Nuestra luz
Capítulo 8
8
—Me tengo que ir. Tengo clase con los niños.
Elsa se había levantado tan deprisa que Claudio notó su ausencia como un vacío. Un instante estaba allí y al siguiente se había ido, dejándole, frío y desolado, tirado en el suelo.
—¿Volverás?
Ella se giró hacia él, con su adorable trasero vuelto en su dirección mientras se ponía las braguitas. Tuvo que admitir que, como última visión, tampoco estaba nada mal.
—Solo tengo una clase. Bueno, dos. Y luego… Pues no sé. —Elsa entrecerró los ojos y se puso las manos en las caderas. Así, solo con las bragas puestas, parecía una amazona que hubiera perdido su arco y se estuviera preguntando cómo le iba a destripar—. Tendremos que pensar un poco en esto. O no. Podemos simplemente dejarnos llevar. Aunque no sé por qué me da a mí que tú no eres de esos. A ti te gusta planearlo todo —empezó a caminar hacia él mientras hablaba en un tono casi amenazante, y Claudio agradeció que no llevara las tijeras en la mano—. Y a mí no me gusta planear nada. —De pronto se encogió de hombros, como si aquello no tuviera ninguna importancia—. La cuestión es que me gustas, y pensar demasiado a veces es un rollo que solo estropea las cosas.
Claudio pensó que tal vez debería dar su opinión al respecto, pero no tuvo la oportunidad de hacerlo, porque ella cogió el resto de su ropa y se la fue poniendo de camino a la puerta. Salió descalza, silbando, sin un solo beso de despedida.
—¿Cómo quieres que no piense si me dejas así? —murmuró, una vez a solas.
Miró el apartamento desolado y pensó que era absurdo quedarse tirado en el suelo. Además, ahora se estaba quedando helado. Estiró la mano y cogió la bata.
Después de ducharse y tomarse un café, intentando en todo momento no quedarse mirando como un tonto hacia el ventanal para ver si ella también miraba en su dirección, Claudio decidió que aquella situación sí merecía una cierta planificación. Al fin y al cabo, él era un artista serio.
O eso llevaba diciéndose a sí mismo, a su familia, a sus amigos y a cualquiera que le preguntase a qué se dedicaba, más o menos diez años. Se había hartado de las miradas por encima del hombro y de las de desconfianza, y hasta de las risitas. No podía dejarse llevar ahora por una pasión tórrida y abandonar todos sus planes. Si es que los tenía.
Se sentó en el taburete frente al cuadro de sus padres y frunció el ceño.
Definitivamente, algo allí no funcionaba, y ya no sabía siquiera si era el verde que se había derramado en el suelo del patio.
—Esto apesta —gruñó y le dio una patada al caballete, haciendo caer el cuadro, que se estampó contra el suelo con un repugnante sonido de pintura sin secar.
Claudio contuvo la respiración y permaneció inmóvil durante dos minutos, como si así el desastre se fuera a solucionar por sí mismo.
En su cabeza podía escuchar la voz de su madre, aguda pero tranquila al mismo tiempo, con aquel eterno tinte de decepción:
—Tranquilo, querido, la intención es lo que cuenta. A nosotros nos gusta igual.
Mientras tanto, su padre apenas miraría la pintura de reojo y seguiría con su fútbol, su carrera de coches, o lo que fuera. Si asentía, sería una victoria.
Y en cuanto saliera por la puerta el cuadro acabaría en un armario o siendo el regalo para alguna vecina. O en la basura.
Sin atreverse a mirar lo que había sido de su obra, Claudio se levantó del taburete. Se dijo que, de todas formas, aquello era una bazofia.
Se ajustó la bata y cogió las llaves al vuelo. Ni siquiera se le ocurrió mirarse al espejo para ver qué aspecto tenía con la barba recortada.
Cuando tocó la puerta de Elsa, pensó que era imposible que lo escucharan, teniendo en cuenta los gritos y las risas al otro lado.
Justo cuando iba a irse, alguien abrió, pero no era su amada, sino un renacuajo que lo miró con tanta suficiencia que estuvo a punto de huir.
—Te esperábamos hace rato, artista. Puedes pasar, pero deberás pagar un tributo antes.
Claudio sintió que se le ponía cara de idiota, pero que no podía evitarlo. ¿Quién era ese niño y por qué él se sentía como un gusano que no le llegaba ni a la suela de los zapatos?
—¿Un tributo? —preguntó, tras dos intentos.
—Me gusta tu bata, seguro que vale una pasta.
