Otros placeres
Capítulo XIV
—Yo soy la causa de todas tus desgracias, y tú eres la fuente primera de todas mis desgracias —dijo a Kohoutek su atractiva esposa—. La culpa es nuestra.
La mujer de Kohoutek llevaba un abrigo negro con ribetes rojos, su oscuro cabello le caía sobre los hombros, en la mano llevaba una rosa de tallo muy largo. Se dirigían al cementerio para depositar la flor sobre la tumba del bisabuelo, el maestro chacinero Emilian Kohoutek. Su melancólico vástago se arrastraba detrás.
—No quisiera herirte, más bien me gustaría ayudarte, pero debo confesar que ya me he cansado un poco de tus eternas traiciones, de tu eterno correr detrás de otras mujeres, de tus eternos problemas contigo mismo.
La mujer de Kohoutek hablaba con calma y cordura. Era aquella clase de serena cordura propia de mujeres particularmente bellas y conscientes de su propia belleza.
—La mayoría de los matrimonios tiene problemas —continuaba—, pero el caso es que yo en realidad no estoy segura de si nosotros somos realmente un matrimonio. Nuestro problema es más de esencia. Perdona que te lo diga, pero a veces me siento a tu lado como una solterona o como una viuda, y ojalá, querido, que vivas eternamente.
—¿Cómo es posible que todo el mundo, excepto yo, lo sepa todo sobre mí? — pensó Kohoutek—. ¿Por qué siempre que me pregunto cosas, casi nunca encuentro respuestas, mientras el resto de la humanidad, con mi familia y mis amantes al frente, conoce las respuestas a todas las preguntas formuladas y sin formular? ¿Cómo es posible?
—Y todo porque —la mujer de Kohoutek parecía contestar a una de sus preguntas— nos conocimos demasiado pronto, nos enamoramos demasiado pronto y nos casamos demasiado pronto. Y también porque no supimos separarnos a tiempo.
Subían despacio la elevada colina en la que se ubicaba el cementerio evangélico. Era una gélida mañana dominical. Cualquiera de aquellos días, en cualquier momento, podían empezar a caer la nieve y las heladas, el camino al cementerio se convertiría entonces en un sendero empinado, pedregoso, cubierto de hielo y montones de nieve, imposible de superar. Por eso mismo, desde hacía generaciones, el invierno no era temporada de alta mortandad en la región. Los viejos evangélicos se esforzaban en no morir durante el invierno. Esperaban a la explosión de la primavera, a la temporada en la que la tierra reblandecida absorbería sus claros ataúdes de roble con la suavidad de un cálido lago. A aquellos que se preparaban para el último viaje, y que no habían conseguido hacerlo en otoño, les esperaba el último invierno de su vida y, como todos los inviernos, lo pasarían intentando ser útiles. En la medida de sus fuerzas ayudaban en casa, repasaban el vocabulario alemán, puesto que nunca se sabía si entre los Viñedos del Señor no se encontrarían con el doctor Martín Lutero. En tal caso, convendría decir al menos: Guten Tag Herr Doktor
Luther, ich bin also ein Lutheraner aus Weichsel in Polen[2]. Y por las noches, mirando el mundo congelado a través de las ventanas, contaban terribles historias sobre entierros invernales que, a pesar de todo el cuidado, solían acontecer de vez en cuando a algunos de los despreocupados del lugar. Se hablaba de enterradores hundidos en la nieve hasta la cintura, de ataúdes que se escapaban entre sus manos entumecidas por el frío, de desesperadas viudas que, al resbalar de repente en el borde helado del hoyo, caían dentro, empujadas, parecía ser, no por una fatal coincidencia, sino por una desesperación sin consuelo. Estos incidentes eran relatados entre carcajadas pantagruélicas, entre ataques de risa literalmente mortales. Kohoutek, que había oído más de una vez alguna de esas historias, sonrió involuntariamente.
—No hay nada gracioso en lo que digo —dijo su mujer.
—He sonreído porque acabo de acordarme de las grandes risas funerarias.
La mujer de Kohoutek lo miró benévola.
