Otros placeres

Jerzy Pilch · Capítulo 5 de 20

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Otros placeres

Capítulo V

Nosotros, los viejos libertinos, no tenemos por qué ocultarlo: al día siguiente Kohoutek subió al desván del viejo matadero con cara de desconcierto. En general, podría decirse que Kohoutek era un hombre con cara de desconcierto, pero esta vez su cara se mostraba particularmente desconcertada. Al fin y al cabo, era consciente de que aquella noche le había sido infiel a su actual amante. Además, tenía claro que ella, guiada por su diabólica intuición, ya lo sabría. Le llevaba el desayuno: un termo de café caliente y un bocadillo de jamón cocido. Pero sabía que esto, a pesar de que preparar y sacar de casa el café y el bocadillo había sido toda una hazaña, no le serviría de mucho. Le esperaba un duro trance. Y también una tremenda sorpresa.

Cuando llegó arriba vio a su actual amante. Llevaba un vestido verde que nunca antes le había visto; estaba sentada sobre una de las cajas y sostenía sobre las rodillas un tarro de albóndigas de ternera que se estaba comiendo frías.

—¡No! —exclamó Kohoutek—. ¡No comas eso!

—¿Por qué no? —preguntó la actual amante de Kohoutek—. La fecha de caducidad todavía no ha cumplido, lo he comprobado en la etiqueta.

—¡No lo comas! ¡No lo comas! —seguía gritando Kohoutek—. Toma, te he traído un desayuno de verdad.

—Conque tampoco puedo comer —dijo la actual amante de Kohoutek, apartó el tarro y se limpió escrupulosamente la boca con un clínex.

—¿Dónde has encontrado ese tarro? —preguntó Kohoutek.

—En esta caja de aquí —contestó con el tono de mofa del presunto culpable, señalando un cartón con el rótulo: «Jan Buzek, comercio de artículos coloniales, Cieszyn, calle Stalmach».

—Imposible.

—No me acuses de mentirosa, como bien sabes, yo nunca miento —declaró con voz gélida la actual amante de Kohoutek.

—¿Cuántas te has comido?

—Escucha —ahora su voz tenía un tono de fingida conciliación— me he comido sólo una albóndiga, pero te pagaré el tarro entero —y con ostentoso empeño comenzó a hurgar en el monedero que, como preparado para liquidar la deuda, yacía significativamente sobre una de las cajas.

Pero Kohoutek no prestaba atención a la comedia que ella estaba representando. Que se haya comido una albóndiga es una minucia —analizaba la situación—, por supuesto, es una pena que haya abierto el tarro, pero eso, al fin y al cabo, se puede disimular, o, si acaso, la culpa recaerá sobre Orna. No hay que hacer una tragedia del hecho de que se haya comido una albóndiga mermando el contenido del tarro. Un aspecto objetivamente positivo de la situación es que hayan aparecido las albóndigas. Ahora las coloco discretamente en algún sitio adecuado y cesará la febril búsqueda. ¡Pero resulta que este lugar ya no es seguro! Y eso sí que es una circunstancia fatídica, trágica incluso. ¿Cómo es posible que Orna, que apenas si puede arrastrar los pies al andar y tiene que apoyarse en un bastón, haya podido llegar hasta aquí? ¿Cómo es posible que haya conseguido subir estos peldaños tan angostos y empinados como los de una escalera de mano? ¿Cómo puede ser que alguien tan decrépito, que ya no puede ir a la iglesia más de una vez al año y en mecedora, haya logrado sortear una subida como para romperse la crisma? ¡Pero es que parece que todo sea posible! Si es posible que mi actual amante, sin venir a cuento, venga a quedarse para siempre conmigo, ¿por qué no iba a ser posible que una anciana coja suba las escaleras con la habilidad de un mono? —constata Kohoutek con amargura.

—Quizás no suceda, pero deberías contar con ello… —le dice a su actual amante.

—¿Y ahora qué se supone que pasará?

—Tal vez mañana o pasado mañana, o tal vez dentro de unos días, aparezca Orna por aquí. En casa tenemos un montón de comida y ella, seguramente, querrá esconder algo de nuevo. Ya te he contado que lo hace de vez en cuando.

—Vale —la actual amante de Kohoutek aparenta seguir sus instrucciones a pies juntillas—, cuando aparezca Orna, ¿qué tengo que hacer?

—Escóndete.

—¿Y si me sorprende?

—Entonces ten sangre fría. Recuerda una cosa: si te sorprende, si te ve, es posible que te haga la pregunta de siempre.

—¿Y cuál es esa pregunta de siempre?

—Te preguntará si por casualidad no eres católica y entonces debes renegar y decir que eres luterana. Eso la tranquilizará.

—Acabo de decirte que yo no miento nunca.

Kohoutek mira a su actual amante en silencio y, de repente, lo fulmina una idea tan sencilla como el abecedario: su actual amante es una perturbada. Un escalofrío recorre su espalda. Y es que ninguna mujer en sus cabales hubiera venido en una situación como ésta. Y ella, en cambio, sí que lo había hecho. ¿Qué le pasará, cuál será el defecto espiritual que la impulsa, que le permite realizar un viaje que es una pesadilla para todos y también para ella?

—Vale, vale, vale. Ya me las apañaré —dice la amante de turno de Kohoutek, esta vez con un tono que anuncia no sólo la conclusión del asunto, sino también el paso al asunto siguiente—. Has estado con ella otra vez.

Kohoutek, sabiendo que ante este tipo de situaciones es inútil ofrecer resistencia, por muy determinada que sea, calla y al instante pregunta desvalido, como si creyese que la debilidad y la confesión de su culpa le dan ventaja:

—¿Y cómo lo sabes?

—Si es que lo veo, soy mujer —y de repente la actual amante de Kohoutek rompe en un llanto histérico.

—Has estado con ella, has estado con ella justo cuando yo he venido a quedarme contigo para siempre.

—Te he dicho tantas veces que lo deseo de todo corazón pero que, a la vez, no es tan sencillo —esta frase la pronuncia Kohoutek con un vicio ciertamente aterrador.

—Pero si me lo habías prometido, me habías prometido que estaríamos juntos, que nos instalaríamos juntos en esta misma casa y que viviríamos de alquilar habitaciones a los veraneantes.

—Es verdad, te lo prometí —dice Kohoutek distante—, pero también observé que para que eso fuese posible, antes debían morir todos o gran parte de mis familiares. Y es que más que promesas, eran sueños imprecisos.

—Tú no me quieres —lloriquea la actual amante de Kohoutek.

—Sabes bien lo mucho que te quiero —responde Kohoutek un poco cansado, pues la conversación está tomando un rumbo demasiado estereotipado—. Te quiero más que a mi vida, pero ahora tengo que irme. Ya sabes que hoy es el cumpleaños de Orna y hay un montón de trabajo —Kohoutek se incorpora, besa a su actual amante en la coronilla inclinada y, con torpeza, sabiendo que en su gesto hay algo que hace pensar en una requisa, levanta el tarro de albóndigas de ternera.

—Vendré esta noche —dice.

Mientras va bajando la escalera con cuidado de no dejar caer el tarro, oye un repentino ruido arriba. Alza la cabeza y ve que en su dirección asoma el rostro de su actual amante. Sus rasgos están deformados por una furia tan terrible que Kohoutek se queda literalmente petrificado de terror.

—Quizás sea yo quien venga esta noche —sisea su actual amante con un tono verdaderamente viperino—. Vendré para felicitar a Orna.