Otros placeres
Capítulo XII
Aunque sus pies casi rozaban las puntas de la hierba, sentía miedo; temía aquel paso definitivo hacia la insondable hondura. Kohoutek la tomó en brazos. Ella se le colgó del cuello con todas sus fuerzas, se pegó a él espasmódicamente, como si realmente le estuviera salvando la vida. Él, de hecho, también se imaginaba que la rescataba al borde de un abismo, se la arrancaba a las profundidades, o la sacaba de una casa en llamas. Y tal y como era típico en él, al principio tan sólo se lo imaginó, para después, a medida que se acercaban al viejo matadero, ir creyendo con mayor intensidad en sus propias fantasmagorías. Al cabo de unos pasos, estuvo ya absolutamente convencido de que, si se hubiese retrasado un minuto más, habría sido demasiado tarde.
—Menos mal, oh, menos mal que he llegado a tiempo —susurraba para sus adentros.
Su actual amante estaba helada como un cuerpo astral. Notaba la humedad del vestido verde que nunca antes le había visto, el frescor de su mejilla. Le parecía que sus frágiles hombros estaban completamente congelados. Y de repente, Kohoutek comprendió por primera vez que ella estaba allí y que existía realmente. Comprendió su existencia al percatarse de su mortalidad.
—Un día morirá —pensó—, lo cual es imposible, y sin embargo, seguro. Dentro de cincuenta u ochenta años morirá y habrá que enterrarla. Kohoutek se quedó paralizado porque las decenas de años que aún viviría su actual amante, le parecieron un tiempo espantosamente corto, casi como un año, que, como se sabe, pasa en un abrir y cerrar de ojos entre los cumpleaños de Orna. Y, aterrado, Kohoutek decidió hacer lo posible por alargar la vida de su actual amante.
—Tienes que tomar un baño caliente —le susurró al oído. Al darse media vuelta con demasiado ímpetu se tambaleó, pero mantuvo el equilibrio y se dirigió a la casa. Con cuidado, junto a la ventana del enorme cuarto de baño del sótano, la dejó en el suelo.
—Espera un rato —dijo y miró el reloj. Eran las tres de la madrugada. En casa todo el mundo debía ya de estar dormido, todos a excepción de su madre, que estaría todavía fregando los platos. Entraré en la cocina y le diré que quizás no me haya abrigado lo suficiente para acompañar a Oyermah, porque me he quedado helado hasta los huesos, que siento escalofríos y que me pica la garganta, y que voy a tomar un baño caliente y una aspirina antes de acostarme. Se lo diré y sentirá, sin duda, la satisfacción de un profeta cuando se cumplen sus profecías. —En efecto, la madre de Kohoutek le predecía constantemente a éste las más diversas enfermedades, así que cualquier afección era el cumplimento de sus predicciones—. Ella, sin embargo — razonaba Kohoutek—, disimulando la satisfacción que sólo un verdadero vidente experimenta, dirá escuetamente: «Quien no obedece al timón, obedecerá al escollo. Y es que te he dicho tantas veces que no vayas despechugado». Callará entonces. No me dirigirá una palabra más ni me prestará atención. De castigo, me dejará a solas con mi enfermedad y no llamará a la puerta del baño antes de una hora.
El pensamiento de Kohoutek tomó forma. Entró en la cocina, donde la madre estaba fregando, y dijo:
—Quizás no me haya abrigado lo suficiente para acompañar a Oyermah, porque me he quedado helado hasta los huesos, siento escalofríos y me pica la garganta; tomaré un baño caliente y una aspirina antes de acostarme.
Durante un instante, la madre permaneció en silencio —mientras iba llenándose con la transparente sustancia de la satisfacción—, después gruñó:
—¡Estoy fregando!
Se quedó callada y no volvió a prestarle atención. Lo abandonó a su suerte en castigo por su ligereza. Y él, un poco confundido a causa de que el diálogo no hubiera transcurrido exactamente como lo había previsto, se dirigió en primer lugar a su cuarto. Abrió el armario y sacó unos gruesos calzoncillos largos, una camiseta de fustán, un pantalón de pana azul marino, una camisa de franela de cuadros blanquinegros, unos calcetines gruesos y un jersey de lana de oveja, enorme como el abrigo de borrego de Oyermah. Precavidamente, cogió también su propio pijama y su albornoz, y cargado con todo se dirigió al baño. Cerró la puerta, empezó a llenar la bañera de agua caliente, abrió la ventana y ayudó a entrar a su actual amante. Le sonrió. Cogió del estante una blanca toalla de baño y estaba ya a punto de abrir la boca para repetir en tono firme y a la vez protector «tienes que tomar un baño caliente», cuando sonó una enérgica llamada a la puerta.
—¿Sí? —se quedó petrificado Kohoutek.
—Soy yo —sonó la voz de la madre—, abre, quiero decirte algo.
—Estoy en la bañera.
—Abre, quiero decirte algo —repitió la madre con voz que no toleraba resistencia.
