Numancia

Jose Luis Corral Lafuente · Capítulo 43 de 71

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Numancia

[Año 138 a.C.]

-Así será en tanto sus generales sigan siendo inútiles patricios carentes de moral y de capacidad estratégica, sólo preocupados por su triunfo y por su bolsa. Ahora es así, pero las cosas cambiarán mucho cuando al frente de las legiones esté un general capaz y preparado -

replicó Aracos.

-¿Escipión? -preguntó Aregodas.

-Espero que nunca tengamos que enfrentarnos a él. Tú lo conociste en Cartago y viste sus ojos de halcón. Menos mal que Roma no dispone de muchos soldados como él, pues en ese caso hace tiempo que y Numancia sería sólo un montón de ruinas.

Popilio Lenate sufrió un par de reveses más en los alrededores de ti Numancia. Incapaz para el mando, como la mayoría de los cónsules, en cuanto cayeron las primeras nieves, a mediados de otoño, ofreció un tratado de paz a los numantinos, que aceptaron pese a los precedentes.

Popilio les prometió que se retiraría si le entregaban nueve mil mantos de lana, tres mil pieles de bueyes y trescientos rehenes. Los numantinos se mostraron reticentes, pero otras ciudades arévacas como Termancia, Uxama y Lutia los convencieron para pagar el tributo. Una guerra tan larga estaba quebrando la resistencia de los celtíberos; el tiempo empezaba a jugar a favor de Roma.

Por una vez, un cónsul romano cumplió su palabra y Popilio Lenate se retiró con su dos legiones para invernar en el valle del Ebro. Los arévacos pudieron pasar finalmente un invierno en paz.

[Año 138 a.C.]

En Roma, el Senado empezaba a estar harto de la situación en Celtiberia. Muchos senadores se preguntaban cómo era posible que sus ejércitos hubieran conquistado ciudades tan grandes y poderosas como Corinto o Cartago, pobladas por decenas de miles de ciudadanos cultos, y que fracasaran una y otra vez ante una pequeña urbe como Numancia, habitada por un puñado de salvajes bárbaros. Los generales derrotados alegaban que se trataba de una ciudadela inexpugnable, construida en lo alto de un cerro rodeado por precipicios, laderas escarpadas, ríos de caudal irregular y bosques de espesura impenetrable, y que sólo había un camino de acceso franco desde la llanura, pero que estaba cubierto de zanjas, empalizadas, obstáculos y

trampas. También se excusaban aludiendo al clima extremado, a los inviernos terribles y gélidos que duraban más de la mitad del año, con pavorosas heladas y copiosas nevadas que impedían el movimiento de hombres y de animales; o a los ardientes y secos veranos, durante los cuales un sol abrasador asolaba inclemente los páramos de Celtiberia, secaba las fuentes y los manantiales y provocaba insolaciones y enfermedades sin cuento. Además, tenían en contra la propia configuración del país, una sucesión de escarpadas y abruptas sierras, páramos batidos por un viento inclemente y valles profundos y cerrados, un terreno muy propicio para las emboscadas, donde un ejército organizado apenas podía desplegarse frente a los imprevisibles ataques por sorpresa de los celtíberos, que apoyados en su perfecto conocimiento del terreno atacaban con cargas rápidas e inesperadas para retirarse de inmediato a esconderse en los numerosos boscajes o en los abundantes escarpes rocosos. Finalmente, había que tener en cuenta la propia voluntad de los celtíberos, especialmente la de los numantinos, gentes indómitas y salvajes, dispuestas a morir por lo que ellos entendían como la libertad, un concepto de la vida que ningún general romano había logrado comprender hasta entonces.

Un senador intervino en la primera de las sesiones del nuevo año consular para decir que en los quince años de guerra contra los celtíberos habían muerto unos quince mil legionarios y casi el doble de auxiliares.

