Otros placeres
Capítulo XVI
—Orna ha venido a visitarme. Se quejó de vosotros —la actual amante de Kohoutek lo miró con reproche—. Se quejó de tu padre, que ni siquiera nota su presencia y la trata como el aire. De tu madre, que no le deja comer lo que le apetece. Decía que el Pastor no para de recriminarle en sus sermones su incontinencia en el beber y en el comer. Se quejó de que la hija de doña Wanda toca el violín muy flojo, cuando ella escucharía con ganas la música. Pobre, pobre ancianita —en los ojos de la actual amante de Kohoutek aparecieron unas lágrimas—. Orna me dijo también que la esposa del Pastor no debería cortarse el pelo bajo ningún concepto y que doña Wanda no debería obligar a su hija a tocar el violín ya que la niña no quiere. Criticó a tu mujer —añadió con énfasis la actual amante de Kohoutek— por ir siempre con la nariz metida en algún libro, y para colmo, extranjero. Si sus libros no fuesen extranjeros, al menos podría leerle algo de vez en cuando. Y para terminar dijo que le guardaba cierto rencor a su marido, al señor Director, por no defenderla de vosotros.
Kohoutek, a pesar de la estupefacción que lo dominó, sintió la insatisfacción típica de quien ha sido omitido.
—¿Y de mí no tenía ninguna queja? —preguntó.
—En principio no —dijo con cierta vacilación su actual amante— en principio no… sólo ha mencionado que teme…
—¿Qué es lo que teme?
—Teme un poco que te acabes casando con una católica.
—El cerco se va estrechando —pensó Kohoutek con desesperación.
—La señora es mayor y tal vez confunda ciertos detalles, pero al fin y al cabo, no se trata de detalles —la actual amante de Kohoutek habló ahora rápida y decididamente—, además, Orna no me preguntó si soy católica y, por cierto, que sólo de mí no tuvo ni una queja —añadió con repentino tono de triunfo—. Me dio las gracias y me alabó —continuaba—. Le ayudé a subir y ella me dijo que hacía tiempo que nadie le ayudaba a subir una escalera. Le ofrecí té del termo y ella comentó que ya no se acordaba de la última vez que alguien le hizo té. Me trajo torta y me dijo que pronto me traería un bollo dulce.
—¿Y no le extrañó que vivieses aquí? —Kohoutek sentía que su pregunta, cuerda y sencilla, en esa situación era una frase que sonaría a martirio absurdo.
—¡Qué va! Sólo me preguntó si no pasaba frío. Dijo que en la última habitación hay una cama de hierro vacía y que hay un buen colchón de paja y una enorme colcha de plumón, y que deberías traérmelo todo acá, porque las heladas empezarán cualquier día de éstos. Preguntó también —aunque se disculpó por hacer esa pregunta ya que yo, seguramente, me sonrojé al responder—, preguntó también adónde voy a hacer mis necesidades…
—Ya —murmuró Kohoutek.
—Se lo enseñé y ella dijo que tal vez fuera mejor un orinal, y que hay uno en el lavadero, que tú sabes muy bien de qué orinal se trata porque era tuyo.
—Está bien —dijo Kohoutek— te traeré mi orinal.
—Y la cama, y el colchón, y la colcha.
—Sí —dijo Kohoutek en voz baja—, te traeré la cama, y el colchón, y la colcha.
—¿Lo ves, Kohoutek? —la actual amante tocó su mano—. Cuando quieres, sabes ser magnífico.
Por unos instantes permaneció plácida y sonriente, después añadió:
—La semana que viene iré a la escuela local y preguntaré si no necesitan a una profesora de lengua. Al fin y al cabo, debería ir buscando algún trabajo. No quisiera ser una carga para ti.
—Ah. Estupendo —respondió Kohoutek—. Es una idea estupenda.
—Oye —la actual amante de Kohoutek estaba realmente de muy buen ánimo, la increíble visita de Orna parecía haberle levantado mucho la moral—, oye, Kohoutek, ¿recuerdas cómo nos conocimos?
—Claro que lo recuerdo —respondió mecánicamente Kohoutek—. Nos conocimos en un autobús de la línea especial A. Estabas leyendo un libro y yo me senté delante de ti y te pregunté qué leías.
—¿Te acuerdas de lo que respondí?
—Sí, me acuerdo, dijiste que lo que estabas leyendo era Kundera.
—Pero tú, Kohoutek —dijo la actual amante con suavidad—, no sabías entonces si Kundera era un nombre de autor o el título del libro, no lo sabías, ¿verdad?
A Kohoutek le sobrevino la irritación.
—No lo sabía —alzó la voz—, y en realidad sigo sin saberlo. No tengo ni idea de libros, no entiendo de novelas, y en cuanto a la poesía, menos todavía. En cuanto a la poesía —repitió con rotundidad y la miró directamente a los ojos—, no entiendo ni una coma.
