Pirañas

Harold Robbins · Capítulo 7 de 36

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Pirañas

seis

 

Acababa de amanecer y el sol se asomaba tras los árboles, cuando entramos en la cala contigua, de cuya orilla emergía un antiguo espigón. Los hombres saltaron rápidamente al muelle y amarraron el barco. Vince habló por un transmisor portátil. Al cabo de diez minutos llegó al muelle un camión de dos toneladas, seguido de un Jeep con dos individuos a bordo, que aparcó junto al camión.

Vince dio órdenes en español. Uno de sus hombres se sentó sobre la cabina del camión, desde donde vigilaba con una metralleta en los brazos. A continuación los otros cuatro hombres, dos del barco y dos del Jeep, empezaron a descargar del barco las balas de hoja de coca para cargarlas en el camión.

—Recoged vuestro equipaje —me dijo—. Nos largamos.

—¿Qué hacemos con el barco? —pregunté.

—Olvídalo —respondió, al tiempo que movía la cabeza—. Mis hombres lo llevarán al medio del río y lo hundirán. No quiero arriesgarme a que alguien lo vea en Iquitos. Tengo el presentimiento de que el capitán se chivó también a la aduana. Habría cobrado una recompensa por entregar el cargamento.

—¿No será peligroso que nos vean a nosotros? —pregunté.

—No vamos al aeropuerto de Iquitos. Tengo el avión en una pista no muy lejos de aquí, construida en una antigua plantación de goma. Estamos bien organizados. Hace mucho tiempo que trabajamos aquí.

—¿Qué te parece? —le pregunté a Alma.

—Bien —respondió—. Me alegraré de regresar a casa.

—No aterrizaremos en el aeropuerto internacional Juan Chávez. Exigen demasiadas formalidades policiales y aduaneras. Os dejaremos en una pista a unos sesenta kilómetros de Lima. Volaremos a baja altura detrás de las montañas, para no ser detectados por el radar.

—¿Cómo llegaremos a la ciudad? —preguntó Alma.

—No te preocupes —sonrió—. Habrá un coche que os conducirá por la carretera panamericana. No correréis ningún peligro. Ahora haced las maletas. Debemos darnos prisa. Angelo dijo que me pagaría el viaje cuando nos viéramos —agregó, después de que Alma entrara en el camarote.

—Efectivamente —respondí—. Cuarenta de los grandes por llevarnos primero a Medellín y luego a Panamá.

—Ahora son sesenta —dijo.

—Eres muy codicioso, Vince.

—No. Olvida lo de que hayamos tenido que buscaros. Eso es gratis, para la familia. Pero de aquí a Lima son dos mil kilómetros más de lo previsto. Eso cuesta dinero.

—¿Cuánto? —pregunté.

—Otros veinte.

—No estoy seguro de que al tío Rocco le guste.

—Me ha prometido una prima si os saco de aquí. Me limito a cubrir gastos adicionales.

—Eres un buscavidas. Me recuerdas a mi primo —reí.

—¿Estás de acuerdo en pagarme? —sonrió.

—¿Tengo alguna alternativa? —pregunté.

—Tu tío te quiere de regreso en casa.

—De acuerdo —respondí—. ¿Quién pagará el vuelo de Panamá a Miami? — agregué, mirándole.

—Si tienes el dinero, yo me ocuparé de organizarlo.

—Con los veinte adicionales, no me alcanza. Se lo diré a mi tío y él lo arreglará.

—No tengo ningún inconveniente —dijo Vince—. Puedes entregarme el dinero cuando hayamos despegado.

 

Pasaban unos minutos de las seis, cuando empezamos a descender hacia Lima. Cinco horas y media en un duro asiento de plástico detrás del piloto no era mi idea de la comodidad. Pero el DC-3 no era un avión de pasajeros, sino de carga.

—Tocaremos tierra dentro de media hora —dijo Vince desde el asiento del piloto.

