Nuestra luz

Arwen Grey · Capítulo 6 de 10

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Nuestra luz

Capítulo 6

6

 

 

Elsa despachó a sus alumnos más deprisa de lo normal.

En general las clases se alargaban al menos media hora. Charlaban, comentaban la actualidad o ideas, reían, y hasta salían a tomar algo. Alguna vez cenaban juntos, pero ese día estaba inquieta y quería quedarse a solas.

La vista se le desviaba todo el rato al ventanal y un poco más allá.

El artista ya no la observaba, como si su desaire lo hubiera ofendido.

Ahora trabajaba. Se había puesto otra de sus batas horribles y se había colocado ante un lienzo de tamaño considerable. Daba una pincelada cada media hora, más o menos. A ese ritmo, tendría el cuadro listo al cumplir los noventa, si acaso.

Una vez a solas, ella también sacó su caballete y se decidió a pintar. Últimamente había decidido que debía retomar una rutina, si es que quería que sus obras tuvieran una cierta calidad.

Su lienzo era mucho más pequeño que el del aprendiz de Monet.

Se preguntó qué estaría pintando él. Puentes, nenúfares, amaneceres…

Seguro que era bueno, clásico, técnicamente impecable. Y ella se moría por ver algo pintado por él.

Miró su propio cuadro. Era poco más que un esbozo de… algo. Ni siquiera recordaba la idea que había tenido en su momento. Entrecerró los ojos y giró la cabeza. Tal vez un paisaje. Aquello parecía un cerro, o una oveja. O el hombro de un hombre. O el ojo de un caballo.

Era casi una suerte que pareciera cualquier cosa, porque podía aprovechar el lienzo.

Con un suspiro, trató de calmar la respiración y concentrarse.

Se suponía que aquella era la mejor hora del día.

Estaba sola, la luz era suya, tenía una copa de vino al lado y podía pintar lo que le diera la gana, sin tener que dar consejos a nadie. Pero lo cierto era que la vista se le desviaba hacia el tipo en bata y barba enorme que pintaba al otro lado del ventanal.

Era increíble que vistiera así. ¿Cómo podía moverse con aquello sin engancharse con todo?

¿Cómo sería debajo de aquella tela?

No, no, no. Eso sí que no.

Nada de pensar en capas de ropa.

Cerró los ojos. Solo había una manera de exorcizar a aquel diablo, y era haciendo que pareciera un tipo corriente, como los demás. Solo le llamaba la atención porque era exótico. Si fuera normal, ni siquiera se fijaría en alguien así.

Se levantó del taburete y se dirigió a la puerta. De pronto, justo antes de salir, sonrió. Volvió al dormitorio y abrió un armario. Allí guardaba una vieja cortina que había descolgado de la ventana al llegar al piso. Estaba doblada y siempre pensaba tirarla, aunque nunca lo hacía. Ahora podría darle un uso al fin. Cuando iba a salir, vio un objeto en la mesa de la entrada. Lo cogió al vuelo, junto con las llaves, y salió.

 

Claudio no podía pintar.

Nunca le había ocurrido algo similar. Levantaba el pincel, lo acercaba a la tela, pero no.

Debía de ser el amor.

También podía ser que aquella obra no acababa de convencerle, porque el rojo de la rosa era demasiado brillante como parecer real y el verde, sin el pigmento desperdiciado en las losas del patio, no era tan hermoso como lo había imaginado, pero hasta el día anterior todo iba bien.

Claro que el día anterior no estaba enamorado.

Volvió a levantar el pincel, pero esa vez tampoco pudo dar la pincelada planeada.

Era horrible. Y, sin embargo, a la vez era una sensación agradable allí en el pecho.

Dejó la paleta a un lado y se levantó. Al hacerlo, la bata ondeó tras él. La sensación de la tela en la piel desnuda era agradable.

Un maestro de la vieja escuela le había enseñado aquel truco. Trabajar desnudo, sin inhibiciones, dejando que los sentimientos aflorasen a la piel.

Lo que aquel maestro no había tenido en cuenta era la posibilidad de que la mujer amada pudiera verle a uno en pelotas desde la ventana de enfrente.

Aunque no quisiera admitirlo, también era posible que su bloqueo con aquel cuadro se debiera a su destino.

