Numancia
Capítulo 3
–No puede ser, tanta gente… En Contrebia somos poco más de mil y en Segeda eran unos cuatro mil… ¡Trescientos mil en Roma! ¿Cómo se alimentan?
–Es complicado, pero todos los días llegan a la ciudad centenares de carretas llenas de carne, pescado y vegetales, y el río, el sagrado Tíber, rebosa de embarcaciones que atracan en los muelles con cargamentos procedentes de todas partes del mundo. ¡Ah!, deberías verla ahora. Las mañanas son frescas y limpias, el agua surge de las fuentes tan pura como si acabara de fundirse la nieve, el aire está perfumado por el romero y el espliego… Roma, Roma…
Los dos jóvenes se sentaron uno al lado del otro, ambos soñando con su ciudad; al frente se extendía una tierra dura y agreste, colinas y páramos fríos y desolados entre los que serpenteaba el camino polvoriento que entre encinares y robledos se dirigía hacia el norte, hacia Numancia.
Nobilior decidió establecer un campamento más al norte, a mitad de camino entre Ocilis y Numancia. Sería la cabeza de puente para el asedio y ataque a la ciudad de los arévacos. En apenas un mes los romanos construyeron lo que parecía una verdadera ciudad. Una gran calle de mil seiscientos pies de longitud y noventa de anchura recorría el campamento de norte a sur, y desde ella se organizaba toda una retícula de calles que dibujaban unas manzanas cuadradas y rectangulares donde, por secciones, se levantaban los edificios de los legionarios según sus tres categorías, además de los de los ligeros vélites y los de los auxiliares itálicos, todo ello rodeado por una muralla con la altura de tres hombres. Casi en el centro del campamento, Nobilior ordenó construir un gran edificio, el pretorio, su cuartel general. En un recinto exterior, también protegido por un muro, se instalaron los auxiliares ibéricos.
Dos meses permaneció el ejército acantonado en Ocilis y en el nuevo campamento, esperando a que llegara el buen tiempo, pues a fines del invierno y principios de primavera el frío era todavía tan intenso que apenas permitía los movimientos de las tropas. Incluso a principios de mayo cayó una considerable nevada que cubrió con casi un palmo de nieve la tierra de Ocilis y sus alrededores.
Capítulo 3
Los segedenses habían llegado a Numancia cansados. Habían caminado cincuenta millas en poco menos de tres días y el esfuerzo los había dejado agotados. Los numantinos los habían recibido con enramadas y cánticos, celebrando su llegada. Los espías numantinos habían anunciado que los romanos, en contra de lo esperado, no habían dado inedia vuelta y regresado a Salduie, como habían supuesto los segedenses que harían, sino que habían levantado otro campamento provisional y luego habían continuado avanzando jalón arriba hasta construir un campamento estable en Ocilis, y otro más a mitad de camino entre éste y Numancia.
Durante varios meses aguardaron el ataque romano, confiados en rechazarlo desde lo alto de la colina donde estaba asentada Numancia, pero la acometida de Nobilior no se producía. Cansados ya de esperar y avanzado el verano, los celtíberos supieron por sus espías que al fin el ejército de Nobilior estaba formándose en Ocilis y que en un par de días a lo sumo partiría hacia Numancia. Ante las novedades que anunciaban el inmediato ataque romano, belos y arévacos se reunieron en asamblea, en una sesión conjunta de los senados numantino y segedense, para elaborar una nueva estrategia y preparar un plan de defensa contra el ejército consular de Nobilior.
–Los romanos están firmemente asentados en Ocilis - dijo Ambón, uno de los más reputados numantinos -. Han preparado durante meses el ataque a Numancia; sus espías les habrán informado de nuestra situación. Dicen nuestros informadores que en un par de días vendrán contra nosotros. No tenemos dudas de que la intención de Nobilior es atacarnos aquí y destruirnos a belos y a arévacos a la vez. Para él sería un triunfo extraordinario.
–No podemos permanecer inmóviles aquí en Numancia, esperando a que nos ataquen. Debemos tomar la iniciativa. Los soldados romanos se manejan bien, muy bien, en campo abierto, pero no saben luchar en una guerra de emboscadas. Sus oficiales los han preparado para maniobrar en grandes batallas, donde la estrategia de los movimientos de las tropas es decisiva. Todavía mantienen vivo el recuerdo de las derrotas que les propinó Aníbal. El caudillo cartaginés los venció en todas las batallas en campo abierto, salvo en la última y decisiva de Zama, y desde entonces la obsesión de los generales romanos ha sido no volver a ser derrotados de esa manera. Sus legionarios maniobran como un solo hombre, y por su
formación compacta y cerrada, su mayor número y su armamento superior son invencibles para nuestros guerreros, sobre todo en la lucha cuerpo a cuerpo. Pero nosotros somos más ágiles y ligeros. Si no podemos derrotarlos en una batalla frente a frente, hagámoslo utilizando nuestro dominio del terreno. En amplios espacios nos batirían con facilidad, pero si los sorprendemos en una emboscada en un terreno angosto y escarpado, la victoria caerá de nuestro lado. Por lo que sé, sólo han planteado dos posibilidades, o enfrentarse a nosotros en una gran batalla campal o asediar Numancia y tratar de rendirnos por hambre. Debemos sorprenderlos con un ataque que no esperen.