—¡Erik! —gritó Elsa desde algún lugar de la casa—. ¡Deja de intentar desplumar a los vecinos y a los mensajeros!
El pequeño delincuente sonrió a Claudio con la frialdad del mismísimo Capone, pero no se hizo a un lado. De hecho, Claudio se sintió todavía más acojonado que antes.
—¡Es el artista, seño! ¡Creo que ha venido para camelarla con su estilazo!
—Serás capullo, hijo de tu…
Erik escapó de su alcance justo a tiempo. Nunca se había sentido un tipo violento, pero ese niñato le había sacado de quicio en solo dos minutos.
La cara de Elsa apareció tras una esquina, curiosa. Llevaba el pelo recogido bajo un turbante y tenía una mancha de pintura rosa en la nariz. Para variar, no llevaba su informe camisa de cuadros, sino una túnica de colores que le hizo querer guiñar los ojos por el dolor.
—¿Pasas o te vas a quedar ahí todo el día? Nunca viene mal una mano de más con estas bestias. Te lo pagaré luego de algún modo —añadió con un beso lanzado al aire.
Claudio sintió que su buen humor regresaba a marchas forzadas.
Dar clases nunca había sido lo suyo. Y lo sabía porque lo había intentado en sus años de estudiante, cuando necesitaba dinero para pagar la universidad y las clases privadas con los mejores profesores. En general, no tenía paciencia para la gente con ego exacerbado ni con los que eran demasiado inseguros, porque se veía reflejado en todos ellos, y era algo muy incómodo. Además, le costaba mantener el pincel alejado de las imperfecciones de los demás. Por eso, creía que para ser profesor había que estar hecho de una materia especial, o estar fatal de la cabeza.
En definitiva, había que ser Elsa.
Al cruzar el descansillo, notó que las voces que había escuchado antes callaban de un modo sospechoso. Sabía que todas esas criaturas le estarían mirando al entrar, juzgándole.
Dios, y él odiaba a los niños. Le daban pavor.
—¿Qué te ha pasado en la barba?
—¿Alguna vez te vistes normal?
—¿Eres un vampiro?
—¿Pintas a mujeres desnudas? ¿Puedes enseñarme a alguna?
—En serio, ¿te has cortado tú la barba? Porque te ha quedado fatal.
—¿Te acuestas luego con las mujeres desnudas? ¿Te dejan que les toques las tetas?
—¿Me das tu bata?
—¿Vas a pintar desnuda a Elsa?
Claudio se quedó allí, parado ante el pelotón de fusilamiento, pensando en la distancia que había hasta la puerta y en si llegaría a tiempo o si saltarían sobre él para detenerle y devorarle.
¿Qué tipo de animales salvajes se habían reunido en ese salón? ¿Qué tipo de obras salían de aquellas manos y aquellas mentes?
Miró a Elsa, pero ella no parecía espantada ni preocupada de que alguno de sus alumnos pudiera imaginarla desnuda. Aunque, si lo pensaba, a la edad de esos niños, o no tan niños, porque debían de rondar los doce, trece, a saber, ¿no imaginaba él desnudas a todas las chicas con las que se cruzaba?
Y, sí, por san Tiziano, se cortaría una mano por pintarla desnuda, aunque tuviera que sujetar la paleta con los dientes.
—¿Alguien va a preguntar algo sobre arte, pintura o batas? Aprovechad, que tenemos a un artista de verdad entre nosotros.
Claudio entrecerró los ojos al notar el tono de recochineo de Elsa. Seguro que se lo estaba pasando de miedo a su costa.
—Ya lo hemos hecho, Elsa. Queremos saber sobre modelos desnudas.
—Y tetas.
—A mí las tetas me interesan poco, la verdad —dijo una cría que pintaba en un rincón y había permanecido muda hasta ese momento—. Me interesa más saber si se gana pasta con esto o si ya puedo decirle a mi madre que no sirve de nada.
Claudio inspiró hondo y se puso la mano bajo la barbilla. Normalmente se habría rascado la barba, un gesto que le hacía interesante y le daba imagen de intelectual, pero la falta de pelo lo hizo imposible. Ahora solo había allí unos pelos cortos y duros, que tardarían tiempo en tener una forma definida.
La niña le observó sin demasiado interés, esperando una respuesta. Si tuviera la barba, seguro que no tendría aquella cara de asco.
