hubiera dado cuenta, Sylvain se acercó a ella y, apartándole el pelo con una caricia, le examinó el rostro.

—¿Te has hecho daño?

Aquella mirada de preocupación le provocó un revuelo en el corazón. Ahora que Sylvain la había soltado, Allie sentía el impulso irrefrenable de lanzarse a sus brazos y aspirar aquella esencia que despedía. El menor roce de su piel le provocaba escalofríos.

Exhaló un suspiro tembloroso.

—Sylvain, ¿qué ha sido eso de ahí fuera?

—No lo sé.

Algo en su tono de voz no le sonó del todo sincero y lo miró molesta. Tenía la sensación de que le estaba ocultando algo… algo importante.

—Tenemos que contarle a Isabelle lo que ha pasado —afirmó Allie. La determinación ardía en sus ojos.

—Supongo que tienes razón —repuso Sylvain—. Pero podemos esperar a mañana. Seguramente ahora estará durmiendo. Todos estamos bien y no querrás que piense que montas una escena por nada, ¿no?

Allie habría querido contradecirlo, pero comprendió que tenía razón. Al fin y al cabo, no habían visto nada. No obstante, después del susto en el jardín y de la emoción del rescate, necesitaba hacer algo. Volver a buscar lo que quiera que hubiese ahí fuera. O como mínimo sentarse a charlar de lo sucedido. No podía irse a dormir como si nada.

—¿Y si vamos a ver cómo está Jo? —sugirió en tono esperanzado.

—Está bien… Gabe está con ella —Sylvain hizo una pausa y prosiguió de mala gana, como si ya supiera qué iba a decir ella—. Mira, son más de las once. Ha pasado el toque de queda. Deberías irte a la cama y mañana ya nos ocuparemos de esto.

Allie no daba crédito a lo que estaba oyendo.

—¿Qué? ¿Lo dices en serio? ¡Ni hablar, Sylvain! Yo quiero hablar de lo que acaba de pasar. Dime la verdad… ¿qué has visto ahí fuera?

El otro formuló su respuesta con cuidado.

—Me temo que no he visto nada. A lo mejor era algún tipo de animal. Es posible que hayáis molestado a un zorro o a un tejón.

Cuando Allie abrió la boca para protestar, él la detuvo con un gesto.

—Estás cansada, Allie. Yo también lo estoy. Deberías irte a dormir, en serio.

Allie deseaba permanecer despierta, pero discutir sobre si estaba o no cansada no le parecía un buen motivo para desobedecer el toque de queda y arriesgarse a ser castigada.

A regañadientes, accedió.

—Muy bien, pues. Buenas noches, Sylvain.

Aunque lo dijo en tono irritado, cuando se dio media vuelta para irse él la cogió por la muñeca y la atrajo hacia sí con suavidad.

—¿Qué pasa? ¿No me vas a dar un beso de buenas noches? —sugirió Sylvain con una carcajada ronca—. ¿Nada de «Gracias por rescatarme, Sylvain»? ¿Ni siquiera un «Eres mi héroe, Sylvain»? No hay que irse a la cama enfadado, ma belle Allie.

Los ojos azules del chico destellaban traviesos cuando la envolvió en el abrazo que momentos antes ella tanto había ansiado.

Al principio, Allie se resistió por pura tozudez, pero cuando él bromeó susurrándole al oído: «Es más divertido si colaboras», se echó a reír. Fuera como fuese, el acento de Sylvain era irresistible y aquellos ojos la desarmaban.

Al besar a Allie en la mejilla, Sylvain dejó reposar los labios un instante de más. Ella notó su aliento cálido y delicioso en la piel. Se acercó a él con la esperanza de prolongar aquel momento.

—Ahora —le musitó Sylvain al oído— vete a la cama por tu propio pie o te llevaré a rastras.

Aun cuando por dentro se estaba derritiendo, Allie trató de parecer imperturbable.

—Pues muy bien —le espetó, y se dio media vuelta antes de que él pudiera advertir el efecto que ejercía sobre ella.

Aunque, por supuesto, Sylvain ya lo sabía.

—Dulces sueños —le gritó con una risa.

Allie corrió escaleras arriba sin mirar atrás.

 

A la mañana siguiente, Allie se levantó a las seis rebosante de una energía extraña, como si la adrenalina de la noche anterior aún corriese por sus venas. De pie ante el armario, se preguntó qué tipo de ropa sería la más adecuada para trabajar al aire libre. Al final optó por unos pantalones de chándal, unas zapatillas de deporte y una camiseta blanca con el escudo del colegio. Se recogió el pelo con una pinza y corrió escaleras abajo con el volante en la mano.

Le gruñía el estómago, pero era demasiado temprano para que el comedor estuviera abierto. Echó un vistazo por probar y en efecto lo encontró vacío, aunque alguien había dejado bocadillos de beicon sobre una plancha y una cubo plateado lleno de botellas de agua. Entró en la sala con cierta inseguridad.

Deben de ser para nosotros. De no ser así, ¿por qué iban a estar ahí?

Cogió un bocadillo y una botella de agua y paseó la vista por aquella sala desierta.

—Gracias —susurró al mismo tiempo que sostenía una botella en alto a modo de saludo.

Allie dio cuenta del bocadillo mientras recorría el silencioso vestíbulo, y poco después estaba bajando la escalinata de entrada. El aire de la mañana soplaba fresco, el cielo estaba despejado y las hojas de hierba le cosquilleaban los tobillos con el roce gélido de la escarcha.

Pensó que, en realidad, resultaba bastante agradable caminar por el jardín a solas.

