Pirañas

Harold Robbins · Capítulo 25 de 36

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Pirañas

Tercera parte. Ya no quedan padrinos

Tercera parte

YA NO QUEDAN PADRINOS

uno

 

Kim estaba furiosa.

—Eres un imbécil —dijo—. ¿Qué te importa que tu tío pierda doscientos o cuatrocientos millones? Tiene tanto dinero que ni siquiera lo echará de menos.

—Me ha pedido que lo ayude —respondí—. Después de todo es miembro de la familia.

—¡Este es su truco! —exclamó Kim—. Le importa un comino lo que te ocurra a ti. Lo único que pretende es atraparte en su red. Quiere que te ocupes de su negocio, pero no le importa lo que le ocurra al que tú has fundado y ampliado a lo largo de los años. Además, tú ya tienes bastante dinero, no necesitas su ayuda.

—Tranquilízate y ven a la cama, Kim. Todo se resolverá.

—Por supuesto —respondió con sarcasmo—. Acabarás en la cárcel o bajo tierra como los demás.

—Sigo en mi negocio —insistí—. Lo único que hago es solucionar un problema. Después abandonaré esos asuntos.

—Entre tanto te has desprendido de ochenta y cinco millones —dijo con amargura—. No creo que te los devuelva.

—Lo hará —repliqué obstinadamente—. Es una cuestión de honor.

—Pero tú ya has firmado el acuerdo con Bradley. Le has garantizado otros cuatrocientos millones y su astuto abogado ha redactado el contrato para que no tengas ninguna participación en la empresa hasta que todo el dinero esté pagado — dijo, sin dejar de mirarme fijamente—. ¿Dónde tenías el cerebro? No trabajas así en General Avionics. Te aseguras de que todos los puntos y las comas estén en su lugar, antes de firmar un contrato.

—¿Por qué te enojas tanto? —repliqué—. Es mi problema, no el tuyo.

—¿Y tú por qué hablas con el senador Beaufort para conseguirle la ciudadanía norteamericana a esa puta? —preguntó con la voz entrecortada mientras se alejaba de la cama.

—Jarvis estaba a punto de conseguirla antes de ser asesinado. Ahora ella tiene que nacionalizarse para que las autoridades le permitan comprar una participación en la empresa, ya que solo los norteamericanos pueden ser propietarios de estaciones de radio o televisión. Nunca le concederían la autorización a mi tío, con sus antecedentes. Así fue como lo hizo Rupert Murdoch, y se trataba de un negocio más importante que este.

—¿Y si no funciona?

—Entonces tío Rocco lleva las de perder.

—Te equivocas —dijo Kim.

—¿Qué quieres decir? —pregunté.

—Es muy astuto. Te tiene en el anzuelo. Por un total de casi quinientos millones de dólares. Tendrás que vender General Avionics para pagar las deudas.

—Él pondrá el dinero —dije.

—Igual que ha aparecido con la hija de Angelo —dijo, mirándome fijamente—. Una niña que, como tú, tiene el cabello castaño claro y ojos verdes. ¿Tenía Angelo también ese aspecto?

Guardé silencio. Angelo tenía el cabello negro y los ojos pardos.

—Tu tío la sobornó para que abandonara el país cuando ella quería casarse contigo. Tú mismo me lo has contado.

—Hablo demasiado —dije, moviendo la cabeza.

—Ambos os acostabais con ella.

—No al mismo tiempo.

—Con poca diferencia. La niña podría ser tuya.

—¡Es una locura! —exclamé, antes de percibir las lágrimas que le rodaban por las mejillas.

—Los hombres sois estúpidos.

—Yo no lo soy —protesté—. Te tengo a ti.

—Tengo miedo —declaró, al tiempo que hundía su cabeza en mi pecho— de que pierdas todo aquello por lo que tanto has trabajado.

—De ningún modo —respondí, mientras le levantaba la cabeza y le daba un beso.

—Es una zorra —agregó—. Todo su cuerpo es producto de la cirugía plástica: ojos, rostro, tetas, eliminación de barriga, levantamiento de culo, absorción de grasa…

—¿Cómo lo sabes? —pregunté sorprendido.

