Nuestra luz

Arwen Grey · Capítulo 9 de 10

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Nuestra luz

Capítulo 9

9

 

 

Después de la clase con los chicos, Elsa permaneció alrededor de diez minutos en silencio, paseando por el salón, recogiendo todo lo que sus alumnos habían utilizado.

Las normas eran claras: todos debían recoger lo que habían utilizado, pero, a la hora de la verdad, siempre había cosas dejadas en la batalla. Un pincel, un bote con un resto de aguarrás, un lienzo olvidado, un trapo sucio con restos de pintura… Y no todo ello había sido dejado allí por accidente.

Claudio se había sentado junto a la ventana, mirando hacia su propio apartamento, muy satisfecho consigo mismo.

—Si crees que les has impresionado, puedes ir bajando a la tierra, guapo. El primer día siempre te hacen creer que has ganado. Y en cuanto te confías… ¡Zas!

Él atrapó el trapo sucio que le tiraba antes de que le diera en la cara.

—No te preocupes por mi autoestima —respondió Claudio con ligereza, levantándose de la silla y ajustándose la bata—. Si ya antes tenía claro que lo de ser profesor no era lo mío, ahora pienso que deberían ponerte un monumento. No voy a disputarte a tus alumnos. Y si algún día se me ocurre planteármelo siquiera, tienes mi permiso para darme con un martillo en la cabeza.

Elsa se rascó la cabeza, bajo el horrible turbante.

—¿En serio? Se te veía tan mono y tan profesional, dando vueltas por la clase y asintiendo como si fueras a sacar una vara en cualquier momento. No sabía si pegarte por ser mejor que yo o quitarme la ropa.

Claudio se acercó y le dio un beso pequeño en la punta de la nariz, donde todavía tenía una mancha de pintura rosa.

—Seguro que a ese niñato que solo piensa en tetas la segunda opción le habría parecido la buena.

Elsa rio y se acurrucó contra él.

—Son cosas de la edad.

—Pues debo de haber vuelto a la adolescencia, porque ahora mismo solo pienso en verte desnuda.

Elsa escondió la cara en su pecho, notando el tacto de la tela de la bata contra la piel. Estaba sonrojada y no quería que él lo viera. No era algo que le sucediera a menudo.

—¿Y te gustaría pintarme? —murmuró contra él.

Claudio emitió algo parecido a un ronroneo. La vibración de su pecho hizo que toda ella vibrara también. Era una sensación extraña y agradable.

—Usaría carmesí para el fondo —comenzó Claudio, en un tono tan suave que a ella le costó comprenderlo al principio. Sintió una mano en la cabeza, deshaciendo el turbante. Agradeció el aire fresco, y sacudió el pelo para liberarlo—. Un leve matiz rosado aquí y aquí —añadió, rozando con los labios sus mejillas y su frente, la barbilla—. Rojo en los labios, con toques de luz en el centro. Y nuestra luz bañaría tu cuerpo al anochecer, como si fueras una diosa.

Elsa sintió que las lágrimas bañaban sus ojos.

—Joder —dijo, apoyando la frente contra su barbilla—. Si vas a hablarme así todos los días, voy a tener que tomar vitaminas.

Claudio frunció el ceño, como si no comprendiese nada, aunque al final sacudió la cabeza y se agachó para poner un brazo por debajo de sus piernas y levantarla del suelo.

—Ya me explicarás más tarde lo de las vitaminas. Ahora, dime dónde está la cama y por favor, dime que tenemos tiempo antes de la siguiente clase.

Elsa se colgó de su cuello y señaló hacia a algún lugar indeterminado hacia su izquierda.

Claudio, con los labios ya pegados a los suyos, se limitó a asentir y a seguir la dirección que ella señalaba.

 

—¿También vamos a tener que pagarle a él?

Agustina no le miraba ni le señalaba, pero Claudio sabía que hablaba de él.

La anciana seguía trabajando en su obra, implacable, como si se encontrase ante un paisaje toscano.

Tras ella, un señor de aspecto impecable se rio muy bajito. Estaba colocado en un ángulo terrible con respecto a la luz de la ventana, pero muy bueno con respecto a Agustina. La vieja podía ser muy perspicaz para algunas cosas, pero no se había dado cuenta de que tenía a un galán enamorado de ella a menos de cinco metros de distancia.

—Tranquila —dijo Elsa, con el pelo suelto y la cara todavía sonrojada por la sesión de amor de hacía menos de dos horas—, Claudio es solo un artista invitado.

Agus emitió una exclamación llena de incredulidad.

—Como los romanos en el pueblo de las sabinas.

Claudio se colocó detrás de ella y contempló aquel pene efervescente, lleno de vibrante color, tan… anatómico. Era espeluznante e hipnótico. Era a la vez la cosa más fascinante y horrible que había visto jamás. Sin embargo, no podía dejar de mirarlo.

—Y yo que creía que le caía a usted bien.

—Es que con barba parecías otra cosa, muchacho.

Claudio empezó a pensar que debería echarse un vistazo en un espejo. ¿Tan feo estaba?

Miró a Elsa de reojo, pero ella fingió que no había visto su mirada ni había escuchado el comentario de Agus.

Suspiró y trató de concentrarse en su labor allí. Se suponía que había ido a ayudar. Aunque ante semejante portento, era complicado meter baza.

¿Qué hacía que aquella señora, que rondaba los ochenta, pintara con tanto placer un pene gigante en tonos que iban desde el fucsia al verde lima en el fondo, pasando por los más variopintos tonos de violeta, rosa y carne para el órgano en sí?

Había en ella una seguridad aplastante, algo de lo que él carecía. Y lo cierto era que, viéndola, empezaba a comprender lo que sentía su enamorada.

Era aquello lo que le faltaba a su propio trabajo. En especial, a lo que había estado pintando para sus padres.

Se le escapó una sonrisa.

Una sonrisa traviesa, malvada.

Sin decir una sola palabra, caminó hasta el siguiente alumno.