Aunque preferiría no tener que hacerlo a diario.

Revisó mentalmente las experiencias del día anterior y ensayó cómo se las podría narrar a Isabelle sin parecer histérica o demasiado emotiva. No iba a ser fácil.

Al traspasar el lindero de la arboleda y penetrar en las sombras del bosque, se estremeció; allá donde no daba el sol, la temperatura descendía varios grados. El camino, recto como una flecha, discurría bajo los pinos, junto a espinosas zarzas. Las hojas muelles de los helechos le rozaban las piernas con delicadeza, pero ella apenas lo notaba, sumida como estaba en su disección mental de la noche previa.

Al cabo de unos diez minutos, el camino alcanzó un murete de piedra, junto al cual proseguía a lo largo de unos quince metros antes de desembocar en la entrada de un pequeño cementerio algo descuidado. En el centro del mismo se erguía una antigua capilla de piedra, a cuya entrada se congregaba un reducido grupo de alumnos con aspecto aburrido. Allie exhaló un mudo suspiro de alivio cuando advirtió que todos iban más o menos vestidos como ella. Como no conocía a nadie, se quedó un poco al margen del grupo, apoyada contra el tronco retorcido de un tejo.

Apenas se había acomodado cuando la puerta de la capilla se abrió y apareció una mujer en el umbral. Iba ataviada con informalidad: pantalones de lino oscuros, blusa blanca y melena larga recogida con desenfado. Sostenía un sujetapapeles.

—¿Me podéis dar vuestros volantes, por favor?

Fue tomando los volantes de los alumnos sin hacer ningún comentario. En cambio, cuando le llegó el turno a Allie, la saludó.

—Tú debes de ser Allie —parecía tan complacida como si acabaran de presentarlas en el comedor ante una taza de té—. Isabelle me ha hablado mucho de ti. Soy Eloise Derleth, la bibliotecaria. Pásate por la biblioteca a saludarme cuando tengas un momento. Isabelle ha dejado unos libros para ti en mi mesa.

Obsequió a Allie con una sonrisa alegre y siguió recogiendo los volantes. Cuando hubo terminado, alzó la voz para que todo el grupo pudiera oírla.

—Sé que estáis impacientes por saber qué trabajo os aguarda hoy. De modo que no os haré esperar. Por favor, seguidme.

Algunos de los estudiantes pusieron los ojos en blanco y se rieron por lo bajo mientras se apelotonaban tras ella. Allie, discreta, se mantuvo algo apartada.

Eloise los guió alrededor de la capilla hasta un cobertizo construido al fondo del camposanto. El cementerio era encantador, salpicado de antiguas lápidas que se torcían sin orden ni concierto entre hierba densa y suave a la sombra de los árboles. En un claro de sol, un viejo banco de jardín se pudría despacio contra el muro.

Un hombre ataviado con el uniforme negro característico del personal del colegio los aguardaba detrás del cobertizo.

—Hoy vais a adecentar el cementerio —explicó Eloise—. El señor Ellison os proporcionará todo lo necesario y os asignará los trabajos. ¡Buena suerte!

Con una alegre sonrisa, se alejó a paso vivo por el sendero y cruzó la puerta para marcharse. Allie se acercó al grupo que hacía cola ante el cobertizo del señor Ellison.

—Os voy a dividir en equipos.

El jardinero poseía una sonora voz de barítono. Viéndolo distribuir los aperos, Allie no pudo sino admirar su envergadura. Debía de medir casi un metro noventa de alto y tenía unos brazos gruesos y fuertes, probablemente, conjeturó, de toda una vida trabajando al aire libre. Su piel era de color café y lo envolvía un aire tranquilo y encantador.

—Vosotros, los de aquí —señaló con un gesto a un grupo de chicos que hacía ruido con sus herramientas— seréis los encargados de limpiar las tumbas de hierbajos. Mientras que este otro grupo —señaló a dos muchachos y una joven que empujaban podadoras en direcciones diversas— se ocupará de cortar la hierba.

Allie era la última de la fila. Cuando llegó a la altura del señor Ellison, él la saludó con un gesto educado.

—Vosotros dos seréis los encargados de rastrillar.

¿Dos?

Se dio media vuelta a toda prisa y descubrió a Carter, que de pie detrás de ella, con aire inocente, recogía las herramientas que le tendía el jardinero. Mientras Allie lo miraba perpleja, Carter dio las gracias con educación y echó a andar con los dos rastrillos en una mano.

Saltando y tropezando por el terreno irregular, Allie corrió tras él. Entretanto, el molesto zumbido de las podadoras empezaba a poblar el aire.

—¿Qué estás haciendo aquí? ¿Y adónde vas? —le preguntó irritada. Como él no le hacía ni caso, gritó—: ¡Eh! ¿Adónde vas? ¡Tenemos que rastrillar!

Carter no se dejó intimidar.

—Estoy castigado. ¿Tú por qué estás aquí? ¿Y puedes tranquilizarte, por favor? Tenemos que esperar unos minutos a que hayan podado un buen trozo. Es mejor que no estorbemos de momento.

Solo se detuvo cuando llegó al tejo que se alzaba cerca de la capilla. Apoyó los rastrillos en el tronco y después, ayudándose con una raíz superficial, se encaramó a una rama, donde se acomodó con las piernas colgando. Le tendió a Allie una mano y enarcó las cejas con ademán interrogativo.

Después de dudar solo un momento (e imaginarse a sí misma en el suelo, diciendo con actitud digna: «No, gracias, prefiero estar de pie»), Allie trepó al tejo de mala gana. Cuando Carter le dio la mano y la ayudó a sentarse a su lado, algo en la mirada del chico que no supo cómo interpretar la hizo ruborizarse.

