Nuestra luz
Capítulo 5
5
—Suéltalo, Elsa. Desde aquí no se veía nada, pero se palpaba la tensión.
Elsa sintió las miradas de siete pares de ojos sobre ella, algunas de ellas con una curiosidad malsana. Agustina se atrevía a hablar, pero los demás no eran menos cotillas por no hacerlo.
—¿Os habéis dicho burradas?
—¿Te ha retado a duelo? Tiene pinta de ser un poco antiguo, el tipo ese.
—Seguro que es gay. Mi abuelo Enrique tenía una bata como esa y cantaba copla en su cuarto vestido con la ropa interior de mi abuela. Y tenía una voz preciosa, por cierto.
—¡Qué va a ser gay! ¿No has visto cómo la ha mirado? Se olían las feromonas sexuales desde aquí.
Elsa se dijo que prefería cuando estaban todos callados. Al menos podía escuchar sus pensamientos.
Dio una palmada para llamar al orden. Los siete ancianos se habían arremolinado junto al ventanal y observaban a Claudio, que había vuelto a sentarse en aquel ridículo taburete y miraba los limoneros con cara de idiota.
Incluso sonreía mientras se acariciaba la barba.
—Todos a trabajar. La hora vuela, y no me pagáis para hablar del vecino.
—Podemos hacer una excepción hoy —dijo uno de ellos, con un guiño pícaro—. Es la primera vez que hacemos algo interesante.
—¡Eh! —protestó Elsa—. ¿Insinúas que mis clases son un aburrimiento?
El anciano se acercó y le dio un pañuelo para que se limpiase la cara. A esas alturas había olvidado los restos de pintura verde con la que la había salpicado aquel idiota. Desperdiciar aquel maravilloso pigmento en unos maceteros era absurdo. Aquello sí que era un signo de aburrimiento, y no sus clases.
—Yo vengo por ella —dijo, señalando a Agustina, que había vuelto a plantarse frente a su lienzo con un pene—. Ni siquiera me gusta pintar.
Elsa se sonrojó y lo miró en silencio. No se había dado cuenta de que aquel hombre, normalmente callado, no disfrutaba de sus clases. De hecho, tenía una técnica más que aceptable y sus obras, si bien no brillantes, destacaban sobre la mayoría. Solía pintar flores. Siempre flores. Nunca se había preguntado por qué. Miró a Agus y se fijó en su ropa. Flores en la blusa. Flores en su cabello gris. Siempre flores.
Sonrió y se inclinó para darle un beso.
—Muchos besos regalas tú hoy, muchacha. ¿Será que se te está desatando algo por dentro? —oyó murmurar a la anciana.
De modo que alguien había visto lo que había hecho.
Carraspeó y se acercó a ella, fingiendo que no había ocurrido nada.
Era adulta y los adultos hacían cosas de adultos, como besarse. Besar a desconocidos en medio de una discusión sobre pintar maceteros seguro que era algo habitual.
No para ella, pero otros lo hacían a todas horas, estaba convencida de ello.
Además, llamar beso a aquello era exagerar. Ni siquiera le había rozado, con todo aquel pelo por la cara.
Quién sabía si era guapo, feo, viejo, un niñato…
Menudas pintas.
Pero tenía los ojos bonitos, y una voz preciosa.
Mientras todos volvían a lo suyo, se acercó con disimulo al ventanal.
Claudio seguía allí.
Como si hubiera notado su presencia, alzó la mirada hacia la ventana. La saludó con la mano y ella se apartó de allí, fingiendo que no lo había visto.