Pirañas

Harold Robbins · Capítulo 27 de 36

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Pirañas

tres

 

Alma rodó rápidamente del diván al suelo; cuando se puso de pie, el camisón la cubría por completo. Yo la tenía todavía parcialmente empinada y di la espalda a la niña para coger los calzoncillos.

—¡Te he dicho muchas veces que no me sigas! —chilló Alma, enojada, a su hija.

—No te he seguido, mamá —respondió tranquilamente Angela—. Solo quería decirte que el guardia del pasillo está muerto.

—¡Ves demasiado la televisión! —exclamó Alma.

—Mira —dijo sosegadamente la niña, y abrió la puerta de par en par, sin perder la serenidad.

Angela tenía razón. No era la televisión. El guardia seguía sentado en su silla, con una expresión de sorpresa en el rostro, un limpio agujero de bala en la frente y su pistola en el suelo, bajo su mano extendida.

—¿Qué más has visto? —susurré, al tiempo que cruzaba apresuradamente la habitación para que Angela se reuniera con nosotros.

—He mirado por la rendija de la puerta y he visto a dos hombres. Han subido corriendo por la escalera, hacia los aposentos del abuelo —respondió.

—Llévala contigo a mi cuarto de baño y cierra la puerta —le dije a Alma.

—¿Qué piensas hacer? —preguntó.

—En primer lugar voy a coger la pistola del guardia. Después, algo se me ocurrirá. Meteos en el cuarto de baño. Rápido.

Vi cómo entraban en el baño y oí que se cerraba el pestillo. Entonces me dirigí a la puerta de mi dormitorio y examiné el pasillo. No había nadie, a excepción del cadáver del guardia. En silencio, escuché por si oía algún ruido. Nada. Me acerqué rápidamente al guardia muerto, cogí su arma, regresé a mi dormitorio y cerré la puerta a mi espalda.

Examiné la pistola. Era una Beretta 380 automática, con un cargador de once balas. El cargador estaba lleno, no se había hecho un solo disparo. Lo sujeté firmemente en su lugar y desconecté el seguro. Luego examiné el teléfono que había junto a la cama. Tenía seis botones de intercomunicación, uno de ellos con la inscripción «Dormitorio del señor Di Stefano». Lo pulsé, después de descolgar el auricular.

El timbre sonó tres veces y, cuando se me empezaba a formar un nudo en el corazón, oí la voz de tío Rocco.

—¿Qué diablos quieres? —refunfuñó.

—¿Estás bien? —pregunté.

—Perfectamente —respondió enojado—. Y ahora dime qué quieres.

—Debo comunicarte que el guardia de aquí abajo ha sido asesinado. Y que dos pistoleros han subido por la escalera.

—No he oído nada —dijo—. Tendría que haber oído los disparos de los guardias que hay frente a mi puerta.

—Puede que también hayan sido eliminados —respondí—. Yo no he oído nada cuando han matado al guardia del pasillo. Deben de haber utilizado silenciadores.

—¡Mierda! —exclamó tío Rocco—. Ya nadie juega limpio.

—Vendrán a buscarte a tu habitación.

—Imposible. No lograrán entrar. Mi habitación es una caja fuerte. Puerta de acero tras la madera y planchas de acero en las paredes. Y todos los cristales son de blindado presidencial.

—¿Y si utilizan explosivos plásticos para volar la puerta? —pregunté.

—Sería un error —respondió tío Rocco—. No para mí, sino para ellos. Cuando asomen la cabeza por la puerta, se encontrarán con dos Uzis y una escopeta de cañones recortados que los apuntan.

—En Vietnam arrojaban gas lacrimógeno antes de entrar. Uno no puede disparar cuando no puede ver y se está asfixiando.

—¿Dónde están la putana y mi nieta? —preguntó.

—A salvo —respondí—. Encerradas en mi cuarto de baño.

—No les servirá de nada si esos cabrones van a por vosotros. Sácalas a la escalera de incendios y que bajen al piso principal. Los guardias de seguridad cuidarán de ellas.

—¿Y qué hacemos contigo? —pregunté.

—De momento llévalas a la escalera. Después, si quieres ser un héroe, ven a ayudarme —respondió.

—No te hagas el gracioso. He prometido ayudarte a morir en tu cama y no a balazos. ¿Cómo puedo llegar hasta ti?

—Hay una escalera exterior, desde la terraza de tu piso hasta el mío, que da a los ventanales al fondo de mi despacho. ¿Vas armado?

—He cogido la pistola del guardia.

—Es una Beretta especial. ¿Sabes utilizarla?

—Por supuesto.

—Bien. Cuando llegues, limítate a disparar a esos cabrones por la espalda. No llames su atención o te volarán los sesos.

—Comprendido.

—Y ahora ponte un jersey antes de salir a la terraza, está helando en la calle y no quiero que te resfríes.

—Lo llevo puesto.

—Me alegro. Ahora mira tu reloj. Llega a mi terraza exactamente dentro de siete minutos y empieza a disparar. Yo saldré al mismo tiempo por la puerta con la escopeta. Si tú no los alcanzas, lo haré yo.

—No quiero que te muevas de tu habitación —dije.

—No seas estúpido —replicó—. Es un asunto de familia.