—Gracias a Dios —suspiré, desperezándome—. Creo que no podría soportar otra hora en este asiento.

—Qué duda cabe de que esto no es un 707 —rio Vince—. ¿Tienes el dinero? — agregó con seriedad.

Durante el vuelo, mientras él se ocupaba de sus asuntos, yo había logrado abrir el maletín y sacar los sesenta mil que me pedía. Había también varios sobres en el maletín y había colocado el dinero en dos de ellos.

—Aquí lo tengo —respondí, al tiempo que le entregaba los sobres.

—Gracias —dijo, antes de guardarlos en la bolsa de los mapas, junto a su asiento.

—¿No vas a contarlo? —pregunté.

—Eres de la familia —sonrió—. Confío en ti.

—Gracias. No sé qué habría hecho sin tu ayuda.

—Todos tenemos nuestro trabajo. No olvides contárselo a tu tío.

—Lo haré —respondí, mientras parecía que voláramos rozando las montañas y abajo se vislumbraba algo parecido a una pequeña ciudad—. ¿Dónde estamos? — pregunté.

—Sobrevolamos Huancavelica y nos dirigimos a la costa —dijo—. Si miras hacia delante, a lo lejos verás el Pacífico.

Me puse de pie junto a él y vislumbré el agua azul del océano.

—El agua brilla como diamantes azules —le dije a Alma, que estaba de pie junto a mí.

—Será mejor que os sentéis y os abrochéis los cinturones —dijo Vince—. Las turbulencias son frecuentes al descender de las montañas al océano. Habéis llegado hasta aquí y no quiero que os rompáis la crisma en el avión.

No bromeaba. El pequeño aeroplano danzaba como una hoja en el viento, hasta que cuando estaba casi a punto de vomitar se estabilizó y a los pocos minutos me percaté de que tocábamos tierra.

En el momento en que se detuvo el avión, se abrió la puerta y Alma y yo nos apeamos inmediatamente. El aire fresco del atardecer era maravilloso.

—¡Santo cielo! —exclamé con un profundo suspiro.

—Solo es cuestión de acostumbrarse —sonrió Vince.

—No es para mí —respondí—. Prefiero los grandes reactores.

—Descarga su equipaje —le dijo al copiloto, antes de hablarle en español a uno de sus hombres, que salió corriendo hacia un pequeño edificio al fondo de la pista—. Traerá un coche con chófer para vosotros y un camión de gasolina para mí —agregó.

Al cabo de cinco minutos se detuvo frente a nosotros un Chevy de cuatro puertas del sesenta y cinco, y los hombres empezaron a cargar nuestro equipaje en el maletero.

—Gracias —le dije a Vince, tendiéndole la mano.

—De nada —respondió—. Cuando hables con tu tío, dale mi pésame.

—Lo haré.

—Eres una buena chica —le dijo a Alma, al tiempo que le tendía la mano—. Cuídale.

—Lo haré —asintió, antes de darle un beso en la mejilla—. Gracias.

Subimos al coche cuando apareció el camión de la gasolina. Vince saludó con la mano, le devolvimos el saludo, el conductor puso el coche en marcha y nos dirigimos a la carretera.

Eran más de las ocho y ya había oscurecido cuando el conductor depositó nuestras maletas frente al hotel Gran Bolívar.

—Dale una propina —susurró Alma.

Le di un billete de cien dólares y saludó agradecido.

—Gracias, señor —sonrió.

—No —dijo Alma, cogiéndome del brazo, después de que yo recogiera las maletas—. No vamos a quedarnos aquí. Siempre hay mucha policía que circula por el vestíbulo. Tal como vamos vestidos llamaremos la atención.

Sin duda estaba en lo cierto. Todavía llevábamos la misma ropa sucia que vestíamos en el barco.

—Entonces, ¿adónde iremos? —pregunté.

—A mi casa —respondió—. No está lejos de aquí. Tengo un piso grande en un nuevo edificio cerca del Parque Universitario —agregó, al tiempo que llamaba un taxi de los que esperaban cerca de la puerta del hotel.

