Pirañas

Harold Robbins · Capítulo 29 de 36

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Pirañas

cinco

 

Entré con mi Blazer en el aparcamiento de mi oficina y paré frente a la garita del vigilante.

—Buenos días, señor Stevens —dijo.

—Hola, John —respondí.

—La señorita Latimer le espera junto a los ascensores —me comunicó.

—Gracias, John.

Me dirigí hacia los ascensores, abrí la puerta de la pequeña antesala y vi que apagaba un cigarrillo en el cenicero.

—¿Qué ocurre? —pregunté, consciente de que nunca la había visto fumar durante el día.

—No me habías dicho que esa puta vendría a la reunión —dijo enojada.

—Te dije que vendrían todos. Ella es uno de los principales socios —respondí—. No podía impedirle que viniera.

—No me inspira confianza.

—Estás celosa —dije—. Olvídala. Es solo una cuestión de negocios. Después de hoy no volverás a verla.

—Puede que yo no la vea. Pero ¿la verás tú?

—No seas tonta. Yo tampoco la veré.

—Estoy celosa —confesó—. Es una mujer muy especial.

—Al estilo de ayer —reí.

—¿Lo dices en serio? —preguntó, mirándome fijamente.

—Tú eres definitivamente el estilo de hoy —respondí, al tiempo que le daba un beso—. Eres mi amor.

—Lo siento. Estaba turbada.

—¿Están todos ahí? —pregunté mientras me dirigía al ascensor.

—Todos están presentes. Además, han llegado temprano. Shepherd y su abogado, Gitlin; McManus, del Bank of America; Peachtree y su ayudante, Shifrin; la puta y su banquero canadiense; el equipo de DB & L; Siddely; el abogado que representa a Millennium, y Jim Handley, de nuestra oficina, con su contable, Dave Blitz. Se me ha ocurrido que yo podría actuar como secretaria y notario.

—Zorra… —sonreí mientras subía el ascensor—. Debía habérseme ocurrido que encontrarías la forma de asistir a la reunión.

—No estoy loca. No iba a dejarte solo en la sala con esa mujer.

 

Vi la curiosidad en sus rostros cuando entré en la sala. Me senté en la presidencia. Kim lo hizo a mi izquierda, con su magnetófono y su máquina taquigráfica.

—Buenos días, señorita Jarvis y caballeros. En primer lugar os quiero agradecer vuestra asistencia a esta reunión, anunciada con tanta premura. Como todos sabéis, durante los últimos meses he estudiado las operaciones y los problemas de Millennium, y estoy sinceramente convencido de que ha llegado el momento de enfrentarse a la verdad. La empresa está endeudada hasta el cuello y sus ingresos son insuficientes para seguir operando otras dos semanas. Dadas las circunstancias, ni siquiera el capítulo once nos será de ayuda alguna. No disponemos de inventario ni de bienes que avalen nuestras operaciones hasta que la empresa esté saneada. Nuestras únicas perspectivas son las de protección bajo un plan de reorganización o la venta por subasta pública, ninguna de las cuales nos beneficiará a nosotros. Se perderá todo.

Guardaron todos un momento de silencio, hasta que el juez Gitlin tomó discretamente la palabra para ceñirse al meollo de la cuestión.

—Si la empresa quiebra —dijo—, solo habrá dos auténticos perdedores: el señor Shepherd y la señora Jarvis. Cada uno de ellos tiene invertidos cuatrocientos millones.

—Es cierto —respondí—, pero Shepherd me debe ochenta y cinco millones. No creo que tenga forma de pagármelos, y por consiguiente yo también pierdo.

—Tú prometiste avalarlo —afirmó sosegadamente el juez—. Sabías que adquirías un compromiso de cuatrocientos millones.

—No consta en ningún documento —respondí—. Por otra parte, me ocultasteis hasta qué punto la empresa estaba embarrancada.

—Tendrás que responder ante los tribunales —dijo el anciano.

—Tengo un recibo firmado por Shepherd por la suma de ochenta y cinco millones de dólares. Mi caso es más sólido que el vuestro.

—Eres un vulgar ladrón —afirmó amablemente el juez.

— C’est la vie —respondí—. Las cosas cambian.

—¿Qué papel jugamos nosotros en todo esto? —preguntó el señor Kinnard, el banquero canadiense de Alma.

—No lo sé —dije—. El titular del préstamo era el difunto señor Jarvis. Y tengo entendido que sus acciones fueron entregadas como garantía a la empresa.