—El dinero es importante, por supuesto —dijo. Elsa protestó a sus espaldas, pero hizo caso omiso de ella. La niña le había preguntado A ÉL—. Pero hay otras cosas, como la satisfacción de un trabajo bien hecho, el avanzar, aprender técnicas y ver que funcionan, crear tus propias pinturas a base de pigmentos que elaboras tú mismo. Pintar desnudos… bueno, eso ya lo haréis cuando aprendáis técnicas más avanzadas, supongo.
—Yo quiero hacer eso ahora —dijo Erik, con una sonrisa maquiavélica, mirando a Elsa.
—Calla, niño —replicó la profesora, que había cruzado los brazos y escuchaba a Claudio con atención, sin demasiada hostilidad.
Con un suspiro, Claudio se reajustó la bata y se volvió a la niña, que no había cambiado de actitud, nada impresionada por sus palabras.
—Si para ti el dinero es lo más importante, no puedo aconsejarte que sigas en esto. La mayoría de los artistas, en general, no ganan un duro con sus obras. Con suerte, algunos ganan lo justo para ir tirando, otros dan clases, como vuestra Elsa, y otros nos ganamos la vida a costa de un nicho de mercado que siempre va a lo seguro.
—¿Qué es eso de un nicho de mercado? —preguntó la niña, levantando la cabeza y con un cierto brillo en la mirada por primera vez desde que había empezado a hablar.
Claudio se acercó un poco a ella, aunque sin excluir al resto del grupo. Quería echarle un ojo a lo que estaba haciendo. Tenía la impresión de que era del tipo de persona que está buscando su camino y se deja arrastrar durante años, buscando lo que le apasiona. Lo malo era que podía perder media vida en ello, y a veces era demasiado tarde para encarrilarse para cuando lo encontraban.
En efecto, su pintura no tenía nada de especial. No es que fuera mala, pero tampoco era buena. En definitiva, tenía bastante razón la niña al pensar que allí no estaba lo suyo, pero el discurso le estaba quedando estupendo, así que no se iba a quedar con las ganas a esas alturas.
—Ya sabes, gente con gustos clásicos que buscan obras clásicas.
—O sea, viejos puritanos.
Claudio sintió que se sonrojaba. Aquel tono de desprecio dolía. Y también las risitas del resto de los chicos de la sala.
Algo en su interior se rebeló contra aquellas burlas. A él le gustaba lo que hacía. Nunca se había avergonzado de ello. Le gustaban sus batas, su pelo desgreñado, y también le había gustado su barba. Sus cuadros podían ser clásicos y hasta aburridos para mucha gente, sobre todo para los que se consideraban modernos, pero había un extraño encanto en trabajar las técnicas antiguas, en copiar a los viejos maestros y tratar de desentrañar los secretos que se habían llevado a la tumba.
—Lo clásico no tiene por qué ser rancio. Los viejos pintores serán eternos, y es por algo. ¿Quién de vosotros puede nombrarme a un pintor de esta década, o de la anterior?
Los señaló uno a uno, pero ninguno de ellos pudo mantener su mirada. Esas criaturas creían saberlo todo, como él a su edad. Aquello era casi tierno, si lo pensaba.
—Nadie, ¿eh? Pues eso. Nunca insultéis a un posible comprador. Puede ser el que os dé de comer. Y ahora, mostradme vuestras obras de arte.
Los preadolescentes, mucho más mohínos que unos minutos antes, se removieron en sus bancos y se envararon, temiendo que les sacara defectos a sus proyectos.
Claudio los torturó al mejor estilo de sus antiguos profesores de arte. Él también había estado allí, esperando las alabanzas y los cumplidos que creía merecer. Y sabía que Elsa también los esperaba, con las manos entrelazadas y los ojos más abiertos de lo normal.
Dedicó al paseo por la sala media hora, observando cada cuadro durante cinco minutos exactos, como había visto hacer a uno de sus maestros favoritos. Él nunca mostraba favoritismos en público, aunque todos sabían que los tenía. No había sabido que él mismo era uno de sus preferidos hasta que había acabado la carrera, y saberlo había sido toda una sorpresa para él, porque apenas le había dirigido un centenar de palabras a lo largo del curso.
—Va usted bien, señor.
Eso había sido todo, pero había sido suficiente.
Al terminar, se plantó junto a Elsa y se dirigió a ellos, tratando de imitar la majestuosidad de aquel viejo profesor, con la chaqueta siempre impecable y la barba, también él la llevaba, como Monet, como él hasta ayer, larga y despeinada, como si aquello fuera la expresión del caos de sus ideas.
—Van ustedes bien, señores —dijo al fin.
Y fue consciente del momento en que todos respiraban tranquilos.