—Tú me lo has contado —respondió—. Me has dicho que tiene el mismo aspecto que hace doce años. Las cosas no funcionan así. Para ninguna mujer. Especialmente cuando ha tenido un hijo.

—Me pregunto si también se habrá arreglado el coño —reí.

—Es posible —dijo Kim con toda seriedad—. ¿Te gustaría comprobarlo?

—Ni soñarlo —respondí inmediatamente—. No me interesan los viajes al pasado.

—Se te ha puesto dura —dijo, después de bajar la mano para acariciarme los genitales—. Esa chica te excita.

—¡Zorra! —exclamé, al tiempo que la besaba y la colocaba sobre mí—. ¿Y tú crees que tus manos, que me acarician el cuerpo, no me excitan?

—Eres un malvado.

—Y tú estás furiosa. Siéntate sobre mi cara y chuparé todo tu enojo.

 

Habían transcurrido unos tres meses desde mi visita a tío Rocco en Atlantic City y la cena con Alma y su hija. El comedor estaba en la primera planta del doble ático de tío Rocco. Alma ya estaba allí cuando llegamos, sentada junto a la pequeña barra del rincón, con la mirada fija en el océano. Volvió la cabeza y se puso de pie cuando oyó que entrábamos.

—¡Jed! —exclamó afectuosamente con una sonrisa, al tiempo que me tendía ambas manos.

Cogí sus manos y la besé en ambas mejillas.

—Alma, vaya sorpresa.

—Para mí no —dijo—. Siempre supe que volveríamos a vernos algún día.

—No puedo creerlo. Eres tan hermosa como cuando nos vimos por primera vez. A decir verdad, aún eres más encantadora.

—Es el maquillaje francés —rio—. Hace maravillas.

—Hay algo más —insistí—. Yo he envejecido y he aumentado de peso, pero tú has encontrado la fuente de la juventud.

—No seas bobo —dijo, y soltó una carcajada—. Entonces eras un muchacho y ahora eres un hombre. Tienes un aspecto magnífico.

—Gracias —respondí—. Tío Rocco me ha dicho que tienes una hija.

Se le ensombreció momentáneamente el rostro.

—En efecto —respondió—. No sabía que Angelo me hubiera dejado embarazada.

—La vida tiene cosas extrañas —dije, mirándola a los ojos.

—¡Cierto! —exclamó—. Nuestro reencuentro. Debido precisamente a la muerte de mi marido.

—No sé si felicitarte u ofrecerte mis condolencias —agregué, sin dejar de mirarla.

—Tal vez ambas cosas —respondió, su mirada fija en la mía.

Apareció detrás de la barra un mayordomo con chaqueta blanca, llenó su vaso y me miró.

—Whisky con hielo —dije.

Dejó la copa sobre la barra y abandonó la sala.

—A tu salud —dije, levantando el vaso.

—A la tuya —respondió—. Mi marido era un tramposo —agregó mientras saboreábamos las respectivas bebidas.

—Pero te casaste con él —comenté al cabo de unos momentos de silencio—. ¿Por qué?

—Por tres razones —rio—. Primero porque era rico, segundo porque tenía la polla más dura que he tocado en la vida y tercero porque me lo pidió. Le enloquecía mi conejito peruano. Solía decir que mi clítoris era casi tan grande y duro como su polla.

—Parece muy romántico.

—Lo fue para él. Pero estaba loco. Odiaba realmente a las mujeres. Quería destruirme. Cuando comprendió que no lo lograría, decidió divorciarse.

Guardé silencio.

—Habíamos firmado un contrato de separación de bienes —prosiguió—. De acuerdo con él me correspondía un millón por cada año de matrimonio, pero a fin de cuentas también intentó estafarme.

—Ahora ya no tiene importancia —dije—. Eres su viuda y lo heredarás todo.

—No será tan fácil —respondió—. Tiene dos hijos de un matrimonio anterior. Uno de treinta y dos años y otro de treinta. Ambos ejecutivos en su empresa y únicos herederos de sus bienes.

—¿Cómo te has enterado? —pregunté—. Sherman Siddely me dijo que tú eras la única heredera.