—Pero nos estás diciendo que la empresa no tiene ningún valor —replicó el banquero.

—Lo único que puedo ofrecerte son mis condolencias —respondí.

—¡Jed, eres un verdadero cabrón! —exclamó Alma—. Creí que podía confiar en ti —añadió, al tiempo que rompía a sollozar.

—A nivel personal puedes hacerlo —dije—. Pero esto no es personal, Alma, son negocios.

Era inevitable admirarla. La suya era una de las mejores representaciones que había visto en mi vida. No la de una conspiradora desde el primer momento, sino la de una mujer ultrajada. Me pregunté si habría utilizado los mismos trucos para arrebatarles a los hijos de Jarvis el control de los bienes de su padre.

Shepherd me dirigió una perspicaz mirada.

—Un momento —dijo—. No nos has convocado solo para comunicarnos el precario estado de la compañía. Eso lo sabemos todos. Tienes alguna otra idea.

—Estás en lo cierto, Brad —sonreí.

—Pretendes apoderarte de la empresa.

—No, Brad. Quiero comprarla.

—Estás más loco que yo.

—Puede que tenga suerte. Te daré el cincuenta por ciento por tu parte.

—No funcionará —dijo Brad—. Mi acuerdo con Jarvis era el de pagarle el cien por cien.

—¿Qué opinas? —le preguntó Alma a su banquero canadiense, después de mirarme.

—El cincuenta por ciento es mejor que nada —respondió el señor Kinnard.

—Trato hecho —asintió Alma.

—Ya lo has oído —le dije a Bradley.

—¿Qué te parece? —le preguntó Bradley al juez Gitlin.

—Algo huele a chamusquina —respondió el juez con una mueca—, pero hemos caído en un estanque de pirañas. Coge el dinero y echa a correr.

—Gracias, caballeros —dije, después de ponerme de pie—. Ahora pediré a los abogados que preparen los contratos cuanto antes. El dinero está a vuestra disposición en manos de un tercero.

—¡Nos has estafado! —exclamó Bradley enojado, con las mejillas sonrojadas—. Creí que habías venido a ayudarnos —añadió después de una pausa.

—Lo hice —respondí—. Pero no sabía que ya estuvierais muertos en el agua. Jarvis os había metido un buen arpón en el culo. A no ser por mí, no tendríais absolutamente nada. Ahora podrás volver a lo tuyo y organizar tus negocios.

Cuando Bradley abandonó silenciosamente la sala en compañía del juez Gitlin, me dirigí de nuevo a la mesa.

—Alma, tú y el señor Kinnard preparad los documentos.

—De acuerdo —asintió Alma.

Después de darles las gracias, vi que abandonaban la sala de conferencias. Peachtree y su ayudante me miraban fijamente.

—Daniel —dije—, tú eres todavía el presidente de la empresa. Tengo fe en tus conocimientos y en tu capacidad, aunque seas un hijo de puta. Voy a transferir cien millones de dólares a la cuenta de operaciones de la compañía y confío en que mantengas un buen ritmo de producción. También he nombrado a Jim Handley vicepresidente ejecutivo y jefe de finanzas de la empresa. Quiero que entre ambos lo repaséis todo y saneéis la empresa. Espero que los dos hagáis honor a vuestra reputación.

—Gracias, Jed —respondió Peachtree—. Pero, como bien sabes, todavía no tengo ningún contrato.

—De acuerdo, lo tendrás mañana por la mañana —dije, mirándole a los ojos—. ¿Cuánto quieres ganar?

Daniel se encogió de hombros.

—Todavía no lo he pensado.

—Hazlo y hablaremos de ello.

—Necesito diez millones de dólares para mañana —dijo—. Tengo la oportunidad de hacerme con la distribución de Star Island. Todos los estudios de la ciudad la persiguen, pero el productor es un examante mío. Sabe que le otorgaremos un trato justo.

—Es cosa tuya —decidí—. Hazlo.

—¿Qué me dices de Jim Handley? —preguntó.

—Jim se ocupará de las finanzas; trabajad juntos.

—Me parece bien —dijo, al tiempo que se levantaba de la silla—. Tengo trabajo. Vuelvo al estudio.

Nos despedimos con un apretón de manos y abandonó la sala de conferencias en compañía de su novio. Yo me acomodé en mi silla y encendí un cigarrillo.

—¡Cielos! —exclamé; tenía la sensación de haber pasado por una centrifugadora y todavía a la espera del dinero de tío Rocco.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Jim Handley.