—Kohoutek, eres ya un niño grande y deberías tener sentido de lo que es o no es adecuado.
Llegaron a la portezuela de madera y entraron en el cementerio. Por el centro, entre las tumbas, subía un empinado sendero de piedras. Las tumbas se alzaban dispuestas en gradas hasta el abrupto descenso de la vieja cantera. Abajo, rodeando el cerro del cementerio, fluía el río.
—El problema es que ni siquiera eres un niño grande, sino que sigues siendo un niño pequeño y la causa de todas tus desgracias es el hecho de que, como un niño pequeño, continúas viviendo exclusivamente en el mundo de las prohibiciones. Me estoy refiriendo, naturalmente, a ese tema del suplicio carnal que tanto te martiriza y es tan fundamental para ti. Desde que tienes uso de memoria, el tabú de lo carnal ha pesado sobre ti. Cuando eras un muchacho muy joven, un niño aún, y empezabas a interesarte vivamente por esos asuntos, se te prohibieron porque, como es sabido, a los muchachos se les prohíbe esa clase de asuntos.
—¿Estás segura —le interrumpió Kohoutek— de que el cementerio es el sitio adecuado para este tipo de conversaciones?
—Oh, necio Kohoutek —dijo su mujer sin alterar la entonación benévola—, oh, necio Kohoutek, tú que a pesar de haber llegado a poseer a ochocientas mujeres en un solo fin de semana, no tienes la menor idea acerca de las mujeres ni del mundo. Si supieras cuántas mujeres han perdido su virginidad en los cementerios del mundo, tu vida espiritual no sería tan paupérrima. El cementerio es un lugar bueno y tranquilo, los que descansan aquí están en paz con el mundo y nuestros momentáneos libertinajes no perturban su descanso. Tú —seguía hablando—, que siempre has buscado lugares seguros, apartados bancos en los parques, callejones solitarios, recogidas arboledas, oscuros portales, parques suburbanos, tú, que sin descanso penetraste vacíos emparrados, huertos municipales, matorrales en la orilla de los ríos, ¿es que nunca se te ha ocurrido llevar a una de tus numerosas novias a un cementerio, dar con ella un paseo por el jardín de los muertos con el aire de un julio bochornoso y perfumado de flores?
A Kohoutek nunca se le había ocurrido, pero antes de que le diese tiempo a decirlo, su apático vástago se animó de pronto y exclamó:
—¡Mirad, mirad! ¡Un ciervo!
En lo alto del cementerio, entre las cruces, un corzo pastaba tranquilamente entre la blanca hierba.
—Eso es un corzo, mi vida —dijo Kohoutek.
El animal alzó la cabeza, inquietado por la voz del vástago de Kohoutek, se quedó mirando en su dirección por unos instantes y después empezó a subir con paso majestuoso, desapareciendo entre los troncos de abetos.
—Ya ves, Kohoutek, hasta los animales salvajes saben que éste es un lugar seguro. Nadie les va a disparar. Los cazadores muertos no se levantarán de sus tumbas para organizar el ojeo. La hierba que crece de los restos de nuestros antepasados protestantes es frondosa y vivificadora como las ideas de la Reforma. El cementerio es un lugar bueno y tranquilo, y la muerte y el amor son parientes. Eso sí que lo sabrás, eso lo enseñaban hasta en las escuelas bajo el yugo moscovita.
—Sí, eso sí que lo sé —dijo Kohoutek con sarcasmo, y trató de recordar algunos detalles, pero saltaba a la vista que sin mucho éxito.
—Si lo sabes, me permitirás que te diga lo que te tengo que decir. Y tengo que hacerlo aquí y ahora, porque en otro momento y en otro lugar no habrá ocasión. En casa, en todas nuestras conversaciones participa tu madre, casi nunca salimos de bares o de paseo, las tardes y las noches las pasamos, por lo general, separados, y tú a menudo sales de viaje… Aunque últimamente parece que un poco menos, ¿habrás encontrado algo aquí mismo, o tal vez alguien se haya mudado a tu terreno?
—Está bien, habla —en la voz de Kohoutek se notaba cierta irritación—, y date prisa.
