Numancia
Capítulo 26
»Recordad que agonizar postrado en casa no es digno de un guerrero celtíbero y que nuestros antepasados aconsejaban a los ancianos ineptos que se dieran muerte ellos mismos. Morir en combate nos conducirá derechos al estado placentero y eterno de la inmortalidad. Somos los elegidos de los dioses. Los que mueran, hoy mismo, a mediodía, estarán bebiendo cerveza, comiendo cordero asado y cantando canciones en las praderas celestiales en compañía de Lug.
Unos guerreros comenzaron entonces a bailar una danza ritual que solía celebrarse antes de las batallas y a cantar canciones dedicadas a Tentates, el dios de la guerra, que hablaban de victorias y triunfos mientras seguían a Aracos hasta lo alto de la muralla.
Aracos contempló el tramo norte de la circunvalación, justo en el lugar donde se levantaba el campamento de Escipión.
-Es una obra magnífica -comentó -, pero al menos en una ocasión pudimos burlarla.
El contrebiense observó a sus compañeros, poco más de una treintena al fin, se ajustó las correas de sus botas, soltó al viento sus cabellos, empuñó el escudo, apretó con fuerza la empuñadura de su hacha de combate, la alzó al aire, gritó un alarido terrible que resonó como un trueno por los campos de los alrededores de Numancia, saltó al otro lado de la muralla y corrió ladera abajo hacia la muerte.
CAPÍTULO 26
Olíndico observó la matanza desde la muralla. Batidos desde el muro y los torreones por las ballestas, las catapultas y los arqueros, ni uno solo de los compañeros que atacaron el muro romano con Aracos consiguió alcanzar ni siquiera el foso. El guerrero del hacha fue uno de los últimos en caer, y aún pudo arrastrarse malherido unos pasos, hasta que su corazón dejó de latir apenas a diez pasos de la base del muro que unas semanas antes había escalado burlando el cerco.
Olíndico se vistió con su túnica y su gorro de druida y le comunicó a Escipión que al día siguiente se entregarían. Esa jornada la emplearon en prepararse para morir los que habían optado por suicidarse.
La mayoría de los numantinos decidió quitarse la vida en sus propias casas; los padres degollaron a sus hijos y esposas y luego se abrieron el vientre con la espada, todavía empapada con la sangre de
sus familiares. Un terrible lamento de muerte y horror se extendió por toda la ciudad.
A la mañana siguiente, los supervivientes se presentaron en el lugar convenido por Olíndico y Escipión, justo al pie de «la bajada al llano», donde los aguardaban seis cohortes, perfectamente formadas tras sus orgullosos estandartes. Escipión estaba flanqueado por todos sus generales, por su hermano Fabio Máximo, por Marco Tulio, por el poeta Lucilio y por el historiador Polibio. El antiguo cónsul llevaba sobre los hombros el manto púrpura de su dignidad consular, aunque hacía ya unos meses que había sido sucedido en ese cargo.
La comitiva que descendía por la ladera norte de Numancia, encabezada por Olíndico, parecía una comparsa de espectros recién llegados del averno. Hombres, mujeres y niños aparecieron con los cabellos largos y greñosos, cubiertos de harapos infectos que olían a muerte y a podredumbre, los ojos enrojecidos por el llanto y el horror, los labios cortados y llagados, los dientes mellados y amarillentos y las encías amoratadas y sangrantes, las uñas largas pero quebradas, como garras de fieras desesperadas. Arrastraban los pies deformados por el frío, llenos de mugre, envueltos en un olor tan fétido que algunos oficiales romanos, pese a estar acostumbrados a la hediondez de los campamentos, tuvieron que hacer esfuerzos para no vomitar de asco.
Todo en aquellos numantinos era inhumano; todo menos su mirada, que aunque derrotada y perdida expresaba un odio eterno y terrible, y parecía encerrar el cruento recuerdo de tener que haberse comido a sus propios parientes y amigos.
-Esto no es digno de Roma -comentó Polibio en voz alta para que lo oyera el propio Escipión.
-Puede que no lo sea para un estoico como tú. Ya sé que crees que todos los hombres somos hermanos, pero Roma debe dar un escarmiento a cuantos se enfrenten a ella; así es como la autoridad romana se ha extendido por el mundo, y así ha de seguir siendo.
Marco Tulio intentó identificar entre aquellos mugrientos numantinos a Aracos, pero Escipión, al contemplar la inquietud de su primo, le dijo:
-Tu amigo no está entre esos desgraciados; el guerrero del hacha cayó en el grupo de locos que atacó hace dos días nuestro campamento.
Ordené que quemaran su cuerpo y arrojaran sus cenizas al Duero.
Marco apretó los dientes y acató la decisión de Escipión con una inclinación de cabeza.
-¿Y ahora? -preguntó Fabio Máximo.
-Apresad a esa chusma. Liquidad a los viejos, a los heridos y a los muy enfermos, los que puedan ser recuperados que se laven en el río y que coman las sobras de los legionarios; hay que procurar que mejoren de aspecto para que cuando los vendamos como esclavos nos proporcionen algún beneficio. Con esa pinta nadie daría ni un sextercio por todos ellos.
»Tú, querido hermano, selecciona a los cincuenta hombres que tengan mejor planta, los llevaremos a Roma para certificar nuestro triunfo.
-¿Y qué hacemos con la ciudad?
-Saquead todo cuanto de valor contenga y al resto prendedle fuego.
-Pero general -alegó Marco Tulio -, no tenemos autorización del Senado para destruir Numancia.
Escipión se volvió hacia su pariente, le lanzó una mirada fulminante y le dijo:
-Aquí la única autoridad válida es la mía; no lo olvides, Marco, no lo olvides jamás.
Tras ser saqueada Numancia, las murallas y muchas casas fueron derribadas y los legionarios prendieron fuego a lo que quedó de la antaño orgullosa ciudad de los celtíberos. Sus tierras fueron repartidas entre las ciudades vecinas, las mismas que durante el asedio habían aprovisionado a los romanos y habían rechazado ayudar a los numantinos.
***
Escipión dejó al mando del ejército a su pariente Marco Tulio, encargándole que levantara los campamentos y abandonara Numancia retirando al ejército hacia los cuarteles de invierno del valle del Ebro.
Él tenía prisa por llegar cuanto antes a Roma para anunciar a todos su triunfo sobre Numancia.
El general Marco Tulio, una vez acabado el trabajo y mientras las legiones se marchaban por el camino del oeste alejándose de la