Quien así hablaba ante el senado de Numancia era Caro, un afamado caudillo de Segeda que había demostrado en reiteradas ocasiones su valor y que ya sabía cuáles eran las debilidades de los romanos, pues había negociado con ellos antes de que se declarara la guerra.
–Pareces conocer bien a los romanos y sus tácticas de combate, tal vez deberías ser tú quien nos guiara en la batalla - dijo Ambón.
–Si me proponéis como jefe del ejército, os prometo la victoria.
–Pareces muy seguro de obtenerla, pero no olvides que el ejército de Nobilior está compuesto por treinta mil hombres.
–De los cuales sólo diez mil son romanos. El resto está constituido por tropas auxiliares itálicas e iberas. Entre los iberos hay muchos que son
«celtíberos», como nos llaman los romanos a todos nosotros; en el ejército consular hay jóvenes guerreros de Contrebia, de Beligio, de Turiaso y de Nertóbriga, sobre cuya fidelidad los romanos no están del todo seguros.
Imaginad que en plena batalla decidieran pasarse a nuestro lado, del que nunca debieron salir… - supuso Caro.
–¿Tienes un plan de combate?
–Lo tengo - asentó Caro -; no nos quedaremos aquí, escondidos como conejos en su madriguera; saldremos a por ellos, a su encuentro, retomaremos la iniciativa, y antes de que se den cuenta estarán llorando ante sus dioses la muerte de sus compañeros. Saldremos de noche y nos esconderemos en un lugar estrecho y angosto que necesariamente deben atravesar en su camino desde Ocilis a Numancia. Allí, emboscados, aguardaremos el paso del ejército romano y caeremos sobre él como los lobos sobre sus presas.
–Creo que tienes razón… Propongo que Caro de Segeda sea quien dirija el ejército aliado de arévacos y belos - proclamó Ambón a los reunidos en la asamblea -. Levantad la mano los que estéis de acuerdo con mi propuesta.
Casi la totalidad de los belos y arévacos allí convocados alzó su brazo derecho al cielo y aclamó a Caro por su nombre.
–Acepto vuestra designación - se apresuró a decir Caro.
–Has sido elegido como nuestro caudillo, condúcenos a la victoria -
proclamó Ambón.
Aquella noche de verano, Numancia celebró una gran fiesta en la que se comió carne asada y pan de bellotas y se bebió cerveza espesa de trigo y vino áspero suavizado con miel. Durante toda la velada, numantinos y segedenses bailaron por las calles en honor a una divinidad sin nombre que era denominada como «el padre de todo»; en las esquinas ardían hogueras, y familias enteras danzaban a las puertas de sus casas, con las caras pintadas con líneas rojas y negras, vestidos con amplios mantos rayados y tocados con sombreros hechos con pieles de lobo y cuernos de ciervo.
Muchos sabían que al cabo de muy pocos días iban a morir en la batalla, y aquélla era una oportunidad de diversión que tal vez nunca jamás volviera a presentarse.
A la mañana siguiente, poco antes de amanecer, en un improvisado altar junto a una de las puertas, dos druidas numantinos ofrecieron al terrible dios Neto, la cruel divinidad de la guerra y de las alturas, un sacrificio. Los celtíberos todavía estaban aturdidos por la cerveza y el vino consumidos durante toda la noche anterior cuando una joven muchacha fue conducida ante el altar, ubicado al lado de una gran roca en la que se había tallado una amplia hendidura, como preparada para albergar a un cuerpo humano. La muchacha, vestida con una túnica de lino y coronada con una tiara de flores, fue depositada en el hueco de la roca. Parecía aletargada, como si le hubiesen dado a beber alguna sustancia relajante. Los dos druidas la acomodaron suavemente sobre la roca. Ambos iban tocados con sendos gorros altos y puntiagudos de los que colgaban plumas de buitre, y sus caras estaban ocultas por máscaras de piel que asemejaban la cabeza de un lobo.
La muchacha, ajena a cuanto sucedía a su alrededor, perfilaba en sus rojos labios una leve sonrisa, apenas intuida en sus ojos erráticos y vidriosos.
Uno de los druidas inició una frenética danza alrededor de la roca donde yacía la joven, y el otro lo siguió de inmediato; brincaban y giraban como
multicolores peonzas, recitando una letanía cadenciosa en una vieja lengua que nadie entendía. De vez en cuando miraban hacia oriente, donde una tenue claridad se hacía cada vez más brillante y anunciaba que no tardaría en salir el sol. Los saltos y los giros de los druidas fueron haciéndose cada vez más pausados hasta que los dos se detuvieron, alzaron sus manos hacia donde estaba a punto de asomar el sol y se encomendaron a todos los dioses célticos: Caldo Vledico, Leiosse, Pendura, Aioragato… los nombres de los dioses de los celtíberos sonaban como un agónico lamento. El primer rayo de sol desbordó la cima de una colina y bañó los muros y las casas de Numancia. Los dos druidas callaron su retahíla de invocaciones y se colocaron uno a cada lado de la muchacha. Uno de los sacerdotes extrajo de su cinturón un cuchillo de hoja tan ancha como gruesa y esperó un instante a que la luz solar alcanzara la piedra de sacrificios. El otro cogió un cuenco de cerámica pintada y lo alzó ofreciéndolo al cielo. Cuando los rayos del sol bañaron el cuerpo de la joven, el druida lanzó un rapidísimo y certero tajo con su cuchillo y cercenó limpiamente la yugular de la muchacha. La joven arqueó su cuerpo y, tras dos estertores, quedó inmóvil mientras de su cuello manaba un abundante chorro de sangre. El segundo druida colocó entonces el cuenco de barro debajo de una muesca tallada en la roca al final de un canalillo, por el que corría la sangre derramada, y con una efectista parsimonia mojó sus dedos en el líquido rojo y viscoso y se los llevó a la boca.