—Pero si lo que te tengo que decir será muy corto, apenas unas frases… —La mujer de Kohoutek volvió a mirar hacia lo alto de la colina, entre los abedules por los que vagaba su apático vástago.
—Bien, pues, la prohibición de lo que tú ya sabes te ha pesado desde siempre — empezó de nuevo—. Cuando eras un muchacho, te estaba prohibido hasta tu propio cuerpo. Por eso siempre tuviste que esconderte, relegar a la clandestinidad tus pasatiempos, mantener un trato apresurado contigo mismo, estudiar disimuladamente ese tipo de lecturas, contemplar ese tipo de imágenes, siempre con sensación de permanente peligro. Así transcurrieron tu tardía infancia y los agitados años de la pubertad. Por desgracia, muy pronto, demasiado pronto, a la edad de apenas diecisiete años, me conociste, siendo yo también una mujer de diecisiete años. Te diste cuenta en seguida de que yo no pertenecía al bando enemigo, de que no pertenecía a la sombría comunidad de aquellos que te vedaban el acceso a la fruta prohibida… Al contrario, te lo consentía todo e incluso en ocasiones, te instigaba a todo porque eras un muchacho amable y olías bien. Podría, pues, haberse pensado que los tiempos de cadenas, miedo y conspiración permanentes habían pasado para siempre. En cambio, nada más alejado de la realidad. Seguíamos siendo unos niños —la mujer de Kohoutek lo cogió del brazo—, y tuvimos que seguir ocultándonos. Ahora la prohibición duplicada, extendida a ti y a mí, se hizo de algún modo más molesta. Antes sólo escondías tus asquerosos pensamientos, tus libros y, si acaso, alguna que otra fea fotografía. Ahora teníamos que escondernos nosotros mismos, teníamos que ocultar a todo el mundo nuestros cuerpos atraídos el uno por el otro. La conspiración teórica es, obviamente, mucho más sencilla que la real. Además, yo comencé a desertar poco a poco. Empecé a pasarme gradualmente al bando de tus eternos enemigos, empecé poco a poco a prohibirte, a moderarte. Espiaba tus pensamientos que corrían hacia otras mujeres, reprimía tus miradas dirigidas en dirección errada, aplastaba tus esperanzas de conocer a cualquier otra que no fuese yo. Pronto me convertí en tu guardián más severo, denegándote absolutamente todo fuera de mí, y en cuanto a mí misma, por cierto, como bien sabes, Kohoutek, tampoco te lo consentí todo, algunas cosas estaban limitadas por una severa proscripción, algunos de tus deseos nunca pudieron ser cumplidos puesto que te fueron, de una vez por todas, prohibidos. Y además, aunque yo fuera tu guardián más riguroso, a ambos se nos seguían aplicando frecuentes prohibiciones, nos espiaban nuestros padres, mis celosas amigas, tus amigos imbéciles, los recepcionistas de los hoteles, los propietarios de las pensiones, los bedeles, todos. Cuando nos casamos, la situación en principio no experimentó mejoría alguna. No teníamos casa propia, nos apretujábamos primero en el apartamento de dos habitaciones de mis viejos, donde más que en el amor solía pensar en la cama demasiado chirriante, y después nos trasladamos acá, donde la situación, primero que no era mucho mejor, y segundo que era ya demasiado tarde. Tú, Kohoutek, desde hacía cierto tiempo habías empezado a huir desesperadamente, a buscar un amor que no te fuese, si no totalmente, al menos en muchos aspectos prohibido. Y descubriste que el único amor permitido verdaderamente es aquél totalmente y por todos prohibido. Porque la condición de un verdadero amor prohibido es su momentánea pero total seguridad. Tú entiendes de eso y sabes que ante todo hace falta encontrar un lugar tan seguro y tan bueno como un cementerio. Lugar en el que, al menos por una hora, aunque sea por una noche, no haya prohibición que valga. Es como decidiste vivir: en una sucesión interminable de embriagamientos momentáneos. Aquí está la fuente de tu falta de contención: pecas, transgredes prohibiciones, te expones continuamente al peligro con el fin de sentir, por un momento, que estás a salvo y libre de pecado. Tu tragedia consiste en que en esos momentos tú crees realmente que estás a salvo y libre de pecado. De tus verdaderos sufrimientos carnales, del hecho de que, como dice el apóstol Pablo, «sufres ardor eterno», sacas falsas conclusiones intelectuales. ¿Entiendes lo que te quiero decir?