Allie se deslizó hacia atrás por el ramal retorcido y se sentó con una pierna colgando y la otra doblada, con el pie apoyado sobre la rama. Carter se colocó de espaldas al tronco y de cara a ella. Hizo girar una ramilla entre los dedos mientras la observaba con curiosidad. Allie por su parte, fingiendo no reparar en aquel escrutinio, observaba cómo los encargados de las podadoras eliminaban la hierba.

—Mira —empezó a decir Carter—, llevo un tiempo queriendo verte a solas para disculparme.

Ella posó los ojos en él, sorprendida. Pensó que el chico parecía incómodo, algo impropio de él.

—El otro día, en la biblioteca, te llevaste una idea equivocada de mí —continuó —. Creo que me entendiste mal. En realidad, pienso que tienes el mismo derecho que cualquiera a estar aquí. ¿Vale? Por favor, créeme.

Aunque asintió, Allie siguió mirándolo con recelo. Él suspiró frustrado.

—Me siento fatal. Debes de pensar que soy un capullo.

Ella volvió a asentir, medio sonriendo con ironía, y Carter se echó a reír. Allie intentó reprimir una sonrisa pero fracasó.

—Lo sabía. Allie, espero que me creas. No quise decir lo que tú interpretaste. Para nada. Odio a los esnobs de este colegio y por nada del mundo quisiera ser uno de ellos. ¿Podemos empezar de cero?

En su fuero interno, Allie no confiaba en él. Claro que, pensándolo bien, en su fuero interno no confiaba en nadie. ¿Y qué sentido tenía alargar aquello?

—Claro —consintió por fin.

—Bien. Ahora podemos volver al principio —mirando en dirección al jardín, Carter continuó—: Perfecto. En fin, lo bueno si breve… Parece que ya han dejado una zona despejada. Será mejor que empecemos.

Bajó del árbol de un salto y aterrizó con suavidad. Luego se giró para ayudar a Allie. Ella se colocó en el borde de la rama y Carter, ignorando la mano que le tendía, la cogió por la cintura y la hizo descender del árbol con facilidad. A Allie le sorprendió lo fuerte que era.

—¡A trabajar! —dijo él mientras cogía los rastrillos. Admirando su elasticidad, Allie lo siguió hacia el cementerio.

Las lápidas apenas revelaban información de sus ocupantes («Emma Littlejohn, amada esposa de Frederick Littlejohn y madre de Frances Littlejohn 1803-1849. Descanse en paz»), pero Allie no pudo evitar leer todos y cada uno de los epitafios al pasar, pensando en las personas que describían y preguntándose si habrían sido felices y cómo habrían acabado en aquel lugar.

Cuarenta y seis. No es una edad muy avanzada , pensó. Su propia madre debía de tener esa edad, si no más.

Las podadoras ya habían despejado buena parte de las hierbas más altas. Carter le tendió a Allie una herramienta y procedió a rastrillar hojas y hierba, que amontonaba con destreza. Ella lo imitaba lo mejor que podía, procurando susurrar una disculpa ante cada tumba.

Siento molestarla, señora Coxon (1784-1827). Solo será un momento.

Por desgracia, su montón apenas creía; perdía la mitad de la hierba por el camino.

—Esto se te da de maravilla —comentó Carter con sorna.

—¡Calla! —se rio Allie—. No me agobies. Es la primera vez que lo hago.

—¿Qué haces qué? ¿Rastrillar? —la sorpresa del chico parecía genuina.

—Sí. Nunca he usado un rastrillo —Allie se encogió de hombros.

—¿Cómo que nunca has usado un rastrillo? ¿Es que tus padres no te hacían trabajar? —se escandalizó él.

—Vivo en Londres, Carter. No tenemos jardín, tenemos una especie de patio con muchas macetas y algunas flores en los márgenes. He quitado las malas hierbas montones de veces, pero nunca he pasado el rastrillo.

Carter siguió trabajando en silencio durante unos minutos. Luego negó con un movimiento de la cabeza.

—En Londres debe de haber montones de niños que nunca han hecho algo así. Me parece rarísimo. No podría vivir sin trabajar al aire libre, sin ensuciarme las manos de tierra.

Apoyada en el rastrillo, Allie admiró la destreza de Carter.

—¿De dónde eres? —le preguntó.

Él hizo un gesto con el brazo que abarcaba hasta donde alcanzaba la vista.

—Lo estás viendo.

—¿Cómo, vives por aquí?

—Vivo aquí. Esta es mi casa.

Extrañada, Allie siguió trabajando unos minutos más hasta que volvió a detenerse para apartarse de los ojos un mechón suelto.

—Pero ¿dónde vivías antes de venir aquí?

Carter dejó de rastrillar también.

—En ninguna parte. Me crié aquí. Mis padres trabajaban en el colegio. Estudio gracias a una beca. Nunca he vivido en ninguna otra parte.

—¿Tus padres son profesores?

Mientras volvía al trabajo, Carter respondió sin alzar la vista.

—No. Mis padres formaban parte del personal de servicio.

Recalcó las palabras «formaban» y «personal».

—Entonces —Allie amontonó la hierba con el rastrillo—, ¿ya no trabajan aquí?

—No —respondió él con frialdad—. No te dejan trabajar aquí cuando estás muerto.

La muchacha se quedó de piedra. Él seguía rastrillando con furia; Allie alcanzaba a ver las flexiones de sus músculos bajo la camiseta.

