Pirañas
nueve
—¿Por qué no vienes a la cama? —preguntó Kim—. Son casi las dos de la madrugada y te conviene dormir.
—Tío Rocco ha dicho que llamaría, y lo hará —respondió Jed.
—Son las cinco de la madrugada en la costa Este —dijo Kim—. Tu tío no es joven y probablemente se ha acostado. Te llamará por la mañana.
—No sabes nada acerca de mi familia —replicó Jed—. Tío Rocco llamará. El hecho de que lo llamen capo no es gratuito.
—De acuerdo. Pero tal vez le ha salido algo imprevisto.
Sonó el teléfono y Jed lo miró sorprendido. No era su teléfono particular, sino el de la centralita del hotel.
—Stevens… —dijo, después de descolgar lentamente el auricular.
—Su tío está aquí y desea verle, señor Stevens —respondió el recepcionista después de disculparse—. No ha querido dar su nombre.
—Mi tío no necesita nombre. Es mi tío —rio Jed—. ¿Está solo?
—No, señor Stevens. Lo acompañan dos caballeros.
—Mande a un botones para que los acompañe hasta aquí —dijo, antes de dirigirse a Kim—. Tío Rocco está aquí.
—Será mejor que me ponga algo.
—No te apresures —respondió Jed—. Los recibiré en la sala de estar. Mi tío no ha venido solo —añadió—. Lo acompañan su secretaria y sus guardaespaldas.
—Tío Rocco debe de ser todo un personaje.
—Está chapado a la antigua. El padrino nunca sale sin sus ayudantes.
—Si está chapado a la antigua, ¿qué pensará de mí? —preguntó Kim mientras se ponía unos pantalones.
—Te ha llamado por teléfono, ¿no es cierto? —dijo Jed.
—Sí —respondió mientras se abrochaba la blusa—. Quería hablar contigo.
—No te habría llamado si no creyera que eres de confianza —sonrió Jed en el momento en que sonaba el timbre de la puerta—. Yo abriré.
Cruzó el vestíbulo y abrió la puerta. Dio un billete de cinco dólares al botones e invitó a su tío a entrar. Después de mirarse mutuamente durante unos instantes, se dieron un abrazo y se besaron en la mejilla. Su tío llevaba puesto un abrigo de cachemir.
—Bienvenido a California, tío Rocco. Quítate el abrigo, aquí hace calor.
—Tienes razón, estoy sudando —respondió mientras se lo quitaba, al tiempo que hacía un gesto en dirección a sus acompañantes—. ¿Recuerdas a Danny y a Samuel?
Jed asintió y les dio la mano. En aquel momento apareció Kim en la sala.
—Tú debes de ser Kim, la compañera de Jed —sonrió tío Rocco—. He hablado contigo varias veces por teléfono —continuó, al tiempo que le cogía la mano y se la besaba a la vieja usanza cortesana, antes de dirigirse de nuevo a su sobrino—. Es muy atractiva. ¿Es siciliana? —preguntó en italiano.
—No, lo siento —respondió Kim, también en italiano, con una carcajada—. Mi padre era escocés y mi madre irlandesa.
—No está mal —dijo tío Rocco.
—Debe de estar muy cansado —comentó Kim—. ¿Quiere que le prepare café y unos bocadillos?
—Café solo y fuerte —respondió tío Rocco.
—Inmediatamente —dijo Kim, camino de la cocina.
—Tienes buen aspecto, tío Rocco —aseguró Jed.
—A mi edad hay que vigilar lo que uno come. Menos pasta, menos carne, más pescado y más verduras.
—¿Vino? —preguntó Jed.
—Tal vez más adelante. ¿Te sorprende verme?
—Sí —respondió Jed.
—Son negocios de la familia —dijo tío Rocco—. No podíamos hablar del tema por teléfono y he decidido alquilar un avión.
Jed lo miró en silencio.
—¿Hay algún lugar donde podamos hablar a solas?
—La sala de juegos. Allí nadie podrá oírnos —respondió Jed.