Al cabo de veinte minutos salimos del ascensor, caminamos a lo largo de un estrecho pasillo de mármol y Alma llamó a la puerta.

—¿Vive alguien contigo? —pregunté.

—Mi madre —asintió con una sonrisa.

—¿No le molestará que llegues con un hombre?

—Tengo una madre muy liberal —rio.

Yo estaba perplejo.

—En realidad no es mi madre —aclaró, con una carcajada—. Es mi criada, pero hace tanto tiempo que está conmigo que la llamo madre.

Se abrió la puerta y apareció una mujer morena, bajita y de aspecto indio, que me miraba. Sonrió al ver a Alma, que la abrazó y le dio un beso en la mejilla. Después de intercambiar unas rápidas palabras en español, la mujer bajita sonrió tímidamente, me tendió la mano y dijo:

—Encantada.

—Gracias —respondí, y me agaché para coger las maletas.

—No —replicó ella inmediatamente, moviendo la cabeza.

—Ven conmigo —dijo Alma—. Ella se ocupará de las maletas. Permíteme que te muestre la casa.

El piso era grande. La pared de la sala de estar estaba cubierta de fotografías de Alma y de portadas de revistas enmarcadas en las que aparecía ella.

—Eres muy fotogénica —comenté.

—Así es como me gano la vida —rio—. Soy modelo.

—No lo sabía.

—Me habías tomado por una puta —dijo con mala intención.

—No —respondí—. Me limité a pensar que eras una chica de vida alegre.

—Eso también es cierto —afirmó, con una carcajada—. Conejito peruano.

—De acuerdo. Lo que tú digas.

La sala de estar estaba amueblada al estilo moderno italiano, con sillas de plástico, largos sofás tapizados en blanco y lámparas de pantalla blanca.

—Acércate —dijo, al tiempo que se dirigía hacia la puerta de una terraza que, desde el séptimo piso, daba a un parque—. ¿No te parece hermoso?

—Mucho —respondí.

—¿Te sorprende que tenga un lugar tan caro como este? —preguntó.

—No es asunto mío.

—Pero quiero contártelo —insistió—. Me gustas y no quiero que te formes una idea equivocada.

Guardé silencio.

—Cuando tenía diecisiete años —prosiguió— me enamoré de un hombre encantador. Era mucho mayor que yo y, además, estaba casado. Fui su amante durante casi ocho años. Me pagó los estudios, me ofreció una educación y me ayudó en mi carrera. El año pasado murió. Me dejó este piso y un poco de dinero. No era solo gratitud lo que sentía por él, también le amaba. Únicamente en los últimos seis meses empecé de nuevo a salir. Pero no me había divertido mucho hasta que tu primo me pidió que lo acompañara en este viaje. Pensé que sería un cambio maravilloso — dijo, al tiempo que levantaba la cabeza para mirarme—. Lo que realmente deseaba era alejarme de aquí y olvidar el pasado.

—¿Lo has logrado? —pregunté, cogiéndole de la mano.

—Después de estos últimos días empiezo a pensar que lo he conseguido — respondió.

—Me alegro.

—Deja que te muestre tu habitación —agregó entonces, mientras yo la seguía hacia el interior del piso—. Además, supongo que tendrás tantas ganas como yo de lavarte y cambiarte de ropa.

—Tienes razón —respondí—. ¿Tienes teléfono? He de llamar a mi tío.

—El teléfono está en mi habitación —dijo—. Dame el número y te lo conseguiré.

Me senté al borde de la cama, mientras ella le daba el número a la operadora.

—La operadora dice que las líneas con Estados Unidos están saturadas —dijo al cabo de unos minutos—. Te llamará dentro de unas horas.

—¡Maldita sea! —exclamé.

—Eso es lo habitual —dijo Alma—. Debes tener paciencia. Toma un baño y aséate. A continuación cenaremos y después llegará tu llamada.