Nuestra luz

Arwen Grey · Capítulo 7 de 10

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Nuestra luz

Capítulo 7

7

 

 

Elsa tenía la sensación de que hablaba sin parar. Lo notaba también en la cara de pánico de Claudio, que había retrocedido un paso, hasta chocar con la pared del diminuto descansillo del piso, gemelo del suyo propio.

Si intentaba retroceder todavía más, se fundiría con el yeso blanco.

El trasquilón en la barba era un desastre, pero dejaba al descubierto lo que prometía ser un rostro de lo más interesante. El rostro de un hombre acojonado.

—Te juro que no se me da mal lo de las barbas. Lo he hecho antes.

El hecho de levantar la tijera otra vez fue el detonante para que él emprendiera la huida, con la bata ondeando tras de sí. Y al hacerlo, ella se dio cuenta de que no llevaba demasiada ropa debajo. De hecho, juraría que aquello había sido un atisbo de culete. Un culete de lo más atractivo.

—Ummm —dijo para sí, cerrando la puerta con el pie y entrando en el apartamento.

Hacer aquello tal vez fuera delito, pero había algo en su interior que la hacía sentirse muy viva.

¿Cuándo había sido la última vez que había mostrado interés por un hombre? Desde luego, al punto de meterse en su casa y agredirle con unas tijeras, nunca.

—Vete, por favor. Te juro que no volveré a tocar tus plantas.

Claudio se había parapetado tras su enorme lienzo y la miraba con aquellos bonitos ojos oscuros, llenos de prevención. Bajo el cuadro, sus piernas desnudas, orladas por la bata, lucían en todo su esplendor. Todo lo interesante estaba cubierto por aquella dichosa obra inacabada.

Con un mohín, Elsa dejó las tijeras en una mesita llena de cachivaches y levantó las manos desarmadas.

—Yo solo quería hacerte un favor. Esa estética de moderno no te pega nada. El pelo no debería cubrir la belleza. —Vio que Claudio abría la boca, sorprendido. ¿Qué le pasaba a ese hombre? ¿Nadie le había hecho un cumplido en su vida?—. Aunque no me hagas mucho caso. Desde que me divorcié, hice un trato conmigo misma. Cuando alguien me gustara, se lo diría a la cara, sin perder el tiempo. No merece la pena andarse con tonterías.

Claudio dejó asomar su barba trasquilada por detrás del lienzo.

—¿Y es así como demuestras tu amor?

Elsa entrecerró los ojos. ¿Quién hablaba de amor? Ni siquiera habían hablado como las personas normales y ese artista hablaba de amor.

Bufó y cambió el peso de pie dos veces, hasta que volvió a la misma postura.

—A uno de mis ex le corté la coleta mientras dormía, pero es que me la restregaba por la cara todo el rato, así que no cuenta.

Claudio se cerró la bata, para su pesar, y salió de detrás del cuadro. Así vista, la bata era preciosa. Debía de ser cómoda también. Se preguntó cómo se sentiría, envuelta en aquella maravillosa tela, con el cordón atado alrededor de los dos.

—Si tú lo dices. Seguro que él no pensaba lo mismo —replicó él, señalando su barba y cortando su hilo de pensamiento.

—Tú intentaste repintar mis macetas.

—Si hubiera pensado que iba a acarrear este ataque contra mi persona, te juro que no me habría atrevido a acercarme a ellas. Ni a este edificio.

Elsa sintió que todo lo que iba a decir moría en su boca. Se abrazó a sí misma y bajó la mirada.

—Mientes.

—Pues claro que miento. Tú también me gustas… o algo así. Aunque estés loca.

Antes de que pudiera protestar, o volver a coger las tijeras, Claudio la atrapó y la besó.

Los pelos mal cortados de su barba picaban, pero ni se le ocurrió apartarse. Ese idiota olía a pintura, a aguarrás y a cosas repugnantes, pero esos eran los aromas que más adoraba en su vida.

—¡Qué suerte la mía! —exclamó cuando él se abrió la bata y la envolvió con ella al fin.

Su cuerpo estaba caliente y convenientemente desnudo, como si la hubiera estado esperando todo ese tiempo. Era una suerte que ella tampoco llevara demasiado debajo de la camisa de cuadros, como si también le hubiera estado esperando todo ese tiempo.

Claudio recordó cómo había empezado esa escena y pensó que tal vez debería estar algo preocupado.

