Pirañas

Harold Robbins · Capítulo 6 de 36

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Pirañas

cinco

 

Sentí su mano sobre mi hombro y desperté inmediatamente. Me presionó los labios con un dedo y señaló hacia la proa del barco. Sin levantar la cabeza, miré por detrás de la torreta del puente.

Un individuo subía a bordo desde un bote de remos sujeto a un candelero cerca de la proa. En la oscuridad no logré distinguir su rostro, pero vi que nuestros marinos le hacían señas. Él asintió y avanzó sigilosamente por cubierta con los pies descalzos, hacia el lugar donde nos habíamos acostado.

Obligué a Alma a entrar en el camarote y me llevé el rifle al hombro. El individuo empezó a actuar con rapidez. Vi el reflejo de su machete cuando lo levantó por encima de la cabeza para atacar ferozmente el cesto que había colocado sobre el banco. El arma se enredó en la manta al derrumbarse el cesto y, antes de que el hombre se diera la vuelta, le disparé dos tiros por la espalda. Se dobló y cayó sobre el pasamano de la popa. Le di una patada en el trasero y se desplomó por la borda al agua.

Oí una serie de estallidos entrecortados, procedentes de la automática de Alma. Me volví inmediatamente hacia ella. Sostenía el arma con los brazos extendidos, apuntando al marinero que corría por cubierta hacia nosotros. Todavía avanzaba cuando lo aparté de su camino y cayó de bruces en el suelo. Cuando lo empujé, un revólver se le cayó de las manos sin vida. Por la borda, lo eché al agua.

—Era Pablo —dijo Alma con voz temblorosa—. Intentaba matarnos.

—Efectivamente.

—¿Está muerto? —preguntó con aprensión.

—Sí —respondí.

—He pecado —dijo, al tiempo que se persignaba—. Nunca había matado a un hombre.

—Mayor habría sido tu pecado de haber permitido que fuera él quien te matara — respondí, antes de quitarle la pistola de la mano para insertar un nuevo cargador—. Guárdala, puede que vuelvas a necesitarla. Sígueme —agregué, al tiempo que le hacía una seña para que me siguiera hacia la proa.

Cuando llegué a la altura del puente, oí el chapoteo de los remos y del bote que se alejaba. En la proa del barco se encontraba el más joven de los marinos, todavía con un garfio de seis púas en la mano sujeto a un cabo. Me miró casi paralizado de terror. Levanté lentamente el cañón del rifle para apuntarle. No titubeó; se arrojó inmediatamente al agua y empezó a nadar hacia el bote.

Le observé unos instantes, antes de dirigirme a Alma.

—Creo que nos hemos quedado sin tripulación.

—¿Qué haremos ahora? —preguntó.

—Algo se nos ocurrirá —respondí, con una seguridad más aparente que real—. Tranquilízate —agregué, después de acariciarle la mano, comprobar que le temblaba y estrecharla en la mía—. Saldremos de esta. Hasta ahora hemos sobrevivido.

—He matado a un hombre —dijo, con los ojos llenos de lágrimas.

—Él te habría matado a ti. Has hecho lo que debías.

Se echó a llorar y apoyó la cabeza en mi pecho.

—Tranquilízate —le dije con dulzura, al tiempo que le acariciaba la cabeza—. Ha sido inevitable.

—Cuando lleguemos a Iquitos me confesaré —declaró, agarrada fuertemente a mí.

—Lo que tú digas —respondí, mientras sentía su cálido cuerpo contra el mío.

—Tienes una erección —dijo, levantando la cabeza para mirarme, con un toque de sorpresa en la voz.

—Soy normal —respondí, intentando separarme de ella, pero ella se agarraba a mí con fuerza.

—Creí que no te gustaba.

—Ya te lo dije. Eras la compañera de Angelo —respondí, separándome de ella, al tiempo que ella levantaba la cabeza, le di un beso y retrocedí—. Me gustas, pero tenemos otras cosas que hacer antes de empezar a jugar.

—¿Has probado alguna vez el conejo peruano? —coqueteó, ahora segura de sí misma.