–¡Los dioses nos son propicios! ¡Neto y Lug estarán con nosotros en la victoria sobre los romanos! - sentenció el druida.
Los asistentes al sacrificio, saturados por la noche en vela y excitados por el sangriento espectáculo, alzaron sus manos y dieron vítores a Neto, a Lug y a su nuevo caudillo, el belicoso Caro. Después, ante una interminable procesión, los dos druidas fueron marcando con sus dedos dos rayas rojas en la frente de los guerreros segedenses y numantinos, sirviéndose de la sangre de la joven recién sacrificada mezclada con un tinte vegetal.
***
Nobilior dio orden a los tribunos y generales para que las dos legiones y las tropas auxiliares latinas e iberas se pusieran en marcha de inmediato.
Lentamente, como una enorme oruga roja y metálica, el ejército consular comenzó a avanzar. En línea de a cuatro, primero un escuadrón de
caballería, después varios regimientos de auxiliares iberos, luego las cohortes de los legionarios romanos y al fin el grueso de auxiliares latinos e iberos, caminaron hacia el norte, hacia Numancia. En Ocilis quedaron cinco mil soldados custodiando los almacenes y protegiendo las rutas de avituallamiento, esenciales para sostener una campaña que se presumía larga y cruenta.
El paisaje que se extendía ante los ojos de los romanos era monótono: extensos páramos de laderas rojas y amplias vaguadas cubiertas de encinares. El frío invierno había dejado paso casi de repente, sin primavera interpuesta, a un verano inmisericorde. Las asoladas llanadas por las que avanzaban los legionarios estaban abrasadas por un sol plomizo cuyos rayos caían como metal fundido sobre las cabezas de los soldados.
–¡Maldito país!, un invierno de hielos y nieves es seguido por un infierno de polvo y fuego - se lamentaba Marco Cornelio Tulio, que caminaba al lado de Aracos y al frente de un escuadrón de auxiliares de Contrebia.
–Aquí son así las cosas, decurión. No sé qué ha podido ver Roma en esta región para hacer semejante esfuerzo por someterla.
–Simplemente porque está ahí, Aracos, y porque Roma siempre vence.
–Creo que sois un pueblo temeroso.
–¿Temerosos, nosotros los romanos, temerosos? ¡Qué dices! Nuestra principal virtud es el valor. Estamos aquí, ¿no? Escucha, mientras nosotros caminamos por esta inmunda cloaca en el confín del mundo hacia Numancia, hay otros romanos que a miles de millas de distancia están conquistando África, Grecia y aún más allá, la misma Asia. Nuestra República ha pisado tierras que ni siquiera Alejandro Magno pudo soñar, y nadie será capaz de detenerla, nadie hasta que todo el mundo sea romano, hasta que la autoridad de Roma se extienda por todos los rincones de la tierra.
–Eso os costará muchas guerras y muchas muertes - replicó Aracos.
- Pero al final llegará la paz, la paz romana. Tendréis que dejar muchos muertos por el camino, será una paz empapada en sangre.
–Tal vez, pero una vida no importa, ni siquiera un millar de vidas, sólo importa Roma, sólo Roma.
El ejército consular hizo alto en el campamento que se había levantado unas semanas antes entre Ocilis y Numancia. El calor era terrible y apenas
había agua con que calmar la sed. En los alrededores del campamento se habían excavado algunos pozos, pero el agua era muy salobre y eran muchos los soldados que habían enfermado del estómago por consumir demasiada.
Numancia se encontraba a una jornada de marcha. Nobilior reunió al atardecer a sus generales y les explicó su plan.
–Belos y numantinos ya saben que estamos aquí, a un día de camino de Numancia. Mañana saldremos muy temprano, antes de que amanezca; avanzaremos todo lo deprisa que sea posible. Revisad con meticulosidad a todos los hombres: el que esté en perfecto estado que prepare su equipo y que camine raudo; aquellos que estén enfermos o impedidos, que se queden aquí mientras se recuperan. Cada legionario portará dos lanzas, su espada, un puñal largo y el escudo grande, y además cinco estacas para construir un parapeto si fuera necesario. En los almacenes de este campamento están dispuestas para ser usadas. Los auxiliares itálicos portarán cinco jabalinas ligeras, una espada corta, el escudo pequeño redondo y un puñal. En cuanto a las tropas hispanas, llevarán su espada curva, dos jabalinas y tres venablos, y el que tenga escudo que lo lleve también. Cada hombre será provisto de tres raciones de comida, abundante queso, una cantimplora de agua y una libra de pan.
»Marcharemos directos hacia Numancia; si todo sale como he previsto, estaremos ante sus muros antes de que se ponga el sol. Nuestros espías nos han dicho que hace dos días celebraron un sacrificio a sus dioses y que todos los hombres en edad de portar un arma han sido convocados a la lucha. Entre los numantinos, los segedenses y algunos aliados de las ciudades cercanas son casi ocho mil guerreros, de modo que tened mucho cuidado, pues no somos tan superiores en número.