Elsa, al fin se había enterado cómo se llamaba su vecina de enfrente, entre gemidos y besos, había entrado en su casa con una tijera y le había mutilado uno de sus apéndices favoritos.

Su barba, símbolo de todo lo que quería llegar a ser, yacía ahora en el felpudo de la entrada.

Y Elsa estaba entre sus brazos, toqueteando lo que le quedaba de ella, como si le instara a despedirse de ella.

Estaba amaneciendo.

A aquella hora la luz también era preciosa, notó. Hacía años que no estaba despierto tan temprano.

—Los pajarillos cantan, las nubes se levantan… —canturreó Elsa en su oído, tan desafinada que no tuvo otro remedio que reírse.

—Ahora entiendo que decidieras pintar. La música no es lo tuyo, princesa de hielo majareta.

Elsa se revolvió sobre él, haciendo que todo su cuerpo se clavara contra el suelo. No entendía qué hacían allí, cuando había una maravillosa y cómoda cama a solo unos metros de distancia.

—Princesa de hielo majareta. Bonito epíteto para la chica a la que quieres. ¡Oh, no pongas esa cara de sorpresa! Se te escapó anoche, en algún momento entre esto y aquello. Fue precioso. —Elsa se retrepó sobre él y comenzó a besarle el pecho—. Y pensar que no te dejé repintar mis macetas. ¡Ains!

Claudio empezó a reírse sin poder evitarlo. La vibración de su cuerpo hizo que ella se arqueara de placer contra él y muy pronto tuvo que olvidar las risas para ocuparse de algo mucho más importante que de la luz rosada del amanecer y de su barba.

 

El chasquido de la tijera debió de despertarlo. Era una suerte que hubiera aguantado tanto, porque le había dado tiempo de acabar una de sus mejores obras.

—¡Oh, sí! Precioso. Una obra de arte.

Claudio abrió los ojos y dio un bote al ver las tijeras tan cerca de sus ojos. Elsa, montada a horcajadas sobre él, estuvo a punto de caer, pero se sostuvo a tiempo.

—Pero ¿qué cojones…?

Elsa puso los dedos sobre sus labios para acallarle.

—Cuando te veas, tendrás que admitir que tenía razón. Y si no, en unos meses estarás igual de horrible que hasta ayer —añadió, encogiéndose de hombros y quitándose de encima de él—. Solo quiero que sepas que mi corazón ha dado un brinco extraño al verte. Y no sufro ninguna cardiopatía. Así que debe de ser amor.

Claudio volvió a hacer aquel gesto tan suyo. Abría mucho la boca, como si fuera a hablar, pero luego no lo hacía. Quizás debería mirárselo, porque era bastante molesto. La dejaba allí, a la espera para nada.

Al fin cerró la boca otra vez y se pasó la mano por la barbilla, ahora solo pespunteada por un vello corto y un poco teñido de rojo.

—Mi barba…

Lo dijo como si le hubieran robado a un hijo o si hubiera vuelto a perder su precioso pigmento verde, tirado por las baldosas del patio.

Por primera vez se dio cuenta Elsa de que había cometido un error.

Y no era solo por aquel tono dolorido y amargo, sino porque la mano le temblaba. Sus ojos, hermosos y enormes, estaban entrecerrados y no la miraban.

—Lo siento… —Se tiró sobre él y lo abrazó con toda su alma. El pelo recortado le picó contra el pecho, pero le dio igual—. Te juro que te compensaré, amor mío. Te compraré crecebarbas. Nunca me volveré a meter con esa cosa horrible. Te haré trenzas con ella cuando te llegue por la cintura. Por favor —murmuró, contra su rostro, dando besitos a lo que quedaba de su bebé—, perdóname. No volveré a hacerlo. Por favor —beso—. Por favor — beso—. Por favor…

Claudio la miró y entrecerró los ojos.

—Como me cortes algo más mientras duermo, te juro que pongo cortinas en el ventanal.

Elsa parpadeó un par de veces, sorprendida de que no le gritara, de que ni siquiera alzara la voz.

Sonrió y se abrazó a él con fuerza.

—Te lo juro… a no ser que crezca de un modo monstruoso y haya que amputarlo por su propia salud.

Claudio se puso rígido entre sus brazos, como si no comprendiera que aquello podía ser una broma. O no.

—Elsa… —pareció rendirse al fin, con un gemido de agotamiento.