Otros placeres

Jerzy Pilch · Capítulo 3 de 20

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Otros placeres

Capítulo III

Rodeó la casa y vio que su actual amante caminaba a la altura de la enorme ventana del comedor. Dentro, la luz estaba encendida mientras disponían la mesa para la cena con las cortinas descorridas. Ella caminaba hacia delante, sin ceder al impulso que hubiese sido más natural: volver la cabeza hacia el halo de luz que la bañaba y asomarse al interior iluminado.

—Mira si es pícara que, como sabe que no estoy, ni mira hacia allá —pensó Kohoutek acechando tras la esquina—. Dios, no tomo tu nombre en vano, pero ¿cómo es posible que esta mujer lo sepa todo, siempre y en cualquier lugar? ¿Cómo puede saber que no estoy en el comedor?

Cuando finalmente ella se encontraba cerca, él, dando un paso adelante, la agarró de la mano. No la abrazó, no dijo una palabra; tan sólo la agarró de la mano y dio media vuelta para conducirla hacia un lugar seguro.

Zigzaguearon sobre los campos oscuros del tablero de luces que marcaban sobre la hierba los rectángulos de las ventanas iluminadas. Andaban deprisa, corrían casi. A la actual amante de Kohoutek cada vez le costaba más, cada instante respiraba más roncamente. Kohoutek no le quitó la mochila de los hombros ni le ayudó a llevar la maleta; dominado aún por la desesperación, la arrastraba tras de sí, tiraba de su mano y, una y otra vez, le apretaba dolorosamente los dedos. Lo hacía de manera inconsciente, pero, en parte, también conscientemente, para castigarla por los inconvenientes que le suponía aquella inaudita aparición.

Nosotros, los viejos libertinos, al observar la escena entre risas, aunque también con cierta aprensión teñida de particular lástima, podríamos añadir que el enfado y la desesperación de Kohoutek no carecían de un matiz de racional astucia: Kohoutek se daba perfecta cuenta de que, apresurándose a ayudar a su actual amante, multiplicaba en el fondo los riesgos y aumentaba el dramatismo de la situación. Y es que ahora cualquiera podría percibir, además, la presencia del mismo Kohoutek junto a su actual amante en el jardín o, lo que es peor, percatarse de su ausencia en casa. En cualquier momento, podría sonar una voz: Kohoutek, ¿dónde estás? La madre de Kohoutek, por ejemplo, al encontrar su gorro en el zaguán, podría adivinar que su hijo, despreocupado como siempre, había salido con prisa a la calle, a saber para qué, y podría, agarrando el gorro, lanzarse en su busca; podrían ocurrir mil cosas por el estilo y, sin embargo, existía también una posibilidad entre mil de que nada de esto sucediese. Además, para qué ocultarlo, a pesar de tan desfavorables circunstancias, Kohoutek estaba contento de ver a su actual amante. La tocaba y le ocurría lo mismo que siempre que la tocaba. En esos momentos Kohoutek se reducía a las palmas de sus manos. Siempre que la tocaba, todo su ser se concentraba en ellas. Además, podría decirse que Kohoutek, ahora más que nunca, al apretar con ansiedad la mano de su actual amante, encerraba su suerte entre sus dedos agónicamente contraídos.

La arrastraba hacia el viejo matadero. La actual amante de Kohoutek veía ante sí unos matorrales tan espesos que se le antojaron un oscuro cerro, enredo de abetos, avellanos, bardanas y caña de azúcar, un obstáculo imposible de franquear. Pero Kohoutek la condujo por una especie de sendero al cabo del cual, entre la espesura, empezaron a asomar unas paredes resquebrajadas. La puerta se abrió sin ruido y los amantes ingresaron en territorio seguro. Allí, entre máquinas chacineras oxidadas como monumentos de épocas pasadas, estarían a salvo de cualquier persecución. A pesar de ello, Kohoutek seguía inquieto.

—Vamos arriba —dijo, y por fin tomó la maleta de las manos de su actual amante, visiblemente fatigada.

—Pesa —gruñó con tono de reproche y comenzó a subir por la escalera de madera delante de ella.

Una vez en el desván, la actual amante no alcanzaba a comprender a qué mundo había llegado. A pesar de que Kohoutek solía contárselo todo, jamás le había mencionado que en su familia existía la ancestral costumbre de acumular envases. En un principio fueron los cartones, más tarde llegó la época de guardar bolsas de plástico. Antaño también recogían bolsas de papel de azúcar, de harina o de arroz, aunque aquellos evangélicos rara vez consumían arroz.

Ante la actual amante de Kohoutek se abrían espacios verdaderamente cubistas.

¿Quién inventó el primer cartón del mundo? Seguramente existen enciclopedistas que saben las fechas y los nombres de sus inventores. Seguramente, en el desván del viejo matadero, se encontraría al menos un ejemplar de aquella primera serie. En cualquier caso, había allí cajas de antes de la guerra con rótulos todavía legibles: «Pawel Molin, Cieszyn, alimentación, productos agrícolas, materiales de construcción», «Librería y comercio de papel Ryszard Ploszka, Jablonkow», «Casa comercial de Scharbert en Ustron», «Fussek e hijos, productos de cristal, porcelana y complementos», «Hermanos Amsterdam, género de punto y medias de seda, Cesky Tesyn».

