Numancia

Jose Luis Corral Lafuente · Capítulo 32 de 71

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Numancia

Capítulo 11

Aracos ordenó que encendieran una fogata y puso a calentar la hoja de su cuchillo. Ordenó que sujetaran al herido y le colocó un pedazo de cuero entre los dientes y un torniquete a la altura de la ingle. El cuchillo seccionó limpiamente los tejidos de la pierna, que de la rodilla para abajo estaba totalmente desgarrada, como si hubieran cortado la carne a flecos. El herido no pudo soportar el dolor y cayó desmayado cuando Aracos aplicó la hoja rusiente del cuchillo a los tejidos recién cortados.

Las piezas abatidas se colocaron sobre los caballos, y el herido en unas parihuelas. Algunos hombres tenían rasguños, contusiones y abundantes cortes en las manos, pero, salvo el que había perdido la pierna, todos estaban bien.

- Ha sido un buen día, algunas jornadas más como ésta y tendremos carne suficiente para el invierno - dijo Letuno.

La partida de caza regresó a Numancia a los diez días. Traía más de doscientas piezas grandes entre jabalíes, corzos, rebecos, ciervos y onagros, y muchas menores, como conejos, palomas, perdices y oropéndolas.

Muchas de las piezas ya habían sido desolladas y su carne ahumada y salada en el campamento de los cazadores.

- Te dije que era un magnífico animal - comentó Aregodas cuando Aracos le quitó la manta del lomo a su caballo nada más llegar a Numancia.

- Tenías que haberlo visto cuando perseguí al rebeco el primer día de caza; en verdad que corre como su nombre, como el viento.

Aracos acarició el cuello de Viento; el animal lo miró como si hubiera entendido las palabras de los dos amigos. Entre los celtíberos, cuidar a los caballos era considerado un alto honor, y Aracos le encomendó a Aregodas que desde entonces se encargara de Viento.

Capítulo 11

La caza y la pesca eran abundantes y los rebaños de ovejas prosperaban en aquella primavera feraz y abundante en pastos, pero el senado numantino seguía temiendo por el suministro de trigo. Aracos volvió a ofrecerse para mediar ante su padre para la compra de cereal, y el senado aceptó su propuesta.

El contrebiense partió hacia su ciudad natal por el camino del sureste, hacia Bílbilis, a la ciudad bela que prosperaba en la confluencia de los ríos Jalón y Jiloca. Desde Bílbilis viajó hasta la

cercana Segeda, que, aunque algunos de sus antiguos habitantes ya habían intentado regresar, continuaba abandonada diez años después de que sus moradores corrieran a refugiarse a Numancia. Roma todavía no había permitido la restauración de la vida urbana en la capital de los belos y planificaba construir una nueva Segeda dos o tres millas aguas abajo de la abandonada. Desde la desolada Segeda, Aracos cruzó la Idubeda por el paso que trazaba el curso del río de Contrebia, que descendió hasta llegar a su ciudad.

Aunque los espías numantinos le habían informado de que los caminos de Celtiberia estaban seguros y libres de romanos, pues todos sus ejércitos estaban combatiendo en el sur y en Lusitana contra Viriato, para mayor seguridad Aracos eligió viajar por senderos poco transitados, pues los romanos ya sabían que se había marchado a Numancia y que se había colocado en el bando de los partidarios de Viriato.

Cuando vio recortarse en el horizonte los muros de la acrópolis de Contrebia, Aracos sintió una profunda relajación. La primavera esmaltaba de un verde esmeralda los campos de trigo, que crecían peinados por una suave brisa del noroeste. Para no levantar sospechas, había hecho el camino con sólo tres de sus hombres, sobre unos onagros domesticados. Al entrar en Contrebia añoró a Viento.

Los guardias de la puerta identificaron enseguida a sus cuatro antiguos vecinos y se limitaron a saludarlos y a franquearles el paso, sin comentario alguno sobre su presencia en la ciudad, aunque uno de ellos corrió hacia la casa del magistrado supremo para avisarle de la llegada de Aracos y sus tres compañeros.

