Nuestra luz
Dedicatoria
Yo lo tengo ya,
es un buen lugar
Una lanza, una oración - Duncan Dhu
1
Primero tenía que encontrar el lugar.
Soleado, amplio, con espacio para trabajar, moverse, caminar, pensar, discutir consigo mismo en francés. Que poseyera aquella luz dorada, más dulce justo al atardecer, que era capaz de dar a todo una pátina decimonónica.
Silencioso, a ser posible, aunque sabía que era complicado en la gran ciudad. De toda su lista de peticiones, la agencia había dicho que aquella sería la más complicada de cumplir. Y también la de que no hubiera vecinos en las cercanías.
Al final, como solía ocurrir, de todo lo que quería, solo había conseguido la luz dorada. Una luz dorada maravillosa, que estuvo a punto de hacerle llorar. Y lo habría hecho de estar a solas y la agente inmobiliaria no le estuviera mirando y mascando chicle, esperando su firma, impaciente, como toda la gente de ese siglo.
Firmó, y pudo quedarse a solas, mirando el patio con limoneros plantados en enormes macetas de color verde chillón, que no les favorecían.
Un patio de limoneros como el de Machado.
Maravilloso.
Si se quedaba el tiempo suficiente, pintaría aquellos maceteros de un tono adecuado.
Dio la espalda al patio y a la luz dorada y contempló su nuevo estudio de pintura.
No era grande, ni amplio, ni podría dar muchas zancadas en sus paseos en busca de inspiración, pero la luz era perfecta.
Con un suspiro de satisfacción, dedicó una hora entera al disfrute de aquel logro sin igual.
Elsa se apartó y contempló la obra de Agustina desde la distancia, pensando que así podría mejorar. Giró la cabeza. El nuevo ángulo solo le hizo abrir los ojos de la impresión.
—¡Cielo Santo! ¿Es un pene?
Agus achicó los ojos y contempló el acrílico con ojo crítico. La boca con dentadura postiza de un blanco doloroso estaba tan fruncida que parecía un diseño de Fortuny.
—Si tanto te ha costado verlo, es que no está bien —dijo la anciana en tono serio—. Volveré a empezar.
Elsa inspiró hondo y se volvió para que su alumna no viera su expresión. A lo largo de sus años como profesora de pintura, había visto todo tipo de obras, desde las más clásicas hasta las más rompedoras, pero, en general, eran los ancianos los que más la sorprendían.
—Seguro que el modelo quedará encantado —dijo por encima del hombro.
Muy concentrada en lo suyo, Agustina se limitó a asentir y a morder el pincel, como si estuviera planeando si era mejor retocar aquella monstruosidad o si de verdad debía volver a empezar, con el gasto que aquello conllevaba.
Elsa caminó de un caballete a otro, dando consejos y animando a su grupo de tarde del miércoles. La media de edad duplicaba la suya con creces, pero su entusiasmo también lo hacía en ocasiones. Desde que había iniciado aquellas clases, la vida le había demostrado que nunca se podía dar nada por perdido, y que las ganas de vivir eran una de aquellas cosas.
Desde que se había divorciado y había decidido que iba a retomar su carrera como artista, había descubierto que la vida era una cabrona con un sentido del humor muy negro. Para empezar, los artistas, así, tal cual, no podían vivir de lo suyo. Ella, al menos, no. En definitiva, descubrió que no había tenido jamás una carrera como artista, así que era imposible retomarla.
Lo más cercano que había podido encontrar para poder vivir de su trabajo era dar clases de pintura a niños, a ancianos y a gente con discapacidades diversas. Y resultaba que aquello sí que era vivir. Vivir de verdad. Casi nunca pintaba, eso era cierto, más allá de unas pinceladas en los cuadros de los demás, pero lo que se divertía enseñando a otros y aplicando lo que había aprendido en la universidad y en diferentes cursos, eso no se lo quitaba nadie.
Y, además, tenía aquel maravilloso apartamento, con aquel patio de limoneros que había plantado durante su primera semana allí.
Aquello era un paraíso.
Y también tenía aquella luz que no se pagaba con dinero. No había sido más feliz en toda su vida.