—Siddely se equivocaba. Ha recibido noticias de sus abogados canadienses. Hizo el testamento hace siete años. Me han dicho que si coopero se asegurarán de que obtenga parte de los bienes.

—¿Piensas hacerlo?

—¡Los voy a joder! —exclamó enojada—. No me quedaré sin mi parte —suspiró —. Quizá habría sido preferible que no muriera.

—No tiene sentido —dije—. Creí que era cosa tuya.

—¿Por qué cometería yo semejante barbaridad? —preguntó, con auténtica sorpresa en la mirada—. Sabía que sus hijos se quedarían con todo. Habría sido más fácil para mí luchar contra él que contra sus herederos.

—Entonces, ¿quién lo mató? —pregunté.

—¿No lo sabes? —exclamó.

Moví la cabeza.

—Tu tío —respondió sin levantar la voz—. Cuando descubrió que Jarvis iba a estafarle, se puso furioso. Los padrinos no perdonan —añadió al cabo de unos momentos de silencio.

 

Tío Rocco cenaba todas las noches a las siete. Ese día había cuatro cubiertos en la mesa. Era maravilloso. Nunca había pensado que el anciano se preocupara de esas cosas; velas, copas de cristal, cerámica inglesa de Coalport y una hermosa cubertería francesa.

—¿Dónde está la niña? —preguntó cuando entró en la sala, después de saludar a Alma con una inclinación de cabeza.

—Llegará dentro de un momento —respondió Alma.

—He conseguido algo especial para ella —dijo—. Hamburguesas de McDonald’s. ¿Has visto ya a la niña? —agregó, dirigiéndose a mí.

—Ya no es una niña —rio Alma—. Tiene once años.

—Todavía es una niña —insistió tío Rocco, cuando al volver la cabeza vio que ella entraba por la puerta—. Angela —añadió, agachándose para darle un beso.

—Hola, abuelo —rio la niña—. Tus bigotes me hacen cosquillas.

—Son para comerte mejor, cielo.

—Tú no eres el lobo malo —replicó la niña, antes de mirarme—. ¿Eres mi tío? — me preguntó.

Tenía los ojos verdes y el cabello castaño claro como mi madre. Era alta para su edad, y su acento, que parecía británico, me resultaba curioso.

—No lo creo —respondí—. Probablemente tu primo.

—¿Mi abuelo no es tu papá?

—No. Es mi tío. Tu padre era su hijo.

—Tú me has dicho que era mi tío —le dijo en tono acusador a su madre.

—En cierto modo lo es —explicó Alma—. Tu padre y él eran como hermanos.

—¿Puedo llamarte tío? —me preguntó, después de unos momentos de reflexión.

—Por supuesto —respondí.

—Tienes un nombre muy raro —dijo—. Jed. Ninguno de los chicos de mi escuela se llama así. ¿Es tu verdadero nombre?

—Jed es una abreviación —contesté—. El nombre completo es Jedediah.

—Parece un nombre bíblico —declaró Angela—. Los domingos el pastor mencionaba siempre nombres parecidos cuando nos leía el Antiguo Testamento.

—Angela va a la escuela en Inglaterra —interrumpió Alma—. Hay muchas cosas que le parecen desconcertantes acerca de los norteamericanos.

—He visto fotografías de papá y tenía el cabello negro como tú —insistió obstinadamente la niña, mirando a su madre—. El tío Jed se parece más a mí que cualquiera de vosotros. ¿Te acostaste alguna vez con mi madre? —me preguntó después de un momento de silencio.

Ninguno de nosotros supo qué responderle. Su voz era dulce e inocente.

—Mi mamá se ha acostado con muchos de mis tíos —prosiguió la niña—. Algunas veces incluso con el abuelo.

Miré a tío Rocco. Se había ruborizado. Reí y cogí a la niña de la mano.

—Olvida esas bobadas —dije— y vamos a cenar.

La cena resultó perfecta. Angela comió hamburguesas de McDonald’s y nosotros spaghettini al pomodoro al dente y chuletón Sinatra poco hecho, con cebolla, pimientos verdes y pimientos rojos.