Numancia

Jose Luis Corral Lafuente · Capítulo 69 de 71

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Numancia

Capítulo 25

De regreso a Numancia, Avaros intentó convencer a sus conciudadanos para que se entregaran, alegando que había atisbado buenas intenciones en las palabras de Escipión. Pero uno de los compañeros de Aracos desmintió a Avaros, y dijo que había oído una conversación en la que Avaros había dicho que procuraría salvar a sus seguidores aun a costa de traicionar a los demás numantinos, y que iba a proponerle a Escipión la entrega del sector de la muralla que defendían sus partidarios, si el romano prometía salvarlos a ellos, en caso de que antes no consiguiera convencer a todos los demás para que capitularan.

Estalló entonces una violenta discusión entre los partidarios de Avaros y los que preferían seguir resistiendo hasta el fin, entre acusaciones de traición. Algunos llegaron a empuñar las armas y se formó una colosal pelea en la que los partidarios de Avaros fueron reducidos tras una dura pugna.

-¡Esto es lo que pretendías! -le gritó Olíndico -, ¡vendernos! Avaros estaba retenido por dos hombres que le sujetaban los brazos con fuerza.

El caudillo druida enarboló su lanza de plata y le atravesó los intestinos; los otros cinco emisarios que habían acompañado a Avaros y algunos de sus más comprometidos partidarios también fueron ejecutados allí mismo.

Capítulo 25

El último caballo en ser sacrificado fue Viento. Antes de cortarle la yugular, Aracos lo acarició con suavidad y le dijo al oído que estuviera tranquilo, que no tardarían en volver a encontrarse en unas praderas infinitas cubiertas de hierba fresca y abundante, y que cabalgarían juntos hacia el sol poniente.

Viento pareció entender lo que su amo le decía, y miró a Aracos con sus profundos ojos acuosos.

Durante unos días más, todavía cocieron las pieles de los últimos caballos sacrificados, buscaron raíces incluso por debajo de las piedras y masticaron las escasas maderas que quedaban intentando obtener algún jugo.

Por fin, algunos desesperados comenzaron a comer la carne cocida de los muertos, entre lamentos terribles que llegaban hasta los campamentos de los romanos. Y cuando no hubo muertos, fueron devorados algunos heridos y enfermos; y sólo entonces la desesperación y el horror quebraron la conciencia de los más fuertes.

Olíndico convocó a una última asamblea a los numantinos.

-Ahora sí; ha llegado el final. En los últimos días nos hemos convertido en bestias horribles capaces de devorar a nuestros hijos y a nuestros padres. Hemos hecho cuanto hemos podido por conservar nuestra libertad, pero si seguimos así sólo conseguiremos que queden dos de nosotros y uno de los dos mate al otro para devorar su carne.

»Han logrado convertirnos en bestias; los romanos han acabado con la dignidad que teníamos como pueblo libre.

»Yo no puedo obligaros a cada uno de vosotros a que os entreguéis.

He hablado de esto con Aracos, el contrebiense que vino a nosotros hace años para pelear por nuestra libertad. Quiero que sea él quien os diga qué podemos hacer.

Aracos se levantó de su banco del senado, colocó sus manos en el cinturón de cuero y habló:

-Hace tiempo que soy un numantino, como vosotros. En esta tierra yacen mi esposa y mi único hijo; he derramado mi sangre por su libertad y no deseo vivir sin ella. Para un guerrero celtíbero el mayor honor es morir empuñando su arma en el combate; yo prefiero morir así. Por eso, mañana, atacaré a los romanos. Los que quieran acompañarme que estén preparados junto a la puerta norte a media mañana, y que sepan que los que allí nos encontremos no regresaremos vivos; ha sido honroso combatir a vuestro lado. En cuanto a los demás… -Aracos cedió la palabra a Olíndico.

-Los que quieran darse muerte ellos mismos que lo hagan en sus casas; primero los niños, luego las mujeres y por fin los hombres. Y en cuanto a los que deseen entregarse a los romanos… que sepan que los impedidos y enfermos serán asesinados, y los demás vendidos como esclavos.

***

Aracos se despertó al amanecer. Bajó a la bodega y cavó un agujero en el que ocultó la mano de bronce de la tésera que había acordado con Marco Tulio, la cadena y la copa de oro que le entregara en su día su amigo romano, cuando intercambiaron los regalos al despedirse en Roma. Mediada la mañana, salió de su casa vestido con su coraza de cuero y de placas de hierro, su casco cónico, botas de cuero con grebas de hierro, un escudo redondo de madera colgado a su espalda con correas y su hacha de combate. Poco antes había buscado algo que llevarse a la boca en la alacena y en la bodega, pero no encontró nada.

Al llegar ante la puerta norte le aguardaban tres docenas de guerreros bien equipados con sus armas. Los saludó uno a uno y en cada rostro reconoció a los jóvenes que antaño había adiestrado en el manejo de la espada o del hacha.

Allí estaban algunos supervivientes de la compañía de «los hijos de la luz» y los seis únicos compañeros que quedaban de la partida de contrebienses que trece años antes decidió acudir a defender Numancia a sus órdenes. Todos los demás habían muerto. Aracos recordó entonces a su amigo Aregodas.

-No saldremos por la puerta. Saltaremos desde lo alto de la muralla y correremos directos hacia el campamento de Escipión. Lo haremos como en los viejos tiempos, sin cascos que protejan nuestras cabezas ni corazas que defiendan nuestros pechos, con nuestros cabellos ondeando al viento; atacaremos sólo con nuestros escudos, nuestras espadas, nuestras lanzas y nuestras hachas. Coged unas cuerdas o unas tiras de cuero y atad el mango de vuestras armas a vuestras muñecas, de modo que todo el que caiga en el combate las conserve a su lado. -Aracos se quitó la coraza y el casco y los arrojó a un lado.

»Si algún compañero es abatido ante vosotros antes de alcanzar el muro romano, olvidaos de él y seguid corriendo, agitando vuestros cabellos al viento, gritando con toda la fuerza que vuestros pulmones sean capaces de emitir. Y reíd, que los romanos entiendan que vais contentos a la batalla.

»Si alguno consigue alcanzar el muro, que trate de escalarlo, y si lo logra, que cargue con toda su ira contra los romanos que encuentre en su camino; que en cada golpe concentre la fuerza de todos nosotros, la de todos nuestros muertos.