Aracos les indicó a sus hombres que podían ir a sus casas a ver a sus familias, pero que a la mañana siguiente debían estar listos para regresar a Numancia. Él se dirigió por la calle principal hacia el barrio bajo, a su casa de la calle del Sol. De camino fue saludando a algunos viejos conocidos, que, aunque se volvían para contemplarlo como si se tratara de la aparición de un espectro, evitaban hacer cualquier alusión a su regreso.

Al llegar ante la puerta de su casa, Aracos fue a entrar, pero cuando ya tenía la mano en el tirador, una pieza de hierro en forma de lagarto que había sido fundida en los talleres de su suegro, oyó un llanto en el

interior. Se detuvo por unos instantes y escuchó la voz de su esposa, que cantaba una suave melodía; entonces dio dos golpes con la mano y entró.

Briganda estaba amamantando a un niño de unos pocos meses; al contemplar a su esposo se sobresaltó y la boca del niño perdió el pezón, por lo que volvió a llorar. Su madre lo calmó con una caricia y le ofreció de nuevo su mama, de la que el hijo de Aracos volvió a chupar con avidez.

-Tiene hambre. Ha salido muy glotón. En eso no se parece a ti; en lo demás, sí -dijo Briganda.

Aracos, tan asombrado como si le hubieran acabado de anunciar que había sido designado cónsul de Roma, se acercó hacia su esposa y su hijo sin atinar a decir una sola palabra.

El niño mamaba del pecho de su madre con la fuerza de un ternero.

-¿Este… niño? -balbució Aracos.

-Es muy fuerte, y está sano. Es tu hijo.

-¿Cómo… se llama? -balbució de nuevo Aracos.

-Abulos, como tu padre. Abulos, hijo de Aracos, hijo de Abulos, del clan de los Urdinocos.

-¿Por qué no me dijiste…?

-Cuando te marchaste sólo tenía unos días de retraso, no estaba del todo segura; además, no quería alterar tu destino.

-Debiste avisarme. A comienzos de esta primavera pasaron por Numancia unos mercaderes de Tarraco; preguntaron por mí y me trasladaron que estabas bien, pero no me hablaron de mi hijo.

-No les dije que tenías un hijo. Estaban en el mercado de Contrebia y una vecina me comentó que se dirigían hacia Numancia. Aproveché para darles el recado de que todo iba bien, y que si podían localizarte que te lo transmitieran.

El niño, satisfecho, dejó de mamar, y Aracos tomó en brazos a su hijo.

-Si lo viera Marco tal vez cambiara su opinión con respecto a las mujeres.

-¿A quién te refieres?

-A Marco Tulio, legado de la sexta legión, mi compañero de armas y mi amigo. Cree que las mujeres sólo servís para procrear.

Aracos dejó al niño en la cuna de mimbre y cogió a Briganda por los hombros.

-La maternidad te ha hecho mucho más hermosa -le dijo.

-Eso no es tan difícil; nunca he sido una mujer bella.

-No es cierto, eres muy atractiva.

Aracos y Briganda se besaron pausada y largamente. El contrebiense la empujó con delicadeza hacia la cama mientras la desvestía de su túnica de lana y le acariciaba los pechos, crecidos por la reciente maternidad.

Briganda se incorporó del lecho, en el que Aracos yacía satisfecho tras haberse derramado un par de veces en el interior de su mujer.

-¿Has venido para quedarte, o…? -preguntó Briganda de espaldas a su esposo.

-He venido a por trigo. La mitad de la cosecha del año pasado fue quemada por los romanos, y aunque tenemos abundantes provisiones de carne y aceite, andamos escasos de harina. Si no conseguimos algo, nos faltará el pan antes de que esté recogida la próxima cosecha, y si los romanos vuelven a quemar los campos… en ese caso, en invierno pasaríamos hambre.