—No —sonreí—. Lo único peruano que he probado es la coca azul.

—No sabes lo que te espera. El conejo peruano es todavía mejor que la coca azul. Nunca habrás sentido tanto placer en tu vida.

—Cállate —dije, soltando una carcajada—. Vas a volverme loco —agregué, antes de dirigirme hacia la proa del barco y abrir la escotilla de la sala de máquinas—. Vigila y avísame si alguno de ellos intenta acercarse. Voy a echar una ojeada al motor.

—De acuerdo —respondió.

Solo había que descender tres peldaños para llegar al cuartito, que tenía escasamente un metro de altura. Me agaché y, junto a la pared, encontré una pequeña bombilla eléctrica. Puesto que no había ningún interruptor, hice girar la bombilla y se iluminó tenuemente la sala. Volví la cabeza para examinar el motor. Era un viejo Harvester de dos cilindros, que en otra época había pertenecido probablemente a un tractor y que podía ponerse en marcha con una cuerda, al igual que un fueraborda. Junto al motor había un grupo de seis baterías de doce voltios y, encima del mismo, un depósito de combustible. Miré el indicador de nivel y comprobé que estaba casi a la mitad. A continuación examiné las velocidades. La caja disponía solo de dos posiciones: avance y retroceso. Me pareció todo bastante simple, podría manejarlo sin dificultad. Aflojé la bombilla y salí de nuevo a cubierta. Alma vigilaba la cala desde la proa.

—No veo nada que se mueva —dijo.

—Bien. Creo que saldremos de esta. Puedo poner en marcha el motor, y el barco no es difícil de pilotar.

—Me alegro —respondió Alma—. Pero ¿sabes adónde nos dirigimos?

—Iquitos está río abajo.

—¡Magnífico! —exclamó con sarcasmo—. Pero ¿sabes algo de los muelles? ¿Los que son peligrosos y los que no lo son?

—¿No sabes tú nada de Iquitos? —pregunté, mirándola fijamente.

—No he estado nunca allí —respondió—. No se me había perdido nada en ese lugar. Es el culo del mundo. Ningún limeño va a Iquitos, a no ser por obligación. Como ya te he dicho, no hay ninguna carretera, debido a las montañas. Solo se puede llegar en avión, o por el río desde Brasil y Colombia. Nunca he tenido ninguna razón para hacerlo.

—Angelo había organizado la salida en avión —dije—. Tenía un contacto.

—¿Sabes de quién se trata?

—No, pero a nuestra llegada creo que lo encontraremos.

—No conoces Perú —dijo al cabo de unos momentos de silencio—. Iquitos es una ciudad peligrosa y te encontrarán a ti mucho antes de que los encuentres a ellos.

—Tenemos que arriesgarnos. No tenemos otra alternativa.

—Los pescadores se retiran —dijo, señalando el río.

Vi cómo se desplazaban río abajo hacia Iquitos. Navegaban en grupo y solo quedaban algunos rezagados que tal vez intentaban llenar sus redes.

—Cuando todos estén de camino, soltaremos amarras —dije.

—¡Navegaremos a la luz del día! —exclamó Alma.

—No tenemos otra alternativa —respondí—. No podemos quedarnos aquí. Esos malditos indios vendrán a por nosotros.

—Estoy asustada —dijo con un nudo en la garganta, al tiempo que movía la cabeza.

—Todo saldrá bien —afirmé, pensando en que ojalá pudiera estar seguro de ello.

—Tengo que cambiarme —dijo Alma, un tanto avergonzada—. Me he meado en los pantalones.

—No te preocupes —reí—. Es normal. Baja a asearte. Yo me quedaré aquí.

Entré en el pequeño puente. Estaba solo dos peldaños por encima de la cubierta, pero ofrecía una buena perspectiva de los alrededores. Encontré un paquete de cigarrillos que había dejado en el banco el día anterior. Cogí uno y lo encendí. El humo me tranquilizó, a pesar de que el cigarrillo estaba húmedo y enmohecido. Tosí, sin dejar de concentrarme en la orilla.