Kohoutek se desvistió rápidamente, se metió en la bañera, se salpicó de agua la cara y los hombros, salió corriendo, se lió una toalla en la cadera y, señalando a su actual amante el lugar más seguro para tales circunstancias, entreabrió la puerta.
—Te quería decir que en casa… —la madre se interrumpió al ver que a Kohoutek le pasaba algo raro. No podía mantener los pies quietos, temblaba, ejecutaba movimientos violentos, como si estuviese luchando contra un enemigo invisible. Y en efecto Kohoutek estaba luchando: su actual amante, situada detrás de él y tapada por la puerta, tiraba con todas sus fuerzas de la toalla que lo cubría.
—Si estás todo tembloroso —dijo la madre—. Tendrás fiebre, y podremos darnos por contentos si la cosa no pasa de una pulmonía. Quien no obedece al timón, obedecerá al escollo. Y es que te he dicho ya tantas veces que no vayas por ahí despechugado. En casa no hay aspirina, sólo polopirina. Está en la mesa en la cocina. Buenas noches.
—Buenas noches —respondió Kohoutek y cerró la puerta.
Su actual amante se encontraba en un rincón, apretaba contra su boca la toalla en la que hacía poco estaba envuelto. Reía, reía cada vez con más violencia, cada vez más espasmódicamente, y su risa parecía un lejano eco de la risa de Oyermah. Reía amordazándose con la blanca toalla de baño. Finalmente, haciendo eses de la risa, dio unos pasos y se sentó sobre la taza del water. Al cabo de un instante levantó la cabeza. En sus rasgos ligeramente asimétricos no quedaba ya ni rastro de la diversión. Durante unos instantes observó a Kohoutek desnudo y después dijo con voz incolora y muy baja:
—Impúdico.
Kohoutek se inclinó para recoger del suelo su ropa, pero ella le señaló la bañera casi llena.
—Ya que te has metido dentro, adelante, báñate primero, yo me esperaré.
Kohoutek, a quien comenzaron de pronto a atravesarle verdaderos escalofríos y tembleques, se sumergió en el agua caliente sin pensárselo dos veces. Mientras se bañaba, ella, con los brazos cruzados, estuvo sentada inmóvil. Después se levantó, echó un vistazo al armario de los cosméticos, comprobó si funcionaba el secador de pelo, lo puso en marcha, lo apuntó hacia Kohoutek y dijo: pif-paf. Se acercó a la bañera, se sentó en el borde, con el dedo índice tocó sus hombros enjabonados, rozó su pelo mojado.
—Mi pobre esparraguillo —susurró. Kohoutek sintió un nudo en la garganta, sintió que no era capaz de pronunciar palabra, que rompería en llanto como un Gran Romántico. Hundió el rostro en el agua para que no se viesen sus lágrimas y se enjuagó la espuma del pelo y los hombros.
—No te mojes el vestido —susurró él e hizo un gesto que podía significar que quería apartarla con delicadeza. Entonces ella alargó la mano, como si fuese a acariciarlo nuevamente con ternura. Pero no, esta vez no, esta vez lo agarró dolorosamente del pelo, se inclinó y le siseó al oído:
—Cerdo, hasta ahora no has dicho ni una palabra sobre mi vestido, ¿es que no te has dado cuenta de que tengo un vestido nuevo, cerdo?
—Sí que me he dado cuenta —respondió con una mueca de dolor, pues ella seguía tirándole del pelo con ganas—. Me he dado cuenta. Te sienta muy bien.
—Ya —gruñó con desdén—. No te creo ni una palabra. Sal ya —lo soltó y comenzó, sin prestarle aparentemente ninguna atención, a examinar las cosas que él había dejado sobre la lavadora. Uno por uno tocaba, olfateaba, levantaba a contraluz y de nuevo depositaba sobre la lavadora los calzoncillos, la camiseta, la camisa, el pantalón, los calcetines y el jersey. Mientras tanto, Kohoutek se secó, se puso el pijama y el albornoz y vació el agua de la bañera.
—Bien —dijo la actual amante de Kohoutek, e inclinándose sobre la bañera con la misma rabiosa escrupulosidad con la que hacía un instante había examinado las ropas que había traído Kohoutek, comenzó a limpiarla. Kohoutek, sentado en la taza del water, observaba sus movimientos sobrehumanamente rápidos y hábiles y se dio cuenta de que su actual amante le recordaba un poco a su padre, el viejo Kohoutek. En todo lo que hacía, ponía un entusiasmo sobrehumano en el que no cejaba hasta terminar. Sí, pensó Kohoutek, no descansará hasta que esta historia acabe como desea. Ella le dio la espalda y se quitó el vestido. Se quedó inmóvil durante un instante y después dijo:
—No mires.
Kohoutek volvió la cara hacia la pared y siguió sentado sin moverse. Desde detrás le llegaba el chapoteo del agua. Durante un momento se imaginó que iba a bordo de un enorme velero. La tripulación y los pasajeros estaban profundamente dormidos y él, Kohoutek, solo, acodado en la borda, miraba al corazón de las tinieblas.