Pirañas

Harold Robbins · Capítulo 12 de 36

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Pirañas

once

 

Sentí una mano en el hombro, me volví en la cómoda cama y abrí los ojos. La luz del día entraba por la ventana. Alma, que ya estaba vestida, me miró con una sonrisa.

—Dormías muy a gusto —dijo.

—¿Qué hora es? —pregunté mientras me desperezaba.

—Las doce y media —respondió.

—Debo llamar a mi tío —dije, dando un brinco de la cama.

—No te preocupes. Ya lo he llamado y le he dicho que dormías. Quiere que lo llames a las dos.

—¿De dónde has sacado su número de teléfono? —pregunté, mirándola fijamente.

—¿No lo recuerdas? Me pediste que lo llamara desde Lima. Nunca olvido los números de teléfono.

—¿Cómo está?

—Supongo que bien —respondió—. Aunque parecía triste.

—¿Le ha sorprendido que fueras tú quien lo llamara?

—No —dijo, al tiempo que me mostraba una mesa cerca de la cama—. Aquí tenemos zumo de naranja, café y auténtico beicon norteamericano.

—Solo tomaré café —respondí, saltando de la cama—. ¿A qué hora te has despertado? —pregunté, mientras tomaba un café caliente y fuerte que empezaba a despejarme la cabeza.

—A las ocho.

—¿Por qué tan temprano? Debían de ser más de las cuatro cuando nos quedamos dormidos.

—Tenía que hacer unas llamadas y resolver algunos asuntos —respondió, antes de que sonora el timbre de la puerta—. Debe de ser el camarero —se apresuró a decir —. Tengo varias cosas por planchar. Entretanto, podrías afeitarte y ducharte.

Cogió dos de sus maletas medianas, entró en la sala de estar y cerró la puerta a su espalda.

Yo me serví otra taza y me la llevé al baño. Mientras tomaba el café, abrí el armario en busca de una maquinilla de afeitar, pero no la encontré. Pensé durante unos momentos, me envolví una toalla a la cintura y salí por la puerta que daba a la sala de estar.

Alma estaba de espaldas cuando abrí la puerta. Al otro lado de la mesa había dos individuos. Sobre la mesa, junto a sus maletas Louis Vuitton, había dos maletines de cuero. Las maletas estaban abiertas y Alma entregaba a los dos hombres bolsas de celofán llenas de polvo blanco, que ellos colocaban en sus maletines.

—Veintidós kilos —dijo Alma en el momento en que uno de los individuos se percató de mi presencia y sacó una automática del bolsillo.

Alma volvió la cabeza y me sentí como un estúpido.

—Buscaba una maquinilla de afeitar —dije.

—Guarda la pistola —ordenó sin levantar la voz—. Es el sobrino de Di Stefano.

—¿El que acompañó a Angelo? —preguntó el individuo.

—Sí —respondió Alma—. La maquinilla de afeitar está en el cajón junto al lavabo —agregó, mirándome.

Asentí y cerré la puerta. Al regresar al cuarto de baño sentí náuseas y vomité en el retrete. Ya nada tenía sentido para mí.

Me miré al espejo del armario. Tenía un aspecto horrible, pálido y sudado, y un sabor muy amargo en la boca. Abrí el armario y cogí una botella de Lavoris que había visto con anterioridad.

Casi tuve que vaciar la botella para librarme del mal sabor de boca. Encontré una maquinilla de afeitar, una vieja Gillette de doble hoja, pero no había espuma de afeitar y utilicé la pastilla de jabón ligeramente femenina del lavabo. Aunque la hoja de la maquinilla estaba afilada, me temblaban las manos y me produjo varios cortes. Después de lavarme la cara con un paño caliente para eliminar la sangre, apliqué trozos de papel higiénico en los cortes a fin de detener la hemorragia.

Me senté en el retrete hasta que se secó el papel higiénico, antes de tomar una ducha fría. Estaba tiritando cuando salí de la ducha y me envolví en una gruesa toalla turca. Volví a mirarme al espejo. No tenía demasiado mal aspecto. Después de peinarme, abrí la puerta para regresar a la habitación. Alma me miraba, sentada en la cama.

—¿Estás bien? —preguntó.

—De maravilla —respondí, al tiempo que abría el armario para recoger mi ropa.

Lo único que vi fueron sus trajes y mis zapatos. Coloqué mi maleta sobre la cama.