»Tengo que hablar con mi padre. Él sabe mejor que nadie dónde conseguir trigo a buen precio. Claro que ahora… las circunstancias han cambiado, tengo un hijo, tú…

-Los romanos te han declarado su enemigo -dijo Briganda.

-Ya lo sé, media Celtiberia lo sabe.

-Vinieron al poco tiempo de que te marcharas a Numancia. Querían confiscar las tierras, la casa…; pero tu padre intervino en mi defensa y aludió a los servicios que él les había prestado siendo joven, a los años que tú serviste en el ejército, a mi estado de embarazo… El pretor encargado del caso sentenció que yo podía seguir con las tierras y con la casa, pero que si volvía contigo me las confiscarían para venderlas en pública subasta.

-En verdad que mi padre debe de tener influencias entre los romanos.

-El pasado invierno hizo grandes negocios con ellos. La guerra en Lusitania ha dejado los campos del sur desolados; el ejército necesita pan y aceite, y tu padre se los proporciona.

-Iré a hablar con él, después ya veré…

Abulos estaba en su casa, con su joven esclava vaccea.

-¡Hijo! Me acaban de decir que te habían visto en Contrebia, pero creí que se trataba de una broma. Medio ejército romano anda tras de ti.

-Lo sé, y también sé lo que hiciste para que no requisaran mis tierras y mi casa.

-No tiene importancia. El pretor que vino desde Salduie es amigo mío, me debe muchos favores y buena parte de su riqueza. En esta ocasión bastó con un puñado de monedas.

-Veo que los negocios te marchan bien -dijo Aracos, a la vista de los nuevos muebles de la casa.

-La guerra, Aracos, la guerra. Ya te dije una vez que si la guerra continuaba, habría mucho dinero que ganar. Los romanos pagan bien el trigo que les consigo. Ya no es suficiente con mis excedentes, ahora negocio partidas de Beligio, de Damianu e incluso de las tierras de los suessetanos. La expectativa de la próxima cosecha en los alrededores de Segia, su nueva capital, es extraordinaria. Ya he apalabrado la compra de unas cuantas carretas de grano que me dejarán muchos beneficios.

»¡Ah!, ese condenado de Viriato; no sabe cuánto le agradezco lo que está haciendo.

-¿Por la libertad de Iberia?

-No; por mis bolsillos, hijo, por mis bolsillos. Cada vez que asola un campo de trigo en Turdetania o en Carpetania, ingresa en mi bolsa un buen puñado de denarios. Sin duda, es mi mejor aliado, y si pudiera entrevistarme con él lo nombraría mi agente de ventas, e incluso le daría un buen porcentaje de mis ganancias mientras siguiera actuando como hasta ahora lo ha hecho. Ayúdale a mantenerse con vida el mayor tiempo posible, ese pastor lusitano es la fuente de mi fortuna.

-¡Padre, Viriato está luchando por nuestra libertad! -clamó Aracos ofendido.

-Vamos, hijo, vamos. Las cosas no son tan…, digamos, tan nobles como tú crees.

-Padre, yo he abandonado a mi esposa, he salido de mi casa, he renunciado a mis tierras, ahora he conocido a mi hijo, y todo esto lo he hecho por tu honor, porque tú me dijiste que debía ser yo el encargado

de cumplir tu palabra, la que le diste a Césaro hace treinta años. Y

ahora…

-Y te lo agradezco, hijo, te lo agradezco mucho. Y no te preocupes por mi amado nieto, yo me encargo de él.

»Pero dime, ¿qué te trae por Contrebia? ¿Tu hijo, tu esposa…?

-Hasta hoy no he sabido que tenía un hijo; nadie me lo había dicho.

-¿Entonces…? No me dirás que echabas de menos a esa pelirroja…

Hay decenas de mujeres como ella; fui yo quien te la busqué como esposa; tenía una buena dote y, como ha demostrado ya, podía darte hijos sanos y robustos. Pero una mujer no es causa suficiente como para atar a un hombre como tú. Si estás aquí es por algo más.

-Necesitamos tu trigo.

-¿Cómo dices?