Se detuvieron junto a una tumba revestida de ramas de abeto. En el centro yacía una corona de flores campestres que había hecho Orna hacía dos semanas. En la sencilla lápida de granito había una inscripción: «Maestro chacinero Emilian Kohoutek 1869-1956». La mujer de Kohoutek se inclinó y puso la rosa sobre la corona. Juntó las manos como para rezar y repitió:
—¿Entiendes lo que te quiero decir?
—No —respondió Kohoutek.
—Vale, ahora te lo explicó, pero ahora piensa un poco en tu bisabuelo.
Kohoutek pensaba a menudo en su bisabuelo. No lo recordaba en absoluto. Nosotros, en cambio, los viejos cronistas de aquella época, lo recordamos muy bien. Hasta sus últimos días, Emilian Kohoutek llevó una vida de agitación y de escándalo. Viajaba. En eterno conflicto con la familia, al menos una vez al mes se marchaba de casa para siempre. Cuando volvía, como queriendo recalcar el carácter provisional de su regreso, se instalaba en la última estancia, la cual estaba sin caldear. Allí sólo había una cama de hierro y una enorme tinaja con el vino que él mismo fabricaba de cualquier fruta que hallase a su alcance.
Creyó hasta el final que su viejo matadero volvería a trabajar a pleno pulmón y no consentía la venta de las máquinas chacineras que se iban deteriorando. Una y otra vez iba a Cieszyn con fantasmagóricos planes de gestiones administrativas que permitirían supuestamente la reapertura de la chacinería. Los funcionarios del ayuntamiento, por respeto a su avanzada edad y, probablemente, también por miedo a su vehemencia, se abstenían de recordarle que la chacinería, incluso antes de la guerra, había sido una empresa muy endeudada y prácticamente en bancarrota. Después de cada infructuosa expedición a los despachos, volvía borracho como una cuba.
Kohoutek se imagina inconscientemente que su bisabuelo se parecía como dos gotas de agua al doctor Oyermah. Tal vez hubiese entre ambos cierto aire espiritual; en cuanto al físico, en cambio, el viejo Kohoutek era el polo opuesto de Oyermah. Era un hombre bajo y de constitución delgada, con una raya en el pelo muy evocadora y un bigotito aún más evocador, si cabe. Durante la ocupación nazi, su increíble parecido con el dictador le facilitó la vida e incluso, en repetidas ocasiones, se la salvó seguramente. En la cuidada imitación del bigote y del peinado del führer, los ingenuos agresores veían una prueba de incondicional devoción, cuando era exactamente lo contrario, pues era el maestro chacinero Emilian Kohoutek quien consideraba al führer un vulgar imitador, despreciándolo con toda su alma principalmente por este motivo.