Aquel encargo debía estar terminado en un mes.

En general, no solía tener plazos tan ajustados, pero sus padres le habían pedido aquel cuadro para su aniversario de bodas. Y era la primera vez que le pedían algo. Ellos, que no tenían más pinturas en su viejo piso que un paisaje de su pueblo regalado por su tío Jesús el día de su boda decorando el salón. Tenía la ligera sospecha de que el encargo había sido idea de su hermana, pero aquello daba igual. La cuestión era que algo salido de su pincel iba a decorar por fin la casa de sus padres, y no era capaz de ponerse manos a la obra.

Dio una vuelta completa, sintiendo cómo el aire se filtraba bajo la tela de la bata.

Era una suerte que aquella casa fuera cálida.

Volvería a intentarlo. Acabaría aquel cuadro y sus padres se sentirían orgullosos de su extraño hijo. Mostrarían su obra a las visitas y a las vecinas y dirían: «Sí, lo ha pintado nuestro Claudio. Claudio como Monet».

Entonces sonó el timbre, sacándolo de su ensoñación.

No tenía ni idea de quién podía ser a esa hora. Ya había anochecido y debería estar pensando en hacer la cena, ya que parecía que no iba a hacer nada de provecho por el momento. La luz dorada había desaparecido hacía rato y la de las lámparas no era igual, ni por asomo.

Deseó que no fuera aquella anciana que pintaba penes. Unos penes enormes y llenos de detalles anatómicos, por cierto. Le había plantado uno ante la cara y le había pedido una opinión académica y profesional, unos términos que él no había escuchado desde que había salido de la universidad.

Claudio había inflado los carrillos y había intentado no mirar aquello muy fijo. ¿Qué podía decir?

Agustina esperaba su veredicto, aunque no por ello se había privado de hacerle a un lado para cotillear su piso.

—Le falta una mano femenina —había dictaminado, como hacían todas las madres cuando uno vivía solo—. ¿Te ganas la vida con tu arte?

—No me va mal —tuvo que admitir Claudio con modestia, intentando que no se notara que no le gustaba que nadie tocara sus cosas.

Ella debió de notarlo, porque reía socarronamente mientras lo tocaba y olía todo y volvía a dejarlo en su sitio, haciendo comentarios acerca de los objetos, preguntando cómo había obtenido tal o cual premio o dónde había comprado esto o aquello.

Al final se había detenido frente al cuadro que pensaba regalar a sus padres y había enarcado una ceja plateada y había escupido su veredicto:

—Es bonito.

Lo había dicho con ese tono desdeñoso que se dedica a los niños feúchos y a los vestidos que te quedan regular, a los peinados que no te sientan bien y, definitivamente, a los cuadros que no son buenos.

Era bonito, y aquello era malo.

¿Qué podía decirle a la vieja después de aquello?

—Su obra es magnífica y muy… anatómica. Siga por ese camino.

Si ella podía decir aquello de su cuadro, él también podía ser cruel a su manera.

La había despachado con una palmada en la espalda y ella se había ido más feliz que unas pascuas. Ahora tal vez había regresado para hacerle pagar por su mentira.

Se ató bien la bata, para no dejar ver sus encantos, y se pasó los dedos por la barba y el pelo despeinados.

Aquello era lo más presentable que podía estar, dadas las circunstancias.

—Buenas noches, lamento…

La voz se le cortó al ver que no era Agus quien estaba al otro lado de la puerta, sino su Afrodita, su amada, su adorable vecina.

No tuvo tiempo de decir nada antes de que ella lo atrapara por la barba, de una considerable largura, y lo acercase a ella. Pensó que iba a volver a besarle, pero ella tenía un plan muy distinto.

Solo vio brillar el filo un instante ante sus ojos, pero fue suficiente para que sintiera que sus huevos se encogían bajo la bata.

El chasquido de las tijeras y la liberación fueron a la par.

Se llevó la mano a la barbilla, de donde había desaparecido la barba que le había llevado al menos dos años dejar crecer.

—Pero, pero… —balbuceó.

—Lo sabía. ¡Estás mucho más guapo sin barba! —exclamó ella, triunfal —. Ven, te la arreglaré. Además, te he traído esta cortina para que te hagas una bata de viejo de las tuyas. Seguro que te queda estupenda.