Otros placeres
Capítulo XIX
En la habitación de enfrente —Oyermah no se demoró ni un segundo— vive un personaje misterioso, sospechoso y repelente. Un hombre alto, costilludo, de mi talla más o menos, de una edad imposible de definir. Tal vez treinta, tal vez cincuenta años. En una cabeza enana como un guisante, una mata de pelo grasiento. A pesar de la terrible canícula, anda siempre con un estropeado abrigo de entretiempo con capucha. ¿Anda? Decir «andar» es una exageración, la palabra está mal empleada y ha sido puesta en un lugar equivocado. ¡Ese hombre prácticamente no abandona su habitación! Cada pocos días se desliza durante unos minutos de su madriguera, parece que con el fin de realizar alguna compra excepcionalmente perversa, a juzgar por el paquete que aprieta bajo el brazo. Dos o tres veces me lo cruzo en el pasillo del hotel, no responde a mi saludo. Sus taladradores y ardientes ojos, ocultos tras unas gafas de montura dorada, se limitan a traspasarme por entero. Sí. Él no sale de la habitación. Ella, en cambio, viene a verlo a diario, y no una o dos veces, sino varias. Es tan increíblemente bella que parece un ser de otro mundo. Es excepcionalmente alta para ser japonesa. Viste a la europea, con vestidos veraniegos, aunque de colores oscuros. Cada vez que lo espera delante de su puerta —una hora y a veces incluso más tiempo—, siento cómo el narcótico aroma de su cuerpo comienza a llenar despacio mi habitación. El caso es que él no deja que entre, no quiere recibirla. De vez en cuando es magnánimo y la deja pasar y quedarse, pero no sin que antes tengan lugar negociaciones, desesperadas promesas, guardias de horas enteras. Constantemente, me llega desde el pasillo el sonido de las inútiles llamadas a la puerta, de las conversaciones agitadas, el impaciente falsete de él, el ruego susurrante de ella. La situación más dramática suele tener lugar cada vez que él la hace esperar. Entonces ella, simplemente, se queda aguardando ante su puerta. Oigo el crujido de su vestido, oigo su respiración, me asfixio con su fragancia. En ocasiones, pasa horas en espera de una audiencia, entonces baja y se sienta en un sillón del recibidor. La situación comienza a intrigarme vivamente, e inicio una discreta indagación entre el servicio. Nadie sabe nada o no quiere hablar. Finalmente, la espabilada de Caroline, la camarera —que dicho sea de paso, querido Kohoutek, pues sí—, me informa con máxima discreción que el individuo que vive enfrente es un célebre articulista británico que, precisamente aquí, en la pensión «Luisendorf», concluye actualmente un libro sobre pintura prerrafaelista. Quién es la japonesa y qué relación guarda con él, nadie lo sabe. De todos modos, tampoco era necesario indagar en la obvia naturaleza de sus relaciones. El repelente articulista británico, a pesar de tener tanto trabajo, accedía a veces a que aquella visita supuestamente tan molesta se quedase hasta la mañana siguiente.
Una noche me despierta la acostumbrada llamada a su puerta. Escucho tumbado desde la cama. Ella, como siempre, le ruega que la deje pasar, sin embargo, en esta ocasión su susurro resulta especialmente desesperado. Golpea la puerta con especial fervor, y el silencio que le responde resulta más conmovedor incluso. Me levanto de la cama, me pongo la bata, enciendo un cigarrillo, miro el reloj: son las dos y veinte. Durante media hora doy vueltas por la habitación, fumo, me tomo dos vasos de whisky. Durante todo este tiempo me llega desde el pasillo el sollozo de un ruego cada vez más dramático. Y finalmente, silencio. Un repentino y fulminante silencio. Sé que ella no se ha marchado, sé que él no la ha dejado entrar. Lo hubiese oído. Por aquel entonces yo era un auténtico virtuoso del oído, mi omnisciente sentido lo sabía todo acerca de aquellos dos. Silencio, un desesperado silencio. El lejano y oscuro sonido de la sirena de un remolcador del Támesis. Más silencio aún. Un silencio monstruoso como la premonición de un crimen. Me decido al fin, y entreabro la puerta. La japonesa está sentada en el suelo. Apoyada en la pared, duerme. Sobre sus divinas mejillas hay huellas de lágrimas secándose.