***
Esa misma noche, mientras los romanos y sus aliados dormían en el campamento, Caro había ordenado que seis mil de los ocho mil hombres de los que disponía salieran de Numancia al encuentro del ejército consular. En cuanto se puso el sol, y para evitar que los espías destacados por Nobilior cerca de Numancia presenciaran el movimiento de tropas, los guerreros dejaron sus casas y con todo sigilo fueron formando en el llano que se extendía ante la puerta norte de la ciudad. Cinco mil celtíberos a pie y mil
jinetes avanzaron rumbo sur por el camino hacia Ocilis. Caro había localizado una profunda, estrecha y larga hondonada por la que necesariamente debía pasar un ejército que se dirigiera desde el sur hacia Numancia; ese lugar era el elegido para esperar emboscados a los romanos.
Caro estaba convencido de que los legionarios, con su pesado equipo de combate, tendrían muchas dificultades para moverse en un espacio tan angosto y que desde las alturas que rodeaban la hondonada serían presa fácil para los ágiles guerreros celtibéricos.
Alcanzaron la hondonada antes del amanecer. Caro fue distribuyendo a sus tropas por las alturas, revisando que estuvieran perfectamente camufladas entre las encinas, que en esa zona eran especialmente frondosas y densas. Dispuso a un pequeño grupo a la entrada de la hondonada, como si se tratara de un destacamento de guardia en la zona. Pretendía hacer creer a los romanos que ese puñado de guerreros era una patrulla de vigilancia.
Con ello imaginó que, al verlos allí acampados, Nobilior ordenaría darles caza y penetraría en la hondonada para perseguirlos. Sería en ese momento cuando desde las alturas caerían los emboscados sobre los romanos.
Entre tanto, la caballería esperaría oculta en un bosque cercano, apenas a una milla de distancia, para cargar con sus largas lanzas y con sus espadas de doble filo en cuanto los romanos estuvieran totalmente cercados.
Mediaba la tarde cuando apareció tras una colina el primer destacamento romano. Los celtíberos que hacían de cebo humano a la entrada de la hondonada habían encendido una fogata y habían desplegado varias tiendas de fieltro y de cuero. En cuanto vieron a los romanos hicieron ademán de levantar el campamento, pero subieron a sus caballos y se introdujeron a toda prisa en el interior de la hondonada. El centurión que mandaba la vanguardia romana, a la vista de la desordenada huida de los celtíberos, ordenó a sus hombres que se detuvieran; oteó el horizonte, pero todo le pareció en calma. De un ágil brinco subió a lomos de su caballo y lo acicateó para que corriera en dirección a Nobilior.
–Ave, cónsul - saludó el centurión -. Ahí delante hemos sorprendido a unos pocos bárbaros; parecían ser una compañía de vigilancia. En cuanto nos han visto aparecer han huido hacia el norte a través de una vaguada.
–Ojo, Nobilior, pudiera ser una trampa. Los hispanos sólo saben combatir utilizando la argucia - le avisó un tribuno de la primera legión.
–¿Dices que han huido? - preguntó Nobilior.
- En cuanto nos han visto aparecer.¿No has observado nada más? -
insistió el cónsul.
- Nada, todo parece en calma.
–Tribuno, coge un escuadrón de caballería e inspecciona el terreno. Tal vez sea una trampa.
El tribuno partió al galope al frente de un grupo de jinetes. Regresó poco después.
–Ahí delante el camino se estrecha y discurre por una vaguada entre dos cerros muy poblados de vegetación. No parece que haya nada extraño, pero yo no me fiaría de las apariencias, pues hay quien dice que los hispanos son capaces de ocultarse bajo la misma tierra.
–No tenemos tiempo que perder. Ordenad que avancen las tropas, pero que la retaguardia se mantenga fuera de esa vaguada hasta que la hayan atravesado las tropas de vanguardia. Démonos prisa, tal vez todavía podamos alcanzar a los fugitivos y darles caza.
A la orden de Nobilior, la vanguardia del ejército consular se puso en marcha a través de la hondonada, que se iba haciendo cada vez más profunda y estrecha.
–¡Por todos los dioses del Olimpo, esto es una ratonera! - clamó el tribuno que encabezaba la marcha con las primeras cohortes.
Si desde la entrada sur la hondonada parecía mucho más amplia y abierta, en cuanto se penetraba en ella y se avanzaba hacia el norte el camino se complicaba, y su angostura provocó una enorme inquietud entre los legionarios.
Caro observaba oculto tras unos matorrales los movimientos de los romanos, contemplando cómo se adentraban más y más en la trampa que les había preparado. Cuando calculó que toda la vanguardia del ejército romano estaba dentro de la hondonada, ordenó a sus hombres que hicieran sonar las trompas de cerámica. A lo largo de la profunda vaguada el sonido ronco de las trompas fue rebotando por las paredes de los cerros que la perfilaban.
Los romanos, desconcertados por el sonido y el eco, miraron a lo alto y comenzaron a inquietarse. De repente una lluvia de dardos cayó sobre sus cabezas, a la vez que llovían piedras de todos los tamaños y flechas incendiarias.
–¡Formad la tortuga, formad la tortuga!, ¡protegeos, protegeos! -
gritaban los centuriones, intentando que sus hombres mantuvieran la calma.
