Otros placeres

Jerzy Pilch · Capítulo 6 de 20

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Otros placeres

Capítulo VI

Ciertamente, Kohoutek tenía la costumbre de esbozar las perspectivas de una vida en común con cada mujer que conocía íntimamente. De ahí quizás su éxito. Las mujeres escuchaban complacidas sus relatos sobre viajes en común, desayunos en común y, naturalmente, hijos comunes. Nosotros, los viejos libertinos, conocemos bien la eterna y trivial verdad de que la estabilidad es la cosa más deseada por la mayoría de mujeres, la estabilidad en el sentido más general y estrictamente filosófico del término. Incluso las mujeres ávidas de aventura desean estabilidad ante todo, ya que la estabilidad es el fundamento y hasta la condición inicial de una aventura auténtica. Al hablarles con voz soñadora sobre una vida en común, Kohoutek ofrecía a las mujeres la ilusión de la estabilidad. Incluso las apacibles casadas de vida estable, se inclinaban a escuchar las palabras de Kohoutek, pues una posible vida con él se les antojaba aún más estable. Además, Kohoutek en realidad no mentía cuando esbozaba las perspectivas de una vida en común con cada mujer que conocía íntimamente. No iniciaba de este modo ningún tipo de juego erótico. No era en absoluto ninguna clase de estrategia de seducción. Kohoutek era un seductor de tres al cuarto. Creía religiosamente en lo que decía. Durante el transcurso de su relato, deseaba sinceramente pasar el resto de su vida junto a la mujer que en aquel momento le estaba escuchando e imaginaba los detalles y episodios necesarios con todo realismo. De ahí provenían su credibilidad y su pericia narrativa. Kohoutek, en su simpleza, no era consciente en absoluto de los mecanismos psicológicos que acabamos de analizar. Despertaba por la mañana junto a la mujer con la que la noche anterior había planificado su vida y se decía: Dios, qué de bobadas dije ayer; y huía despavorido. Sin embargo, gracias a este procedimiento, este simplón del erotismo — no es posible referirse a él de ninguna otra manera— llegó a adquirir una considerable experiencia sexual. Sí, incluso nosotros, los viejos gastasábanas, hemos de reconocer, no sin cierta envidia, que Kohoutek conoció a muchas mujeres.

Conoció a mujeres inteligentes y a tontas. Conoció a mujeres libertinas y a virtuosas. Conoció a mujeres que se reían como locas en la cama. Conoció a mujeres que en el momento decisivo se desternillaban, literalmente, de risa. Conoció a mujeres llenas de orgullo que, irritadas por la sensación de indefensión, algo inevitable en situaciones como ésta, solían ponerse agresivas. Conoció a mujeres que durante todo el tiempo callaban como tumbas y a otras cuya charlatanería aumentaba proporcionalmente junto con la intensidad de las sensaciones físicas. Conoció a mujeres que no hablaban más que de sexo y también a las que, por qué no, accedían a todo, pese a que cualquier intento de conversación sobre sexo fuese un tabú infranqueable.

Conoció en cierta ocasión a una mujer a la que en la cama le gustaba gorjear como un bebé. Cuchi, cuchi, ajó, ajó —le decía a Kohoutek cierta fogosa morena. ¿Qué haces? ¿Qué? ¿Qué? Da, da, manita, ga, ga— repetía una y otra vez mientras Kohoutek, desorientado, seguía a lo suyo, aun con la absurda sensación de estar haciéndolo esta vez dentro del gigantesco cochecito infantil en el que parecía haberse transformado el estudio de la morena.

Kohoutek conoció a una mujer a la que su marido llevaba a sus citas. Conoció a cierta estudiante de último curso de secundaria que, cuando finalizó la embriagadora noche y Kohoutek, cansado, estaba listo para acompañarla a la parada de taxi, declaró de sopetón que debía quedarse unas horas más y tomar un trago porque si volvía a casa demasiado pronto y demasiado sobria, los padres sabrían en seguida que algo no marchaba. Kohoutek conoció a mujeres que se iban con él porque desde hacía años estaban enamoradas infelizmente, y que, por lo tanto, desde hacía años se iban con cualquiera.

Conoció a cierta cantante de segunda. Su romance con ella fue uno de los más largos de su vida. Kohoutek, al despertar por primera vez a su lado no huyó despavorido, al contrario, se quedó y, además, por unas cuantas semanas. La intensidad y duración de su romance con aquella cantante de segunda tenían que ver con la fascinación de Kohoutek por la música. Kohoutek, por supuesto, no entendía absolutamente nada de música y en cuanto a su oído, baste decir que era sordo como una tapia. Sin embargo, la música era un componente significativo de su conciencia, o más bien, de su inconsciencia erótica. Se podría decir que pensaba que la música dotaba a las mujeres de un inusual encanto. Se podría decir que concebía la música como un especial y perverso complemento del atuendo femenino. Se podría decir, simplemente, que Kohoutek prefería las cantantes a los cantantes, las pianistas a los pianistas, las percusionistas a los percusionistas. Existían esferas en las que la división de roles entre hombres y mujeres debía realizarse con aterradora simetría. La música era una de esas esferas. La música, según Kohoutek, debía ser compuesta exclusivamente por hombres, pero ejecutada, en cambio, exclusivamente por mujeres. No deberían existir cantantes masculinos de ópera, ni populares, ni coros masculinos, ni siquiera mixtos; todo canto, en opinión de Kohoutek, debía brotar exclusivamente de gargantas femeninas. La música debía nacer en el cuerpo del hombre, pero tenía que ser reproducida por el cuerpo de la mujer. Asimismo, todos los instrumentos musicales fueron creados, en realidad, para mujeres. Pianos de cola, pianos de pared, guitarras, violines, trompetas, trombones, contrabajos y el resto de instrumentos musicales, estaban destinadas, en esencia, para seres de sexo femenino. Cuando Kohoutek escuchaba música y veía al mismo tiempo a la pianista con un sencillo vestido negro flotando sobre el teclado, lo dominaba el frenesí del equilibrio vital. El hombre (puesto que debió de ser un hombre) que por primera vez entregó a la mujer un instrumento musical, fue, en la opinión de Kohoutek, uno de los padres de la armonía del universo.

