Otros placeres
Capítulo I
Jerzy Pilch
ePub r1.2
Titivillus 23.09.15
Título original: Inne rozkosze, Poznań: a5
Jerzy Pilch, 1995
Traducción: Joanna Albin
Editor digital: Titivillus
ePub base r1.2
I
Cuando en el año del señor 1990, el doctor veterinario Pawel Kohoutek miró por la ventana y vio a su actual amante caminando por el jardín, pensó con aquel engreído fatalismo tan propio de él que estaba a punto de acontecerle una aventura que serviría de advertencia a los demás. La actual amante de Kohoutek llevaba un abrigo azul marino, un gracioso sombrerito cubría su divino cráneo y la enorme maleta que arrastraba tras de sí dejaba en la blanca hierba de noviembre la oscura traza de la derrota definitiva.
Quizás venga por unos días, para hablar conmigo, quizás no sea más que una breve e inesperada visita, aunque, de cualquier modo, eso ya es una historia lo suficientemente escalofriante, pensó Kohoutek, una historia digna de un libro. Pero la actual amante de Kohoutek no venía de visita. Tiraba de la maleta con ambas manos y sobre sus delgados hombros cargaba una mochila llena hasta los bordes. A pesar de que la conocía desde hacía apenas diecisiete semanas, Kohoutek sabía perfectamente qué había en la maleta y en la mochila. En la maleta llevaba sus libros y en la mochila, el resto de sus pertenencias. Kohoutek podía enumerar con los ojos cerrados esas cosas, exactamente una por una, podía nombrar sin dificultad todas las piezas de su vestuario: siete camisetas negras, dos blusas blancas, dos camisas de hombre color caqui, un chándal gris con ribetes blancos, tres minifaldas negras, unos vaqueros, dos pares de zapatos sin tacón, un par de botas de caña a la altura de la rodilla que la actual amante de Kohoutek había heredado de su madre, un jersey negro de cuello alto, una chaqueta de hombre de un tweed gris que le sentaba fenomenal, medias y varias decenas de bragas exclusivamente blancas y de cortes variados. Sí, la actual amante de Kohoutek había recogido todas sus pertenencias y había venido a instalarse, por fin, tras diecisiete semanas de una horrible tortura causada por la brevedad de sus encuentros, a vivir con él para siempre. Liquidó sus facturas, limpió su habitación, bajó de su estantería todos los libros de Milan Kundera publicados en polaco, El maleficio de Broch, Historia de la filosofía de Tatarkiewicz, los libros de poemas de Stanislaw Baranczak y Ryszard Kynicki. Recogió también, con perverso celo, la obra completa del más grande de los escritores polacos vivos, a quien adoraba lectora y platónicamente y de quien Kohoutek estaba celoso, por cierto que no platónicamente, sino como una bestia, y con razón, pues el más grande de los escritores polacos vivos pertenecía a la inmortal tribu de los infatigables coleccionistas de mujeres. En resumen: la actual amante de Kohoutek recogió sus cosas y sus libros, entregó la llave a su casera, se dirigió a la estación de autobuses de la PKS, compró un billete y se marchó al pueblo natal de Kohoutek. Nunca antes había estado allí, pero, por los relatos de Kohoutek, conocía a la perfección aquella localidad poblada exclusivamente de evangélicos de la confesión de Augsburgo.
Kohoutek tiene la insoportable costumbre sentimental de hablar a sus amantes de turno de la tierra de Cieszyn. Ellas fijan la mirada en él, procuran moderar un desbordado entusiasmo (según Kohoutek, en vano), mientras éste va hilando narraciones sobre Partecznik, Dziechcinka y Jurzykow, sobre la casa construida por su bisabuelo, el maestro chacinero Emilian Kohoutek, y el jardín que antaño fuera el patio de un gran matadero. Por supuesto, Kohoutek sabe que su costumbre sentimental de hablar a cada amante de turno de su tierra de Cieszyn no sólo es insoportable. Kohoutek sabe que esta costumbre es también funesta, o al menos en este caso —piensa Kohoutek, mientras observa a su actual amante caminando por el jardín—, en el de esta inconcebible historia, pues tengo motivos para pensar en la perdición. Desde luego que no tenía que haberle hablado de la tierra natal, no tenía que haberle dicho ni una palabra sobre mí, ni haberle facilitado dirección, nombre y apellidos, no tenía que haber accedido a todo, ni haberle prometido el oro y el moro, ni haber permanecido en su temeraria compañía.