Kim dejó dos cafeteras sobre la mesa y cerró la puerta a su espalda. Jed llenó las tazas y se acomodó en una silla.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Hace un buen café —alabó tío Rocco.
—No has venido solo a tomar café —dijo Jed.
—Tienes razón —admitió, mientras tomaba otro sorbo—. El canadiense ha sido eliminado.
—Lo sé —dijo Jed—. Yo estaba allí cuando ocurrió.
—Era una mala persona.
—No era peor que los demás —dijo Jed—. Todo el mundo se vuelve avaricioso cuando es cuestión de dinero.
—No se trata solo del dinero —aclaró Rocco—. Traicionó a sus amigos. Eso va contra las reglas del juego.
—No te comprendo.
—Rico —respondió su tío—. Fue a Nueva York y le contó a Giuliani de dónde sacó todo el dinero que le había prestado. Ahora Giuliani ha convencido al fiscal general de Nueva Jersey para que prepare otro caso contra mí. Intentaron condenarme en Manhattan, luego en Brooklyn, y no lo lograron. Ahora van a intentarlo de nuevo.
—¿No hay un decreto que impide dos juicios por unos mismos cargos? — preguntó Jed.
—No seas ingenuo —rio Rocco—. Cada caso es distinto. Investigan nuevos cargos. Ahora, a juzgar por los rumores que han llegado a mis oídos, pretenden vincularme con los sindicatos y la corrupción en Atlantic City.
—¿Pueden demostrarlo? —preguntó Jed.
—No lo creo. Cuando me ofrecieron los sindicatos de Atlantic City, los rechacé y se los ofrecí a la familia Scarfo de Filadelfia. Ellos los querían y les dije que podían quedárselos. No me interesaba el ajetreo cotidiano. Quería ser como Frank Costello, un anciano estadista.
—En tal caso, ¿por qué tienes que preocuparte?
—Por nada, espero. Lo único con lo que contaban era la palabra de Jarvis. Pero ahora no podrá presentarse ante ningún tribunal. Los muertos no pueden declarar.
—¿No me dirás que su muerte ha sido cosa tuya? —preguntó Jed sorprendido, al tiempo que miraba fijamente a su tío.
—¿Me tomas por imbécil? —exclamó indignado tío Rocco—. Giuliani me haría la vida imposible.
—De todos modos intentará atraparte —dijo Jed.
—Intentarlo y conseguirlo son dos cosas distintas —replicó tío Rocco—. No me habría disgustado cargarme a ese hijo de puta, pero alguien se me adelantó.
—Necesito una copa —dijo Jed, después de ponerse de pie—. ¿Te apetece algo?
—¿Tienes vino tinto? —asintió el anciano.
—Bolla Chianti —respondió Jed.
—¿Añejo?
—Por supuesto. Algo he aprendido de ti.
Entró en la sala de estar, donde los hombres de su tío estaban sentados en el sofá con una cafetera sobre la mesa. Se dirigió al dormitorio.
—¿Estás bien? —preguntó Kim, que leía un periódico sentada sobre la cama.
—Muy bien. ¿Y tú?
—Un poco nerviosa, pero todo va bien.
—Tranquilízate —dijo Jed—. A tío Rocco le apetece un vino tinto y yo también necesito tomar una copa.
—¿Necesitas mi ayuda? —preguntó Kim.
—No, puedo arreglármelas solo.
Entonces salió de nuevo a la sala de estar y entró en la cocina. Abrió una botella de vino, se dirigió a la barra situada en un rincón de la sala, cogió una botella de Glenlivet, vasos, un cubo de hielo, lo colocó todo sobre una bandeja y regresó a la sala de juegos.
Su tío levantó la botella de vino y examinó la etiqueta.
—Ochenta y dos —dijo en tono de satisfacción—. Muy buena cosecha. Veo que realmente aprendiste algo.
Jed sonrió y se sirvió un whisky con hielo, mientras su tío se llenaba una copa de vino.
—Salute —pronunció levantando el vaso.
—Salute —respondió Jed antes de llevarse el suyo a la boca.
Esperó a que su tío vaciara la copa, y se la llenó de nuevo.
