Numancia
Capítulo 18
- Voy a levantar un cerco alrededor de esa ciudad a través del cual no pueda pasar ni una rata. Mis ingenieros han estado estudiando el terreno, y mira - Escipión se acercó a una mesa, cogió un rollo de piel y lo desplegó ante Marco-: Construiremos siete campamentos bien fortificados en esos siete cerros, rodeando por completo la ciudad, y los uniremos con un foso y un muro; en los cauces de los ríos ubicaremos puentes y torres de madera y peinaremos las aguas con rastrillos de hierro. Nadie podrá entrar ni salir de ese recinto sin nuestro permiso.
Marco observó el plano de las obras dibujadas por los ingenieros del ejército siguiendo las instrucciones de Escipión.
- Nunca se ha hecho nada parecido; será una obra de titanes. Ahora entiendo por qué sometiste a los legionarios y a los auxiliares a aquellos ejercicios de zapadores.
- Mañana mismo empezaremos a cavar el foso, a levantar el muro y a trazar los demás campamentos.
Marco cotejó las fortificaciones trazadas en el plano con el paisaje que se extendía ante sus ojos y se sorprendió ante la monumentalidad de la obra que pretendía ejecutar Escipión.
–Nos llevará meses - dijo el general.
- No importa; tenemos tiempo, mucho tiempo - sentenció el cónsul.
Capítulo 18
Sesenta mil hombres. A comienzos del otoño del año del segundo consulado de Publio Cornelio Escipión, sesenta mil hombres comenzaron a cavar un foso, bordearlo con un muro y a defenderlo con siete campamentos alrededor de Numancia.
Fabio Máximo, que dirigía las obras en el flanco oeste, le comentó a Escipión, durante una de las reuniones que tenían los generales con el cónsul para coordinar los trabajos, que tal vez fuera menos costoso y más rápido atacar Numancia al asalto.
-Hermano, creo que construir semejantes muro y foso nos llevará muchos esfuerzos y demasiado tiempo. Tu consulado acaba dentro de tres meses; si seguimos adelante con este plan habrá acabado tu mando consular antes de que esa ciudad se rinda. En cambio, si lanzamos las legiones al asalto, dudo que esos bárbaros puedan aguantar una semana. Tenemos sesenta mil soldados, cuatro legiones, la caballería
númida y doce elefantes. Ese villorrio no podría resistir un ataque de estas proporciones.
-Querido hermano: el general que se lanza temerariamente al ataque sin que sea estrictamente necesario no es un buen militar; por el contrario, es un buen estratega quien sólo lo hace en caso de necesidad.
Un buen general es como un buen médico, que procura curar la herida con fármacos y ungüentos antes que tener que amputar un miembro -
alegó Escipión.
-Pero apenas quedan ahí dentro dos mil soldados, ni siquiera uno por cada paso de muralla; si lanzamos todos nuestros efectivos a la carga, Numancia caerá irremediablemente, y tu triunfo sería mayor -
insistió Fabio Máximo.
Escucha, hermano. Esos hombres están desesperados y saben que no les aguarda sino la muerte
o la esclavitud. Un guerrero acorralado lucha con el triple de energía y es capaz de realizar hazañas que en estado normal jamás se atrevería a cometer. Es por eso que prefiero cercarlos y rendirlos por hambre. Un soldado acosado morirá luchando por defender su dignidad y se convertirá en un enemigo temible y en un héroe para otros que intentarán emularlo, pero un soldado hambriento y famélico sólo despierta compasión y lástima.
»Recuerda lo que decía nuestro padre, al que yo no llegué a conocer: "Sólo se debe dar la batalla cuando se está en condiciones muy favorables o muy desfavorables". Bien, nosotros todavía no tenemos esas condiciones muy favorables; tras varios meses de asedio, cuando los numantinos hayan agotado sus víveres y su moral haya decaído, entonces habrá llegado nuestra oportunidad.
-Pero…
-No insistas, hermano. ¿Has calculado cuántos de nuestros hombres morirían en un asalto directo a Numancia?
-Yo no… -balbució Fabio.
-Pero yo sí. Entre las trampas, los obstáculos y las flechas caerían no menos de cinco mil antes
de alcanzar los muros, otros cinco mil antes de asaltarlos y no menos de diez mil en la terrible lucha cuerpo a cuerpo que se entablaría en las calles y en las casas de la ciudad; por cada guerrero
numantino caerían entre ocho y diez de los nuestros. Sí, ya sé que tal vez los historiadores glosarían una batalla así con los mejores elogios hacia mí, y que alabarían mi valor y mi arrojo, pero esas palabras escritas en los anales de la historia no devolverían la vida a uno solo de mis soldados. La principal tarea de un general es vencer batallas y ganar guerras, pero no a costa de perder ejércitos enteros. Yo no puedo regresar a Roma con Numancia en mis manos pero con veinte mil romanos muertos sobre mi conciencia. Espero que lo entiendas; si tú estuvieras al mando, harías lo mismo…, lo que te enseñó nuestro padre.
***
Aracos y Briganda cenaban en silencio un guiso de conejo con harina de bellota. -Habrá que empezar a racionar la comida. Escipión ha levantado una cerca de estacas y está construyendo un muro de piedra y un foso. Pretende aislarnos del resto del mundo y esperar a que o
nos rindamos, o muramos de hambre o realicemos un ataque suicida.