Era una visión incomprensible y fulminante por su encanto. ¿Una mujer sentada en el suelo? ¿Antes de la guerra? ¿Una japonesa? ¿De noche, en la pensión londinense «Luisendorf»? ¡La época en que las mujeres se sientan en el suelo llegará décadas más tarde! Akiko se adelantó a su tiempo al menos un cuarto de siglo. Me acerqué a ella y toqué con suavidad su hombro. Abrió los ojos y comenzó a hablar de inmediato. Se disculpó por el jaleo y explicó algo más que no entendí. Ciertamente, habló en inglés, pero con acento típicamente, digámoslo así, samurái. Además lloraba, había prorrumpido muy pronto en lágrimas, señalaba hacia la puerta del articulista británico y sollozaba nuevamente como una niña pequeña. Yo, sin embargo, no tenía necesidad de entender sus palabras, pues estaba al corriente perfectamente de la situación. Golpeé decididamente la puerta del articulista, quien, para mi asombro, abrió casi de inmediato. Llevaba puesto un camisón horriblemente sucio. El interior de su habitación exhalaba la intolerable fetidez de los manuscritos. Con reserva, aunque, hay que reconocerlo, también con cortesía, pidió que no se interrumpiera su descanso. Explicó que él no era responsable de los excesos de aquella joven lady japonesa. Y estaba a punto de cerrar la puerta, cuando ella estalló literalmente. Gritó, habló balbuceando, descuidando su acento, y yo, no obstante, querido Kohoutek, esta vez sí que lo entendí todo. Entendí cada frase y cada palabra, y los absorbí con indescriptible deleite. Dijo que ésta era la última vez que lo veía en su vida, que era un payaso, un villano y un grafómano, que había llegado el final definitivo, que no lo odiaba, ni lo despreciaba siquiera, que simplemente le era indiferente como ninguna otra cosa en el mundo. Como a toda bella mujer a la que la ira libera de las cadenas de la coquetería, Akiko atravesaba un furor deslumbrante… Su cabello, endrino, tupido y grueso como el grafito, caía sobre su pálida frente. En sus oscuros ojos ardían brasas. Una sombra de confusión, de miedo o, tal vez la sombra de una extraña sonrisa, apareció en el rostro del articulista, quien despacio, sin decir palabra alguna, cerró la puerta. Akiko, impotente, se quedó de pie en el centro del pasillo y yo, dejándome llevar por el increíble curso de las cosas, hice algo que en circunstancias normales ni entonces, ni antes, ni después, jamás, hubiera hecho, a saber: le propuse que pasara a mi habitación y que tomara algo para reponerse. Ella, sin rastro de vacilación, aceptó mi ofrecimiento.
Querido Kohoutek, aquéllas fueron las horas más bellas de mi vida. Al cabo de un cuarto de hora éramos ya un par de amigos íntimos, de esos de toda la vida. Después de una hora ya estábamos haciendo planes para llevar una vida en común. Akiko se había quitado las sandalias, se había sentado en el sillón con las piernas dobladas, bebía whisky y reía como una loca con cada una de mis palabras. Después me estuvo enseñando japonés. Sobre un papel escribía, o más bien dibujaba, aquel misterioso alfabeto, traducía al inglés y me enseñaba a pronunciar. Dios, ¡con qué cuidado, con qué entusiasmo repetí cada uno de esos extraños sonidos! Hasta hoy los recuerdo todos. Al día siguiente viajaríamos al hingashi (este), nuestra uchi (casa) estaría en la orilla de un kaua (río), a los pies de una yama (montaña), por las noches, sobre nuestra ucki, brillaría siempre la oki (luna), su kokoro (corazón) me pertenecía a mí, nos unía ay (el amor) y nuestro ay sería bendecido por el mismísimo kamisama (Dios). Después yo intenté escribir o dibujar, más bien; cuando me equivocaba, cogía con delicadeza mi mano y me llevaba como a un niño por el oscuro sendero de los jeroglíficos.