Cuán inútiles, cuán retóricamente vacías y, por fortuna, cuán breves fueron las lamentaciones de Kohoutek. No haber subido al autobús de la línea especial A. No haber circulado mil veces entre una ciudad y otra. No haber hecho preguntas y, sobre todo, no haber hecho la primera pregunta. Disculpe, ¿qué está leyendo? No tenía que haberse quebrantado el sistema nervioso central con excesivas dosis del mundo. Y ya está. Kohoutek escuchó, aunque quizás fuese él mismo quien los susurrase, los primeros versículos de la gran lamentación; el recuerdo del leviatánico interior del autobús de la línea especial A, donde la vio por vez primera, pasó por su cabeza, y poco más, pues no había tiempo para el «continuará…» de las lamentaciones, por muy estilísticamente elaboradas que fuesen. Kohoutek observaba a su actual amante mientras ésta caminaba por el jardín, y su cerebro trabajaba con una brutal precisión. Se preguntaba si alguno de sus familiares la habría visto.
A la actual amante de Kohoutek podría haberla visto la madre de Kohoutek. Podría haberla visto el padre de Kohoutek. Podría haberla visto la esposa del Pastor, o el mismo Pastor. Podrían haberla visto doña Wanda o la madre de doña Wanda. Podría haberla visto Orna, la abuela de Kohoutek. Respirando hondamente, el señor Director, abuelo de Kohoutek, podría haber llegado al hondo convencimiento de que en el jardín había alguien que tenía con Kohoutek una estrecha relación. A la actual amante de Kohoutek podría haberla visto el vástago de Kohoutek, e incluso la mujer de Kohoutek podría haberla visto también. Todo el mundo podría haberla visto. Pero con un poco de suerte, o más bien con muchísima fortuna, podría ser también que nadie la hubiera visto. En aquel momento, se realizaban los últimos preparativos para la celebración del cumpleaños de Orna, que sería al día siguiente; además, desde la mañana, o más bien desde la noche anterior, la atención de toda la familia estaba absorbida por los dos kilos de albóndigas que Orna, la abuela de Kohoutek, había escondido en alguna parte. El asunto era de cierta urgencia, ya que las albóndigas caducaban en ocho días. El tiempo tendía implacablemente a fórmulas definitivas: un tarro de dos kilos de albóndigas caducadas supone una eternidad que explota entre llamas sulfúricas.
Fue la esposa del Pastor quien puso a todos tras la pista de las albóndigas desaparecidas sin rastro, al preguntar durante la cena qué pasaba con las albóndigas. ¿Qué albóndigas?, respondió a su vez con una pregunta la madre de Kohoutek. Con las albóndigas que compré ayer. Lo digo porque caducan en ocho días, y ya han pasado dos.
Orna, la madre de Kohoutek, se dirigió a Orna, la abuela de Kohoutek; estaba sentada a su lado y, normalmente, a causa de la sordera de Orna, volvía a repetir más alto y claro lo que se decía en la mesa. No obstante, a Kohoutek, a quien resultaría difícil considerar un testigo imparcial de los hechos, siempre le había parecido que en su familia existía la inexplicable costumbre de pasarse las intervenciones de boca en boca:
—Orna, ¿qué pasa con las albóndigas que compró ayer la esposa del Pastor? Lo digo porque caducan en ocho días.
—Están en el frigorífico —contestó Orna.
Aunque todo esto había ocurrido el día anterior, Kohoutek lo recuerda tan bien como si hubiera sucedido hoy mismo; Kohoutek se ve a sí mismo: ¡Sí, es él, Kohoutek! Se levanta de la mesa, se dirige a la despensa, abre el frigorífico y se asoma al interior. En los estantes iluminados por un resplandor polar, se encuentran numerosos alimentos, pero las albóndigas de ternera indudablemente no están.