—¿Tienes alguna idea sobre quién lo ha hecho? —preguntó, con la mirada fija en los ojos de su tío.
—Me lo imagino —respondió tío Rocco—. La orden salió de Canadá. El ejecutor es un canadiense francófono que trabaja a ambos lados de la frontera.
—En tal caso no le resultará difícil a la policía detenerle —dijo Jed.
—Nunca lo encontrarán —sonrió tío Rocco—. Es un auténtico profesional. En estos momentos probablemente está camino de Europa o Sudamérica.
—Pareces estar muy seguro.
—Allí recibirá su dinero. En Francia o en Perú —respondió su tío, mientras tomaba un poco de vino—. Si es lo suficientemente astuto, irá a Francia. En Perú es hombre muerto. Se desharán de él.
—¿Sabes algo que yo no sé? —preguntó Jed.
—Alma Vargas —asintió el tío Rocco.
—¿La chica peruana? —exclamó Jed, sorprendido—. ¿Cómo encaja ella en todo esto?
—Hace tres años se casó con Jarvis en Francia. Ahora él quería divorciarse, pero a ella no le gustaba la idea. Jarvis era un hombre muy rico. Ahora ella es una putana muy rica —explicó tío Rocco, soltando una carcajada—. No sabes lo que me costó obligarla a abandonar el país cuando regresaste con ella. Quería casarse contigo.
—¡Virgen santa! —exclamó Jed, al tiempo que se servía otro whisky—. Ahí va tu dinero.
—Tal vez no —sonrió tío Rocco—. Todavía le gustas.
—Espera un momento —replicó Jed—. No va a devolverte el dinero.
—Lo sé —respondió tío Rocco—. Lo único que quiero es que la convenzas para que utilice la participación financiera de Jarvis a favor de Shepherd.
—¿Sabe que tú le entregaste el dinero a Jarvis?
—Fue ella quien me lo presentó. Creí que su plan era magnífico —respondió mientras contemplaba su copa de vino—. Puede que yo no fuera lo suficientemente astuto, pero tampoco lo fue Jarvis. Esa putana peruana ha sido más inteligente que todos nosotros.
—El conejito peruano —rio Jed.
—¿El qué? —dijo su tío.
—Un buen día, hace muchos años, cuando era joven —explicó Jed sin dejar de mirar a su tío—, apareció desnuda en la cubierta del barco en el Amazonas y me habló del conejito peruano. Era el mejor del mundo, según ella. Pero olvidó decirme que era también el más inteligente.
—¿Qué opinas? —preguntó tío Rocco—. ¿Hablarás con ella?
—Por supuesto —repuso Jed—. Pero no tenemos que hacer nada. El dinero ya está en la empresa y no hay forma de sacarlo. Créeme, tío Rocco, esto es algo sobre lo que de verdad entiendo. Cuando haya acabado, Shepherd y yo lo controlaremos todo y ella no tendrá más que un interés minoritario.
—¿Hablas en serio? —preguntó el anciano con la mirada fija.
—Esta es mi forma de hacer negocios —respondió Jed.
—Me estoy haciendo viejo —suspiró tío Rocco después de unos momentos de silencio—. Hace diez años no me habría metido en un asunto como este. Demasiado legal para mí.
—Legal o ilegal es una cuestión de límites. Todo se reduce a lo mismo.
—No —negó el anciano—. Soy demasiado viejo. He perdido el sentido de la orientación.
—Eres como siempre has sido, tío Rocco —aseguró Jed con ternura—. Lo que ha cambiado es el juego.
—Quiero que regreses a la familia —dijo tío Rocco mientras movía lentamente la cabeza.
—Nunca la he abandonado, tío Rocco. ¿Qué quieres que haga?
—Me estoy haciendo viejo —declaró hastiado tío Rocco—. Quiero que me ayudes.
—¿De qué se trata, tío Rocco? —preguntó Jed, al tiempo que tomaba la temblorosa mano del anciano.
—Sácame del campo de batalla —dijo su tío—. Quiero morir en mi cama.