Los legionarios más veteranos se agruparon en un perfecto cuadrado, protegiendo los lados de las filas exteriores con sus grandes escudos rectangulares, mientras los del interior levantaban los escudos colocándolos sobre sus cabezas en una perfecta formación impenetrable. Pero algunos manípulos integrados por los legionarios más jóvenes y menos expertos se pusieron muy nerviosos y trataron de cubrirse individualmente tras su escudo, rompiendo la formación y mostrando los flancos al enemigo.
Desde lo alto, aprovechando la ventaja de su posición, los arqueros y los honderos celtibéricos disparaban casi a placer sobre los legionarios. Los mayores estragos se produjeron en aquellas cohortes que no fueron capaces de formar la tortuga, en tanto que las que habían logrado cerrar perfectamente los flancos rechazaban las piedras y flechas que rebotaban en los escudos sin apenas causar daño. Caro vio ganada la batalla y ordenó a sus tropas atacar frontalmente en la vaguada y lateralmente desde los cerros, sin dejar de castigar desde arriba a los romanos. El choque cuerpo a cuerpo fue terrible, y aunque la superioridad de los legionarios en la lucha cara a cara era muy grande, la sorpresa, la contundencia del ataque y la rapidez de movimientos de los celtíberos equilibraba la situación. Durante un tiempo el combate se estabilizó. Los romanos habían respondido bien al terrible envite de los celtíberos y, al haber logrado recomponer sus filas, los mantenían a raya. Por un momento la situación pareció indecisa. Caro ordenó entonces a la caballería que atacara por un flanco en el que la pendiente de los cerros era menos pronunciada. La irrupción en masa de los reputados jinetes celtibéricos causó estragos entre los legionarios, que intentaban desesperadamente mantener la formación. Tres cohortes se descompusieron y sus integrantes fueron masacrados por la ágil caballería celtíbera. El temor comenzó a extenderse entre las filas romanas y fueron muchos los soldados que retrocedieron en desorden, aterrados, en busca de la salida de la vaguada.
Nobilior contemplaba la masacre desde lo alto de una colina frente a la entrada de la hondonada. Desesperado por la derrota, ordenó a la retaguardia que formara un amplio frente de trescientos soldados en línea por diez de fondo frente a la salida de aquella ratonera.
Entre tanto, los celtíberos de Caro, ebrios de victoria, persiguieron a los romanos que huían dejando tras de sí centenares de cadáveres. El mismo
Caro, ansioso por convertirse en un héroe legendario, desenvainó su espada y cargó al galope.
Los celtíberos, obnubilados por un triunfo tan rotundo y fácil, no se habían apercibido de que la retaguardia romana los esperaba en perfecta formación de combate a la salida de la vaguada, en un amplio llano donde su superioridad era manifiesta. Ciegos en su persecución, varios miles de celtíberos que encabezaba el mismo Caro se encontraron de frente con los legionarios de la segunda legión, perfectamente formados. Ahora, ya en campo abierto, se entabló una cruel pelea entre los dos bandos, y poco a poco los romanos consiguieron recobrar el terreno perdido. Los legionarios luchaban tal cual habían aprendido en el ejército, maniobrando en masas homogéneas de soldados, abriéndose y cerrándose cuando los centuriones lo ordenaban. En la primera carga lanzaron sus lanzas pesadas sobre los celtíberos y sacaron de inmediato sus espadas para luchar cuerpo a cuerpo.
Entre tanto, los celtíberos lo hacían a su libre albedrío, lanzando desordenadamente sus jabalinas, usando sus hondas y cargando con sus espadas para retirarse deprisa evitando la pelea cuerpo a cuerpo.
En ese tipo de combate y en espacio abierto los celtíberos tenían las de perder, y Caro, advirtiendo con nitidez lo que estaba pasando, ordenó a sus hombres que se retiraran hacia la vaguada, sabedor de que los romanos no volverían a penetrar allí. Al mando de un puñado de hombres, el propio Caro se quedó protegiendo la retirada de los celtíberos. Los hombres con los que Caro hizo frente a los legionarios eran sólo un centenar, pero pudieron aguantar el tiempo suficiente como para que la mayoría se pusiera a salvo. Cuando no pudieron soportar más la presión de los legionarios, intentaron escapar, pero ya estaban rodeados y cayeron luchando, con las espadas en la mano.
Las primeras sombras de la noche se extendieron sobre las colinas rojizas y los celtíberos, al enterarse de que su caudillo había caído, se retiraron hacia el norte; sólo entonces los romanos pudieron respirar tranquilos.
Aquel día era el vigésimo quinto del octavo mes del nuevo calendario, el día octavo para las calendas de septiembre. Desde ese año ningún general romano entabló voluntariamente combate en esa misma jornada, que pasó a ser considerada nefasta en los anales de la República, pese a que en Roma
se celebraba ese mismo día una concurrida procesión, la Vulcanalia, en honor del dios Vulcano.
***
Los romanos pasaron la noche parapetados en los carros de la impedimenta, agotados por la dura pelea y temerosos ante un ataque enemigo, y a la mañana siguiente se contabilizaron los muertos y heridos.
De los celtíberos no había ni rastro y pronto se supo que esa misma noche se habían retirado hasta Numancia, alegres por la victoria pero desconsolados por la muerte de su caudillo Caro, lo que entre las tribus de Iberia era considerado como una gran desgracia. Seis mil muertos había entre las filas romanas por apenas un millar de celtíberos.