Aquí yacen el señor y la señora West. Descansen en paz.

—Oh, Dios mío, Carter, lo siento. No lo sabía.

Carter continuó trabajando.

—Claro que no. ¿Cómo ibas a saberlo? No te preocupes.

Tras dejar caer la herramienta, ella se acercó y le tocó el brazo.

—Lo siento muchísimo.

Carter se zafó y la fulminó con la mirada.

—No lo sientas. Y, en serio, no quiero pasarme aquí todo el día, así que ¿me vas a ayudar?

Molesta, Allie recogió el rastrillo y se desplazó unas cuantas tumbas más allá. Durante veinte minutos trabajaron en silencio. A Allie le dolían la espalda y los brazos, pero se las arregló para conseguir unos buenos montones de hojas y hierba. Miró a Carter unas cuantas veces, pero él no alzó la vista.

Poco a poco, el horrible zumbido de las máquinas se fue apagando hasta que, transcurridos unos diez minutos, cesó por completo. Desconectaron la última de las podadoras y se la devolvieron al señor Ellison que, meticuloso, organizaba la devolución de las herramientas.

—Creo que ya hemos acabado.

Allie estaba tan concentrada en el trabajo que al oír a Carter dejó caer el rastrillo sobresaltada. Cuando se agachó para recogerlo, el mechón de pelo volvió a soltarse y se lo retiró con aire ausente.

—Ven —ordenó él—. Date la vuelta.

Ella lo miró con inseguridad, pero acabó por obedecer tras vacilar un momento. A su espalda, Carter le acarició el bucle caído y lo fue introduciendo en la pinza con delicadeza. Allie se quedó inmóvil. Aquel contacto suave en la nuca le provocaba escalofríos. Al cabo de pocos segundos, la caricia cesó sin que él hubiera pronunciado palabra alguna.

Cuando Allie se dio la vuelta, Carter caminaba hacia la capilla cargado con los dos rastrillos. Corriendo para alcanzarlo, tropezó con un montón de hierba.

—Aquí tienes, Bob —dijo Carter mientras le tendía los aperos al señor Ellison.

—Gracias. ¿Otra vez metido en líos, Carter?

—Siempre.

El señor Ellison profirió una carcajada ronca con la que Allie simpatizó al instante. Obsequió al hombre con una sonrisa y se metió las manos en los bolsillos.

—Espero que hayamos hecho un buen trabajo, señor Ellison.

Él le sonrió con amabilidad.

—Magnífico, señorita Sheridan. Gracias por su ayuda.

Mientras se alejaban por el sendero, gritó a su espalda:

—No deje que Carter la meta en más líos.

Este enfiló por el camino a paso vivo y cruzó la verja sin esperarla.

Por un momento, Allie consideró la idea de darle alcance, pero la desechó. En cambio, decidió andar con indolencia con la esperanza de que Carter le tomara una buena delantera.

Sin embargo, al doblar una curva unos minutos más tarde, lo vio plantado en el camino, dando patadas a una piedra. Evitó su mirada y pasó junto a él sin decir una palabra.

—¡Allie, espera!

Lo oyó correr para alcanzarla pero no se volvió a mirar. Cuando llegó a su altura, Carter se puso a andar de espaldas, de cara a ella.

—El caso es —reconoció— que me he vuelto a portar como un idiota.

—No pasa nada —respondió ella sin dejarse conmover—. Al menos eres coherente.

La carcajada de Carter pilló a Allie por sorpresa.

—Vale, me lo merezco. Lamento haber sido tan brusco. Es solo que… algunos temas me ponen de mal humor —su mirada se ensombreció y apartó otra piedra del camino de una patada.

Allie pensó en Christopher y en lo mal que llevaba ella el tema de su desaparición.

—Tranquilo —contestó—. Está olvidado.

—¿Seguro? —insistió él.

—Del todo.

Satisfecho, Carter dio media vuelta y siguió caminando junto a ella.

—¿Te has recuperado de lo de ayer?

Ella se lo quedó mirando, sorprendida.

—¿Cómo sabes lo de ayer?

—No hay secretos en Cimmeria —contestó él—. He oído que Jo se hizo daño corriendo por ahí a oscuras.

Allie se preguntó hasta qué punto podía sincerarse. Quería hablar con alguien de lo sucedido, pero temía que Carter se burlara de ella.

—Pasamos mucho miedo —reconoció.

—¿Qué visteis exactamente?

—Nada —admitió la muchacha—. O sea, estaba demasiado oscuro. Solo oímos…

Allie no sabía cómo explicarlo.

—¿Qué oísteis? —Carter la miraba con una expresión indescifrable.

—Algo que gruñía —confesó ella—, como un perro. Pero oí pasos también. Como de persona. ¿Qué crees que pudo ser? —preguntó—. O sea, ¿la gente de por aquí tiene perro? ¿Los profesores o el personal de servicio?

—No hay perros —respondió el otro sucintamente.

—Bueno, pues alguien tiene un perro —musitó ella—. O alguien gruñe.

Carter se detuvo tan de repente que Allie estuvo a punto de chocar contra él.

—¿En serio? —insistió—. Yo creo que os gastaron una broma. Alguien quiso asustaros.

Por alguna razón, Allie no se esperaba aquella explicación.

—¿Y por qué iba nadie a hacer algo tan estúpido?

—Porque son unos críos —apuntó él—. Y están aburridos. Y porque tú eres la nueva. Lo hicieron por diversión.