—Las camisas, la ropa interior y los calcetines están en el cajón del fondo —dijo Alma, señalando la cómoda.

Me vestí mientras ella me miraba en silencio y empecé a guardar mi ropa en la maleta. No lo hice con mucho orden, pero logré cerrarla. La levanté y me dirigí a la puerta.

—¿Adónde vas? —preguntó Alma, todavía sentada al borde de la cama.

—Puedo utilizar el antiguo piso de mi padre —respondí.

—Espera, por favor. Puedo explicártelo todo.

—¿Cómo? ¿Con más mentiras? —dije con sarcasmo.

—Creí que éramos amigos y amantes.

—Lo único amigable entre nosotros son unos cuantos polvos.

—Hemos luchado juntos por nuestras vidas.

—Pero hemos sobrevivido —respondí enojado—. Y nunca me has hablado de tu papel en este asunto. Creí que venías a Nueva York para estar conmigo y no para transportar veintidós kilos de cocaína.

—La mercancía era para los socios de tu tío —dijo Alma.

—Y, por supuesto, tú no participas en el negocio —repliqué, todavía enojado—. He sido un imbécil.

—No —dijo Alma con ternura—. Desde hace muchos años existía un trato entre tu tío y el general. Yo formaba parte del mismo. Después de la muerte del general, seguí trabajando para tu tío. ¿De qué podía vivir si no? El general me dejó de todo menos dinero.

—¿Cómo encajaba Angelo en el asunto? —pregunté.

—Fue mi contacto durante los últimos cinco años. Y yo el suyo. Necesitaba a alguien en quien poder confiar, alguien que hablara español.

—¿Erais amantes?

—A decir verdad, no —respondió—. Éramos más bien socios. Follábamos de vez en cuando, pero eso no significaba nada para él ni para mí.

—¿Mi tío te conoce?

—Sí. Desde que yo tenía diecisiete años. Cuando el general me trajo a Nueva York por primera vez.

—¿Y has actuado de correo desde entonces?

—Estaba todo organizado —respondió Alma—. Lo tenían controlado en Lima y en Nueva York. Y yo era el correo perfecto, al principio en mis idas y venidas de la universidad, y más adelante como modelo para las principales agencias.

—¿Por qué no me lo contaste?

—No podía. Ignoraba lo que tú sabías, y por consiguiente debía guardar silencio. Angelo tampoco te contó nada.

—¡Santo cielo! —exclamé, moviendo la cabeza, al tiempo que la miraba—. ¿El capitán también está involucrado?

—Sí —respondió—. Uno de sus trabajos era el de protegerte en el aeropuerto. ¿Recuerdas que te siguió a los lavabos?

Asentí.

—Menos mal que lo hizo —dijo Alma—. Vi a Vince que te seguía y se lo dije al capitán.

—Entonces, ¿estás al corriente de lo ocurrido?

—Sí. Tu tío me lo ha contado cuando he hablado con él esta mañana.

—¿Qué más te ha contado?

—Me ha dicho que llamara al capitán para que se ocupara de mandar la coca a un individuo llamado Ochoa, en Medellín. El mismo a quien Angelo pensaba entregar la mercancía —dijo, al tiempo que cogía un cigarrillo de la mesilla de noche y se llenaba lentamente los pulmones de humo—. Le he dicho que debería contártelo y no me ha respondido. Se ha limitado a decirme que lo llamaras a las dos.

—No estoy seguro de querer hablar con él.

—Él te quiere, y te necesita. Sobre todo ahora que no está Angelo.

Guardé silencio.

—¿Y yo qué? —exclamó—. Había algo especial entre nosotros. Yo también te necesito.

La miré a los ojos, que estaban ligeramente humedecidos.

—Para mí ha dejado de tener sentido. Te las arreglarás sin mí, siempre lo has hecho. Yo no sabría cómo vivir en tu mundo.

—No puede ser que no sientas nada —dijo, con la voz ronca—. Si no por mí, por lo menos por tu tío. Después de todo, todavía forma parte de tu familia.

—La familia no me ha traído más que disgustos —respondí—. Dile a mi tío que si desea hablar conmigo, estaré en el antiguo apartamento de mi padre.

Entonces di media vuelta para que no viera las lágrimas en mis ojos, cogí la maleta y salí del apartamento.