—Pedir prestado —respondí antes de dirigirme a Ron Schraft, el principal de los tres delegados del DB & L—. ¿Podemos lanzar al mercado mil millones en bonos de alto rendimiento?

Ron era joven, pero muy inteligente y próximo a la fuente.

—Es imposible —respondió categóricamente—. Mike dice que las cifras no cuadran.

—Tenemos los bienes —dije—. Los inmuebles valen por lo menos cuatrocientos millones y nos aportan ingresos de cuarenta millones anuales. Con una sola película de éxito nadaremos en dinero.

—Millennium ha perdido casi doscientos millones en los dos últimos años — aclaró Ron—. No ha habido ninguna película de éxito. Además, a Mike no le inspira confianza la industria cinematográfica.

—Creo que se equivoca —dije.

—Mike te aprecia y quiere hacer negocios contigo. Si incorporas Millennium a General Avionics, cree que podrá vender cinco mil millones de bonos para ti.

—Está de guasa —respondí mirándole fijamente—. General Avionics no necesita dinero. No tengo intención de endeudarme por la empresa cinematográfica.

—Era solo una idea —dijo tranquilamente Ron—. Lo único que Mike pretende es ayudarte.

—Dale las gracias —respondí, después de ponerme de pie y tenderle la mano—. Este no es el tipo de ayuda que necesito.

—¡Hijos de puta! —exclamó Handley después de que abandonaran la sala.

—No significa nada —dije—. Para Mike no son más que negocios.

—He hablado con McManus —intervino Sherman Siddely— y estamos de acuerdo en que el Bank of America no nos ayudará.

—¿Cuándo has visto que un banco te preste dinero cuando realmente lo necesitas? —reí.

—Tienes razón —dijo McManus—. Pero el Bank of America tiene cuarenta millones invertidos en películas que han sido un fracaso.

—Por Dios, Mac. El Bank of America ha perdido centenares de millones en la industria cinematográfica a lo largo de los años. Cuarenta son como un granito de arena en la playa. Además, la única razón por la que prestasteis dinero a Millennium fue porque creíais que Shepherd transferiría sus cuentas petroleras a vuestro banco.

—Eres muy astuto —sonrió McManus.

—¿Por qué no te portas como un caballero y compartes el financiamiento de Star Island conmigo? Cinco millones no es gran cosa.

—¿Qué me ofreces a cambio?

—Nuevos negocios en General Avionics.

—¿Hablas en serio?

—Te doy mi palabra. Además, te garantizo que serás el primero en cobrar si la película tiene éxito.

—¿Tú qué opinas? —preguntó McManus, dirigiéndose a Siddely.

—Peachtree sabe lo que se hace —asintió Siddely—. Yo apuesto por él. Si Shepherd hubiera tenido productores tan buenos como ese marica, no habría acabado en este pozo de mierda.

—Lo consultaré con mis superiores —dijo McManus—. Por mi parte, trato hecho.

—Gracias —respondí—. Todo ayuda.

—Jarvis sabía lo que se hacía —dijo Siddely—. Investigó meticulosamente a Peachtree.

—Lástima que no investigara su coche con el mismo cuidado —comenté.

—Jarvis se metió con la chica equivocada —dijo Siddely—, su novio es un mafioso de Las Vegas. No sabía que conocieras a la señora Jarvis —agregó, mirándome.

—Hace mucho tiempo estuvo casada con un primo mío —respondí.

—Intenté ponerme en contacto con ella —dijo Siddely—. Pero ni siquiera se dignó hablar conmigo.

—Lo ignoraba —respondí—. No había sabido nada de ella hasta que se puso en contacto conmigo con relación a este negocio.

—¡Esto fue un golpe de suerte! —exclamó Siddely.

—Desde luego —admití.

—Jarvis me había ofrecido el cargo de vicepresidente y consejero general de Millennium —dijo entonces Siddely mirándome fijamente.

—Si todavía te interesa —propuse—, el cargo es tuyo.

—Saldremos adelante —dijo, después de titubear unos instantes, al tiempo que me tendía la mano.

—Lo sé —sonreí.

Por fin concluyó la reunión y regresé a mi despacho. Me acerqué a la pequeña barra situada en un rincón de la sala y me serví un whisky con hielo bajo la atenta mirada de Kim.

—¿Cómo te sientes? —preguntó.

—Cansado —respondí, y me tomé media copa de un trago—. Ponme con tío Rocco.

—¿Para qué quieres hablar con él?

—Me ha prometido quinientos millones de dólares y todavía no he visto un centavo.