Nuestra luz

Arwen Grey · Capítulo 4 de 10

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Nuestra luz

Capítulo 4

4

 

Claudio había tratado de obviar aquel verde chillón y artificial.

Sí, lo había intentado con todas sus fuerzas.

También lo había intentado con ella, pero era evidente que a esa mujer no podía repintarla, así que tendría que conformarse con los maceteros.

Había preparado él mismo la mezcla, amasando con cariño el pigmento con el aceite de linaza. Le gustaba preparar sus propias pinturas, conseguir los tonos perfectos, las texturas adecuadas. Monet, se decía, no compraría sus colores en una tienda de manualidades.

Portando como si fuera un tesoro la brocha más grande que tenía y la mezcla de verde perfecta para aquel tono amarillo limón de la fruta, aquel verde de las hojas, aquel gris del hormigón de las paredes, aquel azul que predominaba siempre en el poco cielo que se veía, y, sobre todo, con el dorado de su maravillosa luz del atardecer, bajó las escaleras con un taburete plegable colgando del codo y se detuvo junto a los árboles, más altos de lo que le parecían desde su ventana en el cuarto piso.

El verde de los maceteros era igual de horrible a corta distancia. En eso no había equivocación posible.

Claudio suspiró, dejó el bote y la brocha en el suelo, y desplegó el taburete.

Estiró la tela de la bata tras él, como cuando se sentaba ante un paisaje.

Aquello no era una obra menor. Se trataba de su paz mental, de que todas las piezas encajasen.

Se rascó la barba y estiró los dedos varias veces.

Giró el cuello hacia un lado, hacia el otro. Rotó la cabeza y movió los hombros hacia adelante y hacia atrás.

Con los músculos y las articulaciones calientes, se dispuso al fin a tomar sus armas de trabajo. Tomó el bote de pintura lo colocó sobre la rodilla y hundió la brocha plana dentro.

Oh, sin duda el verde era precioso. Brillante y sedoso, como el predominante en El estanque de Ninfeas. Se le escapó una sonrisa satisfecha de la que ni siquiera fue consciente.

—Le cortaré la mano si se atreve a tocar mis limoneros.

El tarro con pintura, en precario equilibrio sobre su rodilla, cayó al suelo y salpicó la bata y sus pantuflas. El precioso pigmento también manchó las baldosas, sucias y grises, y uno de los maceteros verdes.

Claudio contempló aquel desastre con más sorpresa que susto.

Había tardado una hora en preparar aquella pintura. Aquel pigmento le había costado un ojo de la cara. Y ahora estaba tirado por el suelo como si fuera el vómito de la niña de El Exorcista.

Levantó la vista poco a poco, paseándose primero por las zapatillas de colores, luego por los pantalones anchos de color claro indefinido, por la camisa de cuadros informe, y al fin por la cara enfurruñada, coronada por un moño de pelos rubios despeinados.

Tuvo que cerrar los ojos para no sufrir ante semejante despropósito cromático, aunque volvió a abrirlos al recordar lo que esa mujer había hecho.

Se levantó de golpe y sintió que el taburete se derrumbaba tras él. Se acercó a ella, arrastrando la bata por el suelo y embadurnando los bajos y el suelo con los restos de pintura.

Se detuvo cuando estaba a apenas unos pasos de ella.

Si su intención era que se mostrase avergonzada por su actitud, no lo logró. Al contrario, la mujer se colocó las manos en las caderas y lo miró también de arriba abajo con una sonrisa burlona.

—¿Se ha escapado usted de la máquina del tiempo?

Claudio apretó los dientes y los puños. Al hacerlo se dio cuenta de que todavía llevaba la brocha en la mano. Sacudió la mano y unas gotas de pintura la salpicaron en la cara.

No cabía duda de que ese tono de verde le favorecía.

—Lo… lo siento —dijo, soltando la brocha. Luego pensó que no, que no lo sentía en absoluto. Esa mujer había arruinado su bata, su pintura y su buen humor—. Aunque un poco de educación no le vendría mal. Yo solo pretendía mejorar este lugar.

Ella se pasó una mano por la mejilla sucia y se miró los dedos. Luego, para su sorpresa, se acercó y se los pasó a él por la cara, refrotando con fruición. Su sonrisa era pavorosa, y Claudio pensó que debería estar muy asustado. Lo extraño era que estaba un poco excitado.

Le tomó la mano para que ella dejara de hacer aquello, aunque no se la soltó.

—¿Es usted consciente del sufrimiento que provoca? —miró aquella mano, tan cerca que podía oler el cobre, predominante en el pigmento. Le gustaría lavar aquellos dedos, uno a uno, y luego pasárselos por…

Como si leyera sus pensamientos, su contrincante se soltó de golpe.

No se había alejado, sino que seguía muy cerca. Y así, tan cerca, pudo ver que su cabello rubio era precioso, que la luz dorada lo hacía casi de oro. Y que también convertía su piel, teñida de verde por su pintura, en seda, y sus pestañas en hilos de plata.

Ella se acercó todavía más y Claudio contuvo la respiración.

Jamás había sentido algo así.

Había leído mil veces acerca de los flechazos, y hasta se había creído enamorado tres veces en su vida, pero nada lo había preparado para aquello.

—La barba le sienta fatal —dijo ella de pronto, antes de darle un beso violento en los labios y desaparecer, como un hada, con aquella camisa horrible flameando tras ella.

Claudio trató de reponerse de aquella sensación, pero no pudo. Al menos durante unos instantes.

Al fin no tuvo más remedio que sonreír.

Al mirar los limoneros, el verde de las jardineras le pareció alegre y bonito.