-¿Y qué piensas hacer?
-Hablar con el cónsul. Quiero proponerle a Olíndico que me envíe al frente de una embajada para dialogar con Escipión.
-¿Crees que servirá de algo?
-Me temo que no. El cónsul es consciente de su superioridad. Sabe que nuestra situación será desesperada en cuanto pase el invierno y comencemos a tener escasez de alimentos.
Abulos comía en silencio, al lado de su madre, como ajeno a lo que sus padres estaban debatiendo. Pero el niño, que acababa de cumplir diez años, preguntó inquieto:
-Vamos a morir, ¿verdad, padre?
-¿Por qué dices eso?
-Me lo ha dicho un niño de la casa de al lado cuando jugábamos esta tarde en la calle. Dice que los romanos son muchos y que han venido hasta aquí para matarnos a todos y para quedarse con nuestras casas, pero yo le he respondido que tú nos vas a defender, que no vas a permitir que nos maten.
-Claro que no, hijo, claro que no.
Abulos sonrió a su padre.
Cuando el niño se quedó dormido, Briganda le preguntó a su esposo angustiada:
-Vamos a morir todos, ¿no es así?
-Bueno, hemos sido atacados en otras muchas ocasiones. Éste no es el primer asedio que soporta Numancia. Hemos sobrevivido a los anteriores.
-Pero ese cónsul es diferente a los demás generales, o al menos eso te oí comentar con Aregodas.
-Escipión es un hombre tenaz, pero podemos derrotarlo.
-Vamos, esposo, no me engañes; puedes hacerlo con Abulos, pero yo he visto a los romanos, y son muchos. Sabes que no tenemos ninguna oportunidad.
-Aregodas jamás se rindió.
-Aregodas era un buen hombre, pero murió como un estúpido.
-No digas eso, no hables así de Aregodas. -Aracos cogió a Briganda por los hombros y la zarandeó.
-Perdona, esposo, no quise ofenderte, ni tampoco a la memoria de tu amigo. Lo querías mucho, ¿no es así?
-Lo amaba como a un hermano. Siempre estuvo a mi lado en las batallas, atento a mi espalda… Fue el mejor compañero que guerrero alguno haya podido tener; si los dioses son justos, ahora estará gozando de banquetes deliciosos.
»Él os trajo de nuevo a mí.
Aracos acarició el rostro de su esposa y salió de la casa. Se dirigió hacia la muralla, donde algunos hombres hacían el primer turno de guardia de noche.
-¿Alguna novedad? -preguntó.
Los soldados lo saludaron al reconocerlo.
-Ninguna, Aracos, ninguna.
El contrebiense subió al muro y desde el parapeto contempló el horizonte, salpicado por decenas de hogueras que los romanos encendían todas las noches para iluminar la base del muro.
-¡Vaya!, un círculo de fuego. Escipión se ha tomado muy en serio su trabajo.
-¿Cuánto tiempo aguantarán ahí? -le preguntó uno de los guardias.
-Creo que esta vez han decidido quedarse -repuso Aracos.
-En cuanto llegue el invierno de verdad, harán como los demás, saldrán corriendo hacia el este.
-Ojalá aciertes en eso, compañero. Buena guardia.
Aracos regresó a casa; Briganda miraba las brasas del hogar mientras canturreaba una vieja canción de cuna.
***
En apenas treinta días el cerco romano quedó completado. Un muro de piedras y tierra pisada de ocho pies de espesor y diez de altura, más un parapeto de otros tres pies, serpenteaba por veredas y colinas en una extensión de cincuenta estadios, casi quince mil pasos; estaba defendido por un foso tan ancho como la altura de tres hombres y tan profundo como la de dos y rodeaba Numancia a una distancia media de quinientos pasos de sus murallas, a unas decenas de pasos por detrás de la empalizada de estacas y ramas levantada en los primeros tres días de asedio.
Escipión cabalgaba junto con Fabio Máximo y Marco Tulio alrededor del cerco inspeccionando las defensas. Una vez completado el recinto murado y decidida la ubicación de los nuevos cinco campamentos para complementar los dos ya construidos en las primeras semanas, ordenó que a lo largo del muro se construyeran torres de madera de cuatro pisos de altura con una distancia entre ellas de cien pies, de manera que fue necesario edificar trescientas torres de madera. En cada una de ellas se instaló una catapulta y una ballesta, además de un alto mástil de señales para anunciar mediante banderolas rojas de día y con antorchas de noche un inminente peligro, de modo que desde la mayor parte del recinto se pudiera contemplar la llamada de ayuda de cada uno de los sectores en caso de ataque de los numantinos.
Quedaba por cerrar el cauce de los ríos, sobre todo el del Duero, el más caudaloso. Escipión planeó construir puentes, pero sus ingenieros le hicieron ver que sería muy difícil, pues las aguas del gran río estaban muy crecidas a causa de las lluvias de otoño. Escipión insistió en que había que evitar que la ciudad sitiada recibiera suministros por el cauce de los ríos, y pidió una solución a sus ingenieros. Fue un físico griego quien propuso un sistema muy eficaz que el cónsul aceptó. En ambas orillas del río Duero, en los dos lugares donde la línea del cerco lo cruzaba, se construyeron dos