Murió de la misma forma en la que vivió: transgrediendo los usos y costumbres. Murió durante un invierno helado y nevoso. Aunque fuera de mísera estatura y raquítica talla, el ataúd en que fue depositado, como todo en aquellos tiempos, era macizo y pesado. Justo en el momento en que la comitiva estaba a punto de torcer desde el camino principal del cementerio hacia la fosa abierta, el ataúd se escapó de las manos de los hombres que lo transportaban, desplomándose contra el suelo estrepitosamente. En el fondo, nadie se sorprendió, estaba previsto que algo así sucedería. A decir verdad, todos los asistentes al multitudinario entierro tenían la oculta esperanza de que, antes de ser depositado en la sepultura, el viejo Kohoutek diese una vez más la nota. Sin embargo, nadie había previsto el ímpetu con que lo haría, y es que con el ataúd cayó también el hijo del difunto, el señor Director, abuelo de Kohoutek, con tan mala fortuna que se golpeó la cabeza con la parte frontal del ataúd y éste salió lanzado cuesta abajo por las piedras cubiertas de hielo. En realidad, fue como una hermosa jugada de fútbol: tras un contoneo aéreo, el hijo, lanzado de cabeza a ras del suelo, alcanzó el ataúd en el que yacía su padre, impulsando su apoteósico vuelo. Los estupefactos sepultureros dejaron paso al arca que avanzaba entre sus pies. Después se comentaría que no es que le dejasen paso, sino que más bien salieron en estampida, despavoridos, porque el ataúd, al rebotar contra el gélido empedrado, causó un estrépito tan infernal que a todos les pareció que el viejo Kohoutek había resucitado de repente, vuelto en sí y, con la vehemencia propia de él, estaba intentando liberarse. Todos contemplaban enmudecidos cómo el vehículo fantasmal se precipitaba cada vez más veloz hacia abajo, en dirección a Helenka Morcinkowna (trompeta), la cual avanzaba despacio por el camino del cementerio.
Sí… Helenka Morcinkowna, quien a principios de siglo fuera la segunda en subirse al escenario del restaurante «Casa Venado» en Cieszyn para tocar la trompeta, se arrastraba ahora a la cola de la comitiva. Toda su vida estuvo perdida e infelizmente enamorada de Emilian. A él le traía fresco este amor, lo despreciaba y se reía de él. Solía tener a otras mujeres, cosa que, por cierto, nunca ocultó ni a su propia esposa, igual, o tal vez más infeliz que Helenka. Ella pensó en él durante toda su vida. Nunca se le hubiera ocurrido la posibilidad de tener una cita con otra persona, a pesar de que él nunca se citara con ella. Nunca se le hubiera ocurrido hablar con alguien más, a pesar de que él nunca le diese conversación. Nunca pensó que pudiera bailar con otro, a pesar de que él nunca la sacara a bailar. Nunca pensó que otra persona pudiera visitarla en su solitaria casa, a pesar de que él nunca la visitase. Esperó. Y cuanto más tiempo esperaba, con más empeño creía que llegaría finalmente el momento. Así que en aquel instante, cuando escuchó el estrépito y vio cómo el ataúd avanzaba en su dirección, no albergó duda alguna: su amado, al cruzar el umbral del otro mundo, comprendió por fin su amor y ahora venía a ella. Helenka Morcinkowna dejó caer el bastón en que se apoyaba y abrió los brazos. El veloz ataúd golpeó sus lisiadas piernas y ella se derrumbó sobre la tapa. Con todas sus fuerzas abrazó la caja de madera, la cual, bajo su peso, adquirió aún más velocidad, se deslizó por la puerta abierta del cementerio y comenzó a bajar por el angosto sendero hacia el río. Parecía que una mano invisible estuviese dirigiendo la trayectoria del ataúd o que la misma Helenka, a la manera de una experta competidora de tobogán, tomase con habilidad los virajes y curvas. Finalmente, en la escarpada orilla del río, la carrera llegó a su meta: el difunto Kohoutek y su enamorada, feliz al fin, se deslizaron sobre la superficie congelada y el ataúd, como si fuese una barca de recién casados siguió el cauce del río durante un buen rato. Parecía que Emilian Kohoutek hubiese decidido realmente escapar de la tumba, llevarse a Helenka y sobre una simple balsa, hecha apenas con algunas tablas, marcharse con ella lejos, hacia cálidos mares e islas afortunadas.
Kohoutek ha oído muchas veces esta increíble historia sobre el entierro de su bisabuelo, y siempre le pareció que también la había visto. Quizás hubiera soñado alguna noche con el ataúd que bajaba desde una alta montaña, quizás había visto esta escena en alguna película, quizás esté descrita en algún libro; tendré que preguntárselo —Kohoutek se acuerda de su actual amante, mientras sostiene el brazo de su atractiva y culta mujer y lleva de la otra mano a su melancólico vástago. Los tres caminan despacio por el mismo pedregoso sendero por el que, antaño, el maestro chacinero Emilian Kohoutek diera su inmortal viaje en ataúd.