Numancia

Jose Luis Corral Lafuente · Capítulo 42 de 71

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Numancia

Capítulo 20

Viriato no sería capaz de reunir en torno suyo a los pueblos de Iberia, y se despidió deseándole suerte.

Al poco tiempo de regresar a Numancia se enteraron de que Táutalo había realizado una incursión por el este de la Península, intentando llegar hasta la gran ciudad de Cartago Nova, pero el procónsul Cepión lo interceptó y los lusitanos se entregaron a los romanos, sometiéndose como súbditos; Cepión les quitó las armas y, para calmar el espíritu que todavía mantenían desde que se lo inculcara Viriato, les concedió algunas tierras en las sierras al norte del río Betis. Los formidables guerreros que había adiestrado Viriato se convirtieron en campesinos sometidos a la República, y la guerra de Lusitania se dio por concluida.

Ahora, definitivamente, Numancia sí estaba sola frente a Roma.

Capítulo 20

El cónsul Popilio Lenate, enterado de la muerte de Viriato, de la derrota de Táutalo y del fin de la guerra lusitana, decidió atacar de nuevo a los celtíberos. Necesitado de un triunfo, asoló las tierras de los lusones, a los pies del Moncayo, entre los que reclutó a dos centenares de jinetes, pues en la campaña contra Numancia necesitaba a la caballería celtíbera, mucho mejor que la romana.

A fines del verano se presentó ante Numancia con dos legiones, la mayoría de ellas compuesta por jóvenes reclutados el invierno anterior en Roma y en el Lacio, con poca preparación y con mucho miedo ante lo que se contaba sobre la ferocidad de los numantinos.

En un primer encuentro de la avanzadilla romana con un destacamento de jinetes celtíberos mandado por Aracos, los romanos huyeron despavoridos ante la carga de la caballería numantina; aterrorizados ante la visión de los jinetes de la compañía de «los hijos de la luz» agitando sus largas cabelleras al viento, aullando como fieras salvajes y pintados sus rostros con rayas rojas y amarillas, cien legionarios, otros tantos vélites y el doble de auxiliares cayeron abatidos, sin que los celtíberos sufrieran apenas bajas.

-Cada vez los envían más jóvenes, más inexpertos y con más miedo; tal vez sí podamos ganar -dijo Aregodas mientras sus hombres recogían las armas de los caídos en esa batalla.