La idea de que un grupo de chicos se hubiera burlado de ella parecía plausible. Y la ofendía, aunque procuró disimularlo. Mientras seguía andando junto a Carter, se miró los pies y tragó con fuerza. No, aquella explicación no acababa de sostenerse. Porque ¿qué pasaba con Jo? Ella también había estado allí.

Después de meditarlo, concluyó que solo había dos posibilidades. O bien el incidente había sido una broma de mal gusto, en la cual Gabe y Sylvain habían participado, o bien Carter estaba mintiendo.

Lo miró a hurtadillas; él mantenía la vista al frente.

—Sabes, Gabe y Sylvain nos rescataron —comentó Allie en tono casual—. ¿Ellos también estaban en el ajo?

Carter se enfurruñó.

—Ah, os rescataron, ¿eh? Qué heroicidad —se volvió a mirarla—. ¿Qué hay entre Sylvain y tú, por cierto? Llevas aquí un par días, pero él ya te considera de su propiedad.

Allie picó el anzuelo.

—No digas tonterías. Nadie es propiedad de nadie. Sylvain solo es simpático conmigo. Me parece un tío majo.

—¿Sylvain? ¿Majo? —se mofó Carter—. Lo dudo mucho.

Ella lo fulminó con la mirada.

—¿Sabes qué? Desde que estoy aquí, Sylvain no ha hecho nada más que ser amable conmigo. A diferencia de todos los demás.

Carter la cogió del brazo y la obligó a mirarlo.

—Solo te digo que… lleves cuidado, Allie. Las cosas no son tan sencillas aquí dentro como ahí fuera.

Había hablado con vehemencia y sin duda parecía sincero, pero ella apartó el brazo con rabia. Antes de que pudiera responder, oyó la voz aterciopelada de Sylvain.

—Allie. Estás aquí. Ahora mismo iba a buscarte.

Surgió de entre las sombras, saliéndoles al paso. Carter dirigió a Allie una mirada de aviso pero ella lo asesinó con los ojos.

—Carter. Por supuesto. Debí imaginar que estarías castigado. Siempre lo estás.

Lo dijo en tono de broma, pero sus palabras parecían aludir a algo más serio.

—A diferencia de ti, Sylvain.

La voz de Carter rebosaba desdén cuando empujó a Sylvain al pasar y echó a andar enfadado hacia el colegio.

Con expresión preocupada, Sylvain se volvió hacia Allie.

—¿Ha pasado algo? Pareces disgustada.

—No ha sido nada —lo tranquilizó Allie mientras Carter desaparecía por un recodo—. A veces se porta como un capullo, ¿no?

—Creo que esa palabra lo describe a la perfección —cuando sonreía, los ojos de Sylvain recordaban a los de un gato—. ¿Y qué tal ha ido el castigo?

¿Espantoso?

—No ha estado tan mal. Solo me ha salido una ampolla.

Levantó la mano derecha, en cuya palma sobresalía una burbuja blanca, justo en la base del dedo anular.

—Qué tragedia —se llevó la mano de Allie a los labios y la besó con suavidad.

Ella se estremeció. De nuevo aquellos escalofríos—. He pensado que no deberías trabajar con las manos. No va contigo. Deberías tener criados que te sirviesen la comida toda vestida de seda.

La insensatez de aquella idea la hizo reír.

—Sí, claro, podrían pelarme uvas mientras yo cuento mis diamantes.

—Te ríes, pero podría pasar —sin soltarle la mano, Sylvain la guiaba por el sendero—. Por desgracia, esta visita no es solo de cortesía. He venido a buscarte a petición de Isabelle. Quiere verte.

A Allie se le hizo un nudo en el estómago. No le sorprendía excesivamente que la directora quisiera verla, puesto que la habían castigado. Sin embargo, había albergado la esperanza de no meterse en problemas serios, para variar.

—Muy bien —se resignó—. Supongo que era de esperar.

Andando junto a él, se volvió a mirarlo.

—En cuanto a lo de ayer por la noche…

—Ah, sí —se mofó Sylvain—. Aquel ataque brutal en el jardín.

Se estaba burlando, pero Allie hablaba en serio.

—¿Quién nos estuvo siguiendo? Oí pasos y un perro o algo así.

—Creo que las pisadas que oíste fueron las de Gabe y las mías —supuso Sylvain —. Y lo que te pareció un perro debió de ser un zorro.

—¿Un zorro que gruñe? —se extrañó ella.

—Quizás quedó atrapado en un cobertizo y se quejaba —Sylvain se encogió de hombros—. A veces pasa.

Allie miró a Sylvain sin parpadear.

—Carter dice que seguramente fueron unos chicos que querían gastarme una broma.

Sylvain frunció el ceño.

—Eso es absurdo. Yo me habría enterado. Me extraña mucho que haya dicho algo así.

Sin saber muy bien por qué, Allie experimentó cierto alivio al oírlo.

—Sí —asintió—. Eso pienso yo también.

Habían llegado ya al césped de delante del colegio cuando a Allie la asaltó una duda.

—¿Por qué te ha enviado Isabelle a buscarme en lugar de mandar a un alumno de primero? —preguntó.

—Ah, hemos celebrado una reunión de prefectos y estábamos charlando — explicó—. Es normal. Sabe que somos… amigos.

Ella lo miró sorprendida.

—No sabía que fueras prefecto.

—¿No? —preguntó él atrayéndola hacia sí—. Bueno, ahora que lo sabes, tendrás que hacer todo lo que yo diga. Porque soy el jefe.

Riendo, Allie se deshizo de su abrazo.

—Ya. ¿De modo que esto funciona así? Bueno, habrá que considerarlo.

