Nuestra luz
Capítulo 2
2
Claudio estaba convencido de que había nacido con un destino marcado, como los grandes. Ya de niño sabía que no era como los demás. Mientras otros jugaban y se despellejaban las rodillas detrás de un balón y se peleaban por los columpios, él perdía dioptrías mirando una margarita y tratando de comprender cómo la luz incidía en sus pétalos, y cómo el tono de blanco cambiaba en un día nublado o en un día de sol. Luego llegaba el jardinero y cortaba la hierba y todo se iba al carajo. Se acababan las margaritas y la contemplación.
Sus padres decían que era rarito, con ese tono que utilizan los padres, los abuelos, los vecinos, los tíos y todo el mundo en general, para decir que no eres como el resto, pero todavía peor. Es decir, que no estaba en la medianía, que no le gustaba el fútbol, los deportes, que no salía con chicas, que no iba al cine, que no jugaba a la consola, que no le gustaba el rock ni el pop, ni lo que estaba de moda. Su madre no habría sufrido más si se hubiera declarado gay. El día que le pilló besando con torpeza a una compañera de Bellas Artes en su dormitorio juraría que respiró tranquila.
Pero es que, incluso siendo rarito, Claudio era distinto. No era raro en el sentido de que se apuntaba a la moda de ir a contracorriente, llevar los tobillos al aire y gafas de pasta, sino que él había descubierto un buen día algo que le había marcado y había decidido que quería ser eso. Y hacia ello había enfocado su vida.
Claudio debería haber sabido, ya antes de dar aquella clase sobre la pintura del siglo XIX, que su nombre no venía de la nada. Era un nombre antiguo, desfasado, de viejo, que decían algunos. Era el nombre de Monet. Evidentemente.
Si se miraba al espejo, incluso se parecían. Solo le faltaba la barba. Así que decidió un buen día dejársela.
Y entonces su familia le dio por perdido.
Empezó su periplo de casa en casa, de luz en luz. Pintó y trabajó, hasta que la magia desaparecía. No era conocido, pero se ganaba bien la vida. El estilo clásico siempre tenía sus compradores, aunque no fuera algo que estuviera precisamente de moda.
A esa hora de luz dorada que era su favorita, Claudio se enfundaba su bata, su bonete, se colocaba frente al ventanal enorme, observando el patio con limoneros. En general necesitaba un tiempo de reflexión antes de poder mirar el lienzo.
Las otras ventanas del edificio daban al patio, y él podía observar lo que hacían las personas al otro lado, desearlo, pero no era del tipo voyeur. En general, lo que hicieran sus vecinos se la traía al pairo. Solían ser gente sin interés, grises, con vidas corrientes. En ocasiones había alguien que despertaba su interés durante una temporada corta, pero no solía durar. Normalmente, este duraba lo que tardaban en cruzar dos palabras en el ascensor o en el portal.
Parejas chillonas o amorosas, niños que jugaban o pedían la cena, bebés que mamaban del pecho de sus madres, ancianos mirando por la ventana, con la vista distraída.
Una mujer con una camisa de cuadros holgada, bailando mientras daba pinceladas a un lienzo.
Una mujer con una camisa de cuadros holgada, bailando mientras daba pinceladas a un lienzo…
La nota discordante atrajo su mirada al instante. Aquello no debería estar ahí, justo enfrente, en un ventanal vecino del suyo, disfrutando casi de la misma luz y de su patio con limoneros. Además, nadie con una técnica depurada debería sostener un pincel de aquella manera. Era imposible que una pincelada correcta saliera… en fin, correcta.
Claudio apretó los labios y sintió que los pelos del bigote se le metían dentro de la boca. Aquella barba de hacía dos siglos era incómoda y poco práctica, aunque no se atreviera a reconocerlo.
Aquella mujer no era una artista, se dijo con desdén.
No era como él.