¿Quién sería y qué aspecto tendría la primera instrumentista de la historia de la humanidad? ¿Qué instrumento habría tocado? Desgraciadamente, por lo general Kohoutek se imagina la escena de un modo banal y propio de un cómic: ve a una rubita afiligranada vestida de pieles sin curtir, a quien su amigo, el cavernícola, le entrega un cuerno para divertirse. Y ella, con una determinación y habilidad inesperadas, acerca ese cuerno a sus paleolíticos labios y sopla en él.

A veces, sin embargo, Kohoutek se imagina una versión más noble. Imagina que la primera instrumentista era de religión mosaica. La escena con la entrega del bíblico cuerno a la mujer se convierte en un episodio apócrifo del Exodo, no registrado en las Escrituras.

La cantante de segunda no era, por supuesto, la primera instrumentista de la humanidad. Apenas si era su descendiente y por cierto que por línea lateral y bastante borrosa. Debía de ser su tatarabisnieta de milésima generación. De manera que el romance con ella, por muy excepcional que fuera para Kohoutek, no podía durar eternamente. Duró exactamente un mes. Después, durante mucho tiempo no ocurrió nada en su vida. Es decir: Kohoutek respiraba, comía, bebía, mantenía interminables conversaciones con el doctor Oyermah, trabajaba, vacunaba a las bestias, cortaba las uñas hipertrofiadas de los perros, trataba la tos de los terneros y el cólico de los caballos; miles de veces viajó y volvió de Cracovia, pero en cuanto a sus relaciones con mujeres, no sucedió nada digno de mención. Algunas conversaciones intrascendentes, algunos encuentros casuales, algunas relaciones apresuradas.

Todo fue así hasta el momento en que, cierta calurosa tarde de junio, en la parada de la estación central de Cracovia, Kohoutek subió al autobús de la línea especial A, prácticamente vacío a esas horas. En su interior se escuchaba un ensordecedor canto femenino. El travieso conductor había puesto la radio a toda marcha y la voz de Mireille Mathieu parecía intensificar el bochorno que reinaba dentro. Kohoutek se sentó a la izquierda. Durante un minuto o dos observó por la ventana los muros y paredes de la ciudad en trance de convertirse en polvo, ahora hundidos en la amarillenta masa de aire candente. Después volvió la cabeza y vio a una mujer que estaba sentada delante de él. No tenía nada de particular. Entornó los párpados por un instante, el autobús atravesaba el cruce de las calles Lubicz y Rakowicka. Mireille Mathieu ponía el canto en el cielo. Kohoutek abrió los ojos y se quedó contemplando, irreflexivo, el divino perfil del cráneo de la accidental pasajera que estaba sentaba delante. Ella alzó la mano y se acomodó el pelo recogido en un holgado moño. Kohoutek sintió el aroma a crema de aceite de oliva y, con el aroma, le vino una gran revelación. Una revelación es una cosa —pensó cuerdamente— y otra es que habrá que comprobar qué aspecto tiene. Se levantó, pasó al otro lado del autobús y se sentó a dos asientos de ella, sólo que —repitamos— del lado contrario. Durante un rato continuó mirando por la ventana, el autobús rodeaba en aquel momento Rondo Mogilskie, después Kohoutek, simulando un gesto accidental, como interesado por la construcción de un nuevo hotel, giró la cabeza, miró… y efectivamente, era Ella. Bien es cierto que estaba leyendo un libro, lo cual no despertó demasiado el entusiasmo de Kohoutek, pero indudablemente era Ella. Era la primera instrumentista de la humanidad. La que, atravesando el desierto con el pueblo de Israel, sopló en el shofar. Fue a ella a quien el bisabuelo de Kohoutek, el maestro chacinero Emilian Kohoutek, entregó por diversión en la «Casa Venado» el trombón abandonado de un músico borracho. Ella, con un vestido burdeos y cuello blanco, subió al estrado con paso vacilante y, animadas por su ejemplo, la siguieron Helenka Morcinek (trompeta), Krysia Kotula (acordeón), Marysia Jasiczek (clarinete), así como Natalie Delong, envuelta únicamente en encajes de Istebna (tambor). Al verla por primera vez, Kohoutek supo que la había visto ya miles de veces. Ella era aquella primera bailarina checa de streaptease a la que solía espiar por la ventana del café «Centrum». Ella estuvo una vez sentada en el «Warszawianki» bebiendo sola un licor de cereza tras otro mientras le caían lágrimas de los ojos. Fue a ella a quien llamó tantas veces, permaneciendo callado cuando descolgaba el teléfono. Ella asistió con Kohoutek a las clases de confirmación. Ella, en los años sesenta, estuvo un día tomando el sol cerca del puente Debnicki. Ella pasó alguna vez con falda de godets por la calle Karmelicka. Y ahora, Ella viajaba en el autobús de la línea especial A.

Kohoutek, impulsado no tanto por su experiencia (sus múltiples relaciones con mujeres no le habían enseñado nada), como por un instinto innato, cambió de asiento una vez más. Ahora se sentó justo delante de ella y, sin esforzarse siquiera por disimular sus intenciones, se dio media vuelta y preguntó:

—Disculpe, ¿qué está leyendo?