Se alzaban pilas de cartones, herencia alemana, con jeroglíficos góticos ilegibles

para la actual amante Kohoutek, macizos cubos con la inscripción UNRRA[1] un incontable número de vulgares cartones grises que habían servido para contener regalos de Navidad o paquetes para presos políticos, y cajas que en otros tiempos habrían estado llenas de manzanas o de frágil vajilla, cajas que olían a naftalina, jabón lagarto o tabaco. Cajas que conservaban el olor de los cincuenta, el olor de las primeras naranjas y de los primeros limones. Cartones que provenían de épocas confusas, ovillados bajo el polvo y las telarañas.

La primera reacción de la actual amante de Kohoutek fue pensar que Kohoutek la había traído a este cementerio de envoltorios para poner en él un poco de orden. Y es que Kohoutek, arrastrado por una extraña enajenación, se lanzó sobre las pirámides de cartón y comenzó a arrojarlas de un sitio a otro. Además, la actual amante de Kohoutek, que conocía muy bien sus miedos y sus manías, sabía que a éste le había sido inculcada la norma de que todo en la vida hay que ganárselo por medio de un trabajo sobrehumano en condiciones infrahumanas. Así que se imaginó que Kohoutek deseaba justificar su llegada, merecer su presencia gracias a un trabajo sobrehumano como era el de ordenar el desván del viejo matadero. Una vez acabada la faena, cuando todos los cartones hubieran sido ordenados y clasificados convenientemente, bajarían del desván, cruzarían el jardín, entrarían confiados en el comedor y Kohoutek anunciaría con rotundidad:

—Madre, padre, esposa mía, y todos vosotros, queridos familiares, he aquí a mi actual amante, con la que acabo de ordenar el desván. Caray, alguien tenía que hacerlo de una vez.

—No me digas —respondería Orna, la abuela de Kohoutek, con un tono de entusiasmo mezclado con incredulidad—, ¿los dos solitos habéis ordenado el desván? ¡Os habréis deslomado trabajando!

Y el resto de los familiares, con tácita aprobación, les haría un hueco en la mesa, ya que la inesperada visita de la actual amante de Kohoutek quedaría legitimada gracias al ethos del trabajo sobrehumano en condiciones infrahumanas, cultivado con tanto celo por la familia de Kohoutek. Sin embargo, fue tan sólo una quimera que cruzó el fantástico cráneo de la actual amante de Kohoutek, repleto de un mundo extraído de los libros. Mientras tanto, él se agitaba entre las cajas, no con el fin de ordenarlas, sino de construir con ellas una especie de refugio o, más bien, un lecho.

—He aquí a mi hombre construyendo la casa en la que envejeceremos juntos — pensó la actual amante de Kohoutek, por cierto que sin pizca de ironía.

Y ciertamente, Kohoutek ponía los cimientos y levantaba las paredes con una habilidad asombrosa. Quizás la aprensión y el pánico despertaran en él la inspiración propia de los grandes constructores, o, al menos, la de un perito en lechos provisionales. Llegó incluso a montar por encima del lecho algo parecido a un baldaquín, lo cual, por cierto, tenía su explicación practica, ya que las pilas de cajas estaban protegidas tan sólo por un mísero tejado de dos aguas. Kohoutek pensó por un momento que quizás valiese la pena cubrir el provisional techado con bolsas de plástico, pero como las bolsas estaban almacenadas en la lavandería, cualquier expedición a por ellas amenazaba con peligros adicionales. Además, aunque en la lavandería habría al menos unas diez mil bolsas de plástico, la madre de Kohoutek notaría, sin duda, cualquier ausencia. Ya que ahora, una vez liberado el país del yugo moscovita, como en casi todas las tiendas le envolvían a uno las compras en el plástico tan codiciado antaño, la madre de Kohoutek asomaba casi a diario para colocar otro ejemplar cuidadosamente doblado y revisar el estado de su colección. En cambio, aquí, en el desván del viejo matadero, estarían a salvo, ya que hacía tiempo que nadie se asomaba por aquí. Las últimas cajas eran de hacía unos diez años. Los evangélicos europeos, por aquel entonces, las usaban para enviar provisiones: café, té, chocolate, champús y detergentes; pero, cosa extraña: de esos últimos cartones, los más recientes, todo olor se había esfumado. No olían ni siquiera a la época del estado de excepción. Olían a la nada.

Kohoutek trabajó sin respiro y no pronunció palabra. Su actual amante fumaba sentada sobre la maleta también en silencio. Una vez hubo acabado, Kohoutek se incorporó, se secó el sudor de la frente y preguntó:

—¿Cuándo has llegado?

—Ahora —respondió su actual amante.