Me ardían los ojos cuando por fin regresó Alma. Creía haber visto luces parpadeantes en la jungla, junto a la orilla, pero ahora no se observaba nada.

—Me siento mejor —declaró—. Después de asearme, es agradable ponerse ropa limpia.

—Estás muy atractiva —dije, frotándome los ojos—. Yo debo de tener un aspecto horrible.

—No es tan malo. Has dormido poco.

Asentí y observé el río. Quedaban todavía tres o cuatro barcos de pesca.

—Ojalá desaparecieran de una vez —dije.

—Pronto amanecerá —respondió Alma—. Para entonces se habrán marchado.

Suspiré, sin responder, y ella se sacó una limeta del bolsillo de sus vaqueros.

—Azul peruana —dijo—. Necesito un poco de ayuda.

Dio un par de esnifadas y me pasó el frasco.

—Ambos la necesitamos —agregó.

Cogí la limeta, aspiré un par de veces por cada ventana de la nariz, percibí que se me despejaba la mente, dejaban de arderme los ojos y me sentí perfectamente despierto. ¿Quién necesitaba dormir?

—¡Ha empezado la fiesta! —exclamé, al tiempo que le devolvía el frasco.

—Te sientes mejor —rio.

—Sin duda —respondí.

—¡Mira! —exclamó, señalando hacia el río.

Uno de los pesqueros entraba en la cala y nos iluminaba con su faro. Cogí el rifle automático y observé cómo se nos acercaba lentamente.

—Ocúltate —le dije, con una mano en el hombro—. No quiero que nadie te vea.

Se tumbó sobre la cubierta, con su automática fuertemente agarrada entre ambas manos. Esperé a que el pesquero se acercara y destruí su faro con un disparo de rifle.

—¿Qué diablos estás haciendo? —exclamó enojado un individuo hablando en inglés.

—¿Quién coño eres? —pregunté.

—¿Angelo?

—No está aquí.

—¿Jed Stevens? —preguntó el individuo.

—Sí —respondí, al cabo de un momento.

—Vince Campanella —dijo entonces—. Tengo un trato con Angelo para llevarle a Medellín.

—¿Tienes el avión? —pregunté.

—Eso es cosa mía —respondió—. ¿Dónde está Angelo? Se suponía que debíais reuniros conmigo en la próxima cala en dirección a Iquitos. ¿Qué diablos estáis haciendo aquí?

—Nadie me lo dijo.

—Llama a Angelo —dijo—. Debemos ponernos en camino.

—Angelo está muerto —respondí, sin querer facilitarle los detalles—. La tripulación intentó liquidarnos.

—¿Dónde están?

—Muertos y desaparecidos.

—¿Está la chica contigo?

—Está aquí.

—¿Puedo subir a bordo?

—Solo tú —respondí, sin dejar de apuntarle con el rifle a la barriga.

Salvó un pequeño desnivel y se incorporó al llegar a cubierta. Era un individuo alto, de metro ochenta y cinco, con ojos azules, pelirrojo y barbudo.

—Ayer hablé con tu tío —dijo—. Me preguntó si sabía algo de Angelo. Se suponía que debíais haber llegado ayer, de ahí que haya salido en vuestra busca.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Alma, al tiempo que se incorporaba, sin soltar el arma.

—Os vamos a sacar de aquí —respondió—. Os remolcaremos hasta la próxima cala. Entonces descargaremos la mercancía, os llevaré a Iquitos y os pondré en un avión que os conducirá a Lima, desde donde podréis regresar a Nueva York.

—Angelo tenía un plan —dije—. ¿Qué hay que hacer al respecto?

—Yo me ocuparé de todo —respondió—. Así lo ha dispuesto tu tío.

—¿Cuándo podré hablar con él? —pregunté.

—Esta noche, cuando os llevemos al hotel.

—¿Qué ocurrirá conmigo? —preguntó Alma.

—Puedes ir a Lima con él —respondió—. Serás su guía turística.