Dijo que tenía hambre. Le preparé unos huevos revueltos. Sucede a veces que en el proceso de freír unos huevos revueltos, uno puede experimentar la más sublime de las exaltaciones espirituales. Imagínate la escena: yo friendo huevos revueltos sobre un hornillo de alcohol, mientras la bella Akiko está a mi lado todo el tiempo, apoyando su mano en mi hombro, como si tuviese miedo de que yo fuese a fugarme o a desaparecer; yo la espío con el rabillo del ojo, asegurándome de que ella existe y de que está allí. Y ella está, y existe, puesto que come con avidez los huevos revueltos. Después, con torpeza, sin sacar la cucharilla de la taza, toma el té. La cucharilla hincándosele en la mejilla y una miga de pan en la comisura de la boca son la prueba irrebatible, necesaria y suficiente de su existencia. Le entra sueño. Va al baño, yo le preparo la cama. Vuelve. Cuelga su ligero vestido en el armario, se cuelga de mi cuello con todas sus fuerzas. La toco y siento de pronto —como una ráfaga de aire gélido—, la negra desesperación que desprende. Cada uno de sus ligamentos, su sangre, sus huesos, su corazón, todo está calado por la negra escarcha de la desesperación. Todo lo que hace esa mujer, lo hace por desesperación. Cada uno de sus irresponsables pasos está motivado por una profunda desesperación. Carga por desesperación contra la puerta del repelente articulista británico —no hablamos de él en absoluto, no se pronunció ni una sola palabra acerca de él; él, simplemente, al encerrarse en su habitación, dejó de existir—. Había abandonado a alguien por desesperación —¿un marido?, ¿un novio?, lo adivino por sus ambiguas alusiones—. Fue la desesperación la que la hizo caer entre mis brazos.
Se acuesta y se duerme con el repentino sueño de los niños. Me quedo inmóvil en el sillón mientras me desbordan las nobles visiones, las escenas marcadas por el ánimo exaltado y en las que yo mitigo su desesperación. Contemplo embobado sus frágiles hombros desnudos y siento que empiezo a perder la cabeza, que pierdo la cabeza de felicidad. La claridad va creciendo y llega a parecerme que es el dorado resplandor de su piel lo que llena la habitación. Akiko despierta, sonríe, se viste con especial prisa. Habíamos quedado en que dejaríamos la pensión cuanto antes, por eso ahora se está vistiendo. Irá a por sus cosas —¿Adónde? ¿Qué cosas? ¡No tengo ni idea!—, yo, mientras, haré mis maletas y la esperaré abajo en el recibidor. Ya está vestida y no me extraña en absoluto que salga casi sin despedirse, y es que enseguida estará de vuelta. Me extraña, en cambio, eso sí, y mucho, reconocer el golpeteo en la puerta de enfrente que, de inmediato, comienza a llegar desde el pasillo. Esta vez no dura mucho tiempo. Un ruido en la cerradura, la puerta se abre, la puerta se cierra, Akiko desaparece para siempre. Akiko deja de existir.
Oyermah se quedó en silencio un instante. La actual amante de Kohoutek volvió del baño, se situó junto a la estufa, peinándose y secándose el pelo.
—Sí… Dejó de existir —repitió Oyermah—. Desde entonces, la liviana japonesa me visita sólo en sueños y cada vez que la veo, me encojo del susto porque siempre es portadora de malas noticias. Estoy convencido de que está muerta y, por cierto que desde hace mucho tiempo. Ya entonces estaba medio muerta de desesperación. Si no se suicidó poco después, simplemente se consumió de angustia. No puedo olvidarla y no sé perdonarla. ¡Oh, cruel Akiko! —suspiró—. Prometiste que pasarías conmigo toda la vida, pero sólo querías aguardar hasta el alba, a que se abriesen ante ti aquellas puertas infranqueables. Aunque, ¿quién sabe? A veces siento que ella quizás, mientras hacía conmigo sus planes de vivir en nuestro uchi, creyese en todo aquello de todo corazón.
Aquel mismo día abandoné el hotel, y Londres, al día siguiente. En una semana estaba de vuelta en Polonia. Además de los sueños aciagos donde aparecía Akiko, traje conmigo la curiosa manía de dar nombres anglosajones a todos los animales. Llegué justo a tiempo para el estallido de la segunda guerra. Podría decirse, en resumidas cuentas, que todo había acabado en una gran uarau (risa).