-El equivalente a tres legiones completas ha caído ante los muros de Numancia en los últimos quince años. La conquista de Cartago no nos supuso la pérdida de ni siquiera media legión y la de Corinto apenas la de tres cohortes. ¿Hasta cuándo vamos a soportar esta situación?

¿Cuántos ciudadanos romanos más tienen que morir antes de que Numancia acate el poder de Roma? ¿Es que no existe un solo romano capaz de vencer a un puñado de bárbaros enriscados en lo alto de un cerro infecto perdido en el culo del mundo?

Por el momento, las preguntas del senador quedaron sin respuesta, pero el Senado declaró nulo el tratado firmado poco antes por Popilio Lenate.

Los nuevos cónsules, Publio Cornelio Násica y Décimo Junio Bruto, juraron su cargo y de inmediato se dedicaron a reclutar a los hombres

que configurarían las cuatro nuevas legiones consulares de ese año.

Espoleados por las críticas vertidas en la primera sesión del Senado sobre la guerra en Celtiberia, se mostraron muy duros a la hora de juzgar a los acusados de desertar del ejército de Hispania. Algunos de ellos, que estaban en prisión en Roma, fueron azotados con varas, lo que al ser ciudadanos romanos estaba prohibido por la ley, y después fueron vendidos como esclavos al precio ridículo de un sestercio. Los desertores que habían abandonado el ejército romano y que Viriato había entregado fueron mostrados en el foro para escarnio de los rebeldes; tenían la mano derecha, la lengua y las orejas cortadas.

Los cónsules reclutaron a todos los hombres que estaban en edad de portar armas, sin tener en cuenta ninguno de los derechos de los ciudadanos.

Ante este abuso y por las quejas de los plebeyos, los dos tribunos de la plebe ejercieron su privilegio de dejar exentos del reclutamiento a uno de cada diez soldados, pues tenían la facultad legal para ello. Pero los cónsules hicieron caso omiso a ese derecho y siguieron reclutando a su libre albedrío. Ante el desacato a los derechos de los ciudadanos, los tribunos dieron la orden a los pretorianos de que encarcelaran a los dos cónsules, y así se hizo.

La situación en Roma se tensó de manera extraordinaria. La plebe se arremolinó ante las escalinatas del edificio del Senado y algunos de los senadores más prestigiosos y populares tuvieron que acudir para calmar los ánimos, en tanto pedían al pueblo que reclamase la excarcelación de los dos cónsules por el bien de Roma y para poder continuar la guerra contra Numancia. Por su parte, los tribunos pronunciaron arengas en la Columna Rostral en las que insistían en que los cónsules habían conculcado la ley y debían penar por ello. El tribuno Curiacio pronunció un brillante discurso en defensa de la legalidad de la República y de los derechos de los ciudadanos y comparó con toda ironía al nuevo cónsul Násica con un buey sagrado, dándole el apodo de Serapión, por el dios-buey egipcio Serapis. El apelativo tuvo tanto éxito que en Roma todos comenzaron a aludir a Násica con el mote de Serapión.

Aquella agitación duró tres días, pues al fin, los senadores consiguieron que Escipión se dirigiera al pueblo para convencerlo de la

conveniencia de liberar a los cónsules. El prestigioso general aceptó, y tras un encendido discurso en la Columna Rostral logró que la plebe demandara la libertad de los dos cónsules; a los tribunos de la plebe no les quedó otro remedio que concedérsela.

En aquellos días llegaron a Roma Audax, Ditalcón y Minuro. Los tres asesinos de Viriato habían sido convencidos por el procónsul Cepión para que, a cambio de una enorme suma de dinero, asesinaran a su jefe y amigo; como señal, les había entregado un adelanto de lo prometido. Tras el magnicidio, los asesinos habían huido a refugiarse con Cepión y a reclamar el abono del resto del dinero; el procónsul les dijo que no tenía competencia para pagar semejante cantidad y los dirigió a Roma.