-Los romanos, frustrados porque no pudieron con los numantinos, quemaron los campos de Numancia, Termancia, Uxama y Lutia; los arévacos no tienen trigo, apenas les queda para un mes. Además, tememos que las legiones regresen antes de la recolección y vuelvan a prender fuego a las cosechas. Creo que han encontrado un punto débil para rendirnos y se van a cebar en él. Necesitamos harina o trigo, padre. El senado de Numancia me ha enviado aquí para que me lo proporciones o me digas dónde encontrarlo.

-Diles que saqueen los almacenes de los vacceos, como han hecho tantas otras veces.

-También están vacíos. Roma les ha requisado todo, ni siquiera tienen para ellos. Tú puedes conseguir ese trigo.

-¿Estás loco? ¿Sabes qué me ocurrirá si los romanos se enteran de que les voy a proporcionar trigo a los numantinos? Tú los conoces muy bien y sabes cómo las gastan.

-Nunca te he pedido nada; siempre he hecho lo que tú me has ordenado. Yo odiaba la guerra, pero desde niño me educaste para ser un soldado; me enviaste a luchar contra nuestros propios hermanos belos en Segeda y contra los arévacos de Numancia, y después me utilizaste para cumplir tu pacto de amistad hecho con un lusitano cuando yo ni siquiera había nacido. No he visto nacer y es probable que no vea crecer a mi hijo. Me debes ese trigo, padre, me lo debes.

-Espera, Aracos. Ya has luchado por mí contra los romanos. Mi pacto con Césaro se ha cumplido. Yo puedo conseguir que Roma te perdone. Hablaré con mi amigo el pretor, con el mismísimo gobernador de la provincia citerior si es necesario. Si te pasaras al lado de Roma, serías muy bien recibido; conoces Numancia y sus defensas, podrías asesorar a sus generales para su conquista, podrías ganar mucho dinero.

-Lamento que seas mi padre -dijo Aracos terriblemente enfadado -, pero necesito ese trigo.

-¡Vaya!, te has convertido en un sentimental, ¿no es así? Te crees el redentor de un pueblo, el salvador de los arévacos. Ese Viriato os ha sorbido el seso a todos. Sois unos idiotas. ¿Acaso crees que podréis resistir mucho más tiempo al poder de Roma?

»No es sólo su ejército el que avanza, también lo hacen sus costumbres, sus modas. ¿Sabes?, en Salduie algunos de los hijos de los sedetanos ya llevan nombres romanos; cada vez hay más "Marcos",

"Julios" o "Severos" que "Melmos" o "Luspangibas". Los jóvenes ilergetes, sedetanos y suessetanos desean ser romanos antes que cualquier otra cosa. El aceite que se consume en las ciudades de la costa se envasa en ánforas de Brindisi, la cerámica de Campania inunda nuestros hogares, los vestidos y los calzados son copia de los romanos y se fabrican según su gusto y su estilo. Tú has visto Tarraco y Salduie y cómo las casas, las calles y los templos empiezan a parecerse a los romanos. Sus campamentos están rodeados de barrios que llaman

canabae en los que habitan mercaderes y las mujeres y los hijos de los soldados. Están fundando ciudades por todas partes: ya lo hicieron hace unos años con Grachurris, aguas arriba de Salduie, y ahora planean fundar una nueva ciudad llamada Valencia, unas cien millas al sur de Tarraco; será una gran urbe, según dicen.

»¡Fíjate bien, iluso!, Roma ya está aquí. Ha venido como una tempestad y lo ha hecho para quedarse; si nos adaptamos a los cambios que arrastra, tal vez sobrevivamos; pero si nos resistimos, nos destruirá como el huracán abate los árboles menos flexibles.

-Necesitamos trigo, y tú sabes dónde encontrarlo -insistió Aracos, desdeñando el discurso de su padre.

Abulos se sentó en un sillón que por su lujoso aspecto parecía importado de alguno de los talleres del sur de Italia.