Nobilior, colérico, desenvainó su espada y cortó las manos al cadáver de uno de los celtíberos.
–Cortadles a todos los bárbaros caídos las manos y la cabeza; después enterradlos, pero sin sus armas.
Aracos tradujo a la compañía de contrebienses la orden del cónsul que le había sido transmitida por Marco. Entre los auxiliares ibéricos se extendió un murmullo de desaprobación.
–¿Qué pasa, qué murmuran? - preguntó Marco.
–Los celtíberos acostumbramos a incinerar a nuestros guerreros difuntos y a enterrarlos con sus armas; a veces dejamos a los muertos expuestos en el campo de batalla para que los buitres coman su carne y eleven sus espíritus hasta el cielo, donde mora Lug, el dios de la luz; para nosotros las armas son más importantes que la propia vida. Si se muere con honra, en el campo de batalla, la muerte es un honor; un celtíbero jamás entregaría sus armas en la batalla, y si muere en combate, su máximo anhelo es ser quemado y enterrado con ellas. Esos guerreros murieron peleando con honor, y deberían ser enterrados con sus armas, o dejar que los buitres los lleven al cielo.
–No importa lo que piensen esos bárbaros, una orden del cónsul debe ser cumplida - replicó Marco.
–Y en cuanto a cortarles las manos y la cabeza…
–Esa costumbre la hemos aprendido de vosotros; pero no se hable más, cumplid la orden - sentenció el decurión.
***
Numantinos y segedenses, de regreso a Numancia, celebraron la victoria. La muerte de Caro hizo necesaria la convocatoria de una nueva asamblea en la que se eligieron como nuevos caudillos militares a dos numantinos, Ambón y Leucón, que aceptaron la designación como jefes del ejército.
–Hemos vencido en una batalla, pero hemos perdido mil hombres -
lamentó Ambón.
–Ellos han tenido muchas más bajas - replicó un guerrero.
–Pero son muchos más que nosotros. Nuestros oteadores dicen que entre Ocilis y Numancia todavía quedan veinticuatro veces mil soldados romanos y auxiliares ibéricos. Nosotros sólo podemos oponerles siete veces mil hombres. Esta vez los hemos sorprendido y los hemos derrotado, pero a partir de ahora será muy difícil repetir una emboscada semejante. Mi propuesta es resistir en Numancia, fortificar la ciudad, construir trincheras y empalizadas, reforzar y recrecer los muros, proteger los accesos, almacenar cuantos víveres y provisiones podamos y aguardar su ataque. Estamos a fines del verano y en unas semanas caerán las primeras heladas. Los romanos no podrán sostener el asedio durante el invierno. Si resistimos hasta entonces, la victoria definitiva será nuestra, y tal vez se convenzan de que jamás podrán someternos, y quizá nunca regresen dijo Ambón.
–Eres muy optimista, Ambón - intervino un anciano -. Yo conocí bien a los romanos. Luché primero contra ellos en la gran guerra y después serví como auxiliar en su ejército. Su ambición no conoce límite, y no se detendrán ante los muros de una pequeña ciudad como Numancia. A vosotros Numancia os parece una gran ciudad, pero no habéis visto Roma.
Es cien veces Numancia y por cada numantino hay al menos mil romanos.
Roma se ha hecho desde la guerra y vive para la guerra; su razón de ser es la guerra misma. Sus dioses reclaman la guerra, sus hombres sienten la guerra, su poder se asienta en la guerra. Es posible que podamos derrotarlos una, diez, cien veces, pero volverán, siempre volverán. Muchos de vosotros no habéis visto el mar, pero yo os digo que los romanos son como sus aguas, que se retiran con la marea, pero siempre vuelven, siempre.
–¿Propones entonces que nos rindamos, que nos entreguemos sin luchar? - demandó Leucón al anciano.
–No, no. Nuestro deber es luchar por nuestra independencia, por nuestra libertad, pero escuchad mi voz, es la de la autoridad que me otorgan mis
años y mi experiencia. Los romanos no luchan para sí mismos, lo hacen por Roma; cada uno de ellos es una pequeña parte de un todo, como un pedazo de roca en una cantera. Cada romano encarna el ideal de su ciudad, que ellos llaman República; sólo les interesa la grandeza de Roma, de la que se consideran meros instrumentos. Para ellos, Roma es una obsesión; más que eso, es toda la razón, la única razón de su existencia, y contra semejante razón es muy difícil luchar.
–Nosotros lo hacemos por la libertad, por nosotros mismos - replicó Ambón.
–En efecto, ahí radica la diferencia, porque ellos, los romanos, no luchan por sí mismos, lo hacen por Roma, por eso no cederán jamás, porque su propia vida les importa menos que la gloria de su República.
Las palabras del anciano cayeron sobre la asamblea como una losa. Los numantinos se miraban como aturdidos. Tras la victoria de la hondonada habían albergado esperanzas de que todo había acabado. Decían los oteadores que al menos seis mil romanos habían quedado sobre el campo de batalla, tantos como todo el ejército de numantinos y segedenses, pero todavía quedaban veinticuatro mil, y aquel anciano decía que tras ellos vendrían más y más, que nunca cederían, que tras un ejército vendría otro, y otro, y así hasta la victoria definitiva.