Una vez comprobado que las albóndigas tampoco estaban en otros lugares accesibles para los mortales, se hizo patente lo que ya todos habían intuido. Las albóndigas debieron de correr la misma suerte que las salchichas, las frankfurt, el picadillo, las chuletillas, los pollos ahumados, los asados, los callos, los embutidos y tantos otros alimentos escondidos por Orna, escrupulosa y, por lo general, irreversiblemente.
El transcurso de la búsqueda del día anterior llena una vez más la cabeza de Kohoutek, apoyada contra el cristal. Si bien todo había sucedido el día anterior, ahora se le antoja a Kohoutek que pudo haber ocurrido hace años. La búsqueda les llevó la noche de ayer y toda la tarde de hoy. Sin embargo, a medida que pasaba el tiempo, entre los exploradores, desesperados por la inutilidad de sus diligencias, empezó a cundir el desánimo. Los fantasmales emblemas de la apatía, la aversión e, incluso, la rebeldía, fueron apareciendo sobre las cabezas de los fatigados rastreadores.
La esposa del Pastor, a decir verdad, no tomó parte en la búsqueda. Inmediatamente después de la comida, compuesta de sopa de setas con fideos, filetes rusos de ternera, ensalada de col lombarda, patatas cocidas y compota de cereza, justo después de tragar el último bocado y escupir con distinción en el platito de la taza el último hueso de cereza, la esposa del Pastor, enfadada e incomodada por el jaleo, se cambió y se marchó a la casa parroquial, a la reunión de la asociación de mujeres. El Pastor declaró que comprobaría si el tarro estaba oculto detrás de los libros de su despacho. Con una meticulosidad un tanto exagerada, cerró a sus espaldas la puerta esmaltada de blanco y tras ella se hizo de inmediato un silencio mortal (lo que probaba con claridad que había sido arrebatado nuevamente por la inspiración y que, con extrema prisa, comiéndose palabras y letras, escribía uno de sus flamantes sermones). Orna, que había escondido las albóndigas, se metió no se sabe dónde, o más bien sí que se sabe: donde siempre. La mujer de Kohoutek se puso a estudiar lenguas extranjeras. El vástago de Kohoutek veía la televisión vía satélite. El abuelo dormía con el ávido sueño de los miopes, a quienes sólo en sueños les es dada la posibilidad de vislumbrar lejanas perspectivas. Doña Wanda tocaba el violín, la madre de doña Wanda la espiaba por el ojo de la cerradura, ya que en ocasiones doña Wanda, en vez de practicar, tocaba de memoria piezas sencillas mientras leía al mismo tiempo alguna novela de amor abierta sobre el atril; en resumen: todo estaba igual que siempre.
Sólo los padres de Kohoutek no habían desistido de buscar. Se encontraban en el desván en aquel momento. De arriba llegaban sonidos de muebles movidos y crujidos de armarios y cajones al ser abiertos: esos sonidos imposibles de imitar que acompañan a la revelación de los escondrijos más secretos. Conociendo la escrupulosidad de sus viejos, Kohoutek sabía que tardarían mucho en levantar la cabeza para mirar por la ventana. De cualquier manera, no había tiempo que perder.
La actual amante de Kohoutek caminaba por el jardín que antaño fuera el patio de un gran matadero. En la espalda cargaba la mochila atiborrada de cosas y tras de sí arrastraba la maleta llena de libros.
Kohoutek corrió a la planta baja, cruzó el zaguán sin hacer ruido, apartó una tabla del revestimiento de madera y por una garganta secreta, que hacía treinta años había usado por última vez en alguno de sus depravados juegos infantiles, alcanzó la galería. El aroma de las manzanas tenía la intensidad de un trueno otoñal. Kohoutek entreabrió con cuidado la puerta de la galería acristalada con vidrios anaranjados, y sus pies descansaron sobre la fatigada hierba de noviembre. Comenzó a correr al encuentro dando la vuelta a la casa. Impulsado por algo que no era él mismo, se dirigía hacia la cita más apocalíptica de su vida.