-¿Cuánto necesitas? -preguntó más calmado.

-Somos unos ocho mil, y apenas nos queda trigo para un mes. Con cien carretas sería suficiente, salvo que los romanos vuelvan a arrasar las cosechas este verano.

-Veré qué puedo hacer, pero ten en cuenta que costará caro. Esta primavera la demanda de grano es muy grande en el sur.

-¿Cuánto?

-Un denario de plata por cada talento de trigo.

-De acuerdo, pero nos regalarás tres por cada diez que te compremos.

-Uno por cada diez.

-Que quede en dos.

-Tú ganas, hijo, os entregaré dos de cada diez; me vas a hacer perder mucho dinero; eso si antes no se enteran los romanos y acaban conmigo.

-Eso no ocurrirá, tú sabrás cómo evitarlo. Esperamos el trigo en Numancia para dentro de veinte días, en la próxima luna llena -asentó Aracos.

-¿Qué vas a hacer tú, hijo? -preguntó Abulos.

-Mañana regreso a Numancia.

-¿Y tu hijo, y tu esposa?

-Le pediré a Briganda que venga conmigo.

-Sabes que si se marcha lo perderá todo.

-Si te lo vende a ti, no.

-¿Qué pretendes?

-Me recomendaste que comprara esas tierras porque eran buenas, y mi casa es una de las más sólidas de Contrebia. Cuánto crees que vale todo, ¿diez mil, doce mil denarios? Bien, si Briganda quiere venir conmigo, todo es tuyo por seis mil. ¿Qué dices?

-Tu esposa no se marchará de aquí. No va a seguir a un espectro cuya única alternativa de futuro es la muerte.

-En ese caso, no habrá trato.

***

Aracos volvió a su casa y le contó a Briganda lo que había hablado con su padre. La joven pelirroja acunó a su hijo y sonrió extrañamente, con un cierto deje de amargura, cuando Aracos le propuso ir con él a Numancia.

-Mi vida debería estar a tu lado, pues eres mi esposo, pero dice mi padre, y también el tuyo, que los romanos no cesarán hasta que hayan conquistado Numancia. Si me marcho contigo, cuando os derroten, nuestro hijo o estará muerto o será vendido como esclavo; no quiero que nada de eso le ocurra. Si me lo hubieras pedido cuanto te marchaste, si me hubieras dicho entonces que te acompañara… Pero todavía puedes quedarte, tu padre te ayudará; escríbeles a esos amigos tuyos de Roma, diles que te arrepientes por haber estado al lado de Viriato. Si lo haces, tu hijo tendrá alguna posibilidad de conocer a su padre.

-No puedo quedarme. Los numantinos me consideran uno más de ellos. Los han traicionado muchas veces; ¿qué diría mi hijo si supiera que me quedé aquí por cobarde y a costa de traicionar a unos celtíberos como nosotros? Prefiero que recuerde la memoria de un padre honesto a que conviva con la figura de un padre sin honra.

-¿Desde cuándo es para ti más importante el honor que la vida?

-Desde que lo aprendí de un romano, Marco Cornelio Tulio. Nos debemos mutuamente la vida.

-¿Qué buscas, qué andas persiguiendo, qué es lo que te atormenta? -

Briganda abrazó a su esposo y sus ojos se llenaron de lágrimas.

-He visto tantas muertes, tanto horror… Nada deseo más que la paz, una casa como ésta, una ciudad como ésta, una mujer como tú y un hijo como Abulos.

-Ya lo tienes, todo eso lo tienes.

-Eres una mujer; no entiendes qué cosas pasan por la cabeza de un hombre.

-Tal vez si te sinceraras, si me dijeras qué es lo que anhelas… Sé bien que nunca me has amado, y no me importa en demasía; sé que fue tu padre quien se empeñó en celebrar nuestra boda. Yo esperaba otro futuro, un marido que regresara a casa todos los días, un esposo con el que compartir el lecho todas las noches, con el que envejecer juntos año tras año. Ahora sé que ese sueño jamás será posible.