La actual amante se encogió y agachó la cabeza. Al parecer, el buen ambiente se había esfumado.
Un día, en el estudio de ella en Cracovia, estaban a punto de cenar y ella, como siempre, ordenaba la mesa atestada de libros y papeles, cuando de pronto, una blanca hoja suelta se deslizó hacia el suelo. Kohoutek la levantó con gesto automático y le dio la vuelta. En el reverso había unas líneas escritas con su letra. Era un poema con el título, incomprensible para Kohoutek, Haiku:
Cuadernos llenos de apuntes secretos.
Césped de tinta.
Sobre una gran superficie
Alguien camina por las tinieblas,
alguien revienta.
Kohoutek leyó el texto, lo leyó una y otra vez y, a pesar de sentir cómo la confusión crecía en su interior, no preguntó nada. No hizo nada de nada, menos aún nada malo. Ni rió con su risita fina y desagradable, ni puso en su cara mueca alguna de burla. Se quedó inmóvil y puede decirse con total seguridad que ninguno de sus pequeños gestos casuales fue un gesto intencionado contra la poesía. No obstante, ella se le echó encima con el salvajismo de un sujeto lírico despojado dolorosamente. Le arrancó la hoja de la mano, la rompió y comenzó a lanzarle las miradas más homicidas de todo su repertorio. Desde aquel momento, el misterioso haiku de cinco versos se alzó entre ellos como un muro infranqueable. Nunca hablaron de eso. Él no llegó a saber nunca si aquéllos eran sus únicos versos o unos entre miles que hubiera escrito. No se atrevía a preguntarlo y ella tampoco aclaró nada. De vez en cuando, eso sí, cada vez que se sentía especialmente herido por ella, se esforzaba por hacer una alusión malévola al hecho, subrayando que en absoluto, pero que en absoluto, entendía de poesía.
Esta vez, sin embargo, tras permanecer un instante en silencio, la actual amante de Kohoutek decidió fingir que no se había percatado de aquella malicia ritual.
—Sí, en aquel momento estaba leyendo el Libro de la risa y el olvido de Milan Kundera, editado en samizdat. Lo tengo aquí conmigo. Si me permites, te leeré un fragmento
Y la actual amante de Kohoutek extrajo de la maleta un ejemplar descompuesto y forrado en papel de periódico, y comenzó la lectura del Relato de Petrarca. Nosotros, los viejos admiradores de este escritor checo, conocemos muy bien el fragmento. Transcurre en el momento en que los poetas más grandes del país se dan cita en un club literario de Praga. Kundera los bautiza con los nombres de los grandes clásicos de la literatura universal. Allí están Goethe —un viejo poeta que se desplaza con dificultad apoyándose en unas muletas—, Voltaire, Lermontov, Esenin, Boccaccio. Está también Petrarca, cuyo relato precisamente lee a Kohoutek su actual amante. Petrarca narra una inesperada visita que le hizo en plena noche cierta joven poeta. Aclaremos que la joven poeta no era la actual amante de Petrarca. Sin embargo, Petrarca no puede recibirla porque su bella y celosa mujer está en casa, y la joven poeta se comporta de un modo irresponsable y misterioso. No desea volver en otro momento ni tampoco quiere marcharse. No se deja echar. «He de decirle algo, he de decirle algo»— repite una y otra vez. Después, durante largo rato, se queda ante la puerta. Finalmente, destroza los cristales de la casa de Petrarca con una barra de hierro. A través de la ventana rota entra al interior y le dice: «He venido porque me ha obligado el amor, he venido para que sepas lo que es un amor verdadero, para que lo experimentes por una vez en tu vida».
Y después la chica coge de la mano a la bella mujer de Petrarca y le dice: «Usted no se enfadará conmigo, porque usted es buena y yo a usted también la quiero, os quiero a los dos».
La actual amante de Kohoutek terminó de leer del fragmento de la novela y en cuanto hubo acabado, Kohoutek preguntó, inoportunamente y con la simpleza literaria tan propia de él:
—¿Acaso estás pensando romper los cristales de mi casa con una barra de hierro?
La actual amante alzó sus bellos ojos, cuyo color recordaba en ese preciso instante a un río congelado —sobre el cual se desliza un claro ataúd de roble— y dijo:
—Oh, inocente Kohoutek, con una barra de hierro una rompería los cristales de la casa de Petrarca o la de Kundera, o la del más grande de los escritores polacos, de quien tú estás celoso, por cierto que no platónicamente, sino como una bestia, y haces muy bien. En tu casa, Kohoutek, una no rompe cristales. En tu casa entra una a quedarse para siempre.