Echó a correr y Sylvain la siguió pisándole los talones. Cuando la pilló a la puerta del colegio, ella estaba muerta de risa. Por desgracia, justo cuando tendía la mano hacia el pomo, la puerta se abrió y el señor Zelazny apareció en el umbral.

Se le pasó la risa de golpe.

—Señorita Sheridan —aunque era sábado, el profesor de Historia lucía traje y corbata. Su tono de voz rezumaba desaprobación—. Me alegra comprobar que se toma su castigo tan en serio.

Hombres más peligrosos que tú me han arrestado, pensó Allie.

Sin darle tiempo a replicar, Sylvain dio la cara por ella.

—Yo tengo la culpa, señor Zelazny. Intentaba animar a Allie porque me ha parecido encontrarla algo deprimida después de pasarse toda la mañana castigada.

Por favor, no la juzgue a ella por mis actos.

Zelazny prosiguió su camino.

—Un castigo que tenía bien merecido.

—Por supuesto —respondió el chico guiando a Allie por el vestíbulo de entrada mientras ella procuraba reprimir las carcajadas.

Cuando estuvieron fuera del alcance del oído del profesor, se dobló de risa, pero Sylvain la hizo callar.

—Aquí no, ma belle Allie —susurró—. Tiene un oído excepcional.

Ella se tapó la boca con las manos para sofocar las risillas.

—No quiero que te castiguen una semana entera —dijo Sylvain—. August es muy… susceptible.

—¿August? —se sorprendió Allie.

—El señor Zelazny. Es su nombre.

—Ah.

—Y ahora —prosiguió Sylvain—, será mejor que te deje. Isabelle te estará esperando en la primera aula a la derecha. Buena suerte.

Le hizo una reverencia y le besó la mano.

Allie no estaba muy segura de cómo reaccionar.

—¡Adiós! —exclamó con exagerada alegría antes de dirigirse a toda prisa hacia el ala de las clases, desierta y silenciosa.

 

La primera puerta a la derecha estaba cerrada y Allie llamó con discreción.

—Adelante —la inconfundible voz de la directora respondió de inmediato.

En el interior, Allie encontró a Isabelle sentada ante la mesa del profesor, rodeada de montones de papeles. Había un portátil abierto ante ella pero lo cerró antes de que Allie pudiera atisbar la pantalla. De todos modos, ella lo miró con nostalgia.

La vida moderna existe.

—Por favor, siéntate —Isabelle señaló con un gesto una silla próxima—. Debes perdonarme… Estoy haciendo las cuentas, lo cual, al parecer, requiere que llene de papeles todo un centro social, de modo que prefiero trabajar en el espacio despejado de un aula.

Quitándose las gafas, se levantó y se desperezó antes de sentarse junto a Allie.

—¿Qué tal tu mañana de castigo?

—Bien, supongo —Allie se encogió de hombros—. O sea, el trabajo era duro pero no ha estado mal.

Isabelle sonrió con afabilidad.

—Creo que August es demasiado severo contigo, y así se lo he dicho. Quería que lo supieses. Tampoco he querido socavar su autoridad retirándote el castigo pero no creo que fuera justo.

Aquellas palabras la pillaron tan de sorpresa que Allie no supo qué decir; nadie jamás se había disculpado con ella por una injusticia. Ni siquiera sabía que fuera posible.

—Gracias —fue la mejor respuesta que se le ocurrió, pero Isabelle pareció leer en su expresión cuánto significaba aquel gesto para ella.

—August es famoso por su severidad, de modo que no vayas a sentirte perseguida —prosiguió—. Lo es hasta tal punto que no transcurre ni una sola semana sin que unos cuantos estudiantes acaben trabajando en los jardines u ordenando los viejos almacenes. No obstante, le he pedido que te dé algo más de tiempo para adaptarte antes de volver a incluirte en su lista.

Escudriñó a Allie con curiosidad.

—En cuanto al incidente de la noche pasada… deberíamos hablar de ello. Sylvain dice que algún animal salvaje os asustó en el jardín.

—Bueno, yo no sé qué fue —reconoció Allie—. Oímos unos ruidos y… creo que algo nos persiguió. Nos pareció que gruñía o algo así. ¿Qué crees que pudo ser? — Sylvain sugirió que pudo tratarse de un zorro. Hay muchos por aquí —apuntó Isabelle.

Frunciendo el ceño, Allie inclinó la cabeza a un lado.

—En Londres hay zorros, pero nunca he sabido de ninguno que gruñera o persiguiera a la gente.

—Ya, pero esto es el campo —insistió Isabelle—. Los zorros son más salvajes aquí. Los de Londres están prácticamente domesticados. Una zorra con cachorros puede volverse muy agresiva. He pedido a los guardabosques que permanezcan atentos a la presencia de cualquier animal, pero no se me ocurre qué otra cosa pudo ser. Me alegro mucho de que ambas estéis sanas y salvas.

Parecía sincera, y Allie agradeció que no la hubiera tratado como a una boba.

Isabelle, sin embargo, ya estaba pensando en otra cosa.

—¿Y a ti qué tal te va? ¿Has hecho amigos? Sylvain me ha dicho que te va bien, y que los dos os lleváis de fábula. Me alegra oírlo. Es uno de nuestros mejores alumnos.

Allie se ruborizó. Le resultaba extraño pensar que Sylvain, quien coqueteaba con ella constantemente, hablara del tema con la directora.

—Bien —dijo encogiéndose un poco en la silla—. He trabado amistad con Sylvain y con Jo, y he conocido a unos cuantos alumnos. Todo el mundo ha sido bastante agradable excepto…

Se mordió el labio, pero Isabelle la miró como animándola a seguir hablando.