La desesperación se extendió entre los celtíberos. ¿Qué hacer?: ¿resistir hasta el final?, ¿entregarse a Roma?, ¿vivir como esclavos?, ¿morir como hombres libres? Aquella noche nadie pudo dormir en Numancia.
***
Sólo habían pasado tres días desde la batalla de la hondonada cuando unos oteadores que Ambón y Leucón habían destacado para observar los movimientos de Nobilior acudieron a todo galope hasta Numancia para anunciar que el ejército romano se dirigía a plena marcha hacia la ciudad.
–¡No puede ser! ¡Tres días!, hace sólo tres días que acabamos con seis mil de sus hombres y ya están en camino hacia aquí - se sorprendió Ambón.
–Hay que actuar deprisa, que todos se refugien tras la murallas - ordenó Leucón -. Vamos, no perdáis tiempo, los romanos estarán ante estos muros mañana.
Nobilior había salido del campamento hacia el norte hasta alcanzar el curso del Duero unas pocas millas aguas abajo de Numancia. Desde allí
había ascendido por su curso hasta detenerse a una distancia de veinticuatro estadios de Numancia, donde se apostó y levantó un campamento en el que se mantuvo a la espera.
Durante más de un mes, numantinos y romanos permanecieron en sus posiciones; los numantinos refugiados tras las murallas de su ciudad, en lo alto de la colina, y los romanos en el campamento que Nobilior había ordenado levantar sobre un gran cerro a seis mil pasos al este de Numancia.
Sin que los numantinos lo supieran, Nobilior había enviado heraldos hasta la costa, a Tarraco, para reclamar del gobernador de la provincia, la Hispania citerior, más tropas; y sobre todo una sorpresa que tenía guardada para los celtíberos.
En cuanto recibió los refuerzos, entre ellos trescientos jinetes númidas que había aportado el rey Masinisa y que Nobilior había reclamado para contrarrestar a la veloz y versátil caballería celtibérica, el cónsul dio la orden de atacar Numancia.
Desde lo alto de los muros, los numantinos vieron aproximarse a tres cohortes de legionarios romanos a los que acompañaban unos puñados de auxiliares. Se aproximaban a la ciudad desde el sur, con suma cautela, y aparecieron tras unos escarpes rocosos que perfilaban un estrecho barranco.
Leucón y Ambón se sorprendieron ante el escaso número de atacantes y, aunque sospecharon que podría tratarse de un ardid, sabían que detrás de aquellas tropas no habría muchos más contingentes, pues el barranco por el que habían aparecido era demasiado estrecho y poco profundo.
–No entiendo qué pretenden dijo Leucón -. Un ataque así los conduce al desastre. Vamos, rápido, que mil hombres y cien jinetes salgan de la ciudad y carguen contra esos romanos.
La gruesa puerta de madera reforzada con planchas de hierro se abrió pesadamente y los celtíberos descendieron la rampa de la colina aullando como posesos, con las jabalinas en alto y prestos a lanzarlas sobre las tres cohortes legionarias. A una orden de silbato, los legionarios se detuvieron y se desplegaron en abanico ocupando toda la salida del barranco al llano, formando un sólido frente con los escudos y las largas picas. Cuando los celtíberos llegaron ante los romanos, sonó una nueva orden del silbato y los legionarios se abrieron justo por el centro de la formación. Del interior del barranco, en la retaguardia de la avanzadilla romana, aparecieron al trote diez elefantes que había enviado a Nobilior el rey númida Masinisa, el
mejor aliado de los romanos en África. Las enormes bestias cargaron contra los sorprendidos numantinos barritando como demonios, agitando sus orejas y trompas y levantando sus enormes y amenazantes colmillos.
Los primeros guerreros numantinos y sus caballos, a la vista de aquellas formidables bestias, quedaron como petrificados.
Aunque algunos de los más ancianos los habían visto cuando Aníbal los utilizó en sus guerras contra Roma, la mayoría de los numantinos jamás había visto animales de semejante tamaño, por lo que, tras unos primeros instantes de confusión, fueron invadidos por un pánico insuperable.
Desatendiendo las órdenes que daban los jefes de los escuadrones de caballería, la mayoría de los jinetes dio media vuelta y corrió hacia la ciudad, arrollando a los infantes que venían tras ellos. El desorden entre los celtíberos fue absoluto; presos de pánico, los atribulados guerreros se retiraron perseguidos por los elefantes y las cohortes romanas, que habían vuelto a recuperar su formación en cuanto los paquidermos atravesaron el pasillo que habían dejado al abrirse a los lados.
Algunos celtíberos fueron alcanzados por los elefantes y murieron aplastados bajo sus enormes patas o ensartados en los colmillos; otros se tropezaron entre ellos y cayeron al suelo, donde fueron rematados por los legionarios. Nobilior, que había presenciado la maniobra desde una atalaya cercana, ordenó entonces al grueso del ejército, desplegado tras unas colinas, que atacara los muros de la ciudad.