Un senador los recibió en la Curia y les dijo que se conformaran con lo que ya habían cobrado y que desaparecieran cuanto antes de su vista, pues Roma no tenía por costumbre pagar a los traidores, y que lo hicieran rápido, antes de que algún pretor iniciara un juicio contra ellos por haber asesinado a un hombre que había sido investido por el Senado con el título honorífico de «amigo del pueblo romano». El propio Násica, una vez liberado, se encargó de que los tres asesinos fueran expulsados de Roma con la advertencia de que serían ejecutados si alguna vez volvían a pisar suelo romano. Nunca más se les volvió a ver; se dijo que habían embarcado en Ostia en una nave mercante que zarpó rumbo a Egipto.

Los problemas internos en Roma retrasaron la llegada de las legiones consulares a Hispania. Cuando lo hicieron, el año estaba ya avanzado y solamente se produjeron algunas escaramuzas en los alrededores de Numancia, que los celtíberos rechazaron sin problemas.

Nada parecía haber cambiado.

El tiempo de calma fue aprovechado por Aracos para visitar a su esposa y a su hijo en Contrebia. El niño crecía sano y su esposa había aprendido a administrar las tierras con la ayuda de su suegro y de otros familiares. Aracos tuvo que viajar de noche ocultándose de las patrullas romanas, que abundaban en la provincia de Hispania citerior.

Una vez más, pudo comprobar que en la vertiente oriental de la cordillera de la Idubeda, las montañas sagradas de los celtíberos, las costumbres y las modas romanas ganaban terreno día a día a las

indígenas. Ante sus ojos, la vieja Celtiberia se estaba partiendo en dos; en la citerior, en la región oriental, más culta y pacífica, predominaba la presencia muy intensa de todo lo romano, en tanto en la ulterior, en las tierras del oeste, seguía pujante el espíritu indomable que años atrás también tuvieran belos, titos y lusones, y que ahora quedaba exclusivamente encarnado en los arévacos.

Esta vez Aracos volvió a intentar que su esposa y su hijo volvieran con él a Numancia, pero Briganda no estaba dispuesta a ello, y de nuevo regresó solo. Al cruzar las montañas azules y perder de vista el valle de Contrebia, el guerrero del hacha lloró, por primera vez en su vida lloró de rabia y de impotencia, y para calmar su ánimo alzó su hacha, acicateó a Viento y cabalgó al galope ladera abajo, como si lo persiguieran mil demonios.

Aquel año se repasaron y recrecieron todas las fortificaciones de Numancia. La muralla se reforzó con grandes bloques de piedra y se reparó el parapeto de adobe y de estacas de madera, en las laderas del cerro se excavaron nuevas zanjas, fosos y más profundas trampas y en

«la bajada al llano» se construyeron rampas, parapetos y bastiones murados de manera que les fuera imposible a los sitiadores acercarse con rampas, escalas y torres de asalto hasta el pie de la muralla. En el interior de muchas casas se cavaron pozos donde se ubicaron silos para guardar grano, que siempre deberían estar llenos, y se habilitaron nuevas y más capaces cisternas para contener agua.

Olíndico, que día a día ganaba fuerza en el senado de Numancia, y Aracos, convertido en el verdadero jefe de la milicia, revisaron todas las obras y corrigieron algunos defectos. Aracos conocía bien las técnicas de asedio de los romanos y fue recordando una a una todas sus artimañas para intentar buscar el antídoto preciso a cada una de ellas.

Entre tanto, el cónsul Junio Bruto fundó al fin la anhelada ciudad de Valencia, en la costa mediterránea, unas pocas millas al sur de Sagunto, para que se instalaran en esas tierras pantanosas los legionarios licenciados de la guerra contra Viriato. Roma había venido para quedarse. Ahora, pacificada Lusitania y muerto Viriato, todo el poder del ejército romano en Hispania estaba liberado para caer con toda su fuerza sobre Numancia.