—¿Excepto quién? No pasa nada, puedes decírmelo.

—Bueno, ya sabes —Allie cruzó y descruzó los tobillos—. Katie Gilmore. Tiene muy mala idea.

Isabelle suspiró.

—Te seré sincera, Allie. A veces creo que Katie Gilmore es una de las grandes pruebas que el destino ha colocado en mi camino. La han malcriado toda su vida… Tal vez no sea una actitud muy profesional decirte algo así, pero creo que puedo confiar en ti. Por circunstancias de su infancia, le cuesta mucho relacionarse con los alumnos que no disfrutan de tantos privilegios como ella; su familia es tan rica que la ha sobreprotegido. No obstante, no es inmune al castigo, de manera que si en algún momento se pasa de la raya, infórmanos a Jules o a mí —la directora se limpió las gafas con una gamuza limpia—. No me importaría nada verla una semana trabajando en el jardín. Ensuciarse un poco las manos le haría muchísimo bien.

Encantada de que Isabelle se mostrara tan franca con ella, Allie soltó una risilla al imaginar la escena, pero enseguida se contuvo. Cuando la directora se rio también, Allie supo que no se había molestado.

—¿Algo más al margen de eso? —Isabelle volvió a ponerse seria—. Estás progresando mucho. Desde luego, en mi clase te desenvuelves muy bien. ¿Algún problema de tipo académico?

Allie negó con la cabeza. Sin duda les exigían mucho, pero las materias eran mucho más interesantes que las de sus dos anteriores escuelas, y había descubierto que, en realidad, estaba disfrutando.

—¿Qué me dices de tu hogar? —preguntó Isabelle—. He advertido que no has solicitado llamar a tus padres ni una vez desde que llegaste. ¿Te gustaría telefonearlos? Si quieres hablar con ellos, por mí no hay problema.

De nuevo, Allie negó con la cabeza, esta vez con más energía.

—No me apetece hablar con ellos de momento —explicó evitando los ojos de Isabelle—. Prefiero pasar un tiempo aislada.

Cuando alzó la vista, advirtió en el semblante de Isabelle una expresión indescifrable, pero algo le dijo que la directora comprendía su decisión.

—Por supuesto —respondió Isabelle, y acto seguido añadió—: Pero si alguna vez cambias de idea, házmelo saber.

La conversación había tomado un rumbo delicado para Allie, que se revolvía incómoda en el asiento con la esperanza de salir de allí cuanto antes.

La directora, que no se perdía ni un detalle, se levantó y volvió a desperezarse con ademán fatigado.

—Bueno, supongo que ha llegado el momento de que te deje ir a comer y a disfrutar del resto del fin de semana.

Sin necesidad de oír nada más, Allie se puso en pie de un salto y se dirigió hacia la puerta, pero la voz de Isabelle la retuvo justo cuando estaba a punto de abrirla.

—Por favor, Allie —le recordó—, no temas acudir a mí ante cualquier problema, por insignificante que te parezca. Estoy aquí para ayudarte. Bajo ningún concepto voy a causarte dificultades. Estás a salvo conmigo.

Parecía hablar de corazón y Allie sonrió con timidez.

—Lo haré —respondió antes de salir a toda prisa.

Notó los ojos sabios de Isabelle siguiéndola por el pasillo.

 

—Oh, Dios, por favor, haz que acabe esta tortura —Jo dejó caer la cabeza sobre el libro de Biología.

Sentada frente a ella a la mesa de la biblioteca, Allie le lanzó un boli.

—Sí —asintió Gabe cerrando un libro al mismo tiempo—, necesitamos un descanso. Aún me queda trabajo que hacer, pero nadie dice que no pueda hacerlo más tarde. Es sábado por la mañana, hace un día precioso… ¿A quién le apetece dar un paseo?

Sin levantar la cabeza del libro, Jo alzó la mano.

—A mí —respondió con la voz ahogada de tanta biología.

—¿Allie? —preguntó el chico mientras amontonaba los libros.

Ella negó con la cabeza.

—Ya he tenido bastante aire libre por hoy, gracias. Me quedaré a explorar el edificio.

Jo levantó la cabeza; tenía el pelo rubio de punta.

—Te va a encantar. Pídele a Eloise que te enseñe las salitas de estudio. Son perversas.

Parecía bastante recuperada de la noche anterior; le habían curado el corte con un vendaje de mariposa color carne y no parecía que tuviera ninguna otra herida.

Allie aún no había tenido ocasión de hablar con ella sobre lo sucedido; se moría por pasar unos minutos a solas con Jo, pero Gabe apenas se había separado de ella en todo el día. En aquel momento, estaba apilando los libros de su chica también, y ambos se levantaron para salir.

—¿Nos vemos en la cena, o antes? —preguntó Allie esperanzada.

—Claro —respondió Jo con una sonrisa.

Una vez sola, Allie se desperezó y miró a su alrededor. La sala estaba casi vacía.

Se encaminó al despacho de la bibliotecaria. Detrás de un mostrador alto de madera pulida, Eloise guardaba documentos en un archivador a la vieja usanza.

—Eh… ¿Hola? —dijo Allie con inseguridad.

—Oh, Allie. Cuánto me alegro de volver a verte —la saludó Eloise incorporándose al mismo tiempo—. ¿Cómo estás?

La bibliotecaria llevaba el pelo oscuro recogido en un peinado informal que le dejaba sueltos algunos rizos. Llevaba unas gafas de montura morada apoyadas en la punta de su nariz delgada.

