Numancia

Jose Luis Corral Lafuente · Capítulo 68 de 71

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Numancia

Capítulo 24

-¡Estás pálida, y te quema la frente!

-Voy a morir, Aracos, no puedo aguantar más. Si nos rendimos ahora, tal vez…

-No. Briganda, no, saldremos de ésta, resiste, resiste…

Briganda murió cuatro días después. Su cuerpo otrora contundente se había reducido a poco más que unos cuantos huesos cubiertos por una piel reseca y pálida. Aracos la enterró con sus propias manos junto a la muralla, al lado de donde había sido inhumado unas semanas antes el hijo de ambos.

Capítulo 24

Mediada la primavera Escipión ya no dudaba de que su triunfo sobre Numancia estaba muy próximo.

El único problema que amenazaba su plan era la situación que se había producido en Roma a causa de la campaña que algunos senadores y terratenientes habían desencadenado en contra de las leyes de reforma agraria propuestas por el tribuno Tiberio Sempronio Graco. Para oponerse a la enajenación de sus tierras y al reparto de las mismas entre los campesinos pobres, los patricios propietarios de grandes latifundios pretextaban que sus campos eran sagrados porque albergaban las tumbas de sus antepasados. Sostenían que la grandeza de Roma se había basado en la propiedad privada y que la redistribución de la tierra en la forma que planteaba Tiberio traería la ruina de la República. El animoso tribuno de la Plebe reaccionó con contundencia a la oposición de la oligarquía a acatar sus leyes y organizó una marcha sobre Roma en el mes de abril en la que participaron varios miles de campesinos en apoyo de las leyes de reforma agraria.

Cuando Escipión supo esto en el cerco de Numancia, se sorprendió de tal modo que no se retuvo en criticar en voz alta y en público las maniobras políticas de su cuñado Tiberio, ante el desacuerdo de su otro cuñado, Cayo, que respondió a las críticas de Escipión defendiendo la política de reformas agrarias de su hermano mayor asegurando que la grandeza de Roma no era sólo cuestión de los patricios, sino también de los plebeyos, y que él siempre había luchado bajo un estandarte en el que se leía la inscripción EL SENADO Y EL PUEBLO ROMANO.

Conforme llegaban las noticias de Roma, los campamentos de Numancia hervían en debates políticos. La inmensa mayoría de los legionarios aplaudía las reformas de Tiberio, en tanto los oficiales y los generales aseguraban que era una barbaridad limitar por ley a mil las yugadas de tierra que un romano podía poseer, pues era el espíritu de ganancia de tierras el que había hecho grande a Roma. Pero Tiberio estaba dispuesto a que su ley se cumpliera por encima de todo, y llegó a dictar una disposición por la que se anulaban los poderes del otro tribuno de la Plebe, que apoyaba el veto del Senado a la ley Sempronia, como todos conocían a los decretos para la reforma agraria.

La trifulca que por ello se montó en el Senado fue la mayor que hasta entonces se recordaba. Cuando el actuario estaba leyendo los capítulos de la ley, el segundo tribuno de la Plebe le ordenó detenerse; fue entonces cuando los senadores comenzaron a insultar a Tiberio, quien, haciendo caso omiso de todos ellos y de su colega el otro tribuno, consiguió de los Comicios de los tribunos, los encargados de velar por la elección de este cargo, que su compañero fuera depuesto. Nombrado un otro tribuno para acompañar en su función a Tiberio, la ley fue aprobada, y el propio Sempronio Graco propuso que fuera un triunvirato compuesto por su suegro Apio Claudio, su hermano Cayo y él mismo el organismo encargado de aplicarla y de repartir las tierras enajenadas.

En aquellos días de primavera, Roma se convirtió en una ciudad impregnada por la agitación política. No había día que no se celebrara algún debate en el Senado, y varios políticos pronunciaron conferencias y discursos en la Columna Rostral, arengando a las masas a favor o en contra de la ley.

Los senadores, celosos de sus privilegios, difamaban a Tiberio haciendo correr el rumor de que lo que en verdad pretendía era proclamarse rey de Roma y gobernar el Estado como los antiguos tiranos de Grecia y de Siracusa, actuando con las masas como los demagogos que habían llevado a la ruina a ciudades otrora opulentas como Esparta o Corinto. Pero pese a los insultos y a las amenazas, Tiberio no se amedrentaba lo más mínimo y respondía a todos sus detractores con encendidos discursos que eran seguidos con veneración por sus partidarios.