Colgué el teléfono y llamé a la puerta del baño.

—Vamos —les dije.

Alma abrió la puerta, abrazada a su hija.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

—Rocco ha ordenado que os saque de este piso —respondí, mientras me arreglaba el jersey—. Seguidme.

Tardé dos minutos en encontrar la escalera. Abrí la puerta.

—Ahora bajad hasta el piso principal. Rocco dice que los guardias de seguridad cuidarán de vosotras.

—¿Y tú qué vas a hacer? —preguntó Alma.

—Tío Rocco y yo tenemos un plan —respondí—. Ahora daos prisa.

Angela me miró.

—Tío Jed —dijo—, eres un verdadero héroe.

—Date prisa, cariño —reí.

Habían transcurrido dos minutos y medio cuando llegué a las puertas de la terraza. Abrí, y el viento helado del océano me dejó casi sin respiración. Me dolía profundamente el pecho mientras resbalaba por los helados peldaños. Mis manos parecían congelarse al contacto con la barandilla. No sé cómo me las arreglé para llegar, pero según mi reloj habían transcurrido seis minutos y medio cuando estaba agachado junto a las puertas de la terraza superior.

«¡Maldita sea!», exclamé para mis adentros. Tío Rocco había dicho siete minutos. Faltaban todavía treinta segundos. Treinta segundos en aquel infierno ventoso y helado. La Beretta parecía hielo puro entre mis manos. Pedí a Dios que mis dedos se movieran cuando quisiera apretar el gatillo. Al cabo de quince segundos me puse de pie. Tal como había pronosticado tío Rocco, vi a los dos pistoleros en la sala. Me apoyé sigilosamente contra la puerta de la terraza e hice girar la manecilla, pero estaba helada y no se abría. Intenté abrirla de una patada, pero no se movió.

Por entonces aquellos cabrones me apuntaban ya con sus armas. No sabía qué oraciones me otorgarían mayor protección, si las adonai de mi madre, o las avemarías de mi padre. Vi el fulgor azulado de sus armas, pero no oí ningún ruido. Tal vez ya estaba muerto. Sin embargo, oí un pequeño ruido de balas que se estrellaban contra el cristal de la terraza. No me alcanzaron.

A su espalda vi a tío Rocco que salía por la puerta, con la escopeta en sus manos. El ruido de los dos disparos se oyó incluso a través de las ventanas. Tío Rocco les había disparado a ambos por la espalda cuando se habían vuelto para disparar contra mí en la ventana. No llegaron a darse cuenta de lo ocurrido. Cayeron de bruces en el suelo y tío Rocco pasó cuidadosamente entre sus cuerpos. Llevaba una gran llave en la mano y abrió las puertas de la terraza.

—Entra —dijo—. Ahí hace mucho frío.

—¡Cabrón! —exclamé tiritando de frío—. Podías haber hecho que me mataran.

—Imposible —dijo—. Ya te dije que las ventanas eran de cristal blindado presidencial.

—¿Y si cojo una pulmonía? —pregunté sin dejar de temblar.

—Espera un momento —respondió—. Tengo la mejor grappa siciliana. Después de una copa te sentirás como nunca—. Salute —añadió, después de acercarse a la barra y servir una copa para cada uno.

— Salute —respondí, sintiendo que la grappa me abrasaba hasta las entrañas—. ¿Dónde están tus guardaespaldas? No los veo por ninguna parte —pregunté después de mirar a mi alrededor.

—Ahí los tienes —respondió tío Rocco, señalando a los muertos.

—No lo comprendo.

—Se habían dejado comprar. El dinero es la clave de todos los males y ha sido su destrucción.

—¿Quién los ha pagado?

—Probablemente Nico —respondió, mientras se encogía de hombros—. Pero supongo que no sabían que Nico había muerto. De haberlo sabido no lo habrían intentado porque no tendrían dónde cobrar.

—¿Has sido tú quien ha eliminado a Nico? —pregunté.

—No —dijo—. Estoy muy por encima de esas cosas.

—Lo de los guardaespaldas no parece tener sentido —comenté.

—Sí lo tiene —aclaró tío Rocco—. No tenían que hacer nada durante la noche. Me habrían liquidado por la mañana, cuando saliera a desayunar. Sabían que nadie podía entrar en mi dormitorio.

—¿Para qué me necesitas, tío Rocco? —pregunté—. Parece que te las arreglas muy bien solo.

—No estoy de acuerdo. Si uno sigue en el negocio, tarde o temprano lo alcanzan. Ya no puedo con tanta emoción, soy demasiado viejo —respondió mirándome—. Tú formas parte de la familia. Mira al suelo. ¿Te parece que esta es forma de vivir? Tendrás que sacarme del negocio.

Le miré fijamente.

—Tomaré otra grappa —dije.

Tomamos ambos otra copa y por fin empecé a sentirme mejor.

—¿Cómo vas a limpiar esto? —pregunté.

—Tengo contactos en la planta baja. No se sabrá ni una palabra —dijo, mientras miraba a los dos individuos que yacían en el suelo—. Solo hay una cosa que lamento. Esa alfombra oriental me costó ciento cincuenta de los grandes. Solo hay otra igual en el mundo. Y esos cabrones la han estropeado.