—Muy bien, gracias. Estaba estudiando por allí —Allie señaló en dirección a la mesa de donde venía— y se me ha ocurrido pasar a saludar.

—¿Has venido a buscar esos libros de los que te hablé? —Eloise dejó el archivador sobre la mesa—. Te los he separado.

Rebuscó bajo el escritorio y sacó una pila de libros con una tarjeta en lo alto donde rezaba: «Para Allie».

—Creo que es un poco de lectura extra para tu clase de Literatura inglesa — explicó la bibliotecaria.

Allie ya se había olvidado de los libros que Eloise le había mencionado por la mañana y, para ser sincera, había leído bastante por un día.

Sin embargo…

—Ah, bien —contestó con educación, y se los guardó en la cartera—. Pero en realidad iba a explorar el edificio y Jo me ha dicho que había por aquí unas salas de estudio muy especiales o algo así.

Al principio, Eloise la miró de hito en hito, pero enseguida se hizo la luz en su mirada.

—Debes de hablar de las cámaras de la parte trasera. Son bastante especiales. Espera, cogeré las llaves.

Descolgó un atestado llavero del gancho que había detrás del mostrador. Allie la siguió entre interminables estanterías, caminando sobre alfombras orientales que parecían contar cientos de años de antigüedad.

—Este lugar es enorme —comentó poniendo los ojos en blanco.

—Da gracias de no tener que quitarle el polvo —bromeó la bibliotecaria—. Claro que si te vuelven a castigar, tal vez tengas la oportunidad.

Allie se echó a reír.

—No, por favor.

—No te preocupes —Eloise sonrió—. Si te portas bien, jamás sucederá.

Torcieron por una esquina y la decoración cambió ligeramente. En aquella sección había pocos estantes, pero más mesas y butacas de cuero.

—Esta zona está reservada a los alumnos más avanzados —explicó la bibliotecaria mientras escogía una llave de la anilla que llevaba en la mano—. Allá vamos.

La pared estaba forrada de paneles de madera tallada en recargados motivos. Eloise insertó la llave en una cerradura tan hábilmente disimulada entre las tallas que

Allie ni siquiera la había visto, y una puerta, hasta entonces invisible, se abrió en silencio.

—Guau —se admiró Allie—. Una puerta secreta.

—Sí, guau —Eloise la miró por encima de las gafas—. Estas salas de estudio forman parte de la zona antigua del edificio. No estamos seguros de para qué servían en su origen. Pero, bueno, echa un vistazo.

Pulsó el interruptor para encender la luz y dio un paso atrás. Allie entró en una cámara de unos dos metros y medio de ancho por unos dos de largo. En el interior de aquel espacio sin ventanas había un escritorio con una lámpara, una butaca de piel y una pequeña estantería. Lo más llamativo era el elaborado mural que cubría las paredes. Desde el centro del cuarto, Allie dio una vuelta sobre sí misma para abarcarlo todo. La pintura parecía narrar una historia: hombres y mujeres armados hasta los dientes luchaban en un campo de batalla, acechados por furiosos querubines en un cielo tormentoso.

Allie pensó que la escena resultaba escalofriante.

—¿Cómo puede estudiar nadie aquí? —preguntó—. Yo me pasaría todo el rato buscando refugio.

—A nadie parece molestarle —con mirada indescifrable, Eloise contempló las espadas enarboladas—. Pero reconozco que algo de razón tienes.

La bibliotecaria abandonó la cámara. Tras echar un último vistazo a su alrededor, Allie la siguió, y Eloise cerró la puerta a su espalda.

—¿Son todas así?

La otra asintió.

—Muy parecidas. En cada sala hay una pintura que narra una parte distinta de la misma historia. Este mural representa la batalla principal. Por lo que parece, es la última de la serie.

Se dirigió al final del tabique revestido y abrió otra puerta oculta. Tras encender la luz, le indicó a Allie por gestos que la siguiera y ambas entraron en la pequeña cámara. En los murales aparecían las mismas personas, pero esta vez los hombres lucían sombreros y trajes de gala, y las mujeres recargados vestidos de baile.

Parecían charlar en corro, ante lo que se diría la versión reducida del edificio en el que se encontraban.

—Creemos que este es el primero de la serie —comentó Eloise.

—¿Eso es Cimmeria? —preguntó Allie.

—Antes de la ampliación —confirmó la bibliotecaria—. La pintura se remonta a aquella época… principios del siglo XVIII.

—¿De qué tratan las pinturas? —quiso saber ella—. ¿De una especie de guerra?

Eloise tenía los ojos fijos en uno de aquellos rostros.

—En realidad, ya nadie lo sabe. Dice la leyenda que el edificio, en su origen, fue construido para una sola familia. Al parecer hubo diferencias entre sus miembros y en resumidas cuentas se declararon la guerra. Los vencedores se quedaron la escuela. Pero la historia no ha quedado registrada en ningún documento del centro y, te digo una cosa, si hubiera alguno, yo lo sabría. Soy la historiadora del colegio.

Mientras dejaban la cámara atrás, Allie se sumió en sus pensamientos.

—Qué raro —comentó—. O sea, ¿cómo es posible que algo tan importante se haya perdido?

—Cosas que pasan —respondió Eloise—. Sobre todo si nadie quiere recordarlo.

—No querría encerrarme a estudiar en esas cámaras por nada del mundo — declaró Allie.

—Con suerte, aún tienes un año entero por delante antes de que hayas progresado lo bastante como para encerrarte ahí —Eloise la obsequió con una sonrisa alegre—. De momento estás a salvo.