-Tu hermano el tribuno de la Plebe te reclama en Roma; hoy ha llegado un correo en el que te nombra miembro del triunvirato que ha de aplicar la nueva ley agraria. Te ordena que te incorpores de inmediato a tu nuevo puesto. -Escipión había llamado a Cayo Sempronio Graco y le comunicaba la orden recién llegada de Roma.

-Me hubiera gustado aguardar aquí a tu lado hasta que esta ciudad se hubiera rendido al gran Escipión -dijo Cayo.

-Espero que asistas a mi triunfo en Roma, no más tarde del próximo verano.

-Allí estaré. Creo que, con la nueva ley de mi hermano y con Numancia derrotada, se avecinan grandes días para Roma.

-Ojalá no te equivoques -deseó Escipión.

Cayo abandonó el asedio de Numancia y partió de inmediato hacia Roma. En el momento de marchar, el historiador Polibio, que cada día escribía algunos párrafos de su «Historia de la conquista de Numancia», le aseguró a Cayo que le reservaría algunas páginas en su libro.

***

El primer día de mayo amaneció despejado, con un sol luminoso y brillante. El frío viento del norte que los días anteriores había azotado Numancia roló hacia el sur y trajo un aire cálido y sereno.

En el interior de Numancia ya no había nada que comer; los pocos caballos que los sitiados conservaban con vida con la vana esperanza de que los romanos acabarían por cansarse de esperar y se marcharían de allí antes de que todos los numantinos murieran de hambre, comenzaron a ser sacrificados. Unos días antes algunos celtíberos desesperados se habían acercado hasta el mismo límite del foso para recoger forraje para los caballos y raíces para ellos mismos. Escipión ordenó a sus legionarios que les dejaran recoger cuanta hierba quisieran, pues convenía que se mantuvieran unos cuantos con vida, pues así acabarían antes con las pocas provisiones que pudieran quedarles.

Ante la carencia de alimentos, algunos numantinos dijeron que su resistencia había llegado al límite y propusieron a Olíndico que enviara

una comitiva para que se entrevistara con Escipión y le ofreciera la rendición.

Olíndico convocó una asamblea en el edificio del senado a la que acudieron todos los hombres, con excepción de los que tenían guardia en la muralla, cuyos turnos se seguían respetando escrupulosamente pese a que durante meses ni un solo romano se había acercado más allá del recinto de la circunvalación.

Avaros, el cabecilla de los que defendían la rendición, tomó la palabra.

-Hermanos numantinos: hace ya nueve lunas que estamos sometidos al mayor asedio que pueda imaginarse. Hemos resistido como ninguna otra ciudad lo hubiera hecho, sin ayuda exterior y sin fisuras aquí dentro, pero ya no podemos más. No disponemos de un solo grano de trigo y apenas nos quedan tres caballos que sacrificar. Si no nos rendimos, en diez o doce días habremos acabado con todo y ya no habrá nada que comer.

»Propongo que acudamos ante Escipión y le ofrezcamos nuestra rendición.

-No conoces a ese romano. Recuerda que hace unos meses, cuando nuestra situación no era tan desesperada, ya le ofrecimos la capitulación a cambio de una paz justa, pero él sólo admitía una rendición incondicional. Su actitud, te lo aseguro, Avaros, no ha cambiado en absoluto -intervino Aracos.

-Dejadme que acuda ante él; a mí no me conoce, tal vez… -suplicó Avaros.

-No tenemos nada que perder. Si la asamblea está de acuerdo… -La mayoría aceptó por acatamiento la propuesta de Olíndico -. En ese aso, ve a ver a Escipión y ofrécele nuestra rendición, pero sólo a cambio de un nato honroso.

Avaros se presentó ante Escipión acompañado por cinco de sus hombres. Le dijo al general romano que se entregarían si prometía tratarlos bien. Avaros aludió a la libertad de la patria y pidió al general romano que perdonara a un pueblo que había demostrado tanto valor.

Pero Escipión se limitó a decir que no admitía otro acuerdo que una rendición sin condiciones, antes de dar media vuelta y dejar con la palabra en la boca a Avaros.