Al pie de los muros se entabló una terrible batalla. Los numantinos acudieron a la defensa de las murallas, desde donde arrojaban flechas y piedras sobre los romanos, que intentaban encaramarse con escaleras y cuerdas. En la zona más accesible de la colina, donde se abría la puerta principal, la carga de los romanos iba precedida por los diez elefantes, que, acicateados por sus conductores, empujaban las puertas y los muros provocando el temor de los defensores. Leucón, que estaba al frente de las tropas que protegían la puerta, ordenó a dos de sus hombres que le ayudaran a levantar una enorme roca. Entre los tres la alzaron en vilo por encima de la puerta, a la que uno de los elefantes estaba propinando unos tremendos envites, y la arrojaron sobre su cabeza. La bestia recibió el impacto justo en el parietal, al lado de una de sus gigantescas orejas, que sufrió un tremendo desgarro al tiempo que se oyó el seco crujir de los huesos del cráneo del paquidermo.
El elefante, enloquecido por el dolor, comenzó a menear la cabeza de un lado a otro y a agitar la trompa con violencia, golpeando a cuantos romanos estaban a su alrededor. Los otros nueve elefantes, al oír los angustiados barritos de su compañero, también enloquecieron y, desatendiendo las órdenes de sus cuidadores, comenzaron a pisotear a cuantos encontraron en su camino. Los combatientes romanos se habían amontonado ante los muros de Numancia, por lo que la locura de los elefantes provocó entre ellos una masacre. Aterrorizados por la embestida ciega de las diez bestias, que ahora cargaban hacia todas las direcciones, los romanos abandonaron sus armas y sólo se preocuparon por escapar de la locura de sus elefantes.
Leucón, al observar el desconcierto de sus enemigos, ordenó a sus hombres que salieran de la ciudad y aprovecharan la circunstancia para eliminar a cuantos enemigos pudieran. Preocupados por evitar el envite mortal de los elefantes que asolaban el campo de batalla, los romanos se desentendieron de los numantinos, que salieron en tropel por la puerta y se descolgaron por las murallas para cargar sobre los aterrados romanos. Una cruenta batalla se libró entonces al pie de la colina de Numancia. Hombres y bestias mezclados entre nubes de polvo y sangre caían ensartados en las jabalinas o atravesados por las espadas.
Algunos elefantes, agotados tras sus frenéticas carreras por la ladera y el llano, cayeron al suelo jadeantes, y allí fueron rematados por los celtíberos, que alzaron sus armas al cielo proclamando su victoria cuando vieron que los romanos se retiraban maltrechos, cubiertos de sangre y sudor, hacia su campamento. Cuatro mil romanos y auxiliares habían quedado tendidos junto a las murallas numantinas por tan sólo mil celtíberos, la mayoría aplastados por la primera carga de los elefantes,
***
En el campamento romano, Aracos ayudaba a Marco Cornelio Tulio a limpiar sus heridas con un ungüento hecho con esencia destilada de rosas, mostaza y berros. Un elefante desbocado había atravesado a la carrera el escuadrón de auxiliares contrebienses que éste mandaba y en el tumulto el decurión había sido herido en la pierna y en el brazo izquierdos. – Tus heridas no son profundas; un poco de este ungüento, hierbas y aceite de oliva, y en un par de semanas estarán curadas - pronosticó Aracos. – Vaya,
¿también eres médico? - preguntó Marco. – No, pero se lo he visto hacer a
mi padre en Contrebia; nos decía que lo había aprendido de un médico griego que lo curó varias veces de las heridas que recibió peleando como auxiliar de las legiones en las campañas de Macedonia.
Aracos contempló los maltrechos restos de su unidad. La mayoría, de los hombres que habían participado en el frustrado asalto estaban heridos, magullados o tenían algún hueso roto. Los médicos del ejército consular no daban abasto a curar a tantos heridos. Apoyado en una pared, un joven legionario estaba sentado con las piernas abiertas y la mandíbula desencajada, sus manos se apretaban junto a su estómago, en el que por una enorme raja se veía parte de sus intestinos. Un hediondo olor a sangre, humo y excrementos lo inundaba todo.
–Pronosticaste que los numantinos se rendirían ante la presencia de los elefantes, pero han resultado ser sus mejores aliados - dijo Aracos mientras vendaba la herida del brazo de Marco.
–Los elefantes son un arma formidable en la batalla. Los cartagineses los emplearon con gran maestría en las guerras contra Roma. Para Aníbal eran imprescindibles y buena parte de sus éxitos contra nosotros los debió a sus elefantes. En campo abierto y con unos buenos guías son imbatibles, pero aquí, en estas laderas y barrancos, no parecen el arma más eficaz.
Además, son unos animales imprevisibles. Hay quien los llama «los enemigos comunes», porque en no pocas batallas, como ha sido el caso de hoy, se vuelven contra sus amos y se convierten en los peores enemigos.
–En ese caso, ¿por qué los seguís utilizando? - preguntó Aracos.
–No sé, tal vez porque son un símbolo, un retazo de la memoria. ¿Sabes, Aracos?, en Roma todavía se sigue recordando, y tal vez temiendo, la figura de Aníbal. Fue nuestro enemigo, pero era un gran general. Sólo cometió dos errores en su vida.
–¿Cuáles? - demandó Aracos.
–El primero, no conquistar y arrasar Roma cuando pudo hacerlo por sus victorias en Italia, tras destruir varias legiones en Trasimeno y en Cannas.
Roma estaba entonces a su merced; si después de su victoria en Cannas se hubiera dirigido a Roma, no sé, tal vez ahora todos estaríamos bajo el poder de Cartago
–¿Y el segundo?
–Ser vencido en Zama. Fue la batalla decisiva de la segunda guerra púnica. Aníbal estaba en su terreno, defendía su patria, era el todo o la nada.