Nuestra luz
Capítulo 3
3
—¿Sabes que hay otro artista en el vecindario?
Elsa terminó de preparar la paleta de colores, aunque era raro que la usara. Aquella era una costumbre que no quería perder. Odiaba pensar que era una de aquellas profesoras que se limitaba a soltar una ristra de trucos baratos y lecciones vacías y luego paseaba alrededor de los caballetes. Ella quería sentir que sus alumnos disfrutaban y aprendían, y que ella aprendía de ellos también.
—Querrás decir que hay un artista en el vecindario —respondió, mientras se ponía la camisa de cuadros, vieja y manchada de pintura, sobre la ropa limpia—. Artista es el que se gana la vida con sus obras, ya sabes —añadió con ironía.
Agustina, que llevaba bajo el brazo su cuadro con el pene, enorme y con venas bien marcadas, arrugó los labios, como si necesitara pensar en aquel concepto.
—Entonces sí es un artista. Me he informado bien al respecto. Se llama Claudio algo.
—¿Como el gallo?
—Como Monet, según él.
Elsa enarcó una ceja y asintió, incapaz de fingir seriedad.
—Ya veo. Es ese tipo de artista. Espero que no le hayas dicho que doy clases aquí, porque es capaz de quemarme la casa por blasfema. —Aunque fingía ligereza, Elsa era consciente de que su tono estaba lejos de ser alegre. Durante su vida había conocido a mucha gente que despreciaba el tipo de trabajo que ella hacía. Ser artista no era eso, pensaban. Una profesora de academia o de casa de cultura, creían, no era un artista de verdad. Antes preferían morir de hambre que caer tan bajo—. Por cierto, ¿cómo te has enterado?
Agus disimuló yendo a colocar su pene en el caballete con mejor luz del apartamento. Los demás alumnos sabían que no podían disputarle ese puesto si no querían morir desollados.
—Me equivoqué de escalera —dijo la anciana, encogiéndose de hombros —. No sé cómo ocurrió. Giré a la izquierda, luego a la derecha y de pronto estaba ahí. Soy vieja y soy débil, no me juzgues.
Elsa la miró con los ojos entrecerrados. Nunca dejaba de asombrarla la increíble cara dura de esa gente.
—¿Fuiste a mostrarle a Monet tu obra? Me gustaría saber lo que piensa al respecto.
Elsa trató de aguantar la risa al ver que Agus se sonrojaba. La anciana podía fingir desparpajo, pero estaba claro que no se había atrevido a tanto.
—Le ha gustado —replicó, rebelde.
—¡Oh, seguro que sí!
Mientras llegaba el resto de los alumnos y escuchaba rezongar a la más díscola de todos ellos, Elsa se volvió hacia el ventanal para abrir las cortinas. Rara vez las cerraba, pero no le gustaba la luz matinal, demasiado dura y brillante. Prefería la de la tarde, dorada y dulce, casi amelocotonada.
Echó un vistazo a sus limoneros. Los había plantado al llegar allí, hacía cinco años. Todavía eran jóvenes, pero ya daban fruto. Y sobre todo alegraban el patio, tan triste cuando llegó, tan frío y abandonado. Ahora todo era luz y alegría.
Sintió un sobresalto al ver que había alguien rondando sus árboles.
Vestía una especie de batamanta, como si fuera Gandalf.
¿Qué diablos estaba haciendo ese friki con sus limoneros?
Entonces en tipo se apartó y vio el bote de pintura